A Tiempo

A tiempo

¡Isabelita, está usted radiante! ¡Simplemente radiante! exclamó don Maximino Pascual, besando galantemente la mano de Isabel en su guante de encaje.

¡Ay, no! ¡Eso es cosa suya! ¡En el segundo acto me olvidé de las frases y tropecé, usted lo vio! ruborizada, Isabel apenas podía ocultarlo bajo el maquillaje. Si no hubiera sido por su improvisación… Yo también querría actuar así… Sufrir de verdad, reírme como si fuera mi vida y no perderme, no equivocarme. Usted, don Maximino, ¡tiene un don!

Anda, Chabelita. El hombre limpió con la mano una mota de polvo de la mesilla, se frotó el cuello. Esto no es más que hacer muecas. Ya aprenderás a estar suelta sobre el escenario, y entonces llegará ese puntito: la improvisación. Pero, claro, todo ceñido al texto; si no, don Rodrigo, el director, nos pone de patitas en la callerió Maximino. Sin embargo, hay que aprender a vivir también sobre las tablas y no solo moverse por el itinerario marcado.

¡No, no! ¡Eso es un don, don Maximino! Isabel lo miraba embelesada. No era joven, pero su rostro seguía siendo hermoso, sus ojos chispeaban. Tal vez ya estaba enamorada, aunque no se lo reconociese a sí misma. Maximino Pascual era todo un caballero: sabía bromear con gracia, dar cumplidos, siempre sonreía no como el padre de Isabel. Él solo refunfuñaba, siempre de mal humor. Y desde que la hija decidió ser actriz, para él era casi lo mismo que cualquier cosa indecorosa.

“¿Por qué, papá? se reprochaba Isabel entre lágrimas. ¡Es una profesión digna! Hay actores famosos en España, ¡hasta les dan premios!”

“Ya, ya sabemos lo que hacéis en los camerinos”sentenciaba don Leandro García. Todo lo sabía, había luchado por sacar adelante a su hija solo, enterró a la esposa sin una lágrima, siempre firme. Y ahora, Chabelita se le rebela y levanta las faldas ante todo el patio de butacas, o así se lo cuenta a sus amigos. Y todos le tienen lástima a don Leandro…

Maximino Pascual descubrió a Isabel una noche en una representación benéfica del círculo de estudiantes de Salamanca, cuando ella vino con unas amigas para ver a los de Física. Su propio hijo, Antonio, vago y mujeriego, estudiaba allí. El rectorado llamaba a Maximino para “charlar”, pero normalmente acababa Reme, la decana, derretida ante los halagos del actor, y, tras asegurarse una invitación al teatro, le perdonaba a Antonio toda asignatura pendiente.

En aquel escenario vio Maximino a Isabel: había en ella frescura, naturalidad… y algo más.

¡Eso es el alma! pensó Maximino. ¡Resuena el alma en ella!

Así, literalmente lo describió a quien quiso escucharlo. Y la invitó al teatro. También a sus amigas, para hacer bulto y que ganasen experiencia como figurantes.

El teatro no era el Real ni el María Guerrero, pero era conocido, de buen público entendido en el arte interpretativo clásico, como gustaba decir Maximino. A Isabel le ilusionaba. Una vez viajó a Madrid a ver una obra moderna: actores disfrazados de formas incomprensibles, escenario desnudo, semipenumbra… Volvió desilusionada; fue directa a hablarlo con Maximino.

¿De verdad eso es el porvenir del teatro, don Maximino? A mí no me gusta, no podría

¡Ay, Chabela! la interrumpió Maximino. El futuro es infinito, depende de a quién le preguntes. Lo habrá de todo: obras que te disgusten y otras que te conmuevan. Si eres actriz de las de verdad, tienes que amoldarte hasta que tengas un nombre, hasta que te respeten y entonces ya escogerás qué quieres representar, como debe ser.

¡Eso es para unos pocos elegidos! refunfuñó Isabel, reordenando frascos de cosmética junto al espejo. ¿Y los demás haciendo ridiculeces?

¡Ay, querida! Todo disparate se sirve ¿con qué? Maximino entornó los ojos con picardía. ¡Con buen vino! Vino añejo, con carácter. ¡Tú tienes que convertirte en ese vino! La obra, por rara que sea, con buena interpretación puede resultar un manjar. Haz así y brilla incluso en lo más extraño.

¡No podré! Isabel se miró en el espejo y puso una mueca.

De pronto, Maximino se enfadó, golpeó la mesa con el puño, las venas tensas en el cuello.

¡Pues entonces, no pintas nada aquí! ¡Vete allá donde tu padre quería! ¡Hazte bibliotecaria!

Isabel se asustó, cruzó las manos sobre el pecho, balbuceó alguna excusa.

Para Maximino, aquello era espabilarla. De vez en cuando hacía falta mano firme, pensaba él. Y aquellas bellezas no estaban acostumbradas.

Isabel salió disparada del camerino, casi tira a doña Angelines, la modista, y se refugió en un rincón a pensar.

Presentar cualquier disparate con buen vino… Ella debía aprender a ser ese vino excelente, convertir el peor guion en gloria, si no, no merecía el escenario

Recuerda bien aquel día en que se graduó en la Escuela de Arte Dramático y fue a ver al director del teatro, ya actriz de pleno derecho. Le asignaron un puesto completo y hasta la felicitaron, pero luego la mandaron marcharse porque tenían trabajo.

Don Maximino, emboscado en la escalinata del teatro, le regaló un ramo de rosas amarillas y verdes, de un color primaveral extrañísimo, y se la llevó a un restaurante.

¡Ay, don Maximino! ¡Qué comprometido! ¿Y qué dirá doña Mila? intentó zafarse Isabel.

¡Si Mila también quiere felicitarte! se reía Maximino. ¿De verdad crees, Chabela, que Mila me va a tener celos por ti? ¡Ni hablar! Y se reían juntos, hasta el hipo, hasta las lágrimas.

Mila, la esposa de Maximinonunca Milagros, solo Mila había sido actriz, bellísima y talentosa pero su voz fracasó pronto.

Cuida la garganta, Chabela. Ése es tu tesoro, más aún que el físico. Con la voz puedes hacer y deshacer, encumbrar o hundir, sin mover un dedo. Yo no la cuidé. Tú, sé inteligente.

Mila hablaba con ronquera, envuelta en su chal, ya era únicamente la señora de Maximino, aunque antaño se admiraba su belleza por las calles de Madrid, le pedían autógrafos Eso era pasado.

A Isabel, Mila la acogió desde el principio. Con esa chiquilla compartía confidencias y pequeños dramas. No como con Antonio, que hacía teatro, pero en la vida, payaso y bufón, desesperando a sus padres.

Isabel no, Isabel era otra cosa, era pura, llena de energía, capaz de emocionarse con nimiedades o dramatizar la lluvia repentina.

Eres un farolillo, Isabelita, no te apagues nunca, ¿vale? susurraba Mila. ¡A tu lado se está tan a gusto!

Tal vez Mila y Maximino fueron los únicos que le dijeron a Isabel que valía la pena, no solo como actriz, sino como persona. Don Leandro, el padre, era parco en muestras de cariño, ni para eso estaba. El resto de parientes vivían lejos y consideraban su ingreso en la Escuela de Teatro poco menos que una locura.

¡Menudo futuro meneando las faldas! le decían en las escasas reuniones familiares. ¡No todas nacen una Fernán Gómez! ¡Tú quieres ganarte la vida con el cuerpo!

Isabel solía escaparse de esas reuniones, dejando a su padre y tías cantar y beber. Se marchaba con amigas, o deambulaba por la ciudad, observando, sentada en un banco, la cabeza ladeada, como una perrita; enfadada o sonriente, cazando imágenes, sonidos. Esto hay que representarlo… y esto también… esto no, esto no da para escena, se decía a sí misma. Y casi siempre, acababa ante el portal del viejo edificio modernista de la familia de Maximino.

¿Un té, Isabel? Se nota que necesitas una charla tranquila la invitaba Mila.

La casa de los Pascual siempre olía a vainilla y repostería. Allí reinaba Mila y Maximino bromeaba diciendo que era poco más que un criado.

Entre los tres, reunidos en torno a la mesa redonda, tomaban té y charlaban, después Maximino sacaba la guitarra, tocaba, y ellas cantaban. A Mila la voz solo le duraba un par de canciones.

¡Ay, Chabela!confesaba Mila últimamente.¡Nuestro Max grita en sueños! Todo lo sueña con frases de teatro. No puedo dormir, y me paso la noche caminando de un lado a otro. ¿Estará todo bien en el teatro?

¡Claro que sí, doña Mila! respondía Isabel. Maximino está soberbio, como siempre. El teatro lleno cada día, la obra moderna pero de una finura exquisita.

¡Y las admiradoras, las flores, los papelitos de amor! Me huelo que hay alguna aventura se quejaba Mila.

¡Ay, qué va! le seguía el juego Isabel, aunque sabían que Maximino jamás traicionó a su esposa.

“Yo encontré mi obra de arte en Atocha”, contaba él siempre, recordando el día que conoció a Mila llorando en el andén porque se le habían roto los cierres de la maleta. Le ayudó, la consoló, la acompañó a comprar otra y tras muchos meses de papeleo y cortejo, se casaron. “Ya tengo mi obra, las copias no me interesan”.

Eso sí, las admiradoras nunca faltaron: flores en la puerta, notas en el buzón, llamadas mudas, hasta alguna escondida en el camerino.

Maximino las despedía cortésmente, animándolas a buscarse otro candidato a suspiros.

A Mila le divertía. Si su marido gustaba, es que ella había hecho buena elección.

Pero al hacerse mayor le cansaban las cartas y los ramos. Otra habría vociferado: “¡Para eso has venido al mundo, Maximino! ¡Tantos sufrimientos en un palmo de tierra, y todos por tu culpa!”

Él le pasaba el brazo por los hombros, la besaba dulcemente en la coronilla. Ella era bajita, casi como una chiquilla, pero para él era una diosa y él un humilde devoto a sus pies.

Y así, Isabel se veía a sí misma, ya de pleno derecho, con título de actriz. Habían terminado la función, hubo ovación, flores un auténtico mar de ramos todos para Maximino quien, agradecido, repartía entre sus compañeros, besaba manos y ponía ojos en blanco como artista de postín. Era dios y demonio de la compañía, en torno a su interpretación giraba todo. Alguien le tenía envidia, otros le imitaban. Él, neutral, pero nunca perdía ocasión. El título de Excelentísimo estaba al caer.

Isa, ¿vienes? alguien llamó a su camerino.
Las chicas. Queremos celebrarlo…se justificó la joven.

Maximino se encogió de hombros y se puso a quitarse el maquillaje.

¡Ve, claro! ¡Que no esperen! Y no olvides: ten siempre fe en ti misma, ¿eh? Te equivocas, te pierdes… ¡da igual! ¡Imita con pasión! Y guiñó un ojo al reflejo de Isabel.

Ella asintió, abrió la puerta, murmuró:

Hasta mañana, don Maximino.

¡Adiós, mi amiga, adiós! replicó él, sacudiendo la mano en el aire, como correspondía.

Al desaparecer ella, su sonrisa se esfumó y el rostro se ensombreció. Se quitó la peluca de golpe, despeinó el cabello, suspiró largamente. Buscó agua, pero la jarra estaba seca.

“Nada nada, Maximino. En casa te repondrás. Todo pasa en casa”, susurró, inmóvil un instante, antes de recomponerse.

Isabel olvidó que el día siguiente era festivo, el teatro cerrado por reformas. No le dio importancia al adiós de Maximino.

La próxima vez que entró al teatro, saludó a la portera, a la modista y al coreógrafo; en el ambiente flotaba algo extraño.

¿Tristeza, inquietud o resignación? No podía precisarlo. Pero sentía que ya nada sería igual allí.

¡Chabela, ya lo sabes?! irrumpió Paloma, su amiga, en la cafetería.

¿El qué? Isabel terminaba su café.

¡Cómo que qué! Aquí sentada, llenándote de calorías, y Maximino nuestro Pausa dramática, como actriz que era.

¿¡Qué!? ¿Qué pasa? saltó Isabel, casi derramando la taza.

Maximino suspira Paloma. Se ha ido. ¡Ha dejado el teatro! Y en el mejor momento, Chabela. ¿Os pasaba algo?

A Paloma le gustaba el chisme; en el teatro, era deporte oficial.

¿Cómo que se ha ido? ¿Por qué? ¡No me dijo nada! Isabel sale corriendo, se echa el abrigo, cierra la puerta con rabia.

¿Y el ensayo? le grita Paloma, pensando que así igual le cae el papel

Isabel corre por la calle, absorta en pensamientos: ¡No puede ser! Maximino jamás dejaría el teatro. ¿Por qué ha hecho eso? Dos días antes estaba feliz

Llamó largo rato al piso de Mila; aporreó la puerta.

¿Qué tanta urgencia, mujer? asomó una vecina con moño y gato. ¿Otra fan de Pascual? Ya fastidiáis. ¡Se han ido!

¿Que se han ido? ¿A dónde? apenas logró decir Isabel.

¿Y a usted qué le importa? Maximino se ha marchado con su señora al balneario. Y Antonio se fue con ellos, parece. ¡No se meta donde no le llaman! Y la puerta se cerró de golpe, un maullido y ruido de loza rota detrás.

Era el corazón de Isabel

¿Y volverán? ¡¿Cuándo?! gritó, pero nadie contestó. No debía meter las narices en asuntos ajenos. No debía…

Se sintió abandonada, como niña a la que dejan plantada a la puerta de una tienda y no vienen nunca. ¿Y ahora qué? ¿Y el teatro? ¿Y ella?

Don Leandro no entendía por qué su hija estaba triste todo el rato.

¿Estás embarazada o qué? ¿De tus amigotes del teatro? preguntó bronco. Odiaba esas cosas de mujeres y toda complicación le incomodaba. Para él, teatro era perdición y desdicha. ¿Qué iba a pensar la familia?

Golpeó la mesa, Isabel saltó, se secó las lágrimas y fue a su cuarto haciendo la maleta.

¿Adónde vas?

Lejos de ti, papá. De tus gritos, de que no me quieres. Me iré a la residencia, me darán cuarto.

¡¿Y yo qué?! ¿Con el padre vivo te marchas? ¿Qué dirán cuando te vean con la barriga? Leandro revoloteaba.

No hay barriga. Piensas mal de mí solo porque existo. Ahora tú vivirás a tu modo, y yo al mío. ¡Déjame!

Intentó retenerla, pero Isabel se escabulló, calzó los zapatos y partió.

Andar por la calle, con las orejas frías, huir de casa, ¿de qué servía? Pero era cuanto podía hacer…

¿Chabela, tú? oyó a su espalda.

Antonio cruzaba la avenida dando saltos, con sus largas piernas larguiruchas.

¿Qué haces vagando así? ¿Ensayando el papel? Dame la maleta, mujer le arrebató el equipaje. Vamos a casa, seca esos pies. ¡Ir por charcos en tacones! ¡Eso sois vosotras todas!

En menos de media hora, Isabel estaba en la cocina, con el pijama de Mila, bebiendo leche caliente.

¿Y ahora qué? ¿Qué hacías en la calle? se impacientó Antonio.

¿Qué dices? balbuceó Isabel.

Eso de suspirar, mirar de reojo, sensiblerías. Me pone nervioso. Yo de eso, nada; eso es cosa de papá, y él se ha ido.

Ya… Me fui de casa. Papá cree que estoy embarazada de algún actordijo Isabel. No entiendo por qué tu padre dejó el teatro. ¡Le adoraba el público!

¡Y las admiradoras! bromeó Antonio.

No es eso. Fue mi maestro. ¿Por qué se fue, Antonio?

¡Porque es lo que toca! contestó Antonio. Se ha jubilado, chica. No quiere morir en el escenario, nada más. Hace semanas tuvieron que venir los médicos tras una función, el corazón ya no aguanta. Ya está.

¿El corazón…? Pero si parecía estar perfecto

Eso es lo que veis. Pero cada función le exprimía. Está harto. Prefiere criar un perro y tomar el sol. ¿Quieres bocadillo? Toma, que se enfría.

Isabel asintió.

¿Estás enfadado con él? preguntó ella al rato.

¿Yo? No respondía Antonio. Que sus contactos hacen la vida fácil, hay flores por todas partes, parece una tienda. Pero a mi me hubiera gustado un padre normal, jugar, ver fútbol, beber en la tasca, criticar al jefe los domingos… En cambio, de niño me crie entre actrices y fanfarrias.

Eso sí que puedo ofrecértelo. Mi padre es esosonrió Isabel. Nunca contento, copa en mano, y nada más.

Silencio.

No se elige a los padres dijo Antonio, finalmente. Cada quien se apaña.

Vivirás en el salón, cierro la puerta, tranquila. Mañana papá vuelve y lo arreglamos todo.

¿Vuelve tan pronto? se alegró Isabel. ¡Alguien la buscaba!

Anda, organízate. Yo tengo examen y desapareció Antonio.

Isabel se quedó pensativa. ¿Sería verdad que los actores de verdad no saben ser familia? Y eso de dejar el teatro “por viejo” Aquello no era una fábrica

Maximino apareció al mediodía, canturreando un aria. Al ver a Isabel en el pasillo, se quedó perplejo.

¡Hola, Chabelita! gritó. ¡Antonio, esto es cosa tuya!

Me fui de casa murmuró Isabel. Su hijo me ha dejado entrar. Marcharé, no se preocupe. ¡Pero usted! ¿Por qué se ha ido?

¡Ay, hijita! replicó Maximino. ¡Salgo de una función y ya me regañan! Me jubilé, sí. Ahora tendré perro y acuario, jugaré a las damas y veré fútbol con mi hijo. ¡Qué descanso no trabajar! Y cómo huele su guiso… Muero de hambre. Cuida de este viejo, ¿quieres?

Isabel puso la mesa y murmuró:

¡No es usted viejo!

¡Viejo, muy viejo! asintió Maximino. Escucha: hay que irse cuando todavía brillas. Eso de morir sobre el escenario no es más que mito. Mientras uno pueda estar altivo y admirado, que se marche con dignidad. No quiero ocupar espacio mientras los jóvenes esperan. Tras cada función quedaba seco. Antes, el brandy ayudaba, daba calorcito, ahora nada. ¡En fin! Me quedan muchas cosas por vivir, cuidar de Mila y plantar orquídeas.

No sabía si convencía a Isabel o a sí mismo, pero estaba seguro.

¿No hubiera sido mejor una despedida solemne, como se estila…?aventuró Isabel, azorada.

¡Ni hablar! Eso es para otro sitio. No necesitaré honores. ¿Y el teatro? ¿Van bien sin mí?

Ella encogió los hombros.

Todo sigue igual: otro actor le reemplazó, las obras siguen, el público aplaude, surgen nuevos talentos…

¿Ves? Maximino parecía leerle la mente. Nada se hundió. Mi mundo ahora pinta mejor que nunca.

Isabel asintió, aunque por dentro sentía pena de que un talento así se fuera. Escribir una carta y marcharse, como si de la fábrica se tratase…

Maximino, fiel a lo dicho, adoptó un perro callejero, montó un acuario en el salón, jugaba al ajedrez con Antonio, leía los diarios y tomaba el sol en el balcón. Mila le regañaba por enseñar las pantorrillas, él se reía: Soy un ciudadano privado, ¡ya puedo!

Al teatro nunca volvió, aunque mentía diciendo que no lo extrañaba. Lo extrañaba: temía recaer.

Lo recordaban como un hombre apuesto, admirado, alma de mujeres no por él, sino por el personaje que creó. Nadie salvo Mila conocía sus arrugas, ojos mustios, manos temblorosas, el cuerpo ya cansado. Tal como deseaba.

Solo Isabel, la esposa de Antonio¿cómo no iba ese trasto a casarse con una joya así?seguía visitando a los Pascual. Era de casa, testigo del trayecto del actor desde el debut deslumbrante hasta la vejez.

Y vete cuando aún brilles, Chabela, no cuando ya caes en barrena le aconsejaba Maximino, cubriéndole la mano con la suya. Hay que saber marcharse a tiempo, con orgullo. ¿Lo entiendes?

Isabel asentía. Guardaría todas sus palabras. Por delante le aguardaba mucho: lágrimas, sufrimiento, esperanza y ruinas. Pero siempre tendría a Maximino Pascual detrás.

¡Improvisa, Isabel! ¡Vive! le llegaba su voz. Sonreiría y suspiraría. Tuvo un buen maestro, lástima que se fue tan pronto o ella nació tan tardeY así, sobre las tablas y fuera de ellas, Isabel aprendió a vivir sus papeles y su vida. Convertirse en vino añejo, improvisar sin perderse jamás, era ya más que un consejo: era su naturaleza. No todo fue fácil; a veces el miedo a equivocarse la paralizaba y otras veces, en mitad de una escena, creía ver la silueta de Maximino entre bambalinas, guiñándole un ojo, y no podía evitar reír con lágrimas.

El teatro seguía, cambiante y cruel como siempre. Y los aplausos regresaban cada noche, renovados, y a la salida le llegaban flores y notas y suspiros jóvenes, pero Isabel no buscaba ya el halago de la multitud ni temía los fracasos. Hacía suya cada función, cada error; aprendió a despedirse de los papeles al sentir acabada su chispa, y nunca esperó la ronda final cuando la gloria ya se marchitaba.

Algunas tardes, al salir del escenario, tropezaba con la vieja dama de los moños y el gato en la esquina del teatro y cruzaba la ciudad entre sombras y farolas encendidas hasta la casa de los Pascual, donde Mila tejía en silencio y Maximino contaba anécdotas imposibles.

Y, mientras el perro roncaba a sus pies y fuera asomaba la luna, Isabel pensaba, con una cálida certeza, que el verdadero arte no estaba solo en el aplauso, sino en saberse ir a tiempo para dejar sitio a la luz de otros.

Por eso, cuando al fin, muchos años después, llegó su noche de última función y sintió el corazón galopar igual que la primera vez, Isabel supo bajar del escenario, cruzar entre bastidores, y al ver entre las sombras los rostros queridos del pasado, sonrió sin miedo: Llegué hasta aquí improvisando, pensó. Y fue exactamente a tiempo, por última vez, como Maximino le enseñó.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

eighteen − eleven =