La deliciosa kotleta: el plato clásico de la cocina casera rusa que triunfa en España

¡Que se vaya todo al cuerno! exclamé mientras apartaba las albóndigas recién hechas en el plato y, sin pensarlo, agarré la sartén de hierro fundido que heredé de mi abuela. Me olvidé completamente del trapo y me quemé la mano. Solté un grito, más enfadado por la injusticia absurda de mi vida que por el dolor del quemazón.

En mi cabeza resonaron de repente unas estrofas de una canción de Sabina, algo de un duro en la hucha de las certezas y la eterna pregunta sin respuesta. Mientras me enjugaba las lágrimas, solté una maldición y admití que, una vez más, este poeta sí tenía razón: yo, por desgracia, no iba a ser nunca el centro del universo.

Al verme así, primero Trasto y enseguida Simón, mis compañeros peludos, decidieron acompañarme en mi aullido. El gato, como siempre, maulló delicadamente desde su rincón, pero Trasto se desgañitó de pura alegría.

Este chucho de raza imposible tenía la virtud de aullar como si todos los lobos de Castilla se hubieran reunido en mi pequeña cocina a hacer coros y despertar no solo a la familia, sino a toda la vecindad del bloque.

¡Shh! ¡Quietos los dos, que no está el horno para bollos! al fin reaccioné, dándome cuenta de que las lágrimas no curan quemaduras. Abrí el grifo y metí la mano bajo el agua fría.

Para rematar el desastre, todavía aturdido, volví a tocar la sartén para sacarla de la pila y así evitar que se estropease, y entonces solté otro alarido que hizo a Trasto saltar por toda la cocina, ladrando y meneando la cola como si acabáramos de recibir el Premio Gordo de la Lotería, justo en ese instante apareció al fondo del pasillo Alejandro, mi mujeriego esposo, medio dormido.

Pero vamos a ver, mujer, ¿qué escándalo tienes montado aquí?

Alejandro siempre tuvo buenos reflejos, cosas de cuando era boxeador en su juventud.

En menos de un minuto me había sentado en la silla, me tapaba la mano con el botiquín delante, y apartaba la sartén del fregadero.

Déjame, a ver cómo tienes eso dijo, cogiendo mi brazo con sumo cuidado, temiendo tocarme la palma.

¡No hace falta! me quejé, apretando la mano. Nuevo chillido. Por lo visto, hoy venía de orquesta.

¡Basta! pasó automáticamente a modo sargento, y, como siempre, no solo yo me puse firme, sino que Trasto y Simón también obedecieron, cada uno en su sitio.

Simón, el gato, era el más listo de todos los miembros de la familia Gómez, y ya cuando empecé mi particular baile con la sartén, él se había escondido bajo la mesa, entregado a su especial misión de consolarme, lamiendo mis zapatillas y ronroneando a pleno pulmón. Alguien tenía que compadecerse de mí, ¿no?

Trasto, mientras tanto, seguía meneando el rabo y enseñando los dientes como si le hubiese regalado el plato entero de albóndigas. ¡En qué estaría pensando! De todos debería saber por qué lloro: aún lleva el costado marcado de cicatrices del incendio en casa de sus antiguos dueños, del que se salvó a duras penas. Recuerdo bien cómo aquella tarde, en mitad de una gran nevada, tuve que arrodillarme en el puente durante media hora para convencerle de que viniera conmigo. Luego, él no dejaba de morder y gemir mientras yo le curaba sus heridas. Si no llega a ser porque Simón le plantó cara, aún me estaría mordiendo. ¡Y menos mal! Porque aquí la que manda soy yo, y nadie va a lastimarme. Ni perro ni gato.

Yo misma ideé su nombre, después de que en casa discutiésemos veinte veces y hasta hiciéramos un sorteo con la vieja boina del abuelo, sin llegar a acuerdo.

Pasó Trasto por el Tajomurmuré y ahí quedó zanjado.

Yo lo salvé, yo le pondría el nombre. Los antiguos dueños vinieron solo a traer el collar y la correa, ofreciéndose a disculparse.

Un héroe este perro decían. Si no fuera por él, arderíamos todos. ¡Menudo escándalo montó!

Entonces, ¿por qué lo dejáis aquí?

¿Y dónde vamos a llevarlo? Ahora vivimos hacinados seis en una habitación de ocho metros en casa de unos parientes No podemos hacernos cargo.

Simón, presente en la conversación, percibió mi rabia y, sin tiempo que perder, saltó a mis brazos e hincó las uñas en mis piernas para disuadirme de soltarla. Me limité a asentir en silencio y sacar una hoja para que redactaran la carta de cesión.

¿Pero para qué quieres un papel?

Para que conste que el perro pasa a ser mío para siempre.

No pensamos recuperarlo.

El que traiciona una vez murmuré, dejando girar el bolígrafo encima de la mesa. Escribid.

Sin protestar, firmaron. Se marcharon y yo me quedé en el suelo acariciando alternativamente a Trasto y Simón, llorando en silencio.

Yo sabía bien lo que era el abandono.

También me dejaron tirado una vez, como a Trasto, haciendo oídos sordos a toda justicia. Mi primer matrimonio fue un fracaso: Pilar, mi exmujer, era de aquellas que aprecian la jarana y el vino. No, no era una borracha, pero tenía su afición y, como quien dice, los viernes se celebran y punto. Yo, en mi ingenuidad, creía que con tener la casa en orden, comida y cariño bastaba.

Tuvimos una hija, Julia, porque ella lo quiso.

Pero pronto comprobé que, salvo mojar la cuna, el entusiasmo por la paternidad se le agotó en el hospital. La niña le molestaba: lloraba, tenía mal olor… De todo me tocó a mí. Yo la quería, claro, y toleré hasta que no pude más su desgana.

¿Pedirlo y luego desentenderse? Ah, no. A las hijas no se las guarda de repuesto. Después de parir, hay que cuidar. Pasar noches velando y buscar motivos en Google cuando tienen mocos. Preguntarse si respira. Sufrir cuando tropieza y luego permitírselo para que aprenda a caminar sola. Llenarse de felicidad con su primer papi y besuquearla sin preocuparse de sus protestas.

Decisión obvia. Así que me llevé a Julia y abandoné a Pilar.

¿Te vas? dijo solamente, encogiéndose de hombros. Allá tú. Ni pienses en volver. No te abriré.

Yo no contesté, solo cerré la puerta tras de mí. Las conversaciones no valen donde no se quiere escuchar.

Tras el divorcio, nada fácil, llegué a la casa de mis padres con mi hija, ya que yo aún no contaba con vivienda propia. Así fue como encontré a Simón, mi gato peludo, empapado y temblando junto a un charco cerca del portal.

¿Pero dónde encontraste a ese monstruo? exclamó mi madre, Carmen, arrebatándome el animal. ¡Lávate las manos! ¡A saber qué enfermedades tiene! ¡Nos va a contagiar a la niña!

Mamá, tranquila. Tengo el contacto de una amiga veterinaria, le echará un vistazo. ¿Vigílame a Julia?

¡Claro! Llévalo rápido, está para el arrastre. Pobrecito

¡Ya verás! Pronto engordará y será el rey de la casa.

Tenía razón. Simón creció hasta convertirse en un auténtico felino sinvergüenza, el único macho en casa, convencido de que era el jefe absoluto y educador del batallón femenino, incluida Julia. Si a la niña le daban rabietas, un zarpazo o un mordisquito en el talón la calmaban de inmediato: argumentos felinos irresistibles.

Todo varón que cruzaba el umbral era, para Simón, enemigo declarado: sabotajes en los zapatos y travesuras por doquier, aunque yo lo reprendiese al descubrir sorpresas en los zapatos de algún señor.

¡Simón, pero tendrás vergüenza!

Mostraba todo el desinterés posible: conciencia no tenía, y yo suspiraba.

¡Si es que todos sois iguales! Siempre pensando en vosotros mismos.

Pero Simón se creía único, irrepetible, y jamás iba a confiar en cualquiera para cuidar de su madre humana.

Me acostumbré a sus jugarretas hasta el nivel de comprar un zapatero en la entrada, para cabreo del gato, que incluso me ignoró un tiempo.

¿Vas a seguir dándome la espalda? reía yo. ¿Qué culpa tiene mi amigote de que sea varón? Así no me vas a dejar casarme nunca, ¡eh, Simón! ¿Te parece bien?

Él callaba, terco. Mejor guardar silencio y actuar por su cuenta. Después, quizás, pedir perdón si hacía falta. Pero si se trata de proteger a los tuyos, no hay remordimientos que valgan.

Solo una vez fue diferente: ni rascó el zapatero, ni se marchó a dormir con Julia para quejarse. Se quedó junto a mí, atento al desconocido que, nervioso, hablaba con mi padre, sin probar la copa que tenía delante. Cuando oí a todos brindar y abrazarme, Simón fue tras aquel hombre a la habitación donde estaba la niña.

De rodillas, el hombre preguntó con solemnidad a Julia, de apenas dos años:

¿Quieres ser mi hija?

No hacía falta su nombre; bastó el olor. Julia se lanzó, sin protestas, a sus brazos. Si ella confiaba, no podía ser malo.

Así llegó Alejandro. Vivimos un tiempo con mis padres y, cuando Julia se adaptó, nos mudamos juntos. Simón, por supuesto, vino con nosotros.

Yo enseñé a la niña y a Simón. Después, a Simón y al pequeño Marcos, que se sumó a la familia. Más tarde, vino Trasto y, tras su separación, mi madre Carmen se instaló también en casa. La familia crecía y yo estaba cada vez más nervioso.

¿Por qué? Simón no lo sabía a ciencia cierta. Él me terapiaba a su modo felino, pero no lograba que me relajara. Alejandro parecía ignorar mi desánimo, ocupado con el trabajo, dándome cada noche un beso en la mejilla y exigiendo para cenar mi famoso cocido, del que estaba enamorado igual que del plato de albóndigas, debilidad de toda la familia, incluido el perro y el gato.

Y justo hoy, tras freír albóndigas para todos, me di el lujo de llorar. Nadie lo notó, salvo Simón. Las rutina y la costumbre de mi entrega diaria a la casa y la cocina hacía que nadie reparara en mis bajones de ánimo.

¿Pero qué te pasa, cariño? preguntó Alejandro, igual que otras noches, mientras me ponía la venda en la mano, mirándome a los ojos.

Nada refunfuñé. Se me va la cabeza, ya ni sé

Vaya novedad. ¿Qué he estado haciendo? ¿No me entero de nada?

Eso mismo.

¿Puedes explicarme qué ocurre?

Me siento ninguneado, Alex. Muy ninguneado.

Vaya Sentirse así lo entiendo, pero, ¿descanso entonces, te hace falta?

No respondí. Me acurruqué contra él y asentí, suspirando.

¡Listo! De vacaciones. Con todo lo que conlleva.

¡Pero si hasta verano ni lo soñamos! ¡Tengo un sinfín de cosas pendientes!

¡No te digo del trabajo, sino de la cocina! ¡Hoy me hago cargo yo!

Le miré incrédulo.

¿Tú?

¿Qué pasa? ¿Piensas que los hombres no cocinamos?

Mi padre cocinaba de lujo, pero nunca te vi haciendo nada de comer

Porque no me has visto. Me enseñaron a pelar patatas en la mili. El resto se aprende. ¡Ya verás! Simón me ayudará si me atasco.

Alex

¿Sí?

Que te quiero.

¡Y yo a ti! ¿Te bastan un par de semanitas de descanso?

No lo sé tú sabes cómo estoy de liado.

Tranquilo, haz lo tuyo. Las cazuelas, para mí.

¿Y mamá qué va a decir?

¿La tuya? Protestará. Dirá que somos unos inútiles, me echará de la cocina. ¡Pero no me dejaré! adoptó postura de campeón, blandiendo la sartén aún sin lavar. ¿Soy hombre o no? Algo tendrá que señalar mi palabra aquí.

No pude evitar reírme y, al ver mi sonrisa, Simón se tranquilizó. Si el que manda en la casa ríe, todo marcha bien.

El día se dispersó: cada uno a lo suyo. El viejo reloj de péndulo, herencia familiar, marcaría las horas. Simón se preguntaba constantemente a dónde iba el cuco que salía chillando desde su escondite cuando él más a gusto estaba echado a la bartola.

Al irme a una reunión, acostumbré a tirar de la pesada piña, guiñando a Simón:

No toques al cuco, bribón.

Ofendido, se tapaba el hocico con la cola. ¡Como si él alguna vez hubiera molestado al pájaro ese!

Pronto, la tranquilidad bajaba sobre la casa y Simón encontraba su sitio acurrucado junto a Trasto. Hasta la tarde.

Cuando Carmen volvía a casa con los nietos, los críos la desbordaban a preguntas y relatos de la escuela y el cole.

Entre risas y lágrimas, aplaudía la última actuación de Marcos, esta vez de hongo parlante, ya que dejó el papel de príncipe al compañero. De todos modos, la ovación de su hermana Julia y Carmela era tal que las manos le quedaban rojas de tanto aplaudir. Otro día más en el teatro infantil.

Julia, después de los deberes, desplazaba a la abuela de la pila del fregadero y le aconsejaba descansar las manos.

¡Abuela, ya lo hago yo!

Carmen cedía de buen grado. Luego miraba el reloj.

Vuestro padre, siempre trabajando Mamá ni llama ¡Incansables estos dos!

Y los niños, bañados y rendidos, caían dormidos antes de que llegáramos los adultos. Carmen cerraba despacio la puerta de la habitación para no interrumpir el susurro que ya se escuchaba en la cocina.

¿De quién es esta albóndiga huérfana? ¿Tan sola está aquí? pregunté.

Tuya.

Ya he comido, y además, menudo michelín tengo

¡Tonterías! ¡Eres la mujer más hermosa del mundo! Anda, come, y no protestes. ¿Te gusta la pasta?

Muchísimo.

Y decías que no sabía cocinar

¡Eso sí que no lo dije!

¡Y lo pensaste, que es igual! Oye, Anabel, ¿y si este verano nos vamos al mar?

¿Y la reforma?

La reforma puede esperar. Tú necesitas playa. La casa sigue en pie, el tejado lo termino pronto, lo demás, el año que viene. ¿Qué opinas?

Opino que mi marido sí que escucha.

¿Solo escucha?

No, también tiene un corazón enorme. Y sé que no me equivoqué eligiéndote.

¿Acaso hubo rivales?

¡Alejandro! Suéltame ya, que si no se despiertan los niños.

¡Eso lo dudo! ¡No se despiertan ni con trueno! Me siento afortunado

Simón, que siempre escuchaba desde el pasillo, decidió que el día ya estaba bien. Si hay paz y alegría en la casa, el gato puede dormir tranquilo. Y así se fue a la habitación, se subió con Julia, que no se mueve apenas por la noche al contrario que Marcos, que da patadas y se dispuso a soñar a lo grande.

Nunca se sabe que deparará el nuevo día. Quizá más preocupaciones, o quizá nuevas alegrías. Pero de algo estoy seguro: mientras la mujer que sostiene este hogar sonría, aquí todo irá bien.

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La deliciosa kotleta: el plato clásico de la cocina casera rusa que triunfa en España
¡SLAVI, PONTE LA GORRA! ¡QUE HAY VIENTO! ¡YA SABES QUE TIENES LAS OREJAS DELICADAS! ¡Y NO CORRAS TAN…