¡Anda, ven conmigo! Ahora mismo tengo el patio sin perro y te haría un buen guardián, no te haré daño. Me subí a la bicicleta y me puse en marcha hacia el pueblo. En el camino, el abuelo José miró a su alrededor un par de veces pero nadie lo seguía.
Era una perra solitaria Así de lallamos a la gente que no se lleva bien con los demás. Ella era igual.
Hace muchos años, cuando José ya era un viejecito, salió al monte a buscar bellotas y encontró a una cachorra, una cría todavía. Solo Dios sabe cómo llegó esa pequeñita al bosque remoto.
Vagaba silenciosa entre los árboles, mojada de la lluvia, sin collar José se acercó con el ceño fruncido.
Era torpe, poco agraciada pero aun así sus ojos castaños la miraron. No eran ojos de cachorro, sino ojos de un animal sabio. José se quedó pensando.
¡Anda, ven conmigo! Tengo el patio vacío, serás un buen centinela, no te haré daño.
Se subió a la bici y se dirigió al pueblo. Por el trayecto volvió a mirar una o dos veces pero nadie lo perseguía. José acabó olvidándose de aquel encuentro en el monte.
Se puso a trabajar en la finca. Y la finca no era nada chica: tres lechones, una cerda con diez cerditos, la vaca Milka, una docena de gallinas, seis patos con sus patitos, y el gato Plutón
José, que no era fan de las compras, abrió la puerta de la caseta y se dispuso a descansar en el banco bajo la casa. De pronto, sintió una mirada
Los ojos castaños lo observaban con tanto detalle y de una forma tan extraña que José no sabía qué hacer.
¿Vamos al patio? Después de una larga pausa, la cachorra retrocedió un paso y se deslizó en la oscuridad.
Así pasó un día, luego otro Cada noche esos ojos lo miraban, como evaluándolo, como buscando en él una especie de alma gemela
Una tarde, mientras José giraba su pipa, se le acercó ella. La olfateó y se tumbó a sus pies.
José no era un hombre muy cariñoso; con los animales solía tratar de forma práctica y no había que contar cuántos cerdos, vacas, gallinas y demás bestias había tenido a lo largo de su vida.
Claro, se necesitaban perros para la guardia, gatos para los ratones Pero el granero estaba vacío, la caseta del patio nunca había albergado a un perro. La muerte y la enfermedad ya se los habían llevado a varios.
Al inicio del verano, la lluvia cayó fuerte. El veterinario habló de garrapatas, pero nadie se quejó mucho. José era un hombre serio, poco dado a lágrimas
Su mujer, Catalina, era aún más recia. Todo el pueblo aún recuerda cómo, de un golpe, una ternera la dejó sin ojos por jugar y forcejear cuando la pastilla llegó
José encendió su pipa y miró a la cachorra que reposaba a sus pies. Los ojos castaños la seguían con atención.
Pues bien, animal, parece que te vas a quedar a vivir conmigo. Te alimentaré dos veces al día, lo que Dios quiera, pero no te heriré. Tengo una caseta, cálida. De vez en cuando te soltaré de noche, unas cuantas horas, para que vigiles el patio y nadie pase sin miedo. ¿Te parece? Entonces, «¡Vamos!»
Así empezó su nueva vida. José la llamó Estela. De dónde sacó ese nombre tan bonito, sigue siendo un misterio. Estela ahora tenía una caseta tibia, una gran granja y una cadena
Pasaron los años y la torpe cría se convirtió en una enorme y majestuosa perra, temida por todo el pueblo. Se rumoraba que en su linaje había lobos.
Era una perra de una belleza terrible y unas costumbres poco caninas. No movía la cola de manera preventiva, ni lamía las manos.
Cuando José, Catalina o cualquier familiar se acercaba, Estela se recostaba tranquilamente y los observaba con sus inteligentes ojos.
A los forasteros la enfrentaba sin ladrar, casi sin gruñir y su rugido era espantoso, pero solo de día. Por eso trasladaron su caseta del patio al huerto, para que los vecinos no se asustaran al pasar por la puerta.
De noche, José a veces la soltaba de la cadena diciendo:
Vuelvo en tres horas, que estés aquí. Mira, las lecheras temen pasar por la mañana por tu culpa ¡No muerdas a nadie! Tres horas
Nunca mordió a nadie, ni asustó a nadie. Parecía que sus intereses estaban en otra cosa Pero siempre, a la hora señalada, José la encontraba en la caseta y la respetaba mucho o al menos lo intentaba.
Hay que decir que Estela paría cachorros con la regularidad que la naturaleza manda. Lo curioso es que, aunque el pueblo le temía, los sobrinos se vendían como pan caliente.
Venían de pueblos vecinos buscando sus crías. Le temían, pero la respetaban no la atacaban sin razón, solo en defensa.
Una tarde de verano, después del desayuno, Estela reposaba junto a su caseta, tomando el sol, observando con un ojo a la pequeña Crisanta que jugaba en la arena bajo la sombra de un gran roble, y con el otro ojo a la abuela Catalina que hurgaba en el huerto.
Crisanta apenas tenía tres añitos; sus padres la traían al pueblo los fines de semana.
En ese momento, la niña corrió hacia Estela, con los brazos abiertos:
¡Estela! ¡Estela!
El corazón canino se llenó de alegría y amor por aquella cría humana. Desde entonces, Estela vigilaba a Crisanta y a la abuela Catalina y se quedó dormida.
Se despertó de un rasguño en la nariz. La mirada se abrió y el gato Plutón, entre jadeos, le dijo:
¡Haz algo! ¡Crisanta se está ahogando!
Estela miró más allá del vallado. No estaba en la arena, ni en el columpio, ni bajo el árbol. Entonces vio al gato.
Está en el estanque, la ropa está en el agua ¡Ayúdame! ¡Nadie me oye! ¡Aaaah!
Estela lanzó su ladrido más fuerte de su vida, gritó, saltó, intentó romper la cadena
Catalina se incorporó y, al ver a la perra, murmuró:
Esta sí que ha perdido la cabeza
Y siguió trabajando en la colza.
Estela gimió y no solo gimió: un aullido lupino recorrió el pueblo, tan fuerte que a quien lo oyó se erizó la piel.
El aullido fue tan doloroso que no se podía describir con palabras
Al oírlo, Catalina comprendió que algo terrible había ocurrido y salió corriendo a buscar a Crisanta. Los vecinos, al oír el clamor, salieron de sus casas.
Al fin, la encontraron y la sacaron del pequeño estanque cerca de las casas.
El pánico se desató en el pueblo llegó la ambulancia, los padres de Crisanta lloraban y reían al mismo tiempo.
Al anochecer, todos se calmaron y llegó una delegación a la caseta: el padre de Crisanta, Ildefonso, su esposa y el abuelo José.
Ildefonso se sentó frente a Estela y dijo:
Gracias por salvar a mi hija. Nunca lo olvidaré. Te pido, ven a vivir conmigo en la ciudad. Tengo una casa grande, un amplio corral. Te alimentaré con lo mejor y te sacará a pasear mucho.
Estela lo miró con sus ojos castaños y guardó silencio. Luego acercó la cabeza y la apoyó en su hombro sólo unos segundos
Después volvió a su dueño, el abuelo José, y se acostó a sus pies. Él quedó paralizado, sin saber cómo reaccionar ante aquel gesto, con una lágrima escasa y traicionera deslizándose por su mejilla.
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