¡No te pierdas nunca más!

¡No vuelvas a perderte!

¡Pues así es como se juega! golpeó la mesa Don Eusebio Jiménez, haciendo saltar las fichas de damas sobre el tablero; una blanquita se cayó sobre la mesa de madera, ya marcada por navajas y quemaduras de cigarrillo. ¿Y ahora qué me dicen, señores?

Soltó una carcajada victoriosa. Con un movimiento astuto, Don Eusebio acababa de ganar la partida a su vecino de toda la vida, Don Anselmo Ruiz, del quinto piso. Anselmo resopló nervioso, se tocó la gorra y se rascó la calva.

¡Pero vamos a ver! ¿Cómo lo has hecho? agitaba las manos alrededor del tablero como si aquello fuese magia. Pero Don Eusebio ya se iba, recogiendo sus cosas con parsimonia y silbando bajito. ¡Secretos de campeón no se revelan! ¿Cómo? Pues así.

Caminó de vuelta a casa, inspeccionando el patio vecinal. A esa hora, todos los jóvenes estaban trabajando; solo jubilados y niños merodeaban por las aceras ¡aburrimiento puro! Eusebio disfrutaba de conversar un rato con la juventud, intercambiar dos frases, picarles con preguntas y, cómo no, terminar con el eterno «en mis tiempos». Todo el mundo sabía de sobra que en sus tiempos el agua mojaba más, los árboles eran más frondosos, la leche más blanca y todos estaban sanísimos y fuertes. ¡Ahora todo es desastre! La juventud enclenque, llena de achaques, y en las tiendas, pura porquería.

¡Eh! ¡Doña Carmen! levantó la voz cuando vio a una señora con vestido estampado y sombrerito sujetado por una aguja, caminando decidida por el paseo. ¿Que trae hoy? ¿A dónde iba?

Le quitó las bolsas y se puso a caminar a su lado.

A por unas cosillas, nada, pan, unas salchichas y ya ve, he llenado la bolsa como para alimentar a una compañía del ejército se justificó Carmen con media sonrisa. Me traen a los nietos el fin de semana, algo habrá que darles para sorprender, que de sopa y filetes ya estarán hasta el gorro.

Los nietos, eso está bien contestó distraído Eusebio. Pero en realidad apenas la escuchaba, caminaba a su paso y pensaba en cualquier otra cosa.

Ya está, Don Eusebio, gracias, no hacía falta dijo Carmen cuando llegaron y le quitó las bolsas, a lo que Eusebio reaccionó pidiéndole disculpas no sabe bien por qué. Carmen se despidió y desapareció por la puerta verde de la escalera, que se cerró de un portazo que hizo retumbar el patio como el tañido de una campana metálica y reseca.

Eusebio chasqueó la lengua. Hacía tiempo que tenía ganas de ponerle un muelle a esa puerta, pero entre unas cosas y otras, la pereza y que nunca se pasaba a comprarlo, ahí seguía sonando.

Decidió, ahora sí, que iría a por el muelle. Subiría a casa, cogería el abono, los euros que le quedaban, se cambiaría la camisa y buscaría los pantalones de pana. Nada de quedarse zascandileando, como un pasmarote.

En el ascensor coincidió con un joven, Julián Martín, que había comprado un piso tres plantas más arriba. Eusebio le preguntó por enésima vez cómo iban las cosas, qué hacía la juventud actual, qué aficiones tenían ahora los muchachos. Julián contestó, también por enésima vez, que no lo sabía, que él solo trabajaba, que tenían faena y que todo iba bien.

Eso está bien, hombre. Bien por ti asintió Don Eusebio, y bajó en su planta. Hasta luego.

Julián asintió y continuó. Luego, ya en casa, se quejaría a su mujer, Rosario, de que otra vez el pesado del viejo Jiménez le había soltado un interrogatorio, que no podía más con ese jubilado aburrido. Rosario asentiría en silencio, le llevaría un vaso de leche fresca y se quedaría mirando cómo lo tomaba. Le encantaba observarle mientras comía, bebía, incluso cuando se lavaba los dientes; cada movimiento le parecía perfecto. Y le enfadaba un poco que el viejo Eusebio amargase a su marido con tantas preguntas tontas.

¡Si es que hasta preguntó por el trabajo! le diría Julián, todavía mosqueado, con bigotes de leche. Pero sé que no pregunta por preguntar, Rosario, quiere sacar algo, saber cuánto ganamos, qué hacemos. ¡Todo el mundo pendiente de lo que hacen los demás!

No sé, no sé musitaría Rosario, con ese aire de perdida que tanto le gustaba a Julián: su fragilidad, su dependencia. Él suspiraría, la abrazaría y besaría antes de volver al ordenador a pelearse con las cuentas del presupuesto.

Mientras tanto, Don Eusebio ya se apretujaba entre la gente en el mercado de materiales de construcción. Nada de comprar en la tienda del barrio: ¡Ahí engañan, suben los precios el triple! solía decir, defendiendo sus excursiones al mercado.

A Eusebio le encantaba pasearse, mirar, tocar, admirar lo bien que hacían las herramientas hoy, o negar con desaprobación, o maravillarse observando a otros cargar cachivaches complicadísimos en furgonetas. Le gustaba oler la pintura, aspirar el aroma de la madera recién cortada o tocar el papel pintado. Ir al mercado era su pequeño placer en la vida, siempre solo, siempre entretenido

Pero hoy no. Parado frente a la estantería de los muelles para puertas, a Eusebio le entró la tristeza. Mariana no aparece y lo peor ni siquiera llama. Sin ella todo parece aburrido, gris, sin ganas, ni para el dichoso muelle.

Estuvo un rato ahí, dudando, y luego, de pronto, se fue sin comprar nada. En el tranvía se acordó, pero le dio igual. Que le den a la puerta.

Volvió al barrio. Las mismas ancianas sentadas en el banco, con sus sombreros, tomando el sol, charlando lánguidamente. Seguro que ellas también echaban de menos a Mariana y ella sin volver.

¡Bueno, señoras! gritó con una alegría fingida. ¡Que tengáis buen día! Se les ve decaídas sin mi Mariana, ¿eh? En cuanto vuelva de casa de su hermana, esto se anima, que las veo medio mustias…

Pero la más veterana de todas, Doña Mercedes Pascual, ex ama de llaves de la comunidad, resopló sin apenas girar la cabeza:

¿Y a nosotras qué? Damos gracias si hay noticias y alguna novela, que hasta sin Mariana las ponen igual en la tele. Eres tú, chico, el que anda perdido Se te ve desganado.

¿Yo? ¡Anda ya! replicó Eusebio, frunciendo el ceño. Solo he ido al mercado de materiales, ¿sabes?

¿Y qué has comprado? preguntó Mercedes aplastando una mosca con la mano, sin miramientos.

Lo que me hacía falta gruñó Eusebio.

No has comprado nada, solo matas el tiempo se burló Mercedes. De joven le gustaba chincharle, igual que ahora. Durante toda la vida habían sido vecinos cercanos, creciendo, casándose, criando hijos, haciéndose viejos y Eusebio jamás le dio tregua a Mercedes. Pues hemos pensado algo: que Mariana no vuelve. Así es; es más joven que tú, habrá encontrado a otro en la playa, estos de ahora se lían y se larga, lo hace cualquiera. Por eso no vuelve. ¿No ves que ya no aguanta ni la sopa ni las lentejas? Seguro que ahí está, de lujo. Y cazó otra mosca.

¡Pero anda ya, Mercedes! protestó Eusebio irritado. ¡Siempre sabía por dónde atacarle esa mujer!

Todos esos años junto a Mariana, siempre temió que lo dejaría. Era mayor, tranquilo y bastante soso para ella. ¿Qué veía en él?

Mariana era chispeante, adoraba la vida, las reuniones, la música, las fiestas, los juegos, las canciones a la guitarra. Eusebio, por el contrario, volvía del trabajo (en su instituto de investigación), charlaba con ella, hacía lo que le pedía, recogía a los hijos, la ayudaba en las compras y después se dedicaba a su mayor pasión: hacer maquetas con palillos. Desde niño le encantaba.

Había hecho una maqueta de la catedral de Burgos, el acueducto de Segovia, la Torre Eiffel y puentes y casas rurales, hasta iglesias diminutas con puertas que se abrían y todo. Algunas de sus obras estaban ya en las bibliotecas del barrio o museos locales: fue Mariana quien las llevó allí porque ya no cabían en casa. Eusebio había construido calles completas, hasta habitaciones con estanterías en miniatura. Un prodigio, pero ¿para qué quería Mariana todo eso?

Ahora se había ido con la excusa de ayudar con la cosecha a su hermana en Cantabria, prometiendo volver en quince días, y le pidió no molestarla, que allí no había cobertura.

Al menos escríbeme una vez a la semana, le pidió Eusebio cuando la vio hacer la maleta, mientras él daba los últimos toques a la maqueta de un barrio tradicional de Soria que le había fascinado en su último viaje. Algo di, pero no escuchó bien por andar liado con los palillos.

«¿Qué me dijo? ¿Llamaré o no llamaré?» pensaba ahora Eusebio, criticando a Mercedes y sus rumores. Y ni la maqueta terminó; lo intentó, pero no tenía ganas, todo era un desánimo.

¡Eh, hombres! ¿Qué hacéis tan callados? preguntó cuando entró en el garaje donde arreglaban coches; allí vio a Don Anselmo y su grupo. Nadie contestó, todos mirando bajo el capó de un Peugeot. Eusebio se acercó también.

¿Problemas? susurró. Asintieron con la cabeza. ¡Déjame a ver!

Saltó al asiento, giró la llave y de pronto olió a quemado. Todos le gritaron que parase.

¡Pero Eusebio! le reprendió Anselmo con la mano aceitosa. ¿A qué vienes deambulando todo el día? Que si las bicis de los niños, que si los pinchazos, aquí y allá No es serio, Eusebio. ¡Ve a casa ya!

Eusebio suspiró y se giró resignado.

¿Y si Mercedes tiene razón? lanzó Anselmo como dardo. ¿No será que Mariana ya no es tuya? Se hace de rogar.

¡Anda ya! gruñó Eusebio, pateando un cubo vacío. Mercedes siempre estuvo pillada por mí cuando era joven y ahora lo paga así. No le hagáis caso.

Todos rieron y siguieron a lo suyo.

Eusebio se fue a casa a comer. Ya había terminado lo que Mariana le dejó y ahora tiraba de embutido y sardinas en lata: las ponía sobre pan, las dejaba impregnar un poco y las acompañaba de puré de patatas. Le sabían a gloria, mucho mejor que cualquier mariscada, pero sin Mariana nada sabía igual, ni apetecía el vino.

¿Pero por qué no llamaba? Si por lo menos subiera al monte a pillar algo de cobertura

Probó a llamarla, pero su móvil estaba apagado. Intentó con la hermana, Teresa, mismo resultado.

Con Teresa nunca se llevó bien. Siempre le reprochó a Eusebio perder el tiempo con palillos, criticaba sus maquetas y se reía de su afición.

¡Cuánto árbol habrás destrozado por esos palillitos, Eusebio! Si al menos fuera para algo útil solía decir cuando venía de visita.

Mariana la paraba, diciendo que Eusebio tenía mucho estrés y necesitaba distraerse, que a fin de cuentas, ¿qué más da cómo se relaje?

¡No da igual, Mariana! entornaba los ojos la cuñada. Mejor que arregle la casa en vez de llenarse las manos de cola.

Sabía bien que en casa de Eusebio siempre estaba todo perfecto: grifos, baldas, pintura, instalación impecable, todo para Mariana. ¡No se fuera a ir!

Y después de pasar el día aburrido, sin salir al patio para no parecer todavía más solo, trató de avanzar con la maqueta imposible, las piezas no encajaban. Entonces decidió darse un baño. Al colgar el albornoz, le llegó el olor al jabón de Mariana y casi le da la nostalgia.

Vio que el grifo goteaba. No mucho, pero lo suficiente para molestar. Tengo que apretarlo, mañana será, pensó, aunque en el fondo sabía que ya no tenía ganas, ni para eso.

Ella era la locomotora de su vida, él su vagón de cola. Todas las decisiones partían de Mariana. Cuando se jubilaron, empezaron una vida diferente: en verano iban al mercado, compraban fruta, hacían mermeladas, conservas; en la cocina todo eran olores a verano. Luego llevaban sus tarros a los hijos. En otoño, col fermentada, calabaza en el congelador, manzanas secas. En invierno, Mariana tejía y Eusebio iba a buscar el color exacto de lana a la mercería. Se sabía de memoria todos los matices. También probó a tejer con ella, pero lo suyo eran los palillos, y Mariana lo aceptaba.

¿O solo lo creía él?

Al final, no pudo ni bañarse; cerró la puerta y se tiró al sofá. En la tele daban el tiempo, sonaban guitarras y risas de jóvenes. Julián abrazado a Rosario, Mercedes ignorando llamadas sospechosas, Anselmo pensando dónde demonios andaría Mariana. Aquella noche, Anselmo hasta sugirió a su esposa, Encarnación, que llamasen al tanatorio. Ella estuvo a punto de llorar: Encarnación era ya de lágrima fácil.

¿Por qué al tanatorio? ¿Qué horror dices? susurró ella entre sollozos.

Por si acaso, mujer. Y si le hubiese pasado algo y nadie se entera… contestó él.

¡Ay, calla! Si pasara algo, nos habrían avisado. Seguro que está bien y solo disfruta de la playa. ¡Qué tiempo lleva allí, mujer! le animó ella con decisión. Y tú, deja de pensar cosas feas.

Encarnación se fue a la habitación a hacer llamadas. Anselmo se quedó pensando cómo podía tomar acción.

A las cinco de la mañana, Don Eusebio se despertó de pronto al oír que aporreaban la puerta con insistencia. Ni timbre ni golpecitos, sino golpetazos, como si una manada de toros quisiera entrar.

Habrá reventado el grifo y he inundado el piso de abajo, pensó medio dormido Pero los golpes seguían, cada vez más fuertes.

¡Voy, ya voy! arrastró los pies hasta el recibidor.

Allí estaba Encarnación, roja, medio llorando, aferrándosele al cuello le dijo:

¡Ya está! ¡La hemos encontrado! Vuelve hoy, a Barajas. Y tu teléfono no va, hijo, dame agua, que me muero.

Eusebio se alarmó, corrió a darle agua. Encarnación se sentó en una silla de la entrada.

¡Mire, Don Eusebio! y siempre usaba el Don. Mariana perdió el bolso, el móvil y la agenda. Llamó a casa, pero el fijo no funciona y no tenía el número de los vecinos. Encontró en un bolsillo el de Mercedes, pero tampoco contesta. Te llamó desde el móvil de su hermana, pero bueno, el caso es que regresa hoy cargada de mandarinas y tienes que ir al aeropuerto a buscarla. Nada más, Eusebio; yo me voy a dormir.

Encarnación ya bajaba las escaleras cuando Eusebio reaccionó y le gritó:

¡Encarnación! ¿Y cómo lo supiste?

Tengo contactos en Santander. Mariana dijo el nombre de la hermana, yo lo apunté y, rebuscando, hemos dado con ella. Dijo que te mandó un correo. ¿Lo leíste?

¡Si ni me acordaba! La última vez que habló fue para decir que aterrizó y todo iba bien Luego, nada. ¿Por qué no llamó a los hijos?… ¡Claro, siempre fuera, de viaje! Qué desastre soy. Gracias, Encarnación. Llevaba días sin noticias, hecho polvo.

Solo entonces se dio cuenta de que estaba de pie, en calzoncillos y con las pantuflas puestas, en medio del portal. Se sonrojó y volvió a su casa.

Arregló el grifo deprisa y fue al aeropuerto. No tenía ni idea del número de vuelo o la hora exacta. Pero da igual; esperaría todos los vuelos si era necesario, ¡menuda cosa!

Esperando entre la multitud, ramo en mano, buscó a Mariana entre las caras que salían. Al fin la vio: morena, sonriente, guapa y juvenil. Se sintió hasta torpe de acercarse.

¡Eusebio! ¡Ay, qué alegría que Encarnación lograse contactarme contigo! ¡Fue horrible! Perdí todo y no lograba hablar contigo, pensé mil cosas Creía que no te hacía falta

Mariana aceptó el ramo, le acarició la mejilla y se estiró para besarlo.

¡Yo sin ti no valgo nada, Mariana! ¡No vuelvas a perderte así, prométemelo! le abrazó Eusebio.

No terminé la maqueta del barrio le confesó en el taxi de vuelta. Sin ti no me salía, estaba triste.

No importa sonrió ella. La terminamos juntos. He echado tanto de menos que ahora no me separaré de ti. ¿Será la vejez, Eusebio? ¿O estamos locos?

¡Vaya con la vejez! rió Eusebio, besando a su mujer. ¡Somos como el buen vino, mejores con los años! ¡Y a ti ya no te dejo irte sola nunca más! ¿De acuerdo?

Ella asintió y se recostó en su hombro.

El taxista les miró por el retrovisor, sonriendo. Qué bonito sería envejecer así, pensó, con el pelo blanco, arrugas y las manos temblorosas, pero los ojos llenos de amor Ojalá llegar así.

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