¡Aguanta, hija! Ahora perteneces a otra familia y debes respetar sus normas.

¡Aguanta, hija! Ya estás en otra familia y tienes que respetar sus normas. No vienes a casarte como invitada, es un matrimonio.
¿Qué normas, madre? ¡Todas están patas arrugadas! Sobre todo la suegra, ¡me odia, es obvio!
¿Y nunca has escuchado que las suegras pueden ser buenas?

¡Se pasa de copas! ¡Se pasa de copas! exclamó Pilar de la Vega, en medio de la cocina, con el rostro rojo de ira y los ojos chispeando. Si el hombre sale de farra, la mujer se lleva la culpa. ¿Qué más tienes que explicarme?

La suegra estaba furiosa. Gritaba a su nuera Crisanta como una loca, todo porque la joven había sospechado que su hijo, Borja, le estaba siendo infiel.

Crisanta, una chica joven y delicada de ojos enormes y soñadores, se apoyó contra la pared intentando calmar a la mujer enfadada.

Doña Pilar, pero eso no tiene sentido. Tiene familia, hijos intentó defenderse Crisanta, pero la suegra la interrumpió de golpe, agitando la mano como para espantar una mosca.

¿Eso es familia? ¿O el niño que no nos deja entrar a su abuelo? dijo con desprecio. ¡Tu educación, por cierto!

¿Educación? replicó la suegra. Iván apenas tiene un año. Es un bebé, todavía muy pequeño.

¿Pequeño? hizo una mueca la mujer. Los nietos de los Hernández son más chiquitos. Y ese tu señaló hacia la habitación infantil con la mano.

En realidad, él es su nieto respondió Crisanta, temblando ligeramente. Y, ya sabes, los niños perciben a la gente mala. Tal vez por eso no se acerca a vosotros.

¿Somos malos? ¡Qué disparate! la suegra gritó a coro. ¿Y tú, mi niña, cómo vives a costa de los demás? ¿De quién son los alimentos que comes? ¿De quién es el dinero que gastas? ¡Desagradecida!

Crisanta ya no quiso seguir discutiendo con aquella suegra escandalosa. Le había dicho mil veces a Borja que quería vivir separado de sus padres, pero él, consentido hijo de mamá, no vio la necesidad.

A él le gustaba vivir con sus progenitores; se sentía como un pájaro en el nido. Iba tranquilamente al trabajo y los problemas del hogar los resolvían los mayores: lavar la ropa, limpiar, cocinar ¡una vida de cuento!

Mientras tanto, la suegra Pilar hacía una lista interminada de quejas. Al principio Crisanta trató de ganarse su cariño, ayudándole en casa, escuchando sus interminables lamentaciones sobre los vecinos y la vida. Con el tiempo comprendió que todo era en vano.

Por mucho que intentara ser buena y servicial, la suegra la odiaba y ella no se avergonzaba de admitirlo.

Trajiste a esta inútil a casa, como si no hubiera chicas decentes contaba Pilar a su vecina, mientras Crisanta recogía los juguetes que Borja había dejado tirados.

¡Hasta el del pueblo vecino se fue! respondió la cotilla del barrio, la anciana Manuela, que ya había escuchado todos los chismes del pueblo.

¿Y no me digas! añadió la otra vecina, la tía Manuela, que siempre estaba al tanto de todo.

Yo sé que no sabes nada de trabajos. Y tú, Pilar, siempre dices que tus manos no sirven para nada. No puedes arreglar nada.

¡Ni te imaginas! No puedes confiarle nada, o lo rompe o lo pierde. Y el niño ¡ni siquiera se parece!

Los nietos de los Hernández son otra cosa, tranquilo y listo. Este… siempre está haciendo berrinches. Se ve que los genes no son los mismos.

Cuando la situación se volvió insoportable, Crisanta llamó a su madre en el pueblo vecino, quejándose y sollozando.

¡Aguanta, hija! Ya estás en otra familia y debes respetar sus costumbres. No viniste de visita, te casaste.

¿Qué costumbres, mamá? ¡Todas están patas arrugadas! Sobre todo la suegra, ¡me odia, es evidente!

¿Nunca has escuchado que las suegras pueden ser bondadosas? Todas pasamos por eso y tú también lo harás. Lo importante es que no muestres lo difícil que es. Aguanta.

Al ver que su madre temerosa y vacilante no le servía de apoyo, Crisanta amenazó con llamar a su padre.

¡Pide al papá que se meta! exclamó la madre, asustada. Sabes que él tiene una condena condicional. Un paso en falso y lo meten en la cárcel.

Crisanta lo sabía bien. Su padre, Miguel, amaba con locura a su única hija. Cumplió una condena condicional por una pelea que tuvo cuando alguien ofendió a Crisanta en la tienda del pueblo.

Y sabía que Miguel no se quedaría callado si descubría cómo lo maltrataban en la casa ajena. Era un hombre de carácter fuerte.

No le diré a papá dijo Crisanta. Pero si siguen con eso, si la suegra sigue así no sé qué haré.

Todo se solucionará, hija repitió su madre, intentando tranquilizarla. Verás, en unas semanas no recordarás ni esta conversación.

A Crisanta le gustaría olvidar todo, pero la relación con la suegra no mejoraba. Pilar parecía estar cada vez más amarga, como si Crisanta fuera la culpable de todos sus males. Incluso su marido, Iván, un anciano cansado, no aguantó más.

¿Por qué le gritas siempre a la niña? dijo una mañana Iván, intentando calmar la situación. ¡Se va a ir de casa! ¡Y con razón!

¡Yo le pido que se vaya! exclamó Pilar, lanzando su furia contra Iván. ¡Iré a los juzgados y recuperaré cada euro que nos ha costado estos años! ¡Y le quitaré el niño para que no lo críe en una familia tan inútil!

Crisanta sabía que la suegra hablaba tonterías, pero le daba miedo. Sobre todo porque seguía amando a Borja.

Los rumores de que Borja se escapaba a escondidas con su ex, Olga, resultaron ser solo chismes de pueblo, los mismos que Pilar y otras ancianas regañonas difundían.

Nadie sabe cuánto más durarían los abusos de la suegra si no fuera por su lengua larga. Un día, tras una victoria sobre Crisanta, Pilar contó sus hazañas a su mejor amiga, la tía Manuela, agregando siempre un detalle nuevo, adornando la historia, y la repetía a otras vecinas y a su propio marido. Así la leyenda de la nuera tonta y su tiránica suegra llegó a oídos del padre de Crisanta.

Miguel, un hombre robusto de casi dos metros, hombros anchos, pensó rápido. Cogió su hacha, la que usaba para cortar leña, se puso la chaqueta de trabajo, subió a su viejo motor Ural y, sin decirle nada a su esposa, se dirigió al pueblo vecino para rescatar a su hija del humillante encierro.

Mientras tanto, en la casa de Pilar estalló un auténtico escándalo. La joven madre, por un momento, dejó a su bebé Iván en el sofá nuevo, amarillo brillante, para ir a comprar un pañal. Al volver, encontró una pequeña mancha marrón bajo el niño. Pero los ojos de Pilar la hicieron ver esa mancha como un agujero negro listo para devorar todo el hogar.

Como una tormenta, la mujer se abalanzó y empezó a gritar a Crisanta con una furia desbordada.

¡Arruinaste el sofá! ¡Mi favorito! ¿Sabes cuánto costó? ¡Te arrancaría los brazos y los volvería a coser para que no sufras!

Lo repararé, lo limpiaré intentó calmarla Crisanta, temblando mientras tomaba un paño.

¿Qué vas a limpiar? ¡Acaba de comprarlo! ¿Y de dónde sabes? ¡Nunca has gastado tu propio dinero!

¡Ustedes siempre se creen dueñas de todo! explotó Crisanta. ¡Basta de insultar a la suegra!

El rostro de Pilar se encendió de rojo.

¡A limpiar esa mancha y después a marchar juntos con tu hijo! ¡Vivid aquí y aguantad hasta que aprendáis a comportaros!

Crisanta, entre lágrimas, trató de quitar la mancha. El marrón se aferraba al tapizado como si se riera de su impotencia. El pequeño Iván, sintiendo la tensión, lloraba a todo pulmón, aumentando la atmósfera cargada.

Pilar seguía lanzando improperios, sin darse cuenta de que en la puerta había entrado alguien. Era Miguel, su padre, con el hacha en mano, su mirada firme como una piedra.

Al sentir su presencia, Pilar giró y sus ojos se fijaron en la herramienta.

¡Ah, Miguel! exclamó, intentando mantener la dignidad. Aquí estoy criando a tu hija

He escuchado cómo la tratas gruñó Miguel, entrando sin zapatos. Levantó el hacha sobre su cabeza, pero en vez de golpear, la dejó sobre su hombro y extendió la mano a su hija.

Vámonos, Crisanta, no tienes nada que hacer aquí dijo, llevándola hacia la salida.

¡Espera, suegra! intentó Pilar, recuperándose del susto. ¿Qué le diré a mi hijo?

Que venga a verme cuando quiera, que hablemos como hombres respondió Miguel con voz fría pero justa.

Miguel se llevó a Crisanta y al pequeño Iván. Borja tardó en llegar, temiendo enfrentarse al suegro. Finalmente se armó de valor y fue a buscar a su familia.

Miguel habló largo y tendido con Borja, sin gritos, pero con una voz firme y el hacha sobre la mesa que daba peso a sus palabras. Borja prometió que vivirían separados, que su madre ya no interferiría y que él protegería a su esposa e hijo.

Al estrechar la mano de Miguel, Borja sintió que las bromas con ese hombre no eran juego y que tendría que cumplir cada promesa.

Desde entonces Pilar evitó a Crisanta y al nieto. Ni siquiera los saludaba en la calle.

Borja y Crisanta vivieron por su cuenta, en armonía y con entendimiento. Quizá recordaban los consejos del suegro, o quizá simplemente el amor los había llevado allí.

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