¡No te odio!¡No te odio!

Y sin embargo, nada había cambiado…

Inés jugueteaba nerviosamente con el borde de la manga, mirando por la ventana del taxi. Al otro lado del cristal pasaban las calles que conocía desde su infancia en Valladolid, aquellas por las que corría con Javier, riendo y haciendo planes para el futuro. Siete años… Siete años completos sin pisar su casa.

Hemos llegado dijo el conductor, interrumpiendo sus pensamientos con suavidad.

El taxi frenó frente a la entrada de un viejo edificio de cinco plantas. Inés revisó automáticamente si llevaba el teléfono, sacó el dinero, pagó en euros y salió del vehículo. La puerta se cerró, y por un instante se quedó inmóvil, aspirando el aire de su ciudad natal. Era distinto, no como en Madrid, donde vivía ahora. Aquí, cada olor y cada matiz de sonido despertaban algo profundo en su interior. Olía a hierba recién cortada del parque cercano, un poco a pan recién hecho de la pequeña panadería de la esquina, y también a algo inconfundible que solo podía llamarse hogar. Esa mezcla le oprimió el corazón, con dolor y a la vez dulzura, como si se alegrara y temiera al mismo tiempo lo que le esperaba.

Había venido solo por unos días. Oficialmente, para visitar a su madre y ayudarla con unos documentos que llevaban tiempo pendientes. También quería recorrer los lugares conocidos, como comprobando si seguían igual que en sus recuerdos. Pero en lo más hondo había otra razón, tal vez la principal. Deseaba ver a Javier con todas sus fuerzas. Y quién sabe, quizá su vida diera un giro.

Inés sabía que vivía cerca. No es que siguiera su vida de cerca, nunca preguntaba por él directamente. Pero los amigos, al verse o chatear, a veces mencionaban su nombre. Así se enteraba de cosas: que cambió de trabajo y ahora tenía un buen puesto, que compró un piso, que se mudó su madre con él. Cada vez que oía algo, por un momento lo imaginaba cómo estaría ahora, qué estaría haciendo, en qué estaría pensando. Pero enseguida apartaba esos pensamientos, por miedo a darles demasiado espacio en su corazón.

Al día siguiente, Inés decidió dar un paseo por el centro de la ciudad. No tenía planes concretos, solo quería respirar el aire urbano, ver los lugares familiares con luz diurna, sentir el ritmo de las calles que una vez formó parte de su vida. Caminaba sin prisa, se asomaba a los escaparates, sonreía al reconocer algo olvidado: el quiosco de periódicos donde compraba tebeos, el banco donde se sentaba con sus amigas después de clase, el café donde probó por primera vez un café con leche y casi lo derramó sobre la blusa nueva.

De pronto lo vio.

Javier caminaba por el lado opuesto de la calle. No la notó, miraba adelante, con la cabeza ligeramente inclinada, como si reflexionara sobre algo. Inés se quedó quieta. Todo su interior se revolvió tan bruscamente que por un momento olvidó cómo respirar. No había cambiado nada, seguía siendo alto, con esa marcha ligera y un poco relajada que recordaba de su juventud. El mismo perfil, los mismos movimientos, incluso el mismo peinado.

Sin pensarlo dos veces, cruzó la calle corriendo. El semáforo cambió a ámbar, se oyó un claxon fuerte, pero apenas lo escuchó. Sus pies la llevaban hacia adelante, el corazón latía tan fuerte que parecía oírse en toda la calle.

¡Javier! gritó cuando lo alcanzó frente a la tienda.

La voz le tembló, no se imaginaba que estaría tan nerviosa. Él se volvió y nada. Ni alegría en la mirada, ni rabia. Nada de nada.

¿Inés? dijo con calma, casi con indiferencia.

Ese tono, tan plano y sin emociones, la golpeó más fuerte de lo que esperaba. Todo lo que había acumulado dentro durante siete años explotó. Los ojos se le llenaron de lágrimas, la voz tembló, y ya no pudo detenerse.

Javier, yo tengo la culpa dijo la chica, buscando las palabras con dificultad. Sé que no tengo derecho ni a acercarme a ti, pero… sollozó, intentó calmarse, pero las lágrimas rodaban por sus mejillas y ni siquiera intentó secarlas. Te quiero. Te quiero todavía. Perdóname. Por favor, perdóname.

Hablaba rápido, de forma atropellada, como si temiera que si se detenía ya no podría continuar. En su cabeza había muchas cosas, excusas, explicaciones, peticiones, pero solo salieron las palabras más importantes. Esas que había guardado dentro durante tanto tiempo.

Lo abrazó, se apretó contra su pecho, como si ese gesto pudiera recuperar lo que se perdió hace siete años. En ese instante para ella no existía ni la calle ruidosa, ni los transeúntes, ni el tiempo, solo el calor de su cuerpo y la esperanza desesperada de que él respondiera al abrazo.

Javier no se apartó de inmediato. Por una fracción de segundo le pareció que dudaba, los hombros se le bajaron un poco, las manos se levantaron apenas, como si él también quisiera abrazarla. Ese movimiento fugaz encendió una chispa de esperanza en ella: quizá todavía se puede arreglar, quizá él también guardaba esos recuerdos en el corazón. Quizá aún tienen un futuro.

Pero el instante se desvaneció. Javier le apretó los hombros con firmeza y la apartó de sí con suavidad pero sin ceder. Su cara permanecía tranquila, casi impasible, y la mirada firme, casi fría. En esos ojos ya no estaba el chico con el que reía hasta llorar y soñaba con el futuro. Delante de ella había un hombre adulto, cuyos sentimientos estaban escondidos detrás de un muro sólido.

Vete de aquí susurró al oído.

Lo dijo en voz baja y tan sin emoción que parecía que ella no significaba nada para él. Como si fuera una desconocida, no digna de su atención.

Te odio añadió un segundo después, y solo entonces apareció en su mirada un desprecio evidente.

Se dio la vuelta y se alejó, sin volver la vista atrás. Inés se quedó como aturdida. El mundo alrededor seguía su curso: la gente iba a sus asuntos, los coches sonaban en la intersección, en algún lugar lejos reían niños. Alguien de los transeúntes la miraba de reojo, quizás preguntándose por qué una chica estaba en medio de la calle con la mirada fija y la cara pálida. Pero ella no notaba nada.

Solo el sonido de sus pasos, que se iba apagando en la distancia, y su propia respiración, entrecortada, débil, indefensa. Cada segundo se alargaba hasta el infinito, y en su cabeza daba vueltas la misma idea: esto es el final, para siempre.

La chica caminó despacio hacia casa. Las piernas parecían no obedecer, cada paso costaba esfuerzo, pero avanzaba, mirando al frente sin ver. En la cabeza no había nada, ni pensamientos ni sentimientos, solo el eco sordo de sus palabras, golpeando dentro.

Cuando Inés entró en el piso de su madre, ni siquiera intentó explicar nada. Simplemente pasó en silencio a la habitación, se dejó caer en una silla y se quedó mirando por la ventana. La madre, al ver su cara llorosa y la mirada apagada, no la interrogó. Solo suspiró en voz baja, como si llevara tiempo esperando ese momento, y fue a poner la tetera. El sonido familiar del agua hirviendo, el olor del té recién hecho, todo parecía tan cotidiano, tan contrastante con lo que pasaba dentro de Inés. Pero esa simplicidad y normalidad la traían un poco de vuelta a la realidad.

No me ha perdonado susurró Inés, apretando la taza de té caliente entre las manos. El vapor caliente le hacía cosquillas en la cara, pero apenas lo notaba. Los dedos se cerraban con fuerza, como intentando sujetar algo que se escapa, y la mirada seguía clavada en la superficie ámbar de la bebida, donde se reflejaban los destellos tenues de la lámpara de la mesa.

La madre se sentó a su lado, en silencio, sin palabras de más, le acarició el hombro. El gesto era suave, habitual, como cuando era pequeña y llegaba a casa con la rodilla lastimada o después de una discusión con una amiga. Ese simple gesto la hizo sentirse pequeña, vulnerable, como si todas las decisiones y acciones adultas de los últimos años se desvanecieran sin dejar rastro.

Ya sabías que pasaría esto dijo la madre en voz baja, sin reproche, más bien con una tristeza tranquila.

Lo sabía asintió Inés, apartando por fin la vista de la taza. Su voz sonaba tranquila, pero se notaba el cansancio, como si llevara tiempo dándole vueltas a esa frase en la cabeza, preparándose para ella. Pero tenía esperanza. Tonta, ¿eh?

No es tonto objetó suavemente la madre. Solo que elegiste ese camino. Le hiciste mucho daño a Javier, tardó mucho en recuperarse de vuestra ruptura. Se volvió como Kai del cuento de la Reina de las Nieves. Nadie más pudo llegar a su corazón.

Inés suspiró profundamente, dejó la taza y se recostó en el respaldo de la silla. Ante sus ojos surgieron sin querer las imágenes de siete años atrás.

Entonces todo parecía tan simple, tan claro. Tenía veintidós años, la edad en que el futuro se dibuja con colores brillantes, y cualquier obstáculo parece superable. Al lado estaba Javier, bueno, confiable, esa persona en la que se podía confiar en cualquier situación. No destacaba por su elocuencia, no sabía hablar bonito de los sentimientos, pero sus acciones hablaban más fuerte que las palabras: siempre estaba ahí para ayudar, sabía escuchar, apoyaba incluso en las cosas pequeñas.

Pero había un problema, o mejor dicho, lo que Inés consideraba un problema entonces. Javier trabajaba en la construcción, estudiaba a distancia, soñaba con montar su propio negocio. Sus planes eran serios, bien pensados, pero requerían tiempo, y la chica no quería esperar.

No soñaba con riquezas, no. Quería no lujos, sino estabilidad, seguridad en el día de mañana. Quería saber que dentro de un año, dos, cinco años tendría trabajo, vivienda, la posibilidad de construir su vida según sus propias reglas. Y al lado de Javier todo parecía demasiado incierto: trabajos temporales sin fin, estudios por las tardes, sueños de futuro que por el momento seguían siendo solo sueños.

Y cuando su tío de Madrid le ofreció un trabajo en su empresa, aceptó. Sin pensarlo dos veces, casi sin dudar. Era una oportunidad, real, tangible, que no se podía dejar escapar.

Había otra verdad, esa que Inés prefería no recordar. En ese mismo periodo, cuando se mudó a Madrid y empezó a trabajar, apareció Ricardo en su vida. Era un empresario acomodado, el doble de mayor que ella, con modales seguros y la costumbre de conseguir lo que quería. Su encuentro fue casual, en una fiesta de la empresa, a la que Inés fue con un vestido nuevo, sintiéndose un poco fuera de lugar entre los colegas serios. Ricardo se fijó en ella enseguida: se sentó a su lado, inició una conversación, preguntó sobre el trabajo, los planes, la vida.

No escatimaba en atenciones. Primero fueron flores, no ramos enormes, sino ramos cuidadosos que llegaban a la oficina con una nota: para la más hermosa. Luego invitaciones a restaurantes a los que Inés antes solo podía asomarse desde la calle, admirando el interior. La llevaba a exposiciones, a teatros, le regalaba cosas que antes ni se atrevía a soñar: bufandas de seda, joyas delicadas, zapatos de tacón fino. Cada regalo venía con palabras de que merecía una vida mejor, de que no debía limitarse, de que era importante saber aceptar lo que ofrece el destino.

Inés al principio se resistía, se avergonzaba, rechazaba, intentaba explicar que no necesitaba tales regalos. Pero Ricardo insistía con suavidad, convenciéndola de que era solo una muestra de atención, que admiraba sinceramente su inteligencia y su belleza. Poco a poco empezó a aceptar sus atenciones. La brillante nueva realidad la envolvía: noches en restaurantes acogedores, viajes en taxi de primera, la posibilidad de entrar en cualquier tienda y comprar lo que le gustaba sin mirar el precio. Todo eso parecía un sueño mágico del que no quería despertar.

Y entre esos momentos brillantes, empezó a salir con Ricardo. No porque ardiera de pasión por él, sino porque su mundo la atraía con su ligereza y seguridad. Con él no hacía falta preocuparse por el día de mañana, preguntarse si alcanzaría el dinero para el alquiler o para un traje nuevo para una reunión importante. Él simplemente se hacía cargo de todo, creando a su alrededor una atmósfera de despreocupación.

Y esa vida le gustó mucho. Tanto que Inés olvidó por completo al chico enamorado de ella. Incluso más, ahora empezó a despreciarlo, diciendo que Javier nunca conseguiría nada en la vida.

Una vez Inés volvió a Valladolid. No para ver a Javier, no para explicarse o al menos saludar. Quería otra cosa, mostrarle su nueva vida, demostrarle de lo que era digna en realidad. En algún lugar profundo de su interior había una idea: que viera que no se había equivocado, que su elección había sido correcta, que había logrado salir de esa incertidumbre que rodeaba su relación.

Planeó cuidadosamente su visita. Eligió un café en la calle principal, el mismo al que Javier iba a veces a tomar un café después del trabajo. Se puso un vestido caro que Ricardo le había regalado por su cumpleaños, elegante, con un cinturón fino que marcaba su cintura. En el dedo brillaba un anillo con una piedra grande, otro de sus regalos. En las manos llevaba un bolso de la última colección, que compró el día antes, apenas lo vio en el escaparate.

Cuando Javier entró en el café, Inés lo notó al instante. Estaba sentada junto a la ventana, rió a carcajadas de algo que dijo su acompañante, y se giró de forma que Javier la viera seguro. Sus miradas se encontraron. En sus ojos leyó desconcierto, dolor, perplejidad, todo lo que había intentado no ver en sí misma durante esos meses. Pero en vez de avergonzarse o desviar la mirada, sostuvo la suya sin flaquear.

En ese momento le pareció que era una victoria. Se había probado a sí misma y a él que había hecho la elección correcta. Que su vida ahora no eran conversaciones interminables sobre el futuro, sino oportunidades reales, lujo y seguridad. Se convencía de que sentía satisfacción, que por fin había conseguido lo que merecía.

Pero cuando Javier salió del café, y ella se quedó sentada a la mesa, su risa se fue apagando poco a poco. Miró el anillo, el bolso, a su acompañante que seguía hablando de algo, y de repente sintió un extraño vacío. Todo eso, las cosas caras, los gestos bonitos, la atención, de pronto le pareció lejano y falso. Y aunque siguió sonriendo y manteniendo la conversación, en su interior algo le susurraba en voz baja: mereció la pena.

La victoria resultó amarga, Inés lo entendió no de inmediato, sino poco a poco, día tras día, el darse cuenta se hacía más claro. Al principio Ricardo conservaba su aspecto de hombre generoso y atento: la invitaba a restaurantes, le regalaba flores, le hacía cumplidos. Pero con el tiempo su interés empezó a decaer, como una vela a la que no le queda cera.

Primero se manifestó en detalles. En vez de palabras cálidas, comentarios contenidos. En vez de regalos inesperados, mensajes cortos: pasa por esa tienda, elige lo que quieras. Y luego empezaron las críticas duras. De repente empezó a fijarse en su apariencia: no deberías cuidarte un poco más, en su forma de hablar: por qué ríes tan alto, eso es vulgar, en sus amigos, con los que se veía de vez en cuando: otra vez esos conocidos de provincia, no crees que ya es hora de rodearte de un círculo más interesante.

Su presencia en la vida de Inés se volvió cada vez más rara. Desaparecía durante varios días, a veces semanas, dejándola sola en el amplio piso que él mismo había alquilado. Inés pasaba las noches en soledad, escuchando cómo tictacaban los relojes, o revolviendo sin sentido las cosas en el armario. Cuando intentaba hablar con él, explicarle que echaba de menos su compañía, él solo se zafaba, sin mirarla a los ojos: ya tienes lo que querías, qué más necesitas.

Inés intentaba encontrar excusas para su comportamiento. Tiene un negocio complicado, pensaba, seguramente mucho estrés. O solo está cansado, necesita tiempo. Se convencía de que eran dificultades temporales, que pronto todo se arreglaría, que solo era demasiado exigente. Pero en lo más profundo entendía que no era cansancio ni trabajo. Se había convertido para él en otro juguete bonito, brillante, nuevo, que llamaba la atención. Y cuando la novedad desapareció, el interés se apagó.

Lo soportó. Soportó sus palabras duras, su silencio frío, sus largas ausencias. Lo soportó porque temía admitir ante sí misma una cosa, una sola pero muy importante: se había equivocado. Si admitía que la vida brillante había resultado ser una farsa, tendría que admitir también otra cosa, que había traicionado al único hombre que la amaba de verdad. Que Javier, con su trabajo modesto y sus sueños de su propio negocio, era el que la valoraba simplemente por lo que era, no por el brillo externo y por ajustarse a las ideas de alguien sobre la compañera ideal.

Con el tiempo incluso los atributos externos del lujo dejaron de darle alegría. Los vestidos caros, que antes examinaba con entusiasmo en las tiendas, ahora colgaban sin vida en el armario. Las joyas, que antes le provocaban emoción, yacían en la caja, como si fueran ajenas. Los restaurantes, que tanto le gustaban al principio, con su luz tenue, platos refinados y ambiente de fiesta, ahora le causaban irritación solo con verlos. El olor de perfumes caros, que antes le parecía símbolo de su nueva vida, ahora le provocaba náuseas leves.

Cada vez más se pillaba a sí misma mirando por la ventana, observando a los transeúntes, y pensando: y si. Pero enseguida cortaba esos pensamientos, por miedo a darles rienda suelta. Porque tras ellos venía una pregunta para la que no tenía respuesta: qué sigue.

En aquellas noches solitarias, cuando fuera de la ventana caía la noche poco a poco, y en el piso reinaba un silencio casi resonante, Inés pensaba cada vez más que sus sueños de estabilidad habían resultado ser algo vacíos. Se imaginaba una vida en la que había seguridad en el día de mañana, donde no hacía falta preocuparse por el dinero, donde todo estaba planeado y ordenado. Pero ahora, sentada en un piso amplio y bien amueblado, entendió con claridad: sin una persona con la que quiera compartir esa estabilidad, todo eso no tiene ningún sentido.

Los pensamientos volvían sin querer a Javier. Recordaba sus manos, fuertes, un poco rudas por el trabajo, pero tan cálidas cuando tomaba sus palmas en las suyas. Recordaba su sonrisa, no brillante y fingida, sino tranquila, sincera, que aparecía cuando estaba de verdad contento. Recordaba cómo hablaba del futuro: sin pompa ni promesas grandes, simplemente compartía planes, creía que todo les saldría bien. Y esa fe era tan real, tan palpable, que Inés entonces sentía que con él podía no temer nada.

Al tercer día de estar en casa, Inés decidió pasear por el parque donde habían caminado juntos en su día. Allí estaba el mismo banco bajo un viejo roble, donde solían sentarse, charlar de todo, reír de tonterías. Inés recordaba cómo Javier, mirando las hojas que caían, dijo de repente: sabes, quiero que tengamos nuestra casa. Con ventanas grandes, para que por la mañana el sol entre directo en la habitación. Y que siempre haya mucha luz y felicidad. Entonces solo sonrió, pensando que eran solo sueños. Y ahora esas palabras sonaban diferente, como algo que se había perdido, que se había dejado escapar.

Se detuvo, inspiró el aire fresco, intentando ordenar sus pensamientos. Y en ese momento oyó una voz conocida:

¿Inés?

Se volvió. Delante de ella estaba Miguel, el amigo común con Javier. Parecía sorprendido, pero enseguida sonrió, como si se alegrara de la reunión.

No esperaba verte por aquí dijo, alzando un poco las cejas. ¿Cómo estás?

Inés dudó un segundo, buscando las palabras. Quería responder con ligereza, sin forzamiento, pero la voz le tembló un poco, aunque intentó ocultarlo.

Bien intentó sonreír, y la sonrisa no salió tan forzada como temía. Vine a visitar a mi madre.

Miguel asintió, la miró con atención, pero no siguió preguntando. En su lugar señaló un banco no muy lejos:

¿Nos sentamos? Justo estaba paseando, pensando adónde ir después.

Inés aceptó, y se dirigieron despacio hacia el banco. Por el camino Miguel contaba cómo le iban las cosas, qué nuevo había pasado en la ciudad últimamente. Su voz sonaba tranquila, amistosa, y eso relajó un poco a Inés. Escuchaba, a veces insertaba comentarios cortos, mientras pensaba lo extraño que era todo: había vuelto a su ciudad natal, donde cada rincón recordaba el pasado, y ya se encontraba con alguien que había formado parte de esa vida.

Miguel asintió, guardó silencio un momento, como buscando palabras, y luego preguntó con calma, sin presión:

¿Has visto a Javier?

Inés bajó los ojos sin querer, su mirada resbaló por las hojas caídas a sus pies. No respondió al instante, en su cabeza pasaron los recuerdos del encuentro de ayer, de su mirada fría, de aquellas palabras cortas y hirientes. Al fin dijo en voz baja:

Sí. Ayer.

¿Y qué tal? preguntó Miguel, mirándola atentamente.

Él no quiere saber nada de mí suspiró Inés, con dificultad para pronunciar cada palabra. La voz sonaba tranquila, pero se notaba la depresión, como si intentara contener dentro una tormenta de emociones. Me odia.

Miguel suspiró, se sentó en el banco a su lado, apoyó los codos en las rodillas y miró a lo lejos, donde la avenida del parque se perdía en la bruma dorada del otoño. Durante varios segundos calló, como sopesando qué decir, y luego habló en voz baja:

Sabes, tardó mucho en recuperarse. Desapareciste, Inés. Ni una llamada ni una carta. Para él fue como un golpe por la espalda.

Inés apretó los dedos, sintiendo cómo todo se contraía dentro. Lo sabía, lo entendía, pero oír la confirmación de otra persona resultó más duro de lo que esperaba.

Lo sé susurró, sin levantar la vista. Tengo la culpa.

Miguel giró un poco la cabeza hacia ella, pero no presionó, no empezó a dar lecciones. En su lugar continuó, con la misma calma:

Intentó olvidarte. Salió con alguien, pero no salió nada. Dice que no puede enamorarse de nadie como de ti. Estuvo muy mal, entiendes. Y después de tu aparición tan llamativa, pensé que se encerraría por completo.

Inés asintió en silencio. Imaginaba cómo Javier intentaba seguir viviendo, cómo se obligaba a no pensar en ella, cómo probablemente se sobresaltaba al oír una voz parecida o ante un recuerdo casual. Y ese pensamiento le dolía aún más, no porque él sufriera, sino porque ella había sido la causa de ese sufrimiento.

No sabía que sería así dijo en voz baja, más para sí misma que para Miguel. Pensaba que hacía la elección correcta. Quería estabilidad.

Miguel no discutió, no intentó convencerla de lo contrario. Simplemente se sentó a su lado, dándole tiempo para digerir lo oído. En el parque soplaba el viento, las hojas giraban en un baile lento, y en algún lugar lejos reían niños que jugaban junto a la fuente. La vida seguía su curso.

Inés apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron un poco en la piel de las palmas. Intentaba contener las lágrimas, pero estas seguían brotando en sus ojos, nublándole la vista. En su interior todo se contrajo con la amarga conciencia: no podía arreglar nada, no podía hacer volver el tiempo, no podía borrar lo que había hecho.

No le pido que me perdone dijo con voz temblorosa, buscando las palabras con dificultad. Solo quería que supiera que lo siento. Cada día lamento lo que hice. Estos pensamientos no me dejan en paz. Constantemente recuerdo cómo era todo y cómo lo destruí todo.

Miguel la miró atentamente, sin condenar. No se apresuró a responder, se veía que sopesaba cada palabra.

Quizá no necesita saberlo dijo al fin en voz baja, pero con firmeza. Déjalo en paz, no vuelvas más, solo empeoras las cosas. Tardó mucho en recuperarse después de tu marcha. Y probablemente aprendió a manejarse de alguna forma. Y tu aparición lo removió todo de nuevo. Ayer me llamó y estaba terriblemente borracho. No lo veía así desde hace mucho, entiendes. No le arruines la vida, Inés.

La chica se mordió el labio con fuerza, pero calló. Entendía que Miguel tenía razón. Su regreso repentino, el intento de verse con Javier, todo eso solo había reabierto heridas antiguas que él intentaba curar durante todos esos años. Quería expiar su culpa, pero posiblemente con eso solo le había causado un dolor nuevo.

Por la tarde, Inés estaba sentada junto a la ventana en el piso de su madre. Tras el cristal se iban encendiendo poco a poco las luces de la ciudad, amarillas, naranjas, blancas, que se fundían en un mosaico caprichoso, parpadeaban y brillaban, creando la ilusión de una fiesta. Pero ella no estaba para la belleza de las calles nocturnas. En su cabeza daban vueltas los pensamientos, uno tras otro, como fotogramas de una película vieja que no podía parar.

Se imaginaba cómo podría haber sido todo si se hubiera quedado entonces. Cómo habrían alquilado juntos el primer piso, cómo Javier habría montado su negocio, cómo habrían planeado el futuro, reído de los pequeños contratiempos, alegrado por las pequeñas victorias. Pensaba en cuántos momentos felices había perdido, cuántas palabras cálidas no había dicho, cuántos caricias no había compartido. Pero el pasado no se puede cambiar, eso lo entendía con claridad, como nunca antes.

Al día siguiente Inés se marchó. Recogió sus cosas sin prisa, sin agobio, como si quisiera retrasar el momento de la despedida. La madre estaba en la puerta de la habitación, observándola en silencio, y en sus ojos se leía una tristeza tranquila, no un reproche, sino simplemente pena porque la hija se iba de nuevo.

Cuídate dijo la madre cuando Inés ya estaba en el vestíbulo, con la maleta en las manos.

Inés asintió, la besó en la mejilla, se detuvo un segundo, aspirando el olor familiar de casa, y luego salió a la calle.

En la estación compró un billete a Madrid, quería pensar. Un par de días en el tren, en compañía de personas desconocidas. Quizá eso le ayudara a entender cómo seguir adelante.

El tren se puso en marcha suavemente, balanceándose un poco sobre los raíles. Inés no apartaba la vista de la ventana. Tras el cristal pasaban lentamente los contornos conocidos de la ciudad: edificios de cinco plantas con balcones llenos de flores, el parque infantil donde había paseado con sus amigas, la pequeña panadería con un letrero llamativo. La gente iba a sus quehaceres, alguien con una bolsa de la compra, alguien con un paraguas abierto a pesar del buen tiempo, alguien apurado hacia la parada del autobús. Todo eso era tan normal, tan habitual, pero ahora parecía infinitamente lejano.

Allí, entre esas calles y casas, había quedado el hombre al que amaba más que a nada en el mundo. Un hombre cuyos ojos brillaban cuando hablaba del futuro, cuyas manos sabían hacer trabajos duros y sostener con ternura su mano. Un hombre al que no le había encontrado el momento para explicarle su marcha, al que no le había dado la oportunidad de despedirse. Y ahora estaba perdido para ella para siempre, eso lo entendía con claridad, por mucho que intentara convencerse de que aún no todo había terminado.

Pasaron seis meses. Inés seguía viviendo en Madrid, iba al trabajo, se veía con amigos a tomar café los fines de semana, respondía a preguntas sobre su estado y sus planes. Por fuera todo parecía igual que antes: la misma rutina, los mismos lugares, las mismas conversaciones. Pero en su interior algo había cambiado de forma irreversible. Ya no huía del pasado, no intentaba esconderlo tras nuevos conocidos, compras caras o una agenda llena. Ahora lo miraba de frente, sin miedo: aceptaba su error, reconocía el dolor que había causado, y su arrepentimiento sincero.

Aprendió a despertarse con la idea de que la vida continúa. Aprendió a decirse a sí misma: hice lo que hice, estuvo mal, pero ya no se puede cambiar. Y en esa aceptación había un alivio extraño, silencioso, no alegría, no, pero al menos la posibilidad de respirar más tranquilo, de mirar adelante sin pánico.

Una noche, cuando Inés preparaba la cena, el teléfono emitió un pitido suave, avisando de un nuevo mensaje. Se secó las manos en un paño, tomó el smartphone y vio un número desconocido. Solo una frase en la pantalla: no te odio, pero no puedo perdonarte.

Inés se quedó paralizada. Los dedos apretaron el teléfono por sí solos, y el corazón por un segundo pareció detenerse, y luego empezó a latir más rápido. Se dejó caer lentamente al suelo, apretando el smartphone contra el pecho, como intentando sentir a través de él los latidos de otro corazón, el de la persona que había escrito esas palabras.

No sabía qué significaba eso. No entendía cómo interpretar esas líneas, si como un paso hacia ella o como un adiós definitivo. Pero por primera vez en mucho tiempo le pareció que entre ellos quedaba al menos un hilo. Delgado, frágil, a punto de romperse con el más mínimo movimiento descuidado, pero aún así, una conexión. Alguien allí, en otra ciudad, pensaba en ella. Alguien había decidido escribir, a pesar del dolor y el rencor. Alguien no había cerrado la puerta del todo.

Inés sonrió entre las lágrimas. La sonrisa salió tímida, insegura, pero real. Quizá no es el final. Quizá algún día puedan hablar, con calma, sin acusaciones, sin intentos de justificarse a sí mismo o al otro. Quizá encuentren las palabras que les ayuden a ambos a seguir adelante, juntos o por separado, pero ya con un entendimiento claro.

Por ahora le bastaba saber que él seguía pensando en ella. Que en algún lugar, a cientos de kilómetros, vive un hombre que la recuerda no solo como un error del pasado, sino como parte de su historia.

Y eso, por ahora, era suficiente.Y sin embargo, nada había cambiado…

Inés jugueteaba nerviosamente con el borde de la manga, mirando por la ventana del taxi. Al otro lado del cristal pasaban las calles que conocía desde su infancia en Valladolid, aquellas por las que corría con Javier, riendo y haciendo planes para el futuro. Siete años… Siete años completos sin pisar su casa.

Hemos llegado dijo el conductor, interrumpiendo sus pensamientos con suavidad.

El taxi frenó frente a la entrada de un viejo edificio de cinco plantas. Inés revisó automáticamente si llevaba el teléfono, sacó el dinero, pagó en euros y salió del vehículo. La puerta se cerró, y por un instante se quedó inmóvil, aspirando el aire de su ciudad natal. Era distinto, no como en Madrid, donde vivía ahora. Aquí, cada olor y cada matiz de sonido despertaban algo profundo en su interior. Olía a hierba recién cortada del parque cercano, un poco a pan recién hecho de la pequeña panadería de la esquina, y también a algo inconfundible que solo podía llamarse hogar. Esa mezcla le oprimió el corazón, con dolor y a la vez dulzura, como si se alegrara y temiera al mismo tiempo lo que le esperaba.

Había venido solo por unos días. Oficialmente, para visitar a su madre y ayudarla con unos documentos que llevaban tiempo pendientes. También quería recorrer los lugares conocidos, como comprobando si seguían igual que en sus recuerdos. Pero en lo más hondo había otra razón, tal vez la principal. Deseaba ver a Javier con todas sus fuerzas. Y quién sabe, quizá su vida diera un giro.

Inés sabía que vivía cerca. No es que siguiera su vida de cerca, nunca preguntaba por él directamente. Pero los amigos, al verse o chatear, a veces mencionaban su nombre. Así se enteraba de cosas: que cambió de trabajo y ahora tenía un buen puesto, que compró un piso, que se mudó su madre con él. Cada vez que oía algo, por un momento lo imaginaba cómo estaría ahora, qué estaría haciendo, en qué estaría pensando. Pero enseguida apartaba esos pensamientos, por miedo a darles demasiado espacio en su corazón.

Al día siguiente, Inés decidió dar un paseo por el centro de la ciudad. No tenía planes concretos, solo quería respirar el aire urbano, ver los lugares familiares con luz diurna, sentir el ritmo de las calles que una vez formó parte de su vida. Caminaba sin prisa, se asomaba a los escaparates, sonreía al reconocer algo olvidado: el quiosco de periódicos donde compraba tebeos, el banco donde se sentaba con sus amigas después de clase, el café donde probó por primera vez un café con leche y casi lo derramó sobre la blusa nueva.

De pronto lo vio.

Javier caminaba por el lado opuesto de la calle. No la notó, miraba adelante, con la cabeza ligeramente inclinada, como si reflexionara sobre algo. Inés se quedó quieta. Todo su interior se revolvió tan bruscamente que por un momento olvidó cómo respirar. No había cambiado nada, seguía siendo alto, con esa marcha ligera y un poco relajada que recordaba de su juventud. El mismo perfil, los mismos movimientos, incluso el mismo peinado.

Sin pensarlo dos veces, cruzó la calle corriendo. El semáforo cambió a ámbar, se oyó un claxon fuerte, pero apenas lo escuchó. Sus pies la llevaban hacia adelante, el corazón latía tan fuerte que parecía oírse en toda la calle.

¡Javier! gritó cuando lo alcanzó frente a la tienda.

La voz le tembló, no se imaginaba que estaría tan nerviosa. Él se volvió y nada. Ni alegría en la mirada, ni rabia. Nada de nada.

¿Inés? dijo con calma, casi con indiferencia.

Ese tono, tan plano y sin emociones, la golpeó más fuerte de lo que esperaba. Todo lo que había acumulado dentro durante siete años explotó. Los ojos se le llenaron de lágrimas, la voz tembló, y ya no pudo detenerse.

Javier, yo tengo la culpa dijo la chica, buscando las palabras con dificultad. Sé que no tengo derecho ni a acercarme a ti, pero… sollozó, intentó calmarse, pero las lágrimas rodaban por sus mejillas y ni siquiera intentó secarlas. Te quiero. Te quiero todavía. Perdóname. Por favor, perdóname.

Hablaba rápido, de forma atropellada, como si temiera que si se detenía ya no podría continuar. En su cabeza había muchas cosas, excusas, explicaciones, peticiones, pero solo salieron las palabras más importantes. Esas que había guardado dentro durante tanto tiempo.

Lo abrazó, se apretó contra su pecho, como si ese gesto pudiera recuperar lo que se perdió hace siete años. En ese instante para ella no existía ni la calle ruidosa, ni los transeúntes, ni el tiempo, solo el calor de su cuerpo y la esperanza desesperada de que él respondiera al abrazo.

Javier no se apartó de inmediato. Por una fracción de segundo le pareció que dudaba, los hombros se le bajaron un poco, las manos se levantaron apenas, como si él también quisiera abrazarla. Ese movimiento fugaz encendió una chispa de esperanza en ella: quizá todavía se puede arreglar, quizá él también guardaba esos recuerdos en el corazón. Quizá aún tienen un futuro.

Pero el instante se desvaneció. Javier le apretó los hombros con firmeza y la apartó de sí con suavidad pero sin ceder. Su cara permanecía tranquila, casi impasible, y la mirada firme, casi fría. En esos ojos ya no estaba el chico con el que reía hasta llorar y soñaba con el futuro. Delante de ella había un hombre adulto, cuyos sentimientos estaban escondidos detrás de un muro sólido.

Vete de aquí susurró al oído.

Lo dijo en voz baja y tan sin emoción que parecía que ella no significaba nada para él. Como si fuera una desconocida, no digna de su atención.

Te odio añadió un segundo después, y solo entonces apareció en su mirada un desprecio evidente.

Se dio la vuelta y se alejó, sin volver la vista atrás. Inés se quedó como aturdida. El mundo alrededor seguía su curso: la gente iba a sus asuntos, los coches sonaban en la intersección, en algún lugar lejos reían niños. Alguien de los transeúntes la miraba de reojo, quizás preguntándose por qué una chica estaba en medio de la calle con la mirada fija y la cara pálida. Pero ella no notaba nada.

Solo el sonido de sus pasos, que se iba apagando en la distancia, y su propia respiración, entrecortada, débil, indefensa. Cada segundo se alargaba hasta el infinito, y en su cabeza daba vueltas la misma idea: esto es el final, para siempre.

La chica caminó despacio hacia casa. Las piernas parecían no obedecer, cada paso costaba esfuerzo, pero avanzaba, mirando al frente sin ver. En la cabeza no había nada, ni pensamientos ni sentimientos, solo el eco sordo de sus palabras, golpeando dentro.

Cuando Inés entró en el piso de su madre, ni siquiera intentó explicar nada. Simplemente pasó en silencio a la habitación, se dejó caer en una silla y se quedó mirando por la ventana. La madre, al ver su cara llorosa y la mirada apagada, no la interrogó. Solo suspiró en voz baja, como si llevara tiempo esperando ese momento, y fue a poner la tetera. El sonido familiar del agua hirviendo, el olor del té recién hecho, todo parecía tan cotidiano, tan contrastante con lo que pasaba dentro de Inés. Pero esa simplicidad y normalidad la traían un poco de vuelta a la realidad.

No me ha perdonado susurró Inés, apretando la taza de té caliente entre las manos. El vapor caliente le hacía cosquillas en la cara, pero apenas lo notaba. Los dedos se cerraban con fuerza, como intentando sujetar algo que se escapa, y la mirada seguía clavada en la superficie ámbar de la bebida, donde se reflejaban los destellos tenues de la lámpara de la mesa.

La madre se sentó a su lado, en silencio, sin palabras de más, le acarició el hombro. El gesto era suave, habitual, como cuando era pequeña y llegaba a casa con la rodilla lastimada o después de una discusión con una amiga. Ese simple gesto la hizo sentirse pequeña, vulnerable, como si todas las decisiones y acciones adultas de los últimos años se desvanecieran sin dejar rastro.

Ya sabías que pasaría esto dijo la madre en voz baja, sin reproche, más bien con una tristeza tranquila.

Lo sabía asintió Inés, apartando por fin la vista de la taza. Su voz sonaba tranquila, pero se notaba el cansancio, como si llevara tiempo dándole vueltas a esa frase en la cabeza, preparándose para ella. Pero tenía esperanza. Tonta, ¿eh?

No es tonto objetó suavemente la madre. Solo que elegiste ese camino. Le hiciste mucho daño a Javier, tardó mucho en recuperarse de vuestra ruptura. Se volvió como Kai del cuento de la Reina de las Nieves. Nadie más pudo llegar a su corazón.

Inés suspiró profundamente, dejó la taza y se recostó en el respaldo de la silla. Ante sus ojos surgieron sin querer las imágenes de siete años atrás.

Entonces todo parecía tan simple, tan claro. Tenía veintidós años, la edad en que el futuro se dibuja con colores brillantes, y cualquier obstáculo parece superable. Al lado estaba Javier, bueno, confiable, esa persona en la que se podía confiar en cualquier situación. No destacaba por su elocuencia, no sabía hablar bonito de los sentimientos, pero sus acciones hablaban más fuerte que las palabras: siempre estaba ahí para ayudar, sabía escuchar, apoyaba incluso en las cosas pequeñas.

Pero había un problema, o mejor dicho, lo que Inés consideraba un problema entonces. Javier trabajaba en la construcción, estudiaba a distancia, soñaba con montar su propio negocio. Sus planes eran serios, bien pensados, pero requerían tiempo, y la chica no quería esperar.

No soñaba con riquezas, no. Quería no lujos, sino estabilidad, seguridad en el día de mañana. Quería saber que dentro de un año, dos, cinco años tendría trabajo, vivienda, la posibilidad de construir su vida según sus propias reglas. Y al lado de Javier todo parecía demasiado incierto: trabajos temporales sin fin, estudios por las tardes, sueños de futuro que por el momento seguían siendo solo sueños.

Y cuando su tío de Madrid le ofreció un trabajo en su empresa, aceptó. Sin pensarlo dos veces, casi sin dudar. Era una oportunidad, real, tangible, que no se podía dejar escapar.

Había otra verdad, esa que Inés prefería no recordar. En ese mismo periodo, cuando se mudó a Madrid y empezó a trabajar, apareció Ricardo en su vida. Era un empresario acomodado, el doble de mayor que ella, con modales seguros y la costumbre de conseguir lo que quería. Su encuentro fue casual, en una fiesta de la empresa, a la que Inés fue con un vestido nuevo, sintiéndose un poco fuera de lugar entre los colegas serios. Ricardo se fijó en ella enseguida: se sentó a su lado, inició una conversación, preguntó sobre el trabajo, los planes, la vida.

No escatimaba en atenciones. Primero fueron flores, no ramos enormes, sino ramos cuidadosos que llegaban a la oficina con una nota: para la más hermosa. Luego invitaciones a restaurantes a los que Inés antes solo podía asomarse desde la calle, admirando el interior. La llevaba a exposiciones, a teatros, le regalaba cosas que antes ni se atrevía a soñar: bufandas de seda, joyas delicadas, zapatos de tacón fino. Cada regalo venía con palabras de que merecía una vida mejor, de que no debía limitarse, de que era importante saber aceptar lo que ofrece el destino.

Inés al principio se resistía, se avergonzaba, rechazaba, intentaba explicar que no necesitaba tales regalos. Pero Ricardo insistía con suavidad, convenciéndola de que era solo una muestra de atención, que admiraba sinceramente su inteligencia y su belleza. Poco a poco empezó a aceptar sus atenciones. La brillante nueva realidad la envolvía: noches en restaurantes acogedores, viajes en taxi de primera, la posibilidad de entrar en cualquier tienda y comprar lo que le gustaba sin mirar el precio. Todo eso parecía un sueño mágico del que no quería despertar.

Y entre esos momentos brillantes, empezó a salir con Ricardo. No porque ardiera de pasión por él, sino porque su mundo la atraía con su ligereza y seguridad. Con él no hacía falta preocuparse por el día de mañana, preguntarse si alcanzaría el dinero para el alquiler o para un traje nuevo para una reunión importante. Él simplemente se hacía cargo de todo, creando a su alrededor una atmósfera de despreocupación.

Y esa vida le gustó mucho. Tanto que Inés olvidó por completo al chico enamorado de ella. Incluso más, ahora empezó a despreciarlo, diciendo que Javier nunca conseguiría nada en la vida.

Una vez Inés volvió a Valladolid. No para ver a Javier, no para explicarse o al menos saludar. Quería otra cosa, mostrarle su nueva vida, demostrarle de lo que era digna en realidad. En algún lugar profundo de su interior había una idea: que viera que no se había equivocado, que su elección había sido correcta, que había logrado salir de esa incertidumbre que rodeaba su relación.

Planeó cuidadosamente su visita. Eligió un café en la calle principal, el mismo al que Javier iba a veces a tomar un café después del trabajo. Se puso un vestido caro que Ricardo le había regalado por su cumpleaños, elegante, con un cinturón fino que marcaba su cintura. En el dedo brillaba un anillo con una piedra grande, otro de sus regalos. En las manos llevaba un bolso de la última colección, que compró el día antes, apenas lo vio en el escaparate.

Cuando Javier entró en el café, Inés lo notó al instante. Estaba sentada junto a la ventana, rió a carcajadas de algo que dijo su acompañante, y se giró de forma que Javier la viera seguro. Sus miradas se encontraron. En sus ojos leyó desconcierto, dolor, perplejidad, todo lo que había intentado no ver en sí misma durante esos meses. Pero en vez de avergonzarse o desviar la mirada, sostuvo la suya sin flaquear.

En ese momento le pareció que era una victoria. Se había probado a sí misma y a él que había hecho la elección correcta. Que su vida ahora no eran conversaciones interminables sobre el futuro, sino oportunidades reales, lujo y seguridad. Se convencía de que sentía satisfacción, que por fin había conseguido lo que merecía.

Pero cuando Javier salió del café, y ella se quedó sentada a la mesa, su risa se fue apagando poco a poco. Miró el anillo, el bolso, a su acompañante que seguía hablando de algo, y de repente sintió un extraño vacío. Todo eso, las cosas caras, los gestos bonitos, la atención, de pronto le pareció lejano y falso. Y aunque siguió sonriendo y manteniendo la conversación, en su interior algo le susurraba en voz baja: mereció la pena.

La victoria resultó amarga, Inés lo entendió no de inmediato, sino poco a poco, día tras día, el darse cuenta se hacía más claro. Al principio Ricardo conservaba su aspecto de hombre generoso y atento: la invitaba a restaurantes, le regalaba flores, le hacía cumplidos. Pero con el tiempo su interés empezó a decaer, como una vela a la que no le queda cera.

Primero se manifestó en detalles. En vez de palabras cálidas, comentarios contenidos. En vez de regalos inesperados, mensajes cortos: pasa por esa tienda, elige lo que quieras. Y luego empezaron las críticas duras. De repente empezó a fijarse en su apariencia: no deberías cuidarte un poco más, en su forma de hablar: por qué ríes tan alto, eso es vulgar, en sus amigos, con los que se veía de vez en cuando: otra vez esos conocidos de provincia, no crees que ya es hora de rodearte de un círculo más interesante.

Su presencia en la vida de Inés se volvió cada vez más rara. Desaparecía durante varios días, a veces semanas, dejándola sola en el amplio piso que él mismo había alquilado. Inés pasaba las noches en soledad, escuchando cómo tictacaban los relojes, o revolviendo sin sentido las cosas en el armario. Cuando intentaba hablar con él, explicarle que echaba de menos su compañía, él solo se zafaba, sin mirarla a los ojos: ya tienes lo que querías, qué más necesitas.

Inés intentaba encontrar excusas para su comportamiento. Tiene un negocio complicado, pensaba, seguramente mucho estrés. O solo está cansado, necesita tiempo. Se convencía de que eran dificultades temporales, que pronto todo se arreglaría, que solo era demasiado exigente. Pero en lo más profundo entendía que no era cansancio ni trabajo. Se había convertido para él en otro juguete bonito, brillante, nuevo, que llamaba la atención. Y cuando la novedad desapareció, el interés se apagó.

Lo soportó. Soportó sus palabras duras, su silencio frío, sus largas ausencias. Lo soportó porque temía admitir ante sí misma una cosa, una sola pero muy importante: se había equivocado. Si admitía que la vida brillante había resultado ser una farsa, tendría que admitir también otra cosa, que había traicionado al único hombre que la amaba de verdad. Que Javier, con su trabajo modesto y sus sueños de su propio negocio, era el que la valoraba simplemente por lo que era, no por el brillo externo y por ajustarse a las ideas de alguien sobre la compañera ideal.

Con el tiempo incluso los atributos externos del lujo dejaron de darle alegría. Los vestidos caros, que antes examinaba con entusiasmo en las tiendas, ahora colgaban sin vida en el armario. Las joyas, que antes le provocaban emoción, yacían en la caja, como si fueran ajenas. Los restaurantes, que tanto le gustaban al principio, con su luz tenue, platos refinados y ambiente de fiesta, ahora le causaban irritación solo con verlos. El olor de perfumes caros, que antes le parecía símbolo de su nueva vida, ahora le provocaba náuseas leves.

Cada vez más se pillaba a sí misma mirando por la ventana, observando a los transeúntes, y pensando: y si. Pero enseguida cortaba esos pensamientos, por miedo a darles rienda suelta. Porque tras ellos venía una pregunta para la que no tenía respuesta: qué sigue.

En aquellas noches solitarias, cuando fuera de la ventana caía la noche poco a poco, y en el piso reinaba un silencio casi resonante, Inés pensaba cada vez más que sus sueños de estabilidad habían resultado ser algo vacíos. Se imaginaba una vida en la que había seguridad en el día de mañana, donde no hacía falta preocuparse por el dinero, donde todo estaba planeado y ordenado. Pero ahora, sentada en un piso amplio y bien amueblado, entendió con claridad: sin una persona con la que quiera compartir esa estabilidad, todo eso no tiene ningún sentido.

Los pensamientos volvían sin querer a Javier. Recordaba sus manos, fuertes, un poco rudas por el trabajo, pero tan cálidas cuando tomaba sus palmas en las suyas. Recordaba su sonrisa, no brillante y fingida, sino tranquila, sincera, que aparecía cuando estaba de verdad contento. Recordaba cómo hablaba del futuro: sin pompa ni promesas grandes, simplemente compartía planes, creía que todo les saldría bien. Y esa fe era tan real, tan palpable, que Inés entonces sentía que con él podía no temer nada.

Al tercer día de estar en casa, Inés decidió pasear por el parque donde habían caminado juntos en su día. Allí estaba el mismo banco bajo un viejo roble, donde solían sentarse, charlar de todo, reír de tonterías. Inés recordaba cómo Javier, mirando las hojas que caían, dijo de repente: sabes, quiero que tengamos nuestra casa. Con ventanas grandes, para que por la mañana el sol entre directo en la habitación. Y que siempre haya mucha luz y felicidad. Entonces solo sonrió, pensando que eran solo sueños. Y ahora esas palabras sonaban diferente, como algo que se había perdido, que se había dejado escapar.

Se detuvo, inspiró el aire fresco, intentando ordenar sus pensamientos. Y en ese momento oyó una voz conocida:

¿Inés?

Se volvió. Delante de ella estaba Miguel, el amigo común con Javier. Parecía sorprendido, pero enseguida sonrió, como si se alegrara de la reunión.

No esperaba verte por aquí dijo, alzando un poco las cejas. ¿Cómo estás?

Inés dudó un segundo, buscando las palabras. Quería responder con ligereza, sin forzamiento, pero la voz le tembló un poco, aunque intentó ocultarlo.

Bien intentó sonreír, y la sonrisa no salió tan forzada como temía. Vine a visitar a mi madre.

Miguel asintió, la miró con atención, pero no siguió preguntando. En su lugar señaló un banco no muy lejos:

¿Nos sentamos? Justo estaba paseando, pensando adónde ir después.

Inés aceptó, y se dirigieron despacio hacia el banco. Por el camino Miguel contaba cómo le iban las cosas, qué nuevo había pasado en la ciudad últimamente. Su voz sonaba tranquila, amistosa, y eso relajó un poco a Inés. Escuchaba, a veces insertaba comentarios cortos, mientras pensaba lo extraño que era todo: había vuelto a su ciudad natal, donde cada rincón recordaba el pasado, y ya se encontraba con alguien que había formado parte de esa vida.

Miguel asintió, guardó silencio un momento, como buscando palabras, y luego preguntó con calma, sin presión:

¿Has visto a Javier?

Inés bajó los ojos sin querer, su mirada resbaló por las hojas caídas a sus pies. No respondió al instante, en su cabeza pasaron los recuerdos del encuentro de ayer, de su mirada fría, de aquellas palabras cortas y hirientes. Al fin dijo en voz baja:

Sí. Ayer.

¿Y qué tal? preguntó Miguel, mirándola atentamente.

Él no quiere saber nada de mí suspiró Inés, con dificultad para pronunciar cada palabra. La voz sonaba tranquila, pero se notaba la depresión, como si intentara contener dentro una tormenta de emociones. Me odia.

Miguel suspiró, se sentó en el banco a su lado, apoyó los codos en las rodillas y miró a lo lejos, donde la avenida del parque se perdía en la bruma dorada del otoño. Durante varios segundos calló, como sopesando qué decir, y luego habló en voz baja:

Sabes, tardó mucho en recuperarse. Desapareciste, Inés. Ni una llamada ni una carta. Para él fue como un golpe por la espalda.

Inés apretó los dedos, sintiendo cómo todo se contraía dentro. Lo sabía, lo entendía, pero oír la confirmación de otra persona resultó más duro de lo que esperaba.

Lo sé susurró, sin levantar la vista. Tengo la culpa.

Miguel giró un poco la cabeza hacia ella, pero no presionó, no empezó a dar lecciones. En su lugar continuó, con la misma calma:

Intentó olvidarte. Salió con alguien, pero no salió nada. Dice que no puede enamorarse de nadie como de ti. Estuvo muy mal, entiendes. Y después de tu aparición tan llamativa, pensé que se encerraría por completo.

Inés asintió en silencio. Imaginaba cómo Javier intentaba seguir viviendo, cómo se obligaba a no pensar en ella, cómo probablemente se sobresaltaba al oír una voz parecida o ante un recuerdo casual. Y ese pensamiento le dolía aún más, no porque él sufriera, sino porque ella había sido la causa de ese sufrimiento.

No sabía que sería así dijo en voz baja, más para sí misma que para Miguel. Pensaba que hacía la elección correcta. Quería estabilidad.

Miguel no discutió, no intentó convencerla de lo contrario. Simplemente se sentó a su lado, dándole tiempo para digerir lo oído. En el parque soplaba el viento, las hojas giraban en un baile lento, y en algún lugar lejos reían niños que jugaban junto a la fuente. La vida seguía su curso.

Inés apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron un poco en la piel de las palmas. Intentaba contener las lágrimas, pero estas seguían brotando en sus ojos, nublándole la vista. En su interior todo se contrajo con la amarga conciencia: no podía arreglar nada, no podía hacer volver el tiempo, no podía borrar lo que había hecho.

No le pido que me perdone dijo con voz temblorosa, buscando las palabras con dificultad. Solo quería que supiera que lo siento. Cada día lamento lo que hice. Estos pensamientos no me dejan en paz. Constantemente recuerdo cómo era todo y cómo lo destruí todo.

Miguel la miró atentamente, sin condenar. No se apresuró a responder, se veía que sopesaba cada palabra.

Quizá no necesita saberlo dijo al fin en voz baja, pero con firmeza. Déjalo en paz, no vuelvas más, solo empeoras las cosas. Tardó mucho en recuperarse después de tu marcha. Y probablemente aprendió a manejarse de alguna forma. Y tu aparición lo removió todo de nuevo. Ayer me llamó y estaba terriblemente borracho. No lo veía así desde hace mucho, entiendes. No le arruines la vida, Inés.

La chica se mordió el labio con fuerza, pero calló. Entendía que Miguel tenía razón. Su regreso repentino, el intento de verse con Javier, todo eso solo había reabierto heridas antiguas que él intentaba curar durante todos esos años. Quería expiar su culpa, pero posiblemente con eso solo le había causado un dolor nuevo.

Por la tarde, Inés estaba sentada junto a la ventana en el piso de su madre. Tras el cristal se iban encendiendo poco a poco las luces de la ciudad, amarillas, naranjas, blancas, que se fundían en un mosaico caprichoso, parpadeaban y brillaban, creando la ilusión de una fiesta. Pero ella no estaba para la belleza de las calles nocturnas. En su cabeza daban vueltas los pensamientos, uno tras otro, como fotogramas de una película vieja que no podía parar.

Se imaginaba cómo podría haber sido todo si se hubiera quedado entonces. Cómo habrían alquilado juntos el primer piso, cómo Javier habría montado su negocio, cómo habrían planeado el futuro, reído de los pequeños contratiempos, alegrado por las pequeñas victorias. Pensaba en cuántos momentos felices había perdido, cuántas palabras cálidas no había dicho, cuántos caricias no había compartido. Pero el pasado no se puede cambiar, eso lo entendía con claridad, como nunca antes.

Al día siguiente Inés se marchó. Recogió sus cosas sin prisa, sin agobio, como si quisiera retrasar el momento de la despedida. La madre estaba en la puerta de la habitación, observándola en silencio, y en sus ojos se leía una tristeza tranquila, no un reproche, sino simplemente pena porque la hija se iba de nuevo.

Cuídate dijo la madre cuando Inés ya estaba en el vestíbulo, con la maleta en las manos.

Inés asintió, la besó en la mejilla, se detuvo un segundo, aspirando el olor familiar de casa, y luego salió a la calle.

En la estación compró un billete a Madrid, quería pensar. Un par de días en el tren, en compañía de personas desconocidas. Quizá eso le ayudara a entender cómo seguir adelante.

El tren se puso en marcha suavemente, balanceándose un poco sobre los raíles. Inés no apartaba la vista de la ventana. Tras el cristal pasaban lentamente los contornos conocidos de la ciudad: edificios de cinco plantas con balcones llenos de flores, el parque infantil donde había paseado con sus amigas, la pequeña panadería con un letrero llamativo. La gente iba a sus quehaceres, alguien con una bolsa de la compra, alguien con un paraguas abierto a pesar del buen tiempo, alguien apurado hacia la parada del autobús. Todo eso era tan normal, tan habitual, pero ahora parecía infinitamente lejano.

Allí, entre esas calles y casas, había quedado el hombre al que amaba más que a nada en el mundo. Un hombre cuyos ojos brillaban cuando hablaba del futuro, cuyas manos sabían hacer trabajos duros y sostener con ternura su mano. Un hombre al que no le había encontrado el momento para explicarle su marcha, al que no le había dado la oportunidad de despedirse. Y ahora estaba perdido para ella para siempre, eso lo entendía con claridad, por mucho que intentara convencerse de que aún no todo había terminado.

Pasaron seis meses. Inés seguía viviendo en Madrid, iba al trabajo, se veía con amigos a tomar café los fines de semana, respondía a preguntas sobre su estado y sus planes. Por fuera todo parecía igual que antes: la misma rutina, los mismos lugares, las mismas conversaciones. Pero en su interior algo había cambiado de forma irreversible. Ya no huía del pasado, no intentaba esconderlo tras nuevos conocidos, compras caras o una agenda llena. Ahora lo miraba de frente, sin miedo: aceptaba su error, reconocía el dolor que había causado, y su arrepentimiento sincero.

Aprendió a despertarse con la idea de que la vida continúa. Aprendió a decirse a sí misma: hice lo que hice, estuvo mal, pero ya no se puede cambiar. Y en esa aceptación había un alivio extraño, silencioso, no alegría, no, pero al menos la posibilidad de respirar más tranquilo, de mirar adelante sin pánico.

Una noche, cuando Inés preparaba la cena, el teléfono emitió un pitido suave, avisando de un nuevo mensaje. Se secó las manos en un paño, tomó el smartphone y vio un número desconocido. Solo una frase en la pantalla: no te odio, pero no puedo perdonarte.

Inés se quedó paralizada. Los dedos apretaron el teléfono por sí solos, y el corazón por un segundo pareció detenerse, y luego empezó a latir más rápido. Se dejó caer lentamente al suelo, apretando el smartphone contra el pecho, como intentando sentir a través de él los latidos de otro corazón, el de la persona que había escrito esas palabras.

No sabía qué significaba eso. No entendía cómo interpretar esas líneas, si como un paso hacia ella o como un adiós definitivo. Pero por primera vez en mucho tiempo le pareció que entre ellos quedaba al menos un hilo. Delgado, frágil, a punto de romperse con el más mínimo movimiento descuidado, pero aún así, una conexión. Alguien allí, en otra ciudad, pensaba en ella. Alguien había decidido escribir, a pesar del dolor y el rencor. Alguien no había cerrado la puerta del todo.

Inés sonrió entre las lágrimas. La sonrisa salió tímida, insegura, pero real. Quizá no es el final. Quizá algún día puedan hablar, con calma, sin acusaciones, sin intentos de justificarse a sí mismo o al otro. Quizá encuentren las palabras que les ayuden a ambos a seguir adelante, juntos o por separado, pero ya con un entendimiento claro.

Por ahora le bastaba saber que él seguía pensando en ella. Que en algún lugar, a cientos de kilómetros, vive un hombre que la recuerda no solo como un error del pasado, sino como parte de su historia.

Y eso, por ahora, era suficiente.

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¡No te odio!¡No te odio!
La vida acaba de comenzar La víspera, Julia había quedado con su amiga para empezar el día con una carrera matutina. Era cierto que estaban de vacaciones universitarias y no les hacía mucha gracia madrugar, pero alguna vez había que ponerse en forma. —Ksyusha, no te duermas, que ya te conozco, te encanta quedarte en la cama hasta las tantas —decía Julia la noche anterior, mientras su amiga se lo prometía con firmeza. —Julia, claro que no me quedaré dormida, cuando toca, soy responsable, tú lo sabes —y se reía al decirlo, porque de las dos, responsable… precisamente ella, no. Julia se esforzó y se levantó pronto, incluso antes de que su madre se fuera a trabajar, terminando su café y refunfuñando. —Mamá, ¿con quién hablas? —preguntó sorprendida la hija. —Conmigo misma, mira, me he puesto esta blusa nueva y ya tiene una mancha de café… —¿Y tú eras la que decía que yo no cuido la ropa? —se quejó la hija—. Podrías haberte tomado el café en camiseta. —Voy con prisa y ahora me tengo que cambiar otra vez. Bueno, no me eches más leña al fuego esta mañana. Por cierto, ¿a qué se debe que te levantes tan temprano? —ya se estaba poniendo otra blusa. —He quedado con Ksyusha para correr por el parque —respondió Julia muy seria. —Ay, no me hagas reír, con quién has ido a quedar… seguro que tu Ksyusha sigue durmiendo tan ricamente, de eso estoy segura. Mira, hija, tengo una tarea para ti. ¿Hace cuánto que no ves a la abuela? —Mamá, ayer mismo le llamé, hablamos todos los días por teléfono. —Bueno, hoy ve a visitarla, hazle compañía y cómprale estas pastillas para la tensión, que últimamente decía que le subía y le bajaba. Cómprale también unos cruasanes y mermelada de fresa. Ya tiene sesenta y cuatro años. Tú estás de vacaciones y tienes tiempo, yo me voy volando, —dijo la madre y se marchó del piso. —Bueno, pues paso por la abuela a primera hora, como Caperucita Roja, sólo que sin pasteles —pensó Julia sonriente—. Uy, y la carrera… Marcó el número de Ksyusha, que contestó con voz adormilada. —Sí… —pero en seguida espabiló—. Uy, Julia, me he quedado dormida, ¿ya estás en el parque? Perdona, ya… voy… —No hace falta que te des prisa, tengo tarea: visitar a la abuela, así que se cancela la carrera. Primero desayuno, voy a la tienda y a la farmacia, y después a casa de la abuela. Ya sabes que vive en la otra punta de Madrid. —Vale, Julia, yo sigo durmiendo —se alegró la amiga y colgó. —Mamá tenía razón… —Julia se rio—. Esta Ksyusha es una dormilona, aunque quizá yo estaría también tan feliz en la cama ahora mismo. Una hora después, Julia salió de casa con su mochila, el dinero, la lista de medicinas y también metió el paraguas, que el día estaba gris. Tardó una hora más en llegar al otro extremo de la ciudad. Ya casi era mediodía cuando llamó al timbre de María Semeónovna. La abuela abrió rápido y su nieta se quedó de piedra, dio un paso atrás pensando que, igual, se había confundido de piso. —¡Vaya cambio! —Julia no creía lo que veía—. ¿Abuela, eres tú? —Soy yo —respondió con orgullo María Semeónovna—. ¿Julia, de verdad parezco más joven? Dio una vuelta lenta para dejar que su nieta la mirara bien. —Abuela, ¡qué corte de pelo tan moderno! Y el color, has dejado de ser castaña y ahora vas sofisticada con ese rubio plateado, ¡y las uñas! Uy, abuela, que ya no sé si llamarte abuela —se reía Julia. —¿De verdad te gusta, Julia? —¡Claro! Por cierto, mamá dice que tienes la tensión mal, te he traído pastillas, cruasanes y mermelada de fresa. —Bien los cruasanes y la mermelada pero intento evitar el dulce, quédatelos tú. —Venga ya, abuela, ¿qué te pasa? ¿Te has enamorado o qué? Se te ve estupenda, y mamá me ha mandado porque estaba preocupada… —Gracias, Julia, seguro que tienes mil cosas, ¿vas a quedarte conmigo? Julia se sorprendió. Normalmente la abuela no la deja irse en toda la tarde, y esta vez la estaba despidiendo. No pudo evitar preguntar: —¿Y si tomamos un té? —Julia, tengo mil cosas, llévate los cruasanes y la mermelada, y aquí tienes unas tortitas que he preparado, para que tengas tentempié —y se reía María Semeónovna. —Bueno, abuela, pues me voy —aceptó su nieta—, aunque me huele raro… ¿Tendrá novio la abuela? Bajando por las escaleras Julia iba dándole vueltas al asunto. —Esto lo tengo que averiguar. Nunca antes la abuela me ha despachado así. Aquí hay lío… ¿Será un ligue? ¿O irá de excursión con las amigas, como suele ir a teatro y a cafés? Al salir del portal, Julia se escondió tras los garajes del patio a observar. No tuvo que esperar mucho, media hora después salió María Semeónovna. —Vaya, lleva traje nuevo. ¿A dónde irá? Ah, al parque… María Semeónovna se alejó y Julia caminó tras ella, guardando la distancia. —No vaya a ser que la abuela descubra que la sigo —pensaba la nieta. Pero su abuela iba muy entretenida en sus pensamientos, sin mirar atrás. En el parque la esperaba un hombre canoso, con flores. Julia se ocultó tras un arbusto. La abuela se acercó, él le dio el ramo y le besó la mejilla, y ella también. —Madre mía, no me he equivocado. ¡Abuela! Si en esta edad también surgen historias de amor. ¡Y cómo la coge de la mano! Julia no se atrevía a salir del arbusto; pensó que volverían hacia allí. —Van a la cafetería de la terraza de verano… De pronto, oyó un clic de móvil tras ella y se topó con un joven que grababa a la pareja. —¡Oye! ¿Quién eres tú y por qué grabas a mi abuela? ¿Quién te ha dado permiso? El chico se quedó cortado, pero al reponerse respondió: —¿Quién? Soy periodista. Quizá quiera escribir sobre el amor en la tercera edad. Julia bufó. —¿Amor? Tonterías. Ahora todo está lleno de timadores que quieren quedarse con la casa de las abuelas. —¿De verdad lo crees? —se sorprendió el chico. —¡Por supuesto! ¿Y por qué para tu reportaje eliges a mi abuela? Hay muchas. Yo no te permito grabarla. Es mi abuela y ese “novio” suyo, ya veremos si no le birla el piso. El joven la miró molesto. —Si quieres saberlo, ese novio tiene un piso grande en el centro. Ahora vivo con él, mis padres están de reformas. —¿O sea que es tu abuelo? —Sí, Eguardo Ivánovich. Últimamente está irreconocible. Se afeita cada dos días, se ha comprado vaqueros nuevos y me pidió ayuda con el perfume. Allí sospeché… ¿Y si una cazafortunas quiere quedarse con su piso? Ahora eso pasa mucho… —O sea, el que va con mi abuela es tu abuelo. Yo soy Julia, ¿y tú? —Artem —respondió el chico sonriente—. Bueno, pues si todo está claro, que sigan viéndose. Yo no me opongo. —Pues sí, yo tampoco. Que salga lo que quiera… —Ya que hemos coincidido, ¿vamos al cine a ver el nuevo thriller? —propuso Artem. —¡Venga! —aceptó ella. Pasaron tres meses. María Semeónovna llamó a su hija: —¿Está Julia en casa? —Sí, ¿por? —Pues tengo una noticia: mi buen amigo Eguardo Ivánovich me ha pedido matrimonio y he aceptado. Así que, felicítame, que os invito a la boda —la madre puso el altavoz—. Ya tenemos fecha y todo. —Abuela —gritó Julia—, me alegro, pero ¿para qué casarse a vuestra edad? ¡Si no vais a tener hijos! —Julia, hija, hay que hacer las cosas bien. Y en nuestra generación lo normal es formalizar. Vosotros ahora, a las dos semanas os separáis… Pero lo de Eguardo y yo va en serio. —Mamá, dice bien tu nieta. ¿Seguro que hace falta boda? Podéis vivir juntos… —Hija, el mejor momento para casarse es cuando te llega el amor. No tiene edad, todo el mundo lo sabe. Y en mi edad, puede que la vida justo empiece —María Semeónovna reía—. Así que si llega el amor, ¡al registro con él! —Entendido, mamá. Enhorabuena, os ayudamos con todo. —Por cierto, ¿sabías que Julia sale con Artem, el nieto de Eguardo Ivánovich? —Lo sé, lo sé, me lo contó, y está encantada. ¿A que sí, Julia? —Sí, abuela, ¡y Artem es genial, igual que tu Eguardo! —y soltó una carcajada. Poco después, celebraron la boda de María Semeónovna y Eguardo Ivánovich en una acogedora cafetería. Todos eran felices.