El Maestro

La profesora

Después de las clases, Lucía nunca volvía directamente a casa. Solía deambular por las calles de Salamanca, pasear por la Plaza Mayor, y luego iba al pequeño parque del barrio, donde corría cada tarde por la pista hasta quedarse sin aliento. Cuando ya sentía las piernas de plomo y las mejillas ardían, se sentaba en un banco medio descascarillado y mojado, y sacaba el trozo de pan que había guardado del comedor escolar.

En el comedor del instituto podías coger todo el pan que quisieras. Lo dejaban en grandes bandejas de metal, cortado de cualquier manera, desmigado, pero… delicioso. Daba igual si era pan blanco o integral, el caso es que todos los estudiantes lo devoraban rápidamente y se lo escondían en los bolsillos para llevárselo a clase. Allí lo iban amasando con los dedos y se lo comían a pequeños mordiscos.

Lucía crecía a buen ritmo, y siempre tenía hambre.

¿Otra vez comiendo, Gutiérrez? Anda, deja eso y ven a la pizarra. Vas a demostrar el teorema.

Lucía se levantaba, tragando a toda prisa el trozo de pan que se derretía en su boca, y salía al encerado.

Demostrar teoremas, calcular trayectorias, escribir dictados y redacciones… Todo aquello le resultaba a Lucía Gutiérrez aburrido y sin sentido.

Y tú, ¿qué vas a ser de mayor? preguntaba su padre, Ramón Gutiérrez, al ver la colección de suficientes en su boletín.

Pues yo quiero vender café en un kiosco, respondía Lucía encogiéndose de hombros.

Estupendo, una carrera prometedora, sonreía Ramón.

¡Pero sea lo que sea, en el instituto hay que estudiar bien! ¡Eso son las bases! protestaba su madre, Pilar, desde la cocina.

Quietas ahí, no gritéis como en una feria. Dejad a la niña en paz, intervenía la abuela Rosario, siempre del lado de Lucía. Ya se aclarará, se le pasará. Tú, Ramón, tampoco eras un genio de joven, acuérdate cómo te andaba buscando por los barrios en octavo, ¡y tú…!

¡Ay, mamá, por favor, no empieces con tus historias! cortó Ramón con una risa. Lucía es una chica, tiene que ser lista, formal y educada.

La abuela Rosario se limitaba a hacer un mohín y acariciaba la cabeza de Lucía, que se refugiaba en el olor a colonia y ropa limpia de su abuela, tan tierna, con unas manos suaves y unos ojos llenos de cariño… Lucía, ya de adulta, solía recordarlos y sentía el alma reconfortada.

Rosario se fue a vivir con su hijo tras quedar viuda. Al principio vivía aparte, como suele hacerse en Castilla, pero tras fallecer el abuelo, empezó a olvidar cosas, a descuidarse, y su hijo se la llevó a vivir con ellos para asegurar que tomaba la medicación y estaba acompañada.

Mamá, te vienes a nuestra casa. No protestes. Nos apañamos, dijo Ramón una tarde tras recibir otra llamada preocupada de la consulta.

¡Menudo empeño el tuyo, hijo! Y luego tu médico ni me mira, dice “cuídese”, y vuelta al móvil. En fin… Pero no, no pienso mudarme, gruñía Rosario.

¡Rosario, que eres un caso! decía Pilar, la nuera, sonriendo.

Tan rebelde como siempre, por eso no conviene que me mude, decía la abuela, cerrando el tema. Pero, al final, fue la preocupación por Lucía lo que convenció a Rosario de instalarse con ellos.

La casa se llenó de una calidez nueva. La abuela protegía siempre a su nieta, mimándola y animándola, allí donde sus padres solo veían notas y futuro.

¡No os preocupéis tanto, es la edad! decía Rosario con su sabiduría castellana. La vida da muchas vueltas, y la niña crecerá. Ya lo veréis…

Lucía asentía, pero en el fondo se sentía insegura. No era aplicada, le aburría estudiar. ¿Qué podía hacer?

Sus amigas iban a clases extraescolares: música, inglés, pintura… Lucía probó de todo, pero en ningún sitio aguantó mucho.

Lo único en lo que destacaba era en el deporte. Por eso se escapaba a correr al parque o jugaba al fútbol con los chicos. Natación se le daba bien y siempre sacaba sobresaliente.

Mira, Lucía, apúntate a algún deporte, le aconsejó la abuela un día. ¿Qué haces paseando a lo tonto? ¿No hay clubes en el instituto? Tu padre jugaba al baloncesto, era muy ágil… Hasta que un día se llevó dos pelotazos en la cabeza y dejó de ir. Luego probó el kárate, el tenis de mesa… ¡Ánimo, busca tú lo tuyo, hija!

¿Y a dónde me meto, abuela? Si solo hay ajedrez… Vaya aburrimiento, protestó Lucía.

¿Ajedrez? ¡Eso es todo? Habrá que arreglarlo.

Rosario no tardó en ir a hablar con la directora del instituto, doña Marta Fernández, y le propuso mejorar la oferta deportiva buscando un profesor joven que montara clubes de deporte. Así, entre conversaciones y tazas de café, la abuela fue desencadenando cambios.

El antiguo profesor de gimnasia, el señor Arroyo, se jubiló justo a final de curso. Su puesto lo ocupó un tal Joaquín Ortega, recomendado por la subdirectora, amiga de la directora Marta.

¿Y de dónde ha salido este Joaquín? preguntó Marta, hojeando el currículo.

Es de Valladolid. Sabe un montón y es muy entregado. No te arrepentirás, afirmó la subdirectora.

Con la llegada de Ortega, la vida deportiva del instituto floreció. Los jóvenes ya no se perdían por las calles de Salamanca; sudaban en el gimnasio y participaban en equipos. Marta logró algún dinero extra para material del ayuntamiento: Siempre hay remedio para quien lo busca, decía orgullosa.

Incluso la policía local felicitó a la directora por reducir los incidentes menores.

¡Si aquí quien lo movió todo fue nuestra abuela Rosario! decía Marta.

La abuela pronto animó a Lucía a elegir una actividad.

Lucía fue directa. Se presentó ante el nuevo profe y le dijo: No sé qué hacer, pero me gusta correr. He participado alguna vez en carreras.

Joaquín la examinó por encima delgada, musculada, pero encorvada. Decidió invitarla a entrenar con él, con la condición de que mejorara sus notas, especialmente en lengua y literatura.

El músculo es importante, Lucía, pero la cabeza lo es más. Hay que pensar, razonar y ser constante en los estudios, insistió Joaquín.

Lucía, primero molesta por las exigencias, acabó aceptando. Se convertiría en su ayudante en las clases de psicomotricidad infantil, donde niños pequeños correteaban como locos.

Así, Lucía empezó a disfrutar de verdad. Enseñando a los más pequeños sentía por primera vez que servía para algo. Aprendió a observar, a corregir posturas, a identificar debilidades y fortalezas.

Tan involucrada estaba que convenció a su abuela de comprarle libros de anatomía y fisioterapia, devorando manuales y subrayando conceptos.

¡Está irreconocible! susurraba su madre admirada a su padre.

La abuela Rosario, sin embargo, siempre vigilante, notó otros cambios en la niña: un brillo nuevo en los ojos, ensimismada dibujando corazones, con la cabeza en otro sitio. Y comprendió enseguida. Lucía se había enamorado por primera vez. ¿De quién? No lo sabía. Pero la profesora no salía de su boca.

Joaquín la preparaba para competir en atletismo.

Técnica, Lucía. No corras como un conejo. Hay que repartir fuerzas, respirar, pensar. le animaba.

Lucía batió su marca personal.

Pero el tiempo pasó y, al acercarse las vacaciones de Semana Santa, Lucía decidió marcharse tras el cuarto de la ESO, ingresar en un ciclo superior de deportes. Pensaba así poner tierra de por medio entre ella y su profesor.

El último día acudió al instituto, resuelta a pedirle la carta de recomendación prometida. Pero, al llegar, se topó con una escena que la hizo temblar: Joaquín, borracho, besándose en el despacho con una chica. Entre gritos, la subdirectora despedía al profesor; Lucía salió corriendo, el corazón hecho trizas.

En casa, nadie conseguía consolarla. La abuela Rosario fue la única que le dio espacio y consuelo.

Llora, niña, llora. Todo pasa; el tiempo cura. Nada sucede en vano y cada persona en nuestro camino nos enseña algo, la mecía Rosario.

Joaquín desapareció del instituto. Llegó una profesora joven, la sección de deporte se estancó. Pero Lucía no se dio por vencida. Empezó a entrenar a Santi, un niño tímido al que había conocido en las clases. Lo animó a hacer deporte y logró reunir a varios niños del barrio. El grupo creció y todos mejoraron.

Usa la cabeza, Santi. Los músculos solos no te valen, le decía.

Mientras tanto, Joaquín, hundido, vagabundeaba por los parques, decepcionado consigo mismo y su vida.

Un día, sentado en un banco, escuchó a una joven saludarle:

¿No me reconoce, Joaquín? Soy Lucía, la que usted enseñó a entrenar niños.

Ambos hablaron. Ella ya era fisioterapeuta y había ayudado a Santi, quien ahora jugaba feliz en el equipo de voleibol. Él, avergonzado, sólo pudo darle las gracias.

Y Lucía se despidió:

Gracias por enseñarme a descubrir mi vocación.

Él la vio marcharse, comprendiendo que el alumno había superado al maestro y que, aunque la vida le hubiera dado la espalda, Lucía seguiría adelante, fuerte y decidida.

En la vida, todos encontramos personas que, incluso con sus errores, nos enseñan el camino. Hay que saber aprender también de las decepciones; esas lecciones inesperadas son las que nos ayudan, finalmente, a encontrar nuestro lugar y a conquistar nuestro propio éxito.

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El Maestro
El hombre abrió los ojos y, para su asombro, vio en su regazo a un gatito sucio, delgado y gris como un palillo, con las orejitas divertidamente desparramadas sobre su pequeña cabeza. El minino se puso de pie sobre las patas traseras y le rozó la cara con el hocico… Las cardiopatías congénitas están entre los diagnósticos más graves. A veces, cuando la situación se vuelve crítica, el último recurso es un trasplante de corazón. Mientras esperan un órgano compatible, a muchos pacientes se les someten a operaciones o se les implantan dispositivos electrónicos que ayudan al debilitado corazón. Y aun así, la mayoría de quienes padecen estas enfermedades no llegan a la edad adulta. Pero la historia de este hombre fue una excepción. Llegó a los treinta y cinco años, lo que los médicos consideraban un verdadero milagro. Hospitalizaciones anuales, revisiones y cirugías constantes formaban parte de su rutina. Los médicos le ponían implantes, corregían la función, hacían todo lo posible por ganar algo más de tiempo. Así fue “tirando”: porque difícilmente puede llamarse vida a la existencia de quien cada día espera un donante, una operación o la muerte. Por eso nunca formó una familia. No encontró una mujer dispuesta a vivir bajo la sombra del riesgo y tampoco quiso hacer cargar a nadie con su enfermedad. Sus padres fallecieron y quedó completamente solo. Las largas estancias hospitalarias se volvieron costumbre; pero esta vez todo fue distinto. El médico hojeaba papeles, consultaba el ordenador, suspiraba. Finalmente se armó de valor y dijo: — Debería dejarlo todo en orden. Si quiere hacer testamento, hágalo. Y si puede, visite a los suyos… El médico bajó la mirada antes de continuar: — Seguimos esperando un donante, pero… Depende de la suerte. Su estado es muy grave. Más operaciones no sirven para nada. Podemos aislarle en una habitación y conectarle a los aparatos, pero entonces no podrá volver a salir de aquí hasta la operación. Y cuándo llegará ese corazón… sólo lo sabe Dios. El hombre no dijo nada. Estaba agotado del miedo y la espera. Cansado de la lucha interminable por una vida que casi no era suya. Sonrió y contestó: — No se preocupe. Está bien. Hace tiempo que decidí: me voy de viaje. El médico le miró alarmado: — ¡No puede alejarse del hospital! ¿Y si aparece un donante? ¡No podremos ayudarle! Pero el hombre se levantó y salió. Ya no podía soportarlo. Hartazgo de paredes, horarios y límites. Se fue a una agencia de viajes. Su último sueño era conocer Venecia: ver la ciudad flotante, cruzar sus puentes, pasear en góndola… Su corazón latía irregular, la debilidad le obligó a sentarse en un banco del parque. Cerró los ojos, lenta la respiración para calmar el dolor. El sol se filtraba entre las hojas, contempló la luz hasta que tuvo que entrecerrar los ojos y entonces… Algo ligero saltó a su regazo. Al abrirlos, vio en sus brazos a un gatito flaco y sucio, con pelaje gris y orejitas disparadas. El pequeño se irguió y le rozó la cara con su hocico cálido. — Perdón… —sonó una voz femenina cerca. Era una mujer de unos treinta años. — Venía a recogerlo, pero se escapó… No pensará quedárselo, ¿verdad? Por favor, devuélvamelo. El hombre sonrió, intentó pasarle el gatito, pero éste se aferró con sus pequeñas uñas y se puso a maullar. El hombre titubeó, aflojó el abrazo. — Vamos, pequeñín… No puedes quedarte conmigo, ni siquiera sé si despertaré mañana. Ve con esa mujer tan buena. — ¿Por qué no está seguro de que mañana vivirá? —susurró ella, sentándose a su lado. Sin saber cómo empezó a contarle todo: la infancia, la historia con los médicos, el último diagnóstico. Le habló de sus miedos, de su eterna lucha, de su sueño veneciano. Y, mientras hablaba, el pequeño felino se dormía en sus brazos, aferrándose a él. La mujer apenas podía contener las lágrimas. — Perdóneme… —se disculpó él—. No quería apenarla. — Bueno, basta —replicó ella enérgica, poniéndose en pie—. Usted irá a Venecia, eso lo tengo claro. Y ahora… Ahora nos vamos a mi casa, cojo lo que tengo para el gatito, y luego a la suya, le acomodamos al peque como se merece. Está claro que le ha elegido a usted. El hombre se levantó y le pasó una llave. — Es la de mi piso. Si me pasa algo… quédese con él. — ¡No le va a pasar nada! —aseguró ella—. ¡Ahora ya tiene alguien por quien luchar! Salieron juntos, charlando y riendo. Por primera vez en años, el hombre dejó de escuchar su propio corazón. Toda la debilidad desapareció, como si nunca hubiese estado. No os aburriré con mil detalles. Baste decir lo importante. Vivió veinte años más. Veinte años felices. Tuvieron dos hijos, y juntos viajaron a Venecia, surcaron los canales en góndola, escucharon a los cantantes y pasearon bajo la luna. Para la familia, Venecia fue el sueño cumplido. El hombre se olvidó de los hospitales. Los médicos le seguían llamando a las revisiones, su mujer le arrastraba casi a la fuerza y él refunfuñaba: — ¡Si yo me encuentro estupendamente! Pero la muerte no se engaña. Sólo se la puede demorar un poco, si tienes un motivo real para vivir. Una noche, el viejo gato gris vino a sus brazos. El hombre lo entendió todo de inmediato. Se levantó con cuidado, para no despertar a su esposa, y salió al balcón. La luna brillaba como nunca, sólo para él. Se sentó en una butaca, acunó al gato y le susurró: — No tengas miedo. Estoy contigo. Te quiero. El gato le miró, suspiró y se quedó dormido para siempre. Él lo acarició, contemplando la luna. Así los encontraron por la mañana, juntos, el hombre mirando al cielo. Los enterraron juntos. Dijo su esposa: — Esos corazones vivieron juntos, y juntos se pararon. Ella no culpó ni al destino ni a Dios. Sabía que esos veinte años eran el mayor de los regalos, y agradecía al mundo, al pequeño gatito mugriento, al hombre de corazón roto y a sí misma por no mirar para otro lado. ¿Quién sabe dónde empieza un milagro? Así terminó su historia. Puede que no fuera alegre, pero ¿quién se atreve a decir que no hubo felicidad en ella? Yo, desde luego, no.