Los hijos abandonan a su padre anciano en el bosque, pero la acción del lobo dejó a todos sin palabrasEl lobo, al enterarse del abandono, se acercó sigilosamente y, con una mirada compasiva, le ofreció refugio y compañía, devolviéndole la esperanza que sus hijos le habían arrebatado.

El bosque de la Sierra de Guadarrama se había engullido en una oscuridad densa. Sobre el suelo húmedo, a la sombra de un roble centenario, se encorvaba Don Antonio, un anciano de brazos temblorosos y mirada cargada de desconsuelo. Sus propios hijos Carmen, Luis y el pequeño Diego lo habían llevado hasta allí y, como si fuera una pieza rota, lo habían dejado abandonado.

Llevaban años esperando que el viejo expirara. La herencia una mansión en la sierra, extensas parcelas de la Mancha y una fortuna de doscientos mil euros les pertenecía a ellos. Pero Don Antonio se negaba a morir. Entonces sus hijos decidieron acelerar el desenlace: lo dejaron a su suerte en aquel paraje solitario, sin comida ni agua, a la espera de que los animales salvajes le hicieran el trabajo sucio y la Policía Nacional lo declarara un trágico accidente.

El anciano, recostado contra el tronco, se estremecía con cada crujido. A lo lejos, el viento silbaba, pero entre sus lamentos se colaba otro sonido: el aullido de lobos. Sabía que el fin estaba cerca.

¡Madre mía! ¿Así tiene que acabar? murmuró, juntando las manos en una rezada torcida.

En ese instante, una rama se partió. Otra siguió. Los pasos se acercaban. Don Antonio intentó ponerse en pie, pero su cuerpo no le obedecía. Sus ojos buscaban la sombra hasta que, de pronto, entre los arbustos, emergió un lobo.

El animal avanzó despacio por el sendero. Su pelaje relucía bajo la luz de la luna y sus ojos brillaban como brasas encendidas. Mostró los colmillos y se acercó un poco más.

«Esto es el fin», pensó el anciano.

Cerró los ojos y empezó a rezar en voz alta, anticipando el dolor de aquellos dientes afilados. Pero, de pronto, sucedió algo que nunca había imaginado.

El lobo no atacó. Se acercó hasta quedar a su lado, se detuvo y luego inclinó la cabeza, aullando suavemente, como si le hablara.

Don Antonio, sin comprender, extendió la mano y, para su sorpresa, el animal no se apartó. Al contrario, permitió que rozara su espeso pelaje.

Entonces recordó: hacía años, cuando aún tenía fuerzas, había encontrado en el mismo bosque a un lobo joven atrapado en una trampa de cazadores. Sin temer, arriesgó la vida, abrió los hierros mortales y liberó al animal. El lobo huyó sin mirar atrás pero, al parecer, nunca lo olvidó.

Ahora, aquel depredador solitario se inclinaba ante él como ante su salvador. El lobo se agachó aún más, dejando claro el mensaje: súbete.

Con dificultad, casi sin fuerzas, el anciano se aferró al cuello del animal. El lobo se puso en marcha y lo condujo a través del bosque tenebroso. Don Antonio oía las ramas romperse bajo sus patas, veía sombras de otros animales merodeando, pero ninguno se atrevía a acercarse.

Tras varios kilómetros, una luz apareció al frente: un pequeño pueblo de la zona. La gente, al oír los ladridos, salió corriendo y quedó boquiabierta al ver lo que sucedía: un lobo enorme depositaba con sumo cuidado a un anciano, débil pero vivo, frente a la puerta de la taberna.

Cuando el viejo quedó bajo un techo, rodeado de vecinos de buen corazón, estalló en lágrimas. No por el miedo, sino por la conmoción de descubrir que una bestia había sido más humana que sus propios hijos.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

eleven − ten =

Los hijos abandonan a su padre anciano en el bosque, pero la acción del lobo dejó a todos sin palabrasEl lobo, al enterarse del abandono, se acercó sigilosamente y, con una mirada compasiva, le ofreció refugio y compañía, devolviéndole la esperanza que sus hijos le habían arrebatado.
EL ASTUTO PLAN DEL HIJO — ¿Y adónde va la abuela? — preguntó Dima a su madre, al ver por la ventana cómo su padre ayudaba a la suegra a salir del taxi y sacar las maletas del maletero. — Si te molestaras en escuchar de vez en cuando de qué hablamos, sabrías que tu abuela va a vivir con nosotros — respondió la madre, negando con desaprobación. — ¿Y eso por qué? — se sorprendió Dima. — Porque ya le cuesta estar sola, nosotros no siempre podemos ir a verla a diario, y a ti ni con presión te conseguimos que vayas a visitarla — explicó Alexandra, y se fue a abrir la puerta. — Por cierto, le he preparado la habitación contigua a la tuya. — Yo, por si acaso, trabajo — protestó Dmitri ante la indirecta de su madre — y no tengo tiempo de nada. — Por eso mismo la hemos traído aquí — zanjó ella. Dima era hijo único. Siempre había recibido lo mejor, nunca conoció la palabra “no”. Sus padres no eran ricos, pero mimaban al único hijo todo lo que podían. «¡Vaya suerte! — pensó Dima — la abuela se muda aquí, su piso se queda vacío. ¿No me lo regalarán mis padres siendo ya adulto? Tengo que conseguir que me lo den a mí». La idea lo entusiasmó. Solo había que idear la maniobra, y sin Lenka, difícilmente podría hacerlo. Lena era la novia de Dima desde hacía tres años, pero él no parecía tener prisa por casarse. Ella vivía con su abuela en un piso pequeño. Solo podían estar solos si la abuela se iba al jardín todo el verano o salía con amigas. Dima no era de invitarla mucho a casa y tampoco corría para casarse — no se sentía responsable todavía. Ni hablar de hijos: eso sí que le asustaba. Pero ahora el sueño del piso propio lo eclipsaba todo. — Hola, ¿te apetece que demos una vuelta después del trabajo? — llamó a Lena. Ella se extrañó — no era habitual que Dima le propusiera pasear. Normalmente estaban en casa, ella cocinaba y veían alguna peli si la abuela estaba. Si no, hacían cosas más de adultos. Él tenía veinticinco, ella veintidós — ya eran mayores. — ¿Ha pasado algo? — preguntó con cautela. — De momento no, pero puede ser — contestó él enigmático. Lena apenas pudo esperar a acabar la jornada y fue casi corriendo hacia la salida, donde Dima la esperaba. — No te he traído flores, que se me congelan. No es mayo — dijo, tomándola del brazo y llevándola a una cafetería. — ¿Y por qué habría que traer flores? — se le aceleró el corazón: ¿sería posible que por fin le pidiera matrimonio? — Vamos a sentarnos, hace frío fuera. ¡Ya tengo las orejas heladas! — se encogió Dima. Era verdad, diciembre ya terminaba y el Año Nuevo estaba cerca. Dentro hacía calor y sonaba música suave, los camareros iban de aquí para allá y todo el mundo buscaba refugiarse del frío. Se sentaron en una mesa libre. Lena estaba nerviosa, y Dima no sabía cómo empezar. Al fin se lanzó: — Llevamos tres años juntos. ¿No crees que ya va siendo hora de dejar de esconderse como escolares? — se frotó la nariz, asumiendo que no había vuelta atrás. — ¿Nos casamos? Ella lo miraba incrédula. Incluso su abuela le había preguntado una vez: — ¿Tu novio va a marearte hasta la jubilación o qué? ¿Por qué no te pide que te cases? ¡A ver si te va a dejar plantada después de probar! Si en tres años no lo ha hecho, ¿qué esperas? Pero por fin, ¡había llegado ese momento! Lena quería llamar a su abuela y restregarle que se había equivocado con Dima. — ¿Qué pasa, por qué te has quedado pillada? — agitó Dima la mano ante Lena. — No, es solo que me ha pillado de sorpresa — mintió, pues no podía aceptar de inmediato. — Necesito pensarlo. — ¿Qué hay que pensar? — se desconcertó Dima, esperando otra reacción. Su sueño del piso parecía desvanecerse. — Después de Año Nuevo echamos la solicitud y en un mes somos marido y mujer. ¿No lo quieres? — Sí quiero — admitió Lena. Podía casarse allí mismo. — Perfecto — Dima respiró aliviado. — Y en Nochevieja se lo contamos a mis padres. Lena voló a casa como si tuviera alas. — ¡Abuela! — entró Lena en casa y la llamó ilusionada. — ¿Qué te pasa, te han dado una paga extra? — asomó la abuela desde la cocina. — ¡Mejor! — se rió Lena — ¡Dima me ha pedido matrimonio! — ¿De verdad? — la abuela se llevó las manos a la cara — ¿Qué mosca le ha picado? — ¡Abuela! — protestó Lena — ¿Por qué no le tienes aprecio? — Yo no tengo que quererle, que tú lo hagas y él a ti, eso basta — la abrazó la abuela. — Y que nunca te haga daño, que no habrá quien te defienda cuando yo ya no esté. — ¡Abuela, deja de decir eso! Además, él es buena persona. — Ojalá, hija, ojalá — suspiró la abuela. — Mamá, papá — empezó Dima a preparar el terreno —, ¡Lenka y yo vamos a casarnos! Después de Año Nuevo presentaremos la documentación en el Registro. Ella vendrá en Nochevieja, lo hablamos todo. — Dima, ¿estás seguro de esto? — su madre lo miró dudosa; nunca había notado verdadero amor en su hijo hacia esa chica. No tenía nada malo que decir de Lena, incluso le caía bien. Pero Dima siempre trataba a Lena de modo distante. — Claro, mamá — sonrió Dima por dentro: “¡más que seguro!”. — Bueno, hijo, no te voy a convencer de lo contrario — Alexandra miró a su marido. Este solo se encogió de hombros, ya todo estaba decidido. El 31 de diciembre Lena se puso su vestido más bonito, cogió los regalos para sus futuros suegros y, tras besar a su abuela, se fue a celebrar el año nuevo con la familia de Dima. Él la esperaba en la puerta. — Oye, Lena — subiendo las escaleras, Dima la detuvo en mitad del rellano, — ¿y si les decimos que estás embarazada? Lena se quedó boquiabierta. Él le tapó los labios con el dedo: — Será una alegría para los míos. Llevan tiempo queriendo saber cuándo les daré nietos. Y mi abuela, ¡será bisabuela! ¿Lo imaginas? — Dima, ¿y cuando pasen nueve meses y no haya bebé? ¿Cómo lo explicas? — preguntó Lena, sin entender el sentido. — Diremos que fue un error. Y quizá para entonces haya noticias de verdad — la guiñó, acariciando su tripa por encima del abrigo. — Ay, Dima, no sé… No está bien — dudó Lena. — Confía en mí. ¡No pasa nada! — la tranquilizó él. — Si hay problema, me hago el despistado. Recibieron a Lena con cariño y todos se sentaron a la mesa. — Pronto celebraremos así siempre — Dima creyó que era el momento de hablar de regalos. Seguro que le iban a regalar el piso. ¡Con tanto motivo: boda, Año Nuevo y hasta el niño! — incluso con incorporación familiar. Lena se sonrojó y las mujeres se asombraron. — ¿Es cierto? — preguntaron la madre y la abuela de Dima. — Sí, sí — intervino Dima rápidamente para distraer la atención de Lena. — Lo acabamos de saber. — ¡Eso merece un brindis! — dijo el padre por fin. — ¡Ay, a Lena no le conviene! — recordó la abuela, quitándole la copa que Dima le entregaba. — Aquí tenéis regalos — Lena sacó un bolso de cuero para el futuro suegro, un chal para la abuela y una cajita para joyas para la suegra, y a Dima unos auriculares. Para todos hubo algo. — Pues nosotros también tenemos un regalo para los dos — Alexandra se levantó, sacó un sobre del mueble y se lo dio a Dima — para ti, como nuevo jefe de familia. Dima esperaba una caja con llaves sobre un cojín. Al ver el sobre aún pensó que estarían dentro. Pero no, solo había un fajo de dinero considerable. — ¿Y esto? — preguntó Dima sorprendido. — Es para la entrada de vuestro piso — le dijo Alexandra sin entender su reacción. — ¿Y el piso? — empezó a perder la paciencia Dima al lanzar el sobre sobre la mesa como si nada valiera. — ¡¿Dónde está el piso de la abuela?! Me lo tenéis que regalar. — Mitia, lo vendimos — la abuela pensó que los padres lo habían informado — vendimos el piso y compramos una casa en el pueblo. Lo que queda os lo damos a vosotros. — ¿Y para qué queréis una casa? — explotó Dima, indignado por el giro de los acontecimientos — ¿Y ahora a pagar hipoteca toda la vida? ¡Solo pensáis en vosotros! ¡Tenía mi vida planeada! ¡¿Cómo no me lo regaláis si ya os he dicho que me caso?! ¡¿No podíais regalarme el piso?! — Dima, por Dios — Lena intentó serenarlo — ¡Es mucho dinero! Deberíamos estar agradecidos. Tienes suerte de tener una familia tan generosa y atenta. ¡Ya ahorraremos para el piso! — ¿Ahorraremos nosotros? — la interrumpió Dima — Olvídate, se acabó. ¡Fin de la comedia! — ¿Mitia, y la boda? — preguntó la abuela. Alexandra también se quedó sin habla. — ¡Que os den! — gritó él — ¡Casaros vosotros, ingenuos! Yo no pensaba hacerlo, ni lo haré. — ¿Y el niño? — la abuela se tapó la cara con las manos. — ¡No hay niño! — se burló Dima con crueldad. Lena, harta de humillaciones, le dio una bofetada y salió corriendo. — ¡Perdón! No quería hacer esto… — susurró entre lágrimas mientras salía. Alexandra fue tras ella, pero Lena ya se había ido. — ¿Qué has hecho, desgraciado? — se enfadó el padre, agarró el sobre de dinero y golpeó la mesa — ¡Y que no vuelvas a poner el pie aquí! ¿Quieres piso? Gánatelo. Ya está bien de tanto privilegio. ¡Eres tan listo, pues espabila! Te doy tres segundos. El dos ya ha pasado. Dima vio que hablaba en serio, hizo la maleta y se marchó. Vivió un tiempo en casa de amigos, hasta que también se cansaron y tuvo que alquilar una habitación y buscar una novia… con piso. Su padre no permitió que volviera. — Aquí nada de compasión — amenazó a Alexandra y la suegra. Lena, tras la ruptura, lloró varios días. Su abuela, al conocer la razón, la abrazó y le dijo: — No llores, hija, todo pasa. No te aferres al pasado. La vida es solo una, cuídala y quiérete. Cuando tenga que ser, la felicidad llamará sola. Y Lena entendió que aquella relación tóxica, aunque acabara mal, lo hacía justo a tiempo. — Gracias, abuela, por tu sabiduría. Ojalá te hubiera escuchado antes… — suspiró.