No son mis botas

Ignacio, ¿has comido?

No respondió. Seguía sentado a la mesa, mirando el plato que le había puesto hacía ya veinte minutos. Las patatas estaban frías. Las albóndigas también. Yo estaba de pie en la puerta de la cocina, mirando la nuca de mi marido. La misma nuca de siempre, sin nada especial. Canas en las sienes que tanto detestaba. Orejas un poco grandes y despegadas. Esa nuca, la de siempre, a la que llevo treinta y un años acostumbrado.

Ignacio.

¿Qué?

No era una pregunta. Solo un ruido, como el aire escapando.

¿Vas a comer?

No quiero.

Me acerqué, recogí el plato. La comida, efectivamente, estaba helada. Tiré las patatas por el fregadero mientras dejaba correr el agua. Las albóndigas las envolví en papel de aluminio y las guardé en la nevera. Durante todo ese tiempo, él seguía quieto, mirando el vacío de la mesa donde ya no había nada.

Llevábamos así tres semanas.

Recuerdo cuándo empezó todo esto. No sabría decir el día exacto, pero sí que era miércoles, a mediados de febrero; gris, con un tiempo odioso. Llegó de trabajar una hora más tarde de lo habitual. Se quitó los zapatos tan silenciosamente en el recibidor que ni lo oí. Normalmente, nada más abrir la puerta gritaba: ¡Carmen, ya estoy en casa! Siempre igual, todos estos años. Incluso cuando discutíamos, aunque pasáramos días sin hablarnos por cualquier tontería, él seguía con su ritual. Costumbre. Pero esa vez hubo silencio. Me asomé desde la cocina. Estaba parado frente al perchero, mirando su chaqueta. Solo eso, mirándola, como si no supiera si colgarla o no.

¿Ignacio? ¿Por qué tan tarde?

Me entretuve.

¿Ha pasado algo?

No.

Le creí. Qué iba a pensar. Trabajo, un jefe nuevo, asuntos pendientes. Le serví el plato. Comió, sin más. Solo estaba un poco más callado de la cuenta, pero lo achaqué al cansancio.

Al día siguiente, igual. Y al otro. Y la semana siguiente.

Durante mucho tiempo no quise darle importancia. Nos pasa mucho a los hombres al llegar a cierta edad: justificamos todo. Está cansado, es la edad, el trabajo Nos convencemos, nos tranquilizamos. Porque si empiezas a notar que algo va mal, tienes que hacer algo. Y cuando no sabes qué, prefieres no mirar.

Pero hubo un momento en el que ya no pude ignorarlo.

Una noche, me desperté a las tres de la mañana. Oscuro. Ignacio no estaba en la cama. Esperé, escuché. Silencio. Fui a la cocina. Estaba sentado frente al televisor apagado, en la oscuridad. Miraba esa pantalla negra, con las manos sobre las rodillas y la espalda recta. Como si esperara algo.

Ignacio, son las tres.

Se volvió y me miró como si yo fuera de otro mundo. Como si él estuviera lejos, muy dentro de sí mismo.

Vete a dormir me dijo.

¿Qué haces aquí?

Nada. Acuéstate.

No me fui. Me quedé a su lado, le puse una mano en el hombro. Estaba frío, solo llevaba camiseta aunque ya era febrero y el piso no calentaba tanto. Ni siquiera reaccionó. Antes, siempre cubría mi mano con la suya. Siempre. Era nuestro gesto. Ahora, nada.

¿Qué te pasa?

Nada. No puedo dormir.

Nunca te ha pasado antes.

Todo tiene una primera vez.

Me fui. Me tumbé en la cama y me quedé mirando el techo. Volvió a las cinco. Se tumbó junto a mí, sin rozarme. Escuché cómo fingía dormir. Yo también fingí. Ninguno de los dos conciliaba el sueño, y ninguno lo decía.

Y así fue como supe: algo serio ocurría.

Los días siguientes fueron de darle vueltas a la cabeza. Es un ejercicio incómodo, porque siempre aparecen fantasmas. No soy ningún ingenuo, llevo casado treinta y un años, sé de la vida.

Lo primero que pensé, claro. Otra mujer.

Me avergonzaba pensar eso. Era Ignacio. No, Ignacio jamás. Ni una vez me dio motivo en todos estos años. Pero cuando un hombre calla, no come, y mira la pantalla del televisor apagado en mitad de la noche, la cabeza empieza a imaginar. Es inevitable.

Empecé a fijarme. El móvil, por ejemplo. Antes lo dejaba en cualquier sitio, yo siempre se lo recogía. Ahora, siempre en el bolsillo. Pero nada más. No olía a ningún perfume nuevo. No había llamadas a deshoras, ni excusas, ni retrasos. Al contrario, venía más temprano. Se sentaba y callaba.

Descarté la idea. O casi.

Segunda opción: enfermedad.

Me daba miedo pensar en esto. Seiscuenta en abril. Los hombres… el corazón, mil historias. O algo peor, impensable. Hacía mucho que no se hacía un chequeo. Ya se sabe: los hombres huyen del médico. Pensé si quizá, al enterarse de algo, prefería callar para no preocupar.

Eso sí cuadraba más con Ignacio.

Intenté preguntarle:

Ignacio, hace tiempo que no te revisas. ¿Por qué no pides cita, solo por estar seguro?

Estoy bien.

¿Cómo lo sabes, si no te revisas?

Carmen, estoy bien. Déjalo ya.

Ese déjalo ya no tenía ira, simplemente estaba. Nunca antes me había hablado así.

Tercera opción: dinero.

Siempre nos las apañamos. Él, maestro de carpintería en una fábrica de muebles; yo, en administración en el centro de salud del barrio. Nuestros dos hijos están bien, con sus familias. Nuestra nieta, Martina, tiene tres años. La hipoteca pagada, el coche viejo pero nuestro. Normal.

Pero empecé a pensar: ¿y si tiene deudas? ¿Si pidió algún préstamo? Revisé la cuenta conjunta; todo normal. Su cuenta, no tenía acceso. No me atrevía a preguntarle. Temía que me volviera la cara, que su silencio pesara más que cualquier reproche. Hay silencios que duelen como un puñetazo.

Pasaron más días.

En el trabajo, lo intenté disimular. Un día, mi jefa, Pilar Fuentes, me preguntó:

Carmen, hoy se te ve rara. ¿Todo bien?

Sí, Pilar. No dormí bien, nada más.

¿Tu marido? me preguntó con esa franqueza de las mujeres de nuestra edad.

No, no, todo bien.

Asintió. Ella también lleva casada mil años, sabe leer entre líneas. No insistió. Se lo agradecí.

En casa, intentaba que todo siguiera igual. Cocinaba, limpiaba, preguntaba por el trabajo. Ignacio respondía con monosílabos: Bien. Nada. Sí. Yo preguntaba porque era lo normal, pero vivíamos como dos desconocidos bajo el mismo techo. Raro. Jamás habíamos estado así. Ni siquiera cuando discutíamos de verdad. Ahora era una nube de algodón malvado, todo amortiguado.

Una vez, perdió el control de verdad.

Le pedí que arreglara el grifo de la cocina, llevaba días goteando y ya se lo había dicho varias veces. Asintió, pero nada. Esa noche volví a recordárselo:

Ignacio, el grifo.

Levantó la cabeza, y en su mirada había una mezcla extraña. Cansancio, rabia, no lo supe.

Carmen. Ahora no.

Pero ya lleva una semana goteando.

¡He dicho ahora no!

Golpeó la mesa con la mano. No muy fuerte, pero bastó para que me apartara. No por miedo al golpe, sino por el sobresalto. Ignacio no era de los que pierde los papeles.

Se marchó a la habitación. Yo me quedé escuchando el grifo.

Cogí la llave inglesa y apreté el grifo yo mismo. No tan bien como él, pero el goteo cesó.

Esa noche, no pegué ojo. ¿Dónde estaba mi marido? El mismo Ignacio que soltaba bromas cuando menos venía a cuento, que recitaba de memoria diálogos de películas españolas antiguas. Que los domingos hacía tortitas y siempre se pasaba con la sal. Que me llamaba desde el taller solo para preguntar: ¿Todo bien?. ¿Dónde estaba ese Ignacio?

La mayor soledad es notar a alguien cerca y sentirlo lejos. Es peor que una ausencia física. Hay un vacío más denso que el de un viaje: el vacío del que sigue aquí, pero ya no está.

Crisis matrimonial. Esa palabra me vino a la cabeza de madrugada. Me sorprendió dar con el término exacto que no era capaz de aceptar. Porque todo seguía igual por fuera. Y eso, precisamente, era lo más inquietante.

Recuerdo otra tarde de las que no se olvidan fácilmente. Volví del trabajo cerca de las seis. Su chaqueta no estaba en el perchero. Aún no había llegado. Me descalcé, entré en la cocina, puse el hervidor. Saqué algo de la nevera y empecé a preparar la cena. Oí la puerta abrirse, apenas audible.

Se descalzaba en silencio, de nuevo.

¿Ya has llegado? pregunté. ¿Cenas?

No contestó. Cruzó la cocina. Fue a la alacena sobre la nevera, donde guardamos una botella de orujo por si acaso y para las visitas; ese por si acaso que nunca llega. La botella llevaba allí desde el último fin de año. La sacó.

Me quedé paralizado. El corazón me dio un vuelco. No sabría describirlo.

Dejó la botella sobre la mesa, puso un vaso al lado y se sentó. Se puso a mirar la pared.

Esperé. No abría la botella. No bebía. Solo la veía. Como si deliberara consigo mismo, enfrascado en una lucha interna.

Me acerqué en silencio, le quité el vaso y guardé la botella donde estaba.

Me miró, sin quejarse.

Le preparé una infusión. Se la puse delante. No dijo nada.

Ignacio le dije. No sé qué ocurre. Pero tú estás aquí. Yo, también. Lo demás lo resolveremos.

Me miró mucho rato. Algo vi en sus ojos algo que no veía hacía tiempo; no sé si era dolor, culpa, cansancio.

Vete a dormir, Carmen musitó.

¿Y tú?

Ahora voy.

Me fui. No se puede obligar a hablar a quien no quiere. Y supe que algo tenía que pasar, que algo haría cambiar las cosas.

Y ocurrió. Aunque de una manera que nunca habría imaginado.

Era viernes. Preparándome para salir de casa, atando la bufanda frente al espejo. Ignacio seguía durmiendo últimamente se levantaba más tarde, cuando antes siempre era el primero en madrugar. Me quedé un rato con el reflejo, pensando en que llevaba tres semanas con la sensación de que todo se había roto y que no sabía arreglarlo; que, pasara lo que pasara, Ignacio seguía siendo lo más cercano.

Tomé una decisión.

Saqué el móvil y escribí a Pilar: Pilar, necesito el día libre, si puede ser. Contestó enseguida: Claro, Carmen. Sin problema. Es lista, Pilar.

Salí de casa con normalidad. Bajé en el ascensor, crucé el portal y me quedé cinco minutos en la plaza. Volví a subir.

Abrí despacio con mi llave. Me descalcé en silencio. Justo al entrar en el recibidor, lo vi: un par de botas de mujer, marrón oscuro y tacón discreto, perfectamente alineadas junto a la pared. No eran mías. Yo sé cuáles son mis botas.

Me quedé mirando ese par de botas. Solo miraba.

De la cocina se oían voces. De hombre y de mujer. Ella lloraba. Él decía cosas muy bajito, calmando.

En un segundo, tomé la decisión. Fui directo a la cocina.

Allí estaban. Mi Ignacio y Maribel, la esposa de su mejor amigo Jesús. Maribel lloraba, encogida, con las manos cubriéndose la cara. Ignacio estaba a su lado, sin tocarla, sólo acompañando. Dos tazas de té humeantes en la mesa, un paquete de galletas abierto, de las de casa.

Ignacio me miró al entrar.

No se sobresaltó. No se levantó corriendo. Me miró como quien se siente descubierto y, sin embargo, se siente liberado por ello.

Maribel también alzó la vista. Tenía los ojos enrojecidos, el pañuelo hecho una bola empapada.

Guardamos los tres silencio varios segundos. O eternos.

Maribel fue la primera en hablar:

Carmen, perdona. No sé a dónde más ir.

No contesté. Miraba a Ignacio.

Explícate dije.

Se levantó. Caminó hacia la ventana y se colocó de espaldas a mí. Afuera, el febrero seguía, gris, sin nieve, solo triste.

Ignacio.

Sí contestó. Lo explicaré.

Se volvió. Maribel miraba la mesa. Ignacio a mí.

Ayer le dieron a Jesús. Le abordaron tres en la puerta del trabajo. Le dijeron: Dile a tu amigo que cierre la boca. Jesús está en el hospital.

Sentí un nudo. Jesús, amigo de toda la vida treinta años de amistad. Lo conozco desde que conozco a Ignacio.

¿Qué significa eso de que cierre la boca? pregunté.

Ignacio bajó la cabeza y se frotó la cara. Tiene ese gesto cuando le cuesta.

Escribí un informe. A principios de febrero, contra el nuevo jefe de taller.

¿Y?

Robaba, Carmen. Material, herramientas… Lo vi, lo conté, y fui apuntando todo. Cuando lo tuve claro, lo denuncié.

¿A quién?

Al responsable de seguridad de la fábrica. También quedó copia en la administración.

Guardé silencio. Esperé.

Y Jesús Ignacio hablaba con esfuerzo, Jesús lo supo desde el principio. Se lo conté. Somos amigos íntimos, confié en él.

¿Y?

Se lo contó al jefe. Durante dos meses. Le pasaba todo: lo que yo sacaba, lo que escribía, lo que pensaba hacer. Dos meses.

Se hizo un silencio profundo. Solo el zumbido del frigorífico.

Me despidieron dijo Ignacio. Hace tres semanas. El mismo día que llegué tarde.

¿Por qué no dijiste nada?

No supe cómo.

¿Dónde ibas cada día?

Dudó.

A veces al Retiro, otras a la biblioteca. Algún día solo me monté en el metro, sin rumbo. Solo por moverme.

Miraba a mi esposo. Sesenta años en abril. Maestro carpintero. Manos de oro, palabras de otros, no mías. Treinta y un años juntos. Tres semanas perdiendo el tiempo en el metro para no volver a casa aún.

¿Por qué?

Se frotó de nuevo la cara.

¿Te acuerdas del 95? Cuando me despidieron?

Lo recordaba. Por supuesto. Los niños pequeños, poco dinero, yo encadenando trabajos. Él, impotente en el paro. Sabía cómo fue aquello.

Me acuerdo.

Nunca me reprochaste nada. Pero te veía, mirando por la ventana, con una cara No quería volver a ver eso.

Así era.

Treinta años después, aún recordaba mi expresión ante la ventana en el 95. Por eso recorría ahora Madrid en metro esos días.

No supe qué decir. Solo le miraba. Sus canas, sus manos.

¿Jesús lo sabía?

Sí. Me llamó al día siguiente. Se lamentó, me dijo que era injusto, que lo sentía.

Se detuvo. La palabra sentía se quedó flotando.

Dos meses estuvo pasándole todo susurré.

Sí.

Miré a Maribel. Tenía la cabeza gacha. Lo sabía. Por eso había venido.

Maribel, ¿lo supiste ayer?

Alzó la vista despacio.

Ayer, sí. Cuando lo ingresaron. Me pidió que se lo dijera a Ignacio. Por eso vine.

Silencio largo.

Jesús aún no ha venido, ¿no? dijo Ignacio, bajísimo.

Ignacio, está en el hospital respondió Maribel.

No lo digo por eso.

La conversación sobre Jesús quedó en pausa. Era un nudo que solo el tiempo podría deshacer. Nada más.

Me puse de pie y puse agua para té. Porque es lo que uno hace cuando no sabe qué hacer, moverse. La vida sigue, siempre hay té.

Entonces dije, junto a la encimera, ¿ahora estás en paro?

Sí.

¿Desde cuándo?

Tres semanas.

¿Volver a la fábrica?

Imposible.

Vale.

Puse las tazas y la tetera en la mesa. Ignacio me miraba.

Carmen, entiendo que es malo. Lo sé

Ignacio.

¿Sí?

Cállate un segundo. Estoy pensando.

Se calló. Maribel parpadeó. La tetera silbó.

Preparé el té de siempre, a granel, hojas sueltas, nada de bolsas. Desde la primera cita dijo Ignacio: No sé beber té de bolsa. Me reí. Ahora yo tampoco lo soporto.

Puse tres tazas. Una para Ignacio, una para Maribel, otra para mí.

Me senté.

Escúchame atentamente, Ignacio.

Te escucho.

Eres un maestro de los buenos. Treinta años haciendo muebles, puertas, todo tipo de encargos. Tienes manos que valen oro, eso todos lo saben. Eso es lo primero. Segundo: cualquier taller pagaría por tenerte. Tercero: ¿te acuerdas de Fernando, que te propuso hace dos años montar algo juntos?

Levantó la cabeza.

Me acuerdo.

Rechazaste por miedo, por la estabilidad de la fábrica. Era lo lógico: los niños, la hipoteca. Ahora es otro momento: la hipoteca pagada, los hijos en sus casas, solo nosotros dos. Mi sueldo llega. No estamos ni cerca del 95.

Lo veía cambiar por dentro. Lentamente, pero algo despertaba.

¿Fernando sigue con el taller?

No lo sé. Hace mucho que no hablamos.

Llámale, hoy mismo o mañana.

Igual ya encontró socio.

Llámale y lo sabrás.

Esto no es rápido. Hay que buscar local, herramientas, clientes

Ignacio.

¿Sí?

¿Me has visto alguna vez sin recursos cuando algo me proponía?

Pausa. Sonrió apenas, la primera vez en semanas.

Nunca.

Pues eso. Ahora tomamos el té y planeamos. Tenemos toda la noche.

Toda la noche repitió.

Has estado solo tres semanas. Ahora estamos juntos, como siempre debió ser.

Maribel sollozó quedamente.

La miré.

¿Piensas en Jesús?

Sí.

¿Está atendido?

Sí. Fracturas leves, según dicen. En un mes sale.

Pues eso. Os tocará hablar. Pero ese ya es vuestro problema.

No sé cómo podré mirarle a la cara, después de todo.

Yo tampoco lo sé dijo Ignacio sinceramente. Por ahora no puedo.

Guardamos silencio. Un silencio distinto, de comprensión. El de digerir lo vivido, que también hace falta.

Maribel se levantó y se fue a la habitación de invitados. Yo sentí alivio. No porque me molestara Maribel, sino porque necesitaba estar a solas con Ignacio.

Ya solos, pasaron varios minutos en los que no hablamos.

¿Estás enfadada? me preguntó.

¿Contigo?

Sí.

Pensé.

Sí pero no como crees.

¿Cómo entonces?

Me molesta que llevaras esto solo tres semanas. Que decidieras que no podía soportarlo yo. Que pensaras así de mí.

¡No era eso!

Lo era. Me subestimaste.

Negó con la cabeza.

No No temía por ti. Temía por mí.

¿Por ti?

Si tú veías cómo me derrumbaba, sería peor para mí. ¿Entiendes?

Lo entendía. Hay quien aguanta hasta que el ser querido ve el desplome, y entonces se desmorona de verdad. Porque ya no hay que aparentar.

Lo entiendo.

No quería romperme por completo.

¿Ahora?

Miró sus manos.

Ahora ya no da tanto miedo.

Eso fue lo más verdadero que escuché en semanas.

Bien. Pues ahora toca pensar.

Empezamos por lo práctico: dinero. Teníamos un pequeño colchón de seguridad, ahorrado durante años para emergencias. Ignacio farfulló lo de gastar mi dinero. Le corregí: nuestro. A regañadientes asintió.

Mi sueldo, justo pero suficiente. Ni lujos ni miserias.

Hablamos de Fernando, el carpintero. Un viejo amigo con el que Ignacio colaboró en alguna ocasión. Hace dos años le quiso convencer para abrir juntos un taller de restauración de muebles antiguos. Ignacio prefirió la fábrica, entonces. Ahora era diferente.

Llámale, hoy mismo le dije.

Es tarde.

No tanto, son las nuevemiré el reloj.

Dudó, pero al final fue con el móvil al dormitorio. Desde la cocina oía su voz, primero baja, luego más animada, incluso alguna risa breve.

Volvió veinte minutos después.

¿Y bien? pregunté.

Fernando se alegró. Dice que tiene faena de sobra y pocas manos. Que el lunes mismo empiece si quiero. Primero como trabajador; ya veremos después.

Perfecto.

El sueldo es bajo al principio.

Primero el pie dentro. Lo demás llegará. Tú vales mucho.

Se sentó frente a mí, en silencio, con la taza entre las manos. Era una taza azul con osos blancos que habíamos comprado en Cantabria hace como veinte años. Qué curioso que me fijara justo en ese momento. Supongo que en esos detalles se sostiene la vida.

Carmen

¿Sí?

Tenía que haberte contado todo esto antes.

Ya lo has hecho.

Tres semanas tarde.

Olvida el retraso. Lo que cuenta es lo que venga ahora.

Me miró un buen rato.

¿Te molesta lo de Jesús, que se lo contara a él?

Pregunta inesperada.

Pensé.

Era tu amigo. Le confiaste tus dudas. No hiciste nada mal.

Debí sospechar.

¿Cómo ibas a saberlo? Treinta años amistad. No tienes culpa de confiar.

Guardó silencio.

No entiendo por qué lo hizo susurró. ¿Qué ganaba él con pasarle información al jefe?

No lo sé. Quizá le prometieron algo, o le amenazaron. Sólo él lo sabe.

Treinta años…

Sí. Pesca, comidas juntos y ahora esto.

Una traición.

Asentí.

Sí. Duele mucho. Pero terminará pasando.

¿De verdad?

Duele menos con el tiempo. Algo siempre queda, pero se sobrevive. Lo vamos a superar.

Miró la taza de los osos.

¿Sabes qué raro? Estoy enfadado con él, pero no dejo de pensar que está ahora mismo en el hospital.

Eso es humano, Ignacio.

No me consuela.

Lo sé.

Caímos en un silencio largo, cálido. Afuera era muy tarde; solo febrero, pero ya con aroma de marzo.

Saqué la libreta que tengo de toda la vida en la cocina, la de la lista de la compra, y un bolígrafo.

Apuntaremos los pasos dije.

¿Qué pongo?

Lista de tareas.

Tomó la libreta. Empezó él mismo a escribir.

Primero: llamar mañana otra vez a Fernando para concretar.

Bien, segundo.

Traer todos mis papeles y ver cómo está mi despido. A lo mejor está mal redactado, hay que hablar con abogado.

¿Conoces a alguno?

El vecino, don Antonio, sabe de estos temas. Le preguntaré.

Ponlo en la lista.

Lo hizo. Yo le miraba escribir, pulcro, metódico, como todo lo suyo.

Tercero: dinero.

Ya te lo he dicho, hay para aguantar. Cuando empieces ya veremos.

Aguantaranotó. No entrar en pánico.

Me hizo gracia esa coletilla.

Cuarto El informe. ¿Dónde está tu denuncia?

En manos de seguridad de la fábrica. Copia en administración.

¿Y ahora?

Ahora depende de ellos. Yo mi parte la hice. Quizá algún día tenga fuerzas para ir a Inspección de Trabajo, pero ahora no.

Eso más adelante.

De momento, anotado, pendiente.

Se quedó una línea en blanco, esa cuarta tarea todavía indefinida.

Seguimos hablando sobre Fernando, los muebles antiguos, la demanda de restauraciones, la afición por piezas viejas que ahora está de moda. Ignacio se animó, explicándome cómo se barnizan los muebles de nogal, cómo la gente busca ahora evitar cubrir la madera original, cómo en Madrid los talleres especializados cobran bien y que el sobrino de Fernando ayuda con la web. No interrumpí. Era Ignacio otra vez, hablando de lo suyo, con pasión e ilusión.

Cerca de la una de la madrugada, preparé otro té.

Es hora de dormir sugirió.

Sí.

Pero no íbamos a la cama. Seguía contándome alguna anécdota de muebles raros, de un aparador con compartimentos secretos, de un dueño sorprendido al encontrar documentos del bisabuelo Historias entrañables.

Y me pregunté: ¿Por qué no te lanzaste por tu cuenta entonces, hace cinco años?

Por costumbre. Por miedo a perder la seguridad.

¿Y ahora?

Ahora lo veo distinto. Cuando ya no tienes nada que perder, arriesgas más.

No le solté ningún tópico sobre puertas que se cierran y ventanas abiertas. Él ya lo sabía.

Las palabras se fueron apagando. Hablaba más despacio, con pausas, y los ojos se le cerraban. Se quedó dormido, la cabeza sobre las manos, sentado a la mesa. Cogí la manta de cuadros del perchero y lo tapé cuidadosamente. No se despertó, solo suspiró y cambió de postura.

Atenué la luz de la cocina. Me preparé la última taza. Me senté junto a la ventana.

Ya clareaba. No del todo, todavía era noche, pero la oscuridad era menos densa. Era el primer día de marzo.

El tejado de enfrente goteaba. El deshielo. Un ruido sutil, pero real. Tic-tic-tic. No nieve ni viento, sino agua. Vida.

Pensé. En Maribel, en la segunda habitación. En Jesús, en el hospital, en la conversación pendiente entre ambos. En la vida laboral de Ignacio, seguramente complicada, y que había que resolver. En el jefe de la fábrica, que seguiría haciendo de las suyas. En Jesús, al que aún no podía procesar con calma.

Pensé en los treinta y un años juntos. Es mucho tiempo. Da para olvidar apreciar, para dar todo por hecho. Cada uno absorto en lo suyo. Yo en la administración, él en su taller. Nos vemos a la hora de la cena, charlamos sobre el grifo o las patatas. Y la vida pasa.

Pero a pesar de todo, aún hay algo real detrás de esa rutina. Ignacio se acuerda de mis ojos en la ventana del 95. Yo, de la taza azul de Cantabria.

No diré que todo vaya a mejorar mágicamente. No lo sé. Puede que el taller no funcione, que la carta de despido no tenga arreglo, que el jefe de la fábrica sea peligroso de verdad. Jesús será otra historia todavía más larga.

Pueden pasar muchas cosas.

Pero ahora, a las cuatro de la mañana, en este primer día de marzo, Ignacio duerme en la cocina, tapado con la manta de cuadros. Y fuera, comienza el deshielo. Y en la libreta, cuatro puntos y una línea en blanco.

No es el final ni un nuevo comienzo. Es simplemente lo que hay.

El goteo afuera se hacía más presente. O tal vez, dentro de mí, el silencio era mayor.

Pensé en nuestra hija, Nuria. Vive con su marido, Martina con ellos. Mañana les llamaré, un ¿qué tal estáis?. Luego, cuando lo entendamos, les contaremos todo.

Pensé en nuestro hijo, Javier, que vive fuera. Llama los domingos. Buen muchacho, ocupado. Ya hablaremos.

Pensé en Fernando. Hacía años que no lo veía, aunque Ignacio sí. Habrá que conocerse otra vez.

Pensé en la restauración de muebles. En ese aparador antiguo, con sus secretos. Buen trabajo ese, arreglar lo viejo, lo desgastado, y devolverle su esencia. No hacerlo nuevo, sino volverlo suyo. Eso es bonito.

Ignacio se movió en sueños. Ajusté la manta. No se despertó.

Me senté de nuevo.

Sólo el goteo y la noche menguante.

La libreta de Ignacio seguía abierta. El bolígrafo al lado. Tomé el bolígrafo, miré la línea en blanco después del cuarto punto.

Lo pensé. No escribí nada. Dejé el bolígrafo donde estaba.

Hay líneas que deben quedarse en blanco. Por ahora. Habrá tiempo para llenarlas.

El goteo seguía. Marzo acababa de comenzar.

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