Su dolor
¡Luz, damos otra vuelta, porfa! ¡Todavía es muy temprano! Me insistió Pablo, mirándome con esos ojos llenos de vida, antes de abrazarme torpemente. Bajo aquel abrigo demasiado grande para mí, parecía que desaparecía. Me sentía aún una niña, delgada y baja. Si me hiciera dos trenzas y me enfundara el uniforme del instituto, podría pasar por una alumna de primero. Mi nariz chata se había puesto roja por el frío, y en las mejillas me habían salido esas dos manchas que parecían manzanas. Con Pablo, sentía calor y escalofríos a la vez y deseaba pegarme más fuerte a él y no soltarle nunca, aunque en el fondo sabía que debía volver a casa.
No, tenemos que irnos. Mamá necesita ayuda para bañar a Carlitos. Anda, Pablo, déjame
Intenté soltarme de su abrazo, suave pero decidida, y apoyé la cabeza en su hombro con un suspiro.
Espera un poco más. ¡Oye! ¿Y si vamos al cine? ¡Nos da tiempo! ¡Venga, va, rápido!
El cine estaba al lado, con paso ligero podríamos llegar justo. Pablo sabía que probablemente no quedarían entradas, pero así, aunque fueran diez minutos, podía estar un poco más conmigo.
No, de verdad, que no. ¡Pablo! Alcé la cara, recibí sus besos, y al poco le aparté de mí, encogiéndome. Mi madre está asomada a la ventana. Como me vea, me monta una bronca. Me voy, Pablo, ¡que tengo que ayudar!
¡Te acompaño! Se lanzó tras de mí, pero negué con la cabeza.
A mi madre, Rosario, nunca le gustó Pablo; decía que sólo pensaba en eso, lo vergonzoso, lo bajo, lo sucio. Y yo era tonta, que caía en las tonterías de Pablo y no entendía nada.
En cuanto Pablo aparecía por la zona, Rosario se ponía a gritar, amenazaba con que si se me acercaba medio metro más, ya verás tú lo que hago. Y Pablo, riendo, se iba silbando una canción y arrastrando los pies como un marinero.
Abrí como pude la pesada puerta del portal y entré en la oscuridad. Olía a humedad, trapos mojados y yeso viejo.
¡Luz! en el primer piso se abrió una de las puertas, la silueta de mamá recortada en la luz. ¿Se puede saber a qué hora llegas? ¿No miras el reloj? ¡Hay que bañar a tu hermano y sabes cómo tengo la espalda! La miré mientras subía rápido las escaleras, me zafé del abrigo y me descalcé de un salto.
¿Otra vez con ese chico? ¡Mira lo que te traes! Sólo tenéis una cosa en la cabeza. ¡Piensa un poco, anda! Al verme parada delante del espejo, se enfureció. ¡Tienes las mejillas como dos tomates! Luz, sigues siendo estudiante, no puedes andar así
Me miré un segundo, aún con la cara encendida por los besos de Pablo, y fui directa al cuarto donde Carlitos, mi hermano pequeño, jugaba en el parque de madera. Estiró los brazos al verme, riendo.
¡Ve a bañarle, Luz! ¡He dicho que vayas! me chilló mi madre al oído.
Iba a responderle algo, pero resoplé, me puse el delantal y me llevé a Carlitos al baño.
Llené la bañera y, comprobando la temperatura, senté al niño dentro y me quedé sentada a su lado. Mientras él chapoteaba y me tiraba del pelo, yo estaba en otro mundo.
¡No me tires! le espeté. Como sigas, te pego. ¿Lo has entendido?
Carlitos me miró asustado, con los ojos azules idénticos a los de papá. No entendía por qué no le respondía con la misma alegría. Pero es que yo hace tiempo que ya no me alegro de nada.
Esa eternidad empezó el día que murió papá.
Era julio y pasaba la tarde escuchando discos en mi cuarto. ¿Qué grupo era? ¿Mocedades, quizá? Cerraba los ojos e imaginaba conocerle al doblar una esquina, y que se enamoraba de mí al instante… Mis sueños se rompieron con una llamada de teléfono. Ahí empezó mi eternidad.
¡Luz, ven! ¡Tengo las manos llenas de masa! me gritó mamá desde la cocina. Fui al teléfono, instalado en una pequeña repisa que papá había montado con sus propias manos… Todo lo había puesto él.
¿Diga? contesté bostezando. Sí, es la casa de los Martín. ¿Qué desea? ¿Cómo que…? No pude terminar, porque el reflejo en el espejo parecía otra persona, pálida, la boca abierta y los dientes torcidos. ¿Qué…? Usted… musité, sin sentir labios.
El auricular colgó de repente, balanceándose contra la pared.
¿Luz? ¿Quién era? ¿No era la tía Pilar? Salió mamá de la cocina, la harina pegada a las manos, la camisa, el rostro, el cuello. Y entonces esa harina, blanca como mis labios, lo cubrió todo. Cayó al suelo agarrándose el vientre, dejando rastros de dedos e hilos blancos en la pared. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Luz, qué hacemos? repetía.
Le siguieron médicos, ambulancia, hospital… Yo me quedé sola con lo que acababa de pasar. Y entonces me enfadé, mucho, con mi madre. Ella refugiada en el hospital, protegida, sin poder alterarse… ¿Y yo? Yo todo el mundo me ignoraba, ¿quién iba a consolarme a mí? ¿La tía Pilar, que sólo pensaba en preparar comida y comprar vino, porque papá tenía muchos amigos a los que había que atender?
Sí, eso mismo decía: atender, como si papá hubiera fallado y estuvieran todos enfadados con él, y ahora había que reconciliarles.
Jamón, tortilla, ensaladilla, empanada aún recuerdo ese olor repugnante de ajo, cebolla y carne cocida mezclados.
¿Me ayudas, Luz? Hay que cortar entró en mi cuarto mi tía Pilar. Al ver que yo estaba en la cama, me dio palmaditas con sus manos ásperas. Sentí su piel reseca rozando mi jersey.
¡No me toques! ¡Déjame en paz! ¡No pienso hacer nada! sollocé de repente. ¿Para vosotros es una fiesta? ¿Cena y copas? Imité la voz de mi tía. Id vosotros a por el vino. ¡Os odio! Papá se ha muerto, ¿entendéis? ¡Me ha dejado sola y me habéis dejado sola!
Luz, cariño, ¿cómo vas a estar sola? intentó abrazarme Pilar.
Me solté de un empujón y ella salió del cuarto, llorando en silencio.
Mamá recuerda poco de aquel tiempo en el hospital, si estaba dormida o bajo los efectos de pastillas. Sólo voces, caras borrosas, el médico que la urgía a luchar.
Pero ella no quería. Que el niño muriera también ¿y qué? ¿Cómo iba a seguir ella adelante, sola?
Papá era el pilar, el árbitro, el que todo lo arreglaba en casa. Cuando mamá tuvo que dar a luz a mí, hubo una nevada que impidió llegar la ambulancia, y papá la llevó en brazos hasta el centro de salud Siempre la rescataba.
Señora Rosario, no sea tonta le increpó el médico una mañana. El niño es su futuro, es el motivo por el que seguir adelante. ¿Quiere que muera? ¿Ahora mismo? Vamos, a quirófano, aborto y asunto cerrado. ¿Qué hace, me suelta el brazo? gritó a la enfermera. ¡Pues eso, sin niño nos quedamos! Y la empujó.
Aquella brutalidad hizo reaccionar a mamá. Desorientada y en bata, entró en la sala de operaciones, vio la mesa blanca y las baldosas celestes ¿Cuál era su sitio? ¿Realmente quería perder al bebé?
No, es muy pronto. Me he confundido. No quiero; quiero que viva, ¿vale? preguntó ella.
La enfermera se echó a reír.
Claro, anda, ve a tu habitación, que lo tuyo es el susto.
Al mes nacía Carlos, robusto, precioso, igualito a papá.
Fui a por mamá y el niño al salir del hospital. Ni flores ni bombones para las enfermeras; tía Pilar había dejado unas pesetas para lo necesario, pero yo ni las toqué.
Pues vaya fiesta refunfuñé. Hace nada que enterramos a papá y aquí todos sonríen.
No puedo evitarlo, Luz, ¿no ves que es complicado? murmuró ella.
Cogimos el tranvía. Al niño apenas lo envolví; ni lo miré, ni besé a mamá. No era momento de alegría, estaba de luto. Que me dejaran en paz.
Por la mañana me escapaba a clase y luego me perdía un rato por los parques con Pablo, volviendo ya tarde, engullía la cena y a la cama. Yo tenía mi dolor y necesitaba espacio. ¡Que no me molestaran con bebés!
¡Ya está bien! Explotó mi madre al final. ¡Todos cenáis pero sólo yo hago la compra y cocino! ¡No soy de hierro, Luz, necesito dormir! Carlitos llora mucho
¡Pues haberlo pensado antes de tenerle! salté yo. Siempre echándome en cara el pan, tranquila que cuando trabaje te devolveré hasta el último euro. Yo necesito estudiar, que también me paso noches en blanco con los lloros de tu Carlos.
¡Mi Carlos? Luz, es nuestro, tu hermano. ¡Ayuda un poco, por favor!
¡No quiero! Papá no te hubiera permitido hablarme así. ¡No lo hubiera soportado! ¡Nunca le quisiste, sólo piensas en ti!
Otra vez las lágrimas, el encierro, la soledad. Mi madre arrullaba al crío mientras yo lloraba en silencio, convencida de que nadie me entendía, ni siquiera ella, que nunca amó como yo había amado a papá Algún día, pensaba, lo entendería todo.
En primavera mamá se hartó; los exámenes finales me absorbían, Carlos enfermaba mucho, ella apenas cobraba la baja médica y yo me negaba a ayudar más en casa. Allí fue cuando Rosario desató toda su frustración.
¿Dónde te metes por las noches? ¿A qué exámenes estudias a esas horas? ¡Lo que haces es salir con ese chico! ¿Como vuelvas preñada no sé qué te haré! gritó en la entrada.
¡Tú también tuviste hijos sin pensarlo! le solté por lo bajo, colgando el abrigo.
Primero nos casamos tú padre y yo y luego tuvimos hijos, así se hace. ¿Has traído el pan? ¡Te lo pedí!
Toma tu pan le tiré la bolsa al suelo. Y, sin saber cómo, me dio una bofetada.
Estuvimos una semana sin hablarnos, sólo lo justo y con malas caras. Luego empecé a ayudar aquí y allá con el niño, a cubrir algunos recados.
Mi madre creía que por fin me había curado, que todo volvería a la normalidad, y yo volvería a querer a Carlos.
La verdad era otra. Pablo me había prometido casarse conmigo tras la selectividad, y con él, al fin, tendría a alguien que me protegiera, que me mimara, igual que papá
Mi madre me martiriza, me obliga a cuidar de ese niño ¡y no puedo! sollozaba en el hombro de Pablo tras salir del cine, a donde él, ilusionado, nos llevó.
Luz, es tu hermano, y tu madre necesita ayuda. Sois familia me susurró Pablo.
Pablo se había criado con la abuela, nunca tuvo una familia de verdad, y siempre había soñado con una casa llena de vida y olor a bizcochos. Él soñaba con su propio hogar así. Yo, sin embargo, sólo quería que me quisieran y me protegieran.
Nadie se compadeció de mí cuando murió papá le decía. Todos pensabais en vosotros. Pero la que perdió a su padre fui yo. ¡Tú entiéndeme, por favor!
Pablo no diferenciaba bien entre compasión y amor, y tampoco parecía importarle. Decidió que yo sería su familia, haríamos un hogar cálido, con cortinas de flores y una mesa como la de su abuela.
Al final, acabé el bachillerato a duras penas. En la graduación mamá me hizo un vestido precioso y hasta me dejó maquillarme.
¡Mi niña! musitó, secándose una lágrima mientras me daban el título.
Pablo vino a felicitarme, arreglado con la americana, el nudo de corbata de prestado.
Mamá lo vio entonces: cómo me abrazaba, cómo me besaba y yo reía y le correspondía
Quiso expulsarlo de la fiesta, pero tuvo que irse porque el pequeño Carlos lloraba.
Eso me alegró. Ya era hora de que corriera tras su hijo y me dejara a mí tranquila.
Al terminar la fiesta, llegué a casa de madrugada. Mamá dormía en la silla junto a Carlos, y al intentar cruzar el pasillo, hice ruido.
¡Luz! exclamó mamá sobresaltada al salir del cuarto. ¿Dónde has estado? Dijiste que volverías pronto. Todas tus amigas están en casa, lo sé porque pregunté.
¿Has ido preguntando a mis compañeras? ¡Mamá, qué vergüenza! le tiré el título en la mesa. ¿No te da apuro?
Rosario quiso responder, pero sólo pudo suspirar.
No entiendo por qué me tratas así me dijo al fin en voz baja. Te quiero, pero así no puedo
Intentó acariciarme, arreglarme el pelo, pero me aparté.
¿Que por qué? Porque sólo piensas en Carlos, te olvidaste de papá y de mí. Ahora sólo soy tu recadera, la que limpia y hace la compra. ¡No me busques más! Me caso con Pablo, él sí me va a cuidar. Hoy vamos al registro. Así que déjame ya.
¿Cómo? preguntó mamá desorientada.
Lo que oyes. Me voy a casar.
Me marché a mi habitación y cerré la puerta.
La boda fue sencilla, unos pocos invitados en un restaurante modesto. En la mesa estábamos mamá, acalorada por el vino, yo toda nerviosa, Pablo trémulo, su amigo Javier, alguien apareció con una guitarra
Recuerdo el día como una niebla: sólo quería que acabase rápido y llegar a casa, dormir, y que corriera el aire.
En el pisito de Pablo no había ni madre ni niño dando gritos, sólo los dos. Me besaba, intentaba animarme, yo me dejaba llevar como una muñeca sin fuerza.
Vamos a casa, porfi, estoy cansada le susurré. Rápido, recogimos y cogimos un taxi.
Mamá nos vigiló al salir, con esa mirada triste de quien presiente que algo se ha roto.
¿Te acompaño, Rosario? quiso Javier al cruzarla por la calle.
No, puedo sola. Tengo a mi hijo en casa.
Él fue tras ella:
No le guardes rencor a Pablo, es buena gente, lo verás.
Mamá sonrió amarga.
¿Y qué va a hacer con mi hija? Ni trabajo ni estudios. Ella no va a seguir. Y Pablo no es aún un hombre maduro
Deja que te impresione, señora, te sorprenderá. Es un buen hijo.
Desde la boda, dejé de visitar a mamá. Ella venía a vernos, traía mis cosas, pero yo la despachaba en seco.
Mamá, basta, deja de venir como una carcelera. Pablo lo compra todo.
Pero cocinar Mira que nunca haces ni un huevo se lamentaba.
Pues yo me tumbo, que para eso ya me casé. ¡Vete, anda!
En cuanto Pablo llegaba del trabajo, le recibía con abrazos y lágrimas:
Estoy embarazada
¿Y por qué lloras, Luz? preguntó asustado, secando mis lágrimas.
Porque me da miedo. ¿Tú me vas a cuidar, verdad? ¿Me vas a querer siempre?
Y Pablo hacía todo lo posible: limpiaba, cocinaba, me mimaba, me traía fruta, me daba agua cada noche que tenía náuseas. Hasta comía fuera para que yo no tuviera que cocinar. Cuando yo le reprochaba cualquier cosa, recordándole mi dolor por la pérdida de papá, él volvía a compadecerme. Irina venía alguna vez a echarme una mano, pero entre Carlos y el trabajo nunca tenía tiempo.
No te enfades con ella, Pablo decía mamá. La malcriamos entre su padre y yo, siempre pensábamos que habría tiempo después. Pero es buena chica, lo será.
Pablo no sabía lo mucho que deseaba tener por fin una familia.
Yo vivía mi embarazo de forma teatral; parecía disfrutar del cansancio, las náuseas, los mimos. Pablo ya sólo hablaba del bebé, de cunas y cochecitos que le regalaban los vecinos. Cuando vi el carrito viejo y descolorido en medio del salón, me eché a llorar.
¿Te duele algo? ¿Qué te pasa? se asustó Pablo.
No quiero ser un simple incubadora, Pablo. ¡No quiero tener este hijo! No lo quería. Lo tendré y se lo daré a quien sea. Estoy harta.
Y Pablo, más atento aún, redobló los mimos. Era sólo para mí, no pensaba compartirlo con nadie.
A los nueve meses nació una niña sana. Pablo estuvo tan feliz que lloraba y reía sin parar mientras Sagrario, mi madre, le enseñaba cómo se baña a un bebé y cortaba la ropita.
¿Ya habéis pensado el nombre? bromeó mamá. Eso déjaselo a Luz, a ver qué se le ocurre
Pero yo sentía rechazo hacia la niña. Odiaba sus gruñidos, sus gestos, sus cabezazos. Igual que me ocurrió con Carlos.
Llamamos a la niña Carmen. Me daban alta en el hospital, y Pablo llegaba con flores y dulces para las enfermeras, mamá llorando de felicidad, él vitoreando a la niña cada vez que lloraba.
Al llegar a casa, todo cambió. Expulsé a mamá, convencida de que al fin estaríamos solos, pero Carmen lloraba sin parar. Pablo no se separaba de ella, y yo sólo quería que me trajese la sopa caliente.
Pero él sólo tenía ojos para la niña.
Mamá venía alguna mañana y Pablo, nervioso, aprendía a cambiar pañales. Yo esperaba mi plato y nunca llegaba.
Por la noche, Pablo dormía en la cuna, yo buscaba su cuerpo, pero él se apartaba.
No ahora, Luz. Carmen me necesita. Dale el pecho.
Era el final del amor.
Por mucho que reclamara su atención, Carmen ganó la batalla.
Me marché al mes. Cogí una maleta y me fui a otra ciudad, a casa de una amiga, sin dejar dirección ni nota.
Pablo apareció esa noche en casa de mi madre, la carriola a cuestas, sin saber qué decir.
Venid a casa con Carmen sólo acertó a proponer mamá. Así podréis estar mejor. Yo perdóname, Pablo, todo ha sido culpa mía.
Pablo no sabía de culpas, sólo pensaba cómo explicarle algún día a Carmen que su madre se fue.
Dos años después, regresé a Madrid para pedirle el divorcio. No quería “ni una carga”, decía, me casaría pronto con otro, sin más niños.
¿Pero, Luz, hija, qué es esto? se llevó las manos a la cabeza mamá.
No creas que todo se arregla, madre. Me quieren y me valoran fuera de aquí, aquí sólo era una vaca lechera.
Cogí una figura de la estantería unos elefantitos que Pablo había traído y simulé que se me caía.
Se ha roto el morrito ¡Para la suerte! me reí. Viviré con mi amiga un tiempo.
¿No quieres ver a Carmen? Van a volver de paseo ahora, con Pablo. ¿Te quedas a tomar un té?
Intentó abrazarme, pero la aparté. No necesitaba su cariño, ni tampoco me daban pena sus lágrimas. Bastantes problemas tenía yo. Podía dar a Carlos en adopción si tanto le costaba
Dicho esto, me marché.
Tras el juicio, mamá miraba a Pablo con miedo de que se hundiera en la bebida, como papá.
Pablo, por favor, no bebas. Ya perdí a mi marido por culpa del orujo adulterado No quiero perderte a ti.
No se preocupe, Rosario, no tengo tiempo. ¿Me enseña a hacer bizcocho de requesón? Carmen, ¡atenta que tú también vas a aprender! Carlos, tú igual. Rosario, ustedes son mi familia y no les voy a fallar.
Mamá asintió, emocionada.
Años después, Carmen miraba alrededor de su nueva consulta. Tenía su despacho propio, era médica, como mamá siempre quiso.
Pablo no podía estar más orgulloso, revoloteando por el pasillo como quien ve a una hija hacerse adulta.
¡Carmen, no olvides la bufanda! le gritó su madre adoptiva, Olga, de pelo recogido en una trenza y carácter dulce.
¡Ya voy! llegó Carmen, dándole un beso a Olga, y abrazando a su padre.
En la parada de bus, Pablo la despidió, mirándola corretear calle arriba. Siempre con prisas
En la consulta, Carmen atendía pacientes nerviosa pero ilusionada. Hasta que entró una paciente especialmente desagradable y cínica.
Vengo por receta. Llevo media hora esperando, ¿tanto cuesta atender? ¿Y la Dra. Gutiérrez dónde está?
La enfermera, Ana, contestó:
Se jubiló hace poco. Esta es la nueva doctora.
A ver si eres mejor espetó la mujer. Me hace falta este medicamento. Es carísimo, pero lo necesito.
Carmen revisó la nota. Tras la paciente, Ana intentaba advertirle de algo.
Lo siento, es un medicamento de venta libre y tampoco lo precisa según su historial
¿Usted también? ¡Tengo migrañas terroríficas! ¡Nada me sirve! gritó, golpeando la mesa.
Se abalanzó sobre Carmen, suplicando:
Sólo quiero que me comprendas, que me ayudes. ¡Ya nadie se compadece! Y sacó un billete, queriendo sobornarla.
¡Guarde eso, ahora mismo! ordenó Carmen, miró una vez más a Ana.
Hazme caso, por favor Mi marido se quedó con mi hija y a mí me dejó en la calle. Y la niña ya ni me conoce. ¡Los hombres son alimañas! ¡Hazme la receta!
Carmen se levantó con firmeza:
Doña Elena, no le voy a recetar ese medicamento. Si quiere, consulte con la dirección. Y otra cosa: usted no tiene ninguna hija aquí. Su hija es de otra madre, una que supo quererla y estar a su lado. No hable nunca así de mi padre. Puede marcharse.
Dejó de mirarla. La mujer se fue dando un portazo, Ana le ofreció agua a Carmen.
Gracias musitó la doctora.
No pasa nada, pequeña. Son cosas que suceden
Por ella mi padre y mi abuela sufrieron mucho Pero me alegro de haber tenido a otra madre, Olga. Es mi verdadera familia.
Ana le sonrió:
Eso es lo importante. ¡Venga, que nos quedan muchos por atender!
Carmen asintió, respiró hondo. Frente a ella, la fila de pacientes y una vida nueva. En casa la esperaban Pablo, Olga y, cada fin de semana, la abuela y el tío Carlos.
Gracias, Señor, por la familia que me diste, por poder quererles pensó Carmen, antes de recibir al siguiente paciente, Miguel Ángel su futuro esposo.






