El hijo ajeno

Querido diario,

Hoy ha sido uno de esos días largos en la vida de vecinos y escaleras. Mientras fregaba los escalones, doblada sobre mí misma, no podía evitar entonar con mi vocecilla esa coplilla de antaño: Ay, mi niño bonito, ¡llévame contigo! y un tosecillo me devolvía a la realidad para empezar otra vez, cubeta en mano y trapo desgastado, subiendo y bajando entre el vapor de agua caliente y el olor avinagrado del desinfectante.

Aquí, en nuestro edificio de Vallecas, cada piso debe encargarse de la limpieza varias veces al mes. Los hay que lo ignoran, otros pasan el trapo por encima y listo, pero a mí siempre me han enseñado que donde comen dos, comen tres y se limpia por igual. Así que frego hasta por quien no puede, por quien viaja, y claro, los vecinos se aprovechan de que nunca sé decir no. Ni un euro he pedido jamás, aunque bien podría.

La señora doña Aurora Gutiérrez, mi vecina del quinto, llama cada mes a mi puerta:

Inma Sánchez, mira, te vengo a pedir un favor… empieza siempre, haciendo como si se inclinara, y poniendo carilla de compasión. La espalda me tiene frita, hija. Entre las cajas de tomates y patatas en el Mercado de Arganzuela… ¡No puedo ni agacharme! Si tú pudieras ya sabes, pasas la fregona por las escaleras, que total, tú estás todo el día en casa.

Se marcha feliz y, por la tarde, sube pisando fuerte con sus botas sucias y cargada de bolsas. Ni se acuerda de la espalda, claro. La ves tan contenta de haber hecho su deber, como si ganara medallas por traer comida a casa. Y nunca falta la pullita:

Ay, Inma, pero qué charquitos dejas hoy. ¡Van a pensar que aquí una no mueve ni un dedo! Tú por lo menos friega otra pasada, que no digan…

Y allá voy yo, con mi trapo otra vez, frotando tras sus pasos. ¿Qué le voy a hacer? Si todas mis horas las ocupo entre estas paredes, y nunca me faltan recomendaciones…

Don Manuel, su marido, menudo es. Bajo, calvo y con pinta de perdido, pero a Aurora eso poco le afecta; para ella es su bien más preciado. Nada más entra por la puerta lo veo rebuscando en las bolsas hasta encontrar la botellita de anís que, de vez en cuando, le agasaja su mujer. Él mismo dice que haría de todo por Aurora: lo que me pida.

Cuando yo le invito a mis guisos, nunca se le oye queja.

Hoy me senté en el banco junto a la entrada, a tomar el aire y con la esperanza de ver pasar a Diego, el joven del sexto. No hay día que no me detenga a mirarle: tan trabajador, tan servicial, siempre con una sonrisa y dispuesto a ayudar. Como no, vive solo desde hace poco, tras comprarse el piso a duras penas. Diego, con sus manazas de autónomo (ahora albañil, ahora fontanero cuando se tercia), me recuerda tanto a mi hijo Antonio…

A veces Diego baja solo con una barra de pan y un cartón de leche y yo no puedo evitar ofrecerle un platito: Ven, Diego, que tengo cocido, hay croquetas caseras, algo de jamón del pueblo… Y aunque al principio dudaba, al final siempre acepta. ¡Sería yo tan feliz de tener a alguien para cuidar de nuevo! Mi Antonio, ya lo sabes, nunca volverá. Y al final, Diego me deja llamarle mi niño, y yo vuelvo a sentir ese pequeño calor maternal.

En el barrio todos tenemos una cruz. Me acuerdo de mi difunto marido, Julián, buen hombre que se apagó de pena al perder a nuestro Antonio. El chico era un cerebrito, de esos que soñaba con cambiar el mundo. Pero el destino se lo llevó en un accidente en la Sierra, con los de la universidad… Jamás me perdonaré no haberle retenido. Desde entonces, busco cualquier excusa para sentirme útil. El cariño que me rebosa dentro no cabe en mí sola.

Dicen los vecinos que me ha dado por adoptar a Diego, y la Gutiérrez incluso va esparciendo el rumor de que no estoy bien de la cabeza desde lo del chico. Que si hablo sola, que si le invito a merendar, que si pobre, qué pena. Pero yo sé que el cariño no entiende de sangre.

El otro día, cuando ofrecí dinero a Diego por arreglarme el grifo de la cocina, me miró como si hubiese dicho un disparate.

¡No, mujer! Yo aquí no cobro nada. Si quieres, me das un plato de tus lentejas y vamos apañados.

Y así, poco a poco, encontré mi sitio. Me hizo gracia ver la cara de la Gutiérrez cuando lo vio salir de mi casa con tuppers de comida.

Mira, Inma, que yo te lo aviso: ese Diego tiene peligro. Que no se quede a vivir ahí, que se te sube a la chepa…

Intento no escucharla, aunque a veces cuesta.

Hoy ha venido con su novia, una chiquilla de minifalda, labios rojos y cara de no haber usado fregonas en su vida. Se llamaba Lucía. Y aunque no me convencía ni lo más mínimo (¡madre mía, Diego, podrías elegir mejor!), tuve que reírme cuando, al ver mi cara, la chica cogió el trapo y se puso a limpiar los escalones, como si lo hubiera hecho toda la vida. ¿Tienes una bata azul?, me preguntó, y aunque le buscaba una vieja con florecitas, me sentí extrañamente cómoda cerca de ella.

Vino también Aurora, hecha una furia por la nueva norma de la comunidad: ahora, sólo los jubilados debían limpiar el portal y las escaleras. ¡Con lo que ella presume de esfuerzo y sacrificio! Me gritó cara a cara, pero Diego no se calló y le cantó las cuarenta. Así es; tenía que ver su cara cuando él defendió que yo merecía respeto. Que era yo mismo más vecina que muchos y que, si hacía falta, él llamaba al presidente de la comunidad para recordar ciertas cosas que más le valía olvidar…

Desde que Diego se echó a Lucía, la cosa ha ido cambiando. Han pasado unos meses: se casaron en la parroquia de San Lorenzo, vino la familia de ambos y hubo fiesta, buen vino de La Rioja y hasta ramos de claveles. Yo me senté a un lado, sin molestar, y entre sonrisas y brindis, me descubrí sonriendo y llorando a la vez. Esa Lucía, pensé, no era tan mala muchacha… Cocina decente, sabe coser (algo propio de su trabajo en la fábrica textil cercana), y se nota que quiere a Diego.

Por mucho que le duela a Aurora, por mucho que los viejos cotilleos insistan, sé que a veces la familia se elige. Porque cuando nació el primer nieto, Juanito, fueron los dos quienes me buscaron Inma, ¿nos ayudas con el crío? y ahí me vi de nuevo, cantándole nanas en la mecedora, como a mi Antonio.

Por su parte, la vida no ha sido amable con Aurora y Manuel. Él cae más que sube; últimamente duerme en los rellanos, entre vapores de orujo barato, y ella termina por arrastrarlo a casa igual que las bolsas del mercado. Yo soy tu proveedora, ¿lo tienes claro?, le repite. Y cuando él balbucea proveedora mía…, ella le da un beso y lo mete dentro, como el pan de cada día.

Qué vueltas da la vida. Quede aquí anotado: a veces, los desconocidos acaban por ser lo más propio que uno tiene en este mundo. Y el corazón, aunque desgastado, siempre encuentra a quién querer.

Inma Sánchez. Madrid, junio de 2024.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

nine − 3 =