Almudena comprendió al instante, al arrancar la retaza que sobresalía de un arbusto, que no era una simple trapo sino una vieja mantita de colores. La tiró con más fuerza y, como si el tiempo se hubiera congelado, descubrió en la esquina de la tela a un bebé diminuto.
Al alba, Almudena soñó con un escenario extraño: su hijo, Luisito, estaba en el portal de la casa llamando a la puerta. Se despertó sobresaltada, se puso de puntillas, y con los pies descalzos corrió hacia el umbral.
Silencio. Ningún sonido. Aquellos sueños la engañaban a menudo, pero siempre la empujaban a abrir la puerta de par en par y a mirar la oscuridad nocturna.
La quietud y la penumbra la rodeaban. Tratar de calmar el corazón que latía desbocado, se sentó en el escalón del portal. En aquel silencio, un chirrido o un susurro se coló entre las sombras.
Otra gatita del vecino se ha enredadopensó Almujena y se dirigió a rescatar al animalito entre los matorrales, como hacía mil veces antes.
Mas no era un gatito. Almudena lo supo al instante cuando agarró la retaza que sobresalía del arbusto. La retaza resultó ser una desgastada mantita multicolor, y al tirarla con más ímpetu quedó paralizada: en la esquina de la tela yacía un infante pelado, apenas envuelto en una sábana.
El niño estaba desnudo, tal vez había sido envuelto y desenvuelto mientras reposaba; era un varón. Por el ombligo, que aún no se había caído, se adivinaba que apenas había nacido.
Ya no podía ni lloriquear; estaba mojado, exhausto y, sin duda, hambriento. Cuando Almudena lo tomó en brazos, emitió un débil chirrido.
Sin saber qué hacer, lo abrazó contra sí y se precipitó a la casa. Allí encontró una sábana limpia, envolvió al bebé, le cubrió con una manta cálida y empezó a calentar leche.
Lavó el biberón, encontró el pezón que había guardado desde la primavera, cuando alimentaba a un cabritillo. El niño sorbía con avidez, se atragantó un poco, pero después, reconfortado y saciado, se quedó dormido.
Al llegar la mañana, Almudena no dejaba de pensar en su hallazgo. Tenía ya más de cuarenta años y, en el pueblo, la gente la llamaba la tía. Perdió a su marido y a su hijo en la guerra, y quedó sola en este mundo. La soledad le resultaba insoportable, pero la dura realidad de la vida le recordó constantemente su condición, y pronto aprendió a depender sólo de sí misma.
Sin embargo, ahora se sentía perdida y sin saber qué hacer. Miró al niño, que dormía, resoplando dulcemente como hacen todos los pequeños. Entonces se acordó de su vecina Dolores, volvió a mirar al infante y se dirigió a casa de ella. Dolores llevaba una vida tranquila, sin marido ni hijos, sin haber sufrido la guerra ni haber recibido póstumas. Vivía como una flor en el jardín.
Todos los amantes de Dolores eran pasajeros que entraban y salían, y ella nunca los ató ni los veneró. En ese instante, Dolores, alta y elegante, estaba junto al portal, con una chal sobre los hombros, disfrutando del calor del sol. Tras escuchar la extraña historia nocturna, respondió brevemente:
¿Y tú para qué lo necesitas? y volvió a su casa. Almudena, apenas notando el movimiento de la cortina de su ventana, percibió que otro enamorado rondaba la noche.
¿Para qué? susurró, casi para sí misma.
Regresó a su casa, alimentó al bebé, lo envolvió en seco, recogió provisiones y se dirigió a la parada para coger el bus que la llevaría a la ciudad. No tardó mucho; a los cinco minutos una furgoneta se detuvo junto a ella, rumbo a la capital.
¿Al hospital? preguntó el conductor, señalando el paquete que llevaba en brazos.
Al hospital respondió Almudena con voz contenida.
En el refugio, mientras tramitaban los papeles para el alta, no podía dejar de sentir que algo no encajaba, como una pequeña gota de agua que no dejaba reposar el corazón.
Aquella sensación de vacío le recordaba la noticia de la muerte de su marido y, poco después, de su hijo.
¿Cómo llamaremos al niño? ¿Qué nombre le pondremos? preguntó la encargada.
¿Nombre? repitió Almudena, se detuvo un instante y, para su sorpresa, respondió Se llamará Luisito.
Bonito nombre dijo la encargada. Aquí tenemos muchos Luis y Carlos, pero los que han perdido a sus seres queridos son pocos. No hay hombres ahora, celebra al niño, y tú, que lo has traído, ¿no lo harás? ¡Mira! y soltó una frase que resonó como un eco en el alma de Almudena.
Al volver al atardecer, entró en su casa vacía y encendió la lámpara. Allí, sobre la mesa, encontró la vieja mantita de Luisito, que había guardado sin tirarla. La tomó entre sus manos y se sentó en la cama.
Con el hábito de pasar las manos sobre la tela húmeda, quedó inmóvil un rato, como si nada pensara. Entonces sus dedos toparon con un pequeño nudo en la esquina de la mantita.
En ese nudo había una hoja gris y una sencilla cruz de alambre en un cordel. Al desplegar la hoja, leyó:
Querida y buena mujer, perdóname. No quiero a este niño, me he perdido en la vida; mañana ya no estaré en este mundo. No abandones a mi hijo; dale lo que yo no puedo darle: amor, cuidado y protección.
Debajo estaba la fecha de nacimiento del niño. De golpe, Almudena estalló en llanto, sollozando como una fuente desbordada. Las lágrimas corrían como ríos; creía que ya no tenía más lágrimas, pero ahora todas salían.
Recordó su boda, la felicidad con su esposo, y luego la llegada de Luisito, que también había traído alegría. En el pueblo, las vecinas la envidiaban: Almudena brillaba de felicidad.
¿Por qué no seguir brillando? Tenía a su marido amado y a su hijo querido. Los hombres la amaban y la adoraban. Antes de la guerra, su hijo había terminado el curso de conductor y prometió llevarla en el coche nuevo que le prometieron en la cooperativa.
Y entonces la desgracia En agosto de 1942 le trajeron la carta de defunción de su esposo; en octubre del mismo año, la de su hijo. La felicidad de Almudena se apagó para siempre, como una luz que se apaga en la noche.
Se volvió como todas, como casi todas las mujeres del pueblo. Se agarraba en las noches, corría a la puerta, la abría y miraba la oscuridad.
Esa noche tampoco pudo dormir; salió a la calle, escuchó la noche y aguardó algo. A la mañana siguiente tomó el bus de nuevo a la ciudad.
La encargada del refugio la reconoció al instante y no se sorprendió cuando Almudena pidió recuperar al niño, diciendo que su hijo fallecido se lo había ordenado.
Bien respondió la encargada, te ayudaremos con los papeles.
Envuelta al niño en una manta, Almudena salió del refugio con el corazón aliviado; la pesada melancolía que la había acompañado durante años desapareció.
Nuevos sentimientos comenzaron a anidar: felicidad y amor. Si la vida está destinada a ser feliz, entonces así será, y eso le aconteció a Almudena.
En su casa vacía, tras el regreso, sólo había fotos del marido y del hijo en la pared. Pero ahora sus rostros le parecían diferentes, no serios ni tristes, sino iluminados, suaves, alentadores.
Almudena apretó a Luisito contra su pecho y se sintió fuerte; él necesitaría su ayuda y protección por mucho tiempo.
¿Me ayudaréis? les habló a las imágenes.
Pasaron veinte años. Luisito se convirtió en un hombre bueno. Todas las muchachas soñaban con él, pero él eligió a quien su corazón marcó, la más querida después de su madre: se llamaba Luz.
Una tarde, Luisito presentó a Luz a su madre, y Almudena comprendió al fin que su hijo había crecido y era ahora un hombre de verdad. Bendijo a los novios.
Celebraron la boda, los recién casados construyeron su nido, tuvieron hijos, y el más pequeño recibieron el nombre de Luisito, haciendo que Almudena se sintiera rica en familia.
Una noche, despertó al oír ruido en la ventana y, como de costumbre, fue a la puerta. La abrió y salió al exterior; una tormenta se acercaba, un relámpago chispeó a lo lejos.
Gracias, hijo mío susurró Almudena a la oscuridad. Ahora tengo tres Luisitos y los quiero a todos.
Un gran árbol que su esposo había plantado junto al portal se agitó, y delante destelló una luz como la sonrisa del sol que refleja el rostro de Luisito.
Fin.







