ME ENVIARON A UN MANICOMIO PARA QUITARME LA CASA, ¡PERO OLVIDARON QUE LA EMPRESA EN LA QUE TRABAJABAN ERA MÍA!

Yo, Javier, conduzco bajo una lluvia que cae con una furia constante, como si el cielo quisiera lavar cada rincón de Madrid. El asfalto reluce bajo la luz de los faroles y pequeños ríos se cuelan por las cunetas hacia las alcantarillas, arrastrando hojas, colillas y el polvo acumulado de los últimos días. Dentro de mi coche, la calefacción funciona en silencio, envolviéndome en un calor agradable. La música suave que sale de la radio parece aislarme de la tormenta, como si estuviera dentro de una burbuja.

Es una tarde cualquiera de miércoles y regreso del trabajo tras una reunión que resulta mejor de lo esperado. En el asiento del copiloto llevo una carpeta repleta de documentos y en la cabeza una lista de cosas por hacer. Pero todo se detiene al instante cuando, en la esquina de la avenida, diviso una pequeña figura encogida bajo la lluvia.

No parece tener más de ocho años. Su pelo oscuro está pegado a la cara por el agua y la chaqueta que lleva es tan fina que parece de papel. Entre sus manos aprieta un ramo de flores marchitas, envueltas en una bolsa de plástico ya arrugada. Sus zapatillas de tela están completamente empapadas.

Reduzco la velocidad y, sin pensarlo mucho, estaciono junto a la acera. La observo unos segundos. Podría pasar de largo, como hacen muchos, pero algo en la forma en que aprieta las flores contra el pecho, como si fueran su único tesoro, me detiene.

Apago el motor y abro la puerta. El viento frío me golpea de inmediato, acompañado del incesante golpeteo de la lluvia. Me acerco.

¡Oiga, señor! grita ella por encima del ruido del aguacero. ¿No quiere flores para su esposa? Están muy bonitas se las dejo barato.

Su voz suena débil, aunque intenta sonar animada.

Me quito la chaqueta y se la pongo sobre los hombros. Es enorme para su pequeño cuerpo, pero al menos la cubre.

Toma le digo, entregándole también mi paraguas. Te vas a resfriar así.

Ella me mira como si le hubiera dado un diamante.

No, señor mi madre dice que no acepte cosas de extraños.

Tu madre tiene razón respondo, pero esto no es un regalo. Es un préstamo mientras trabajas.

Ella vacila, pero al fin acepta el paraguas.

¿Cuántas flores tienes? pregunto.

Veinte ramos, señor. Cien euros cada uno pero se los dejo a ochenta porque están un poco maltrechas por la lluvia.

Saco la cartera y le entrego dos mil euros.

Me los llevo todos.

Ella abre la boca como si fuera a decir algo, pero no sale palabra alguna.

¿Todas? Pero ¿qué vas a hacer con tantas flores?

Repartirlas contesto. A la gente que pase por aquí. Así tendrán un día más bonito.

Una sonrisa tímida se dibuja en su rostro.

Mi madre no lo va a creer.

¿Dónde está tu madre?

En casa cuidando a mi hermanito. Está enfermo. Por eso salgo yo hoy, para que ella no se moje.

Un nudo aprieta mi estómago.

Quédate con la chaqueta y el paraguas. Y ahora, corre a casa. Tu madre debe estar preocupada.

Ella abraza los billetes contra el pecho, da unos pasos y, antes de doblar la esquina, grita:

¡Gracias, señor! ¡Que Dios le bendiga!

La veo alejarse, protegida ahora por mi paraguas rojo. Vuelvo al coche empapado, pero con una sensación extraña: una mezcla de tristeza, ternura y una ligera esperanza.

Enciendo la calefacción. El aroma de las flores llena el coche y, mientras empiezo a repartirlas a desconocidos en la calle, siento que algo ha cambiado en mí, aunque todavía no sé exactamente qué.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

16 − thirteen =

ME ENVIARON A UN MANICOMIO PARA QUITARME LA CASA, ¡PERO OLVIDARON QUE LA EMPRESA EN LA QUE TRABAJABAN ERA MÍA!
Lo siento, mamá. Es un evento elegante. A Melissa no le gusta que estés allí. Cree que eres demasiado dramática.