La decisión es tuya, papá

¡Lucía, hola! Perdona que te moleste en mitad del trabajo. ¿Podrías venir esta tarde? Necesito hablar contigo de algo importante pidió Fernando Martín, llamando a su hija por teléfono justo cuando ella estaba a pleno rendimiento en la oficina de Madrid.

¿Ha pasado algo?

Ven y te cuento. No es cosa de hablarlo por teléfono.

De acuerdo, papá. Iré después del trabajo.

Lucía dejó el móvil sobre la mesa y quedó pensativa. ¿Qué le querría decir su padre con tanta urgencia? Aquella inquietud no la abandonó en toda la tarde y la acompañó en el trayecto al chalet familiar. Tenía tiempo para pensar, ya que Fernando vivía en las afueras de Alcalá de Henares, en un barrio residencial, y el viaje en coche le llevaba por lo menos cuarenta minutos.

¿Prefiere que vayamos más rápido, o no tiene prisa? le preguntó el taxista, mirándola por el retrovisor.

No hay prisa, gracias.

Quizá, pensaba Lucía, su padre por fin había decidido poner la lápida que llevaban posponiendo dos años y le pediría consejo sobre cuál elegir O tal vez pretendía mudarse con ella y su marido. Cuando llegó, Fernando la esperaba en la entrada del gran chalé de dos plantas.

Aquel chalé era el orgullo de Fernando; él mismo supervisó su construcción hace ya más de treinta años, cuando su mujer estaba embarazada de Lucía, y se empeñó en tenerlo terminado antes de que naciera su hija. El tiempo había pasado, pero la casa seguía cuidada, hermosa, casi igual que entonces. A Fernando le gustaba el jardín tanto como la casa; ambos eran obra de su esposa.

Ahora sólo él lo cuidaba. Lucía ayudaba cada vez que podía, aunque no siempre le era posible ir tan a menudo como quisiera.

Hola, papá se acercó Lucía, le abrazó y le besó la mejilla. Venga, cuéntame, ¿qué pasa?

Entra, anda. Acabo de poner la tetera. Dentro te lo cuento le animó Fernando, invitándola a pasar.

Lucía notó enseguida que su padre estaba preocupado por algo muy serio. Pero le dejó el tiempo que necesitase; esperaba que fuese él el que encontrara las palabras para abordar el motivo por el que la había llamado.

Desde que su madre, Carmen, falleció de repente hacía ya dos años, su familia había dado un vuelco. Carmen nunca estuvo enferma, ni avisó el destino: Paro cardíaco repentino, a veces ocurre así, fue lo que dijo el médico. A Lucía le costó meses aceptar la pérdida. A Fernando le había dejado sumido en el silencio y la tristeza; se ausentaba del mundo, caminaba cabizbajo por la casa.

Un año después del funeral, Lucía quiso hablar con su padre para instalar la lápida. Pero él, cansado y sombrío, sólo respondió: No te aceleres, hija. Tengo la sensación de que a mí me queda ya poco.

No digas tonterías, papá. Eres joven, aún tienes que disfrutar de tus nietos. No te enterres antes de tiempo.

¿Joven? Si me jubilo en seis meses rió Fernando bitteramente.

La jubilación es sólo eso, papá: una pensión, no una sentencia de muerte. No te pongas esas ideas en la cabeza, por favor.

Fernando había dejado la cuestión en suspenso. Empezó a quejarse del corazón, del cansancio en las piernas, del aire que le faltaba. Lucía iba a visitarle cuanto podía y le llamaba cada día varias veces. Sin embargo, entre el trabajo y su marido, la vida la arrastraba y el padre seguía viviendo casi siempre solo.

Un día Lucía llegó con bolsas de la compra y encontró a Fernando blanco como el mármol, apoyado junto al manzano favorito de su madre.

¡Papá! ¿Te encuentras bien? ¿Quieres que llame a una ambulancia?

Bah, tranquila, hija. Ahora se me pasa farfulló él, fingiendo una sonrisa.

Por suerte, Lucía había llamado a emergencias sin pensárselo dos veces. Fernando había sufrido un ictus; gracias a que los médicos reaccionaron rápido, lograron estabilizarle. Se recuperó sorprendentemente bien, pero desde entonces Lucía ya no vivía tranquila.

Fernando se negaba a mudarse con su hija; y ella, de todos modos, tampoco podía trasladarse a las afueras, pues el trabajo de ambos el suyo y el de su marido estaba en Madrid, y es más, su marido podía tener pronto un traslado a otra ciudad, a Valencia quizá.

Aun así, nunca quiso Fernando ser una carga. Insistía en que se valía bien solo. Lucía sabía, sin embargo, lo difícil que sería para él mantener la casa y prepararse la comida. Así que cada dos semanas, Lucía y su marido hacían una limpieza a fondo y ponían el jardín al día.

Resultaba curioso: pese a todo, la casa estaba siempre ordenada, y la nevera llena de comida. Pero no era la comida que Lucía dejaba preparada, sino sopas, purés y albóndigas, como las que a menudo sirven en los hospitales. Igual estoy exagerando, se preguntaba Lucía, si papá está incluso más animado últimamente. Pero la inquietud persistía.

Aquella tarde, él tardó en sacar el tema. Media hora de charla trivial. Lucía esperaba pacientemente.

De pronto, Fernando rompió el silencio.

Lucía, ¿qué tal te va con Daniel? ¿Os lleváis bien, no hay discusiones? preguntó.

Todo bien entre nosotros. ¿Por qué lo dices? ¿Vienes a vivir con nosotros? Debes saber que puede que nos mudemos pronto.

No, no. Aquí estoy bien. Ya sabes, donde uno ha pasado la vida Pero quería hablarte de otra cosa.

A ver Lucía no sabía si reír o ponerse aún más nerviosa.

Verás Tras el ictus no tenía ganas de seguir. Sin mamá se me cerraba todo. Pero ahora todo ha cambiado.

Ya, te noto mejor, como las flores en primavera.

Sí. Y tiene una causa. Lucía, podrías enfadarte y hasta dejar de hablarme, pero he decidido casarme.

Lucía se quedó boquiabierta. ¡Casarse! ¿Con quién? Ni en sus peores previsiones hubiera imaginado eso.

¿Casarte? ¿Con quién?

Cuando estuve en el hospital, conocí a una médico, Blanca Sáenz. Es una gran mujer; gracias a ella salí adelante tan deprisa. Me ayudó mucho luego con la casa y la comida. No quería contártelo antes de saber cómo ibas a tomártelo. Lucía, me he enamorado y ella me corresponde. Queremos vivir juntos.

Vaya fue todo lo que acertó a decir Lucía, mordiéndose los labios.

Sí, nos llevamos veinte años, pero el amor no sabe de edades.

Dios mío, además ella es mucho más joven pensó Lucía. Seguro que tiene algún interés.

Papá, no sé qué decir logró musitar al cabo de un largo silencio.

Blanca y sus hijas, Elena y Silvia, viven en un piso minúsculo en Torrejón. Quiero ayudarles. Blanca me ayuda a mí ¿Cómo rechazar eso?

Espera ¿hijas?

Sí, Elena y Silvia. Son estudiantes universitarias. Unas chicas encantadoras sonrió Fernando.

Pero papá, ¿para qué necesitas todo eso? No sé, ni siquiera conozco a Blanca, pero tengo la sensación de que sólo le interesa tu casa o tu pensión.

Si te preocupa la herencia suspiró Fernando debes saber que he decidido dejarlo todo repartido entre todos por igual en el testamento. Blanca está de acuerdo. Así que no digas cosas de quien no conoces.

No digo nada, sólo expreso mi opinión concluyó Lucía.

Lucía se marchó esa noche sin saber si sentía más rabia porque su padre iba a traicionar la memoria de su madre o porque sospechaba que le estaban tomando el pelo.

Llamó a su mejor amiga, que era psicóloga y tenía experiencia en estos casos.

Mira, Lucía: cada uno lleva la pérdida a su manera. Hay quien sigue adelante solo, y hay quien no puede y necesita nuevas relaciones. Fernando tiene miedo a la soledad y ve en esa mujer y sus hijas una tabla de salvación. Quizá es lo que le ayuda a sobrellevarlo. No es el primero, ni será el último.

Lo entiendo suspiró Lucía. Pero me da miedo que no haya amor, sólo interés. Pueden vivir juntos, ¿por qué casarse?

Al final, es decisión suya

Después de darle muchas vueltas, de hablar varias veces con su padre y de conocer por fin a Blanca Sáenz y a sus hijas, Lucía entendió que nada podía hacer. Fernando pronto formalizó la relación y, enseguida, Blanca y las chicas se mudaron a la casa.

Lucía visitaba menos a su padre: le costaba enfrentarse a la sonrisa fingida de la nueva esposa. Desde el primer encuentro supo que Blanca era astuta y que sus intenciones no eran puras. Pero Fernando la quería y, sobre todo, parecía feliz.

A los seis meses, Lucía y su marido se mudaron a Sevilla por el trabajo, así que las visitas se hicieron aún más esporádicas. A veces, ni hablaba con Fernando porque Blanca solía coger el teléfono:

Hola, Lucía. Ahora mismo Fernando está descansando. ¿Quieres que le diga algo? canturreaba ella.

En su voz no había ninguna sinceridad, pensaba Lucía. Pero, aunque no le agradaba, al menos cuidaba de su padre, y cuando tenía oportunidad de hablar con él; Fernando sonaba animado.

Si es feliz así, que así sea, decidió resignada Lucía.

Medio año después, todo cambió: Fernando empeoró. Lucía lo supo por la voz apagada, la tos constante. Al día siguiente cogió el AVE y fue a casa.

No te preocupes tanto, Lucía le tranquilizó Blanca. Fernando sólo tiene bronquitis crónica. Ha fumado mucho y ya sabes Ahora parece una locomotora, pero yo sé qué hacer.

Lucía vio la cajetilla de tabaco sobre la mesa y negó con la cabeza.

¿De verdad permite que siga fumando? ¿No es peligrosísimo en su estado?

No acuses a nadie intervino Fernando, tosiendo. No puedo dejarlo todavía. Blanca me lo ha dicho cien veces, pero es difícil. Lo intentaré, te lo prometo.

Lucía nunca había dudado de Fernando, pero ese día no le creyó. Ha aprendido a mentir como ella, pensó con tristeza. Pero ya no podía cambiar nada: Fernando sólo creía en Blanca, su angelito.

Pasaron unos meses y, una mañana temprano, fue precisamente Blanca la que la llamó desde el móvil de Fernando. Su voz, ahora desbordada de falsa pena, le comunicó que su padre había fallecido.

Fue más complicado de lo que creímos. Ya no se podía hacer nada ¡Menuda desgracia!

En el funeral después de lágrimas y abrazos vacíos Blanca llevó decidida a Lucía al despacho de Fernando y, de un cajón, sacó un documento.

¿Adivinas lo que es? dijo con una mueca burlesca. Ya no disimulaba la verdadera cara que Lucía tanto había temido.

¿El testamento de mi padre? adivinó Lucía, sin emoción.

Ese mismo. Y según esto, la casa de tu padre pasa a ser mía. No podrás hacer nada.

No me sorprende en absoluto, pensó Lucía, resignada.

Y no pienses que le obligué a escribirlo siguió Blanca. Fue voluntad suya, el notario vino para asegurarlo. Mira, aquí lo tienes.

Lucía revisó el testamento y comprobó que, efectivamente, todo iba para Blanca. Lo devolvió en silencio.

Era tal y como lo había imaginado. Sin embargo, comprendía que nadie podía forzar a Fernando a hacer nada, aunque quizás Blanca hubiese presionado hasta el último momento. Es su elección, se dijo una y otra vez, recordando las palabras de su amiga psicóloga.

Al salir de la casa, casi pisó a un cachorro. Parecía perdido; Lucía se agachó. Este perrito me suena ¡Claro! Lo vi junto a la tumba de mi padre hace unos días.

¿Papá tenía perro? preguntó a Blanca, que salió detrás de ella.

¡Otra vez el chucho ese! exclamó irritada Blanca, levantando la mano como para espantarlo. El perrito corrió a refugiarse bajo el banco, junto al manzano.

Este perro apareció hace un par de semanas y aquí se ha quedado. Fernando le daba de comer, yo siempre le dije que no, pero él no hacía caso. Decía que el animalito le hacía compañía, pero luego el perro no se fue nunca.

Papá quería mucho a los animales recordó Lucía. Después de perder a Duque, nunca tuvo otro. Temía otra pérdida.

Ahora que todo esto es mío, ya verás lo rápido que me deshago de ese bicho soltó Blanca, apartando la mirada.

No hace falta que hagas nada respondió Lucía, recogiendo con cuidado al perrito. Me lo llevo conmigo. Estoy segura de que a papá le habría gustado.

Haz lo que quieras. ¡Es lo único que te llevas de esta casa! escupió Blanca, triunfante.

A Lucía le dolía perder la casa, llena de recuerdos felices de su infancia, pero comprendió que al final era sólo eso: una casa. Lo esencial seguiría viviendo dentro de ella. Al menos, se llevó consigo al cachorro, al que llamó Duque, igual que el viejo perro de su padre.

El tiempo puso todo en su sitio: las hijas de Blanca, al terminar la carrera, se casaron y marcharon lejos. El chalé, situado en las afueras, ya no tenía valor para nadie. Blanca misma, incapaz de cuidar la casa y el extenso jardín, acabó regresando a su piso en Torrejón. Intentó vender la casa, rebajó el precio varias veces, pero nadie la quiso.

El chalé donde Fernando Martín volcó su alma envejeció solo, descuidado, hasta derrumbarse.

Muchos años después, Lucía, ya con dos hijos y su esposo, fue allí. Sólo quedaban ruinas. Vagó entre los restos, tocó el manzano seco, contempló las paredes medio caídas y las ventanas rotas. Se marchó, conteniendo las lágrimas.

Fue tu decisión, papáDuque, ya viejo y gris, la acompañaba, olfateando las piedras desperdigadas y el aire denso de memoria. Lucía se arrodilló bajo el manzano, plantado por su madre tantos años atrás, y notó que, aunque seco, resistía obstinado, aferrado a la tierra dura.

Sacó del bolso una pequeña piedra con el nombre de Fernando grabado a mano y la depositó junto a la raíz. El pasado no podía volver, pero el amor sí se perpetuaba en los gestos, en aquel perrito rescatado que ahora lamía su mano, en la generosidad silenciosa de los recuerdos.

Respiró hondo. Miró a sus hijos jugar entre las ruinas, oyó sus risas, y comprendióde pronto, dulcementeque su familia seguía viva en ellos, en cada nueva rama que la vida les ofrecía. Sonrió: ya no necesitaba ladrillos para sentir a su padre cerca; el hogar era, al fin, aquello que el corazón sabía conservar.

Se incorporó, tomó la mano de su hijo pequeño y, rodeada de los suyos, se alejó del chalé por última vez. El sol, bajando entre nubes rosas, iluminaba el sendero de regreso. Lucía no miró atrás. Caminó con paso firme, llevando consigo lo único verdaderamente suyo: la memoria, el cariño y, ladrando feliz a su lado, la lealtad de Duque.

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La decisión es tuya, papá
Sin hogar y con hijos, un acto de bondad cambió mi vida