Valeria abrió la cartera, contó los pocos billetes arrugados que le quedaban y soltó un suspiro que se escuchó hasta la puerta del baño. El bolsillo se estaba quedando vacío peligrosamente y encontrar un curro decente en Madrid resultaba más complicado de lo que jamás había imaginado. Repasó mentalmente su lista de cosas imprescindibles, intentando tranquilizar el corazón que latía como una canción de flamenco. En el congelador había un paquete de muslos de pollo y unas hamburguesas congeladas. La despensa contenía arroz, macarrones y una caja de bolsitas de té. Por ahora, se libraría con un litro de leche y una barra de pan de la tienda de la esquina.
¡Mamá, ¿a dónde vas?! exclamó Celia, la pequeña, saliendo disparada de su cuarto, con los ojos marrones como avellanas buscándola con preocupación.
No te inquietes, cariño dijo Valeria, obligándose a sonreír para ocultar los nervios. Mamá solo va a buscar trabajo. ¿Y adivina qué? La tía Lidia y su hijo Pablo vendrán pronto a pasar el rato contigo.
¿Pablo vendrá? Se iluminó el carita de Celia, aplaudiendo de emoción. ¿Y traerán a Mishi?
Mishi era el gato atigrado de Lidia, una bolita de pelo y cariño que Celia adoraba. Lidia, la vecina, se había ofrecido a cuidar a la niña mientras Valeria asistía a una entrevista en una empresa de distribución de alimentos en el centro de la ciudad. Llegar a la oficina en Madrid supuso un largo trayecto, más tiempo en metro y autobús que la entrevista en sí.
Habían pasado ya dos meses desde que Valeria y Celía se mudaron a la capital. Valeria se reprochaba aquella decisión impulsiva: arrancar la vida con una hijita, gastar la mayor parte de los ahorros en alquiler y comida, apostando a conseguir empleo rápido. Pero el mercado laboral madrileño es una selva. A pesar de sus dos títulos universitarios y su tenaz determinación, encontrar un puesto estable parecía perseguir un espejismo. En su pequeña ciudad natal de Sevilla, su madre, Dolores, y su hermana menor, Emma, dependían de ella como el faro de la familia. No sabían arreglarse sin su ayuda.
Mishi se quedará en casa, cariño dijo Valeria con suavidad. No le gustan mucho los viajes por carretera. Pero pronto iremos a casa de la tía Lidia y podrás abrazarlo todo lo que quieras.
¡Yo también quiero un gato! hizo pucheros Celía, cruzándose de brazos.
Valeria sacudió la cabeza riendo ligeramente. Cada vez que se mencionaban las mascotas, Celía se convertía en una tormenta de emociones. En la casa de la abuela Dolores, habían dejado a Sombra, su elegante gato negro, y a un perrito chiquito y ladrador llamado Maní. Celía jugaba con ellos cada vez que la visitaba y ahora los echaba de menos como a una canción de cuñao.
Mira, cariño, este piso está alquilado sin permiso para mascotas explicó Valeria. El casero no permite ni una lombriz.
¿Ni siquiera un pez de colores? preguntó Celía, levantando una ceja.
Ni siquiera un pez de colores.
En ese momento, los peluditos eran lo último de lo que Valeria podía preocuparse. Su mente estaba centrada en una sola cosa: conseguir trabajo. Los últimos euros de sus ahorros se evaporaban, y cada día traía una nueva ola de ansiedad. Al menos había pagado seis meses de alquiler por adelantado, aunque eso la había dejado sin un duro.
El timbre sonó, arrancándola de sus pensamientos. Lidia y su hijo de cinco años, Pablo, estaban en la puerta. Lidia, como siempre, llevaba un tupper de galletas caseras con chispas de chocolate y una loncha del famoso bizcocho de limón de su madre. Al igual que Valeria, Lidia era madre soltera, pero vivía con sus progenitores en un piso estrecho cerca del centro. Ahorrar para comprar su propio nido en Madrid era como intentar ganar la lotería, pero al menos tenían buen humor para seguir intentándolo.






