— Hoy me has dicho que te casaste conmigo porque soy “útil”. — ¿Y qué? — él encogió los hombros. — ¿Eso está mal?

¿Hoy me dijiste que te casaste conmigo porque soy práctica? preguntó Almudena, con la voz temblorosa.
¿Y qué? replicó él, encogiendo los hombros. ¿Acaso eso es malo?

¿Otra vez con ese bata vieja? Álvaro lanzó una mirada de desdén a Almudena, ajustando la puño de la camisa como quien pone la armadura antes de la batalla.

Almudena quedó inmóvil, con una taza de café humeante entre las manos. El vapor subía en una fina columna, quemándole los dedos, pero ella no lo apartó.

Él es cómodo. murmuró.

Sí, cómodo, replicó él, alisando la corbata frente al espejo. Como todo lo que hay en ti.

Almudena bajó la mirada. El café dejó de humear; la superficie se oscureció, reflejando el techo como un pequeño espejo roto.

Álvaro, tú

¿Qué? ya estaba sacando las llaves, y el metal tintineó contra el anillo de boda.

Nada.

La puerta se cerró con tal estrépito que la estantería de loza tembló.

***

Se conocieron en la oficina del centro de Madrid. Ella, una contable callada y recatada, llevaba el pelo recogido en un moño descuidado; él, un gestor seguro de sí mismo, cuyo risa resonaba por los pasillos. Álvaro le cortejaba con flores recién cortadas, con velas y cenas donde le pedía un entrecote término medio sin preguntar sus gustos.

No eres de esas que se afanan con tonterías, ¿verdad? le preguntó en la tercera cita, acomodando la servilleta sobre sus rodillas.

No, sonrió Almudena, como si no escuchara el tintineo de los vasos.

Bien. Mi ex siempre montaba escándalos

Almudena no dio importancia. Después vino la boda, los hijos, la casa. Todo como pasa en cualquier familia.

Solo a veces, cuando ella se probaba un vestido de hombros descubiertos, él decía:

Te vendría algo más sencillo. No es tu estilo.

O cuando se pintaba los labios frente al espejo, él soltaba sin rodeos:

¿Para qué? Igual te quedas en casa.

Una vez, al comprarle un perfume de notas florales, él frunció el ceño:

Huele a tienda de descuento. ¿Te crees la tía Lucha de contabilidad?

Y ella dejó de usarlo.

En su cumpleaños, le regaló una aspiradora.

Ya está vieja y cruje, explicó mientras la veía abrir la caja. Así no te quejas siempre al ordenar.

Almudena agradeció, y después quedó mirando la ventana hasta que los niños la llamaron para cortar el pastel.

Guardó silencio porque, en el fondo, él era un buen marido: no la golpeaba, no bebía, traía dinero.

¿No era eso suficiente?

***

¿Nunca me amaste? volvió a sonar la misma pregunta esa noche. Álvaro apartó la mirada, como revisando si la habitación estaba cerrada.

Pues, ¿por qué? Eres la esposa perfecta.

Eso no es respuesta.

Él suspiró, como si tuviera que explicarle la tabla de multiplicar.

Almudena, ¿por qué te obsesionas? Todo va bien entre nosotros.

¡¿Bien?! su voz tembló, no de lágrimas sino de ira que por fin salía a la superficie. ¡Hoy me dijiste que te casaste conmigo porque soy práctica!

¿Y qué? encogió los hombros. ¿Acaso eso es malo?

La miró como si la viera por primera vez: ese bronceado en el cuello, no era de jugar al pádel con los compañeros, sino de otra cosa. Esa arruga entre las cejas no era de preocupación, sino de irritación por tener que justificarse.

¿Y Katia?

El rostro de Álvaro se tensó, como quien tira de un hilo invisible.

¿Qué tiene que ver ella?

La amabas.

Sí, admitió de golpe, y en esa sola palabra había más sentimiento que en todos sus años juntos. La amaba, pero con ella no se podía construir una familia normal.

Almudena sintió que algo dentro se quebraba con un suave clic, como el crujido de un tacón: podía seguir, pero ya no como antes.

Entonces soy una sustituta sumisa y doméstica.

No dramatices, agitó la mano como quien espanta a un mosquito. Tenemos hijos. Una casa. ¿Qué más quieres?

***

Ella vaciló.

¿Tal vez él tenía razón? ¿El amor es un lujo y la familia lo más importante? Almudena estaba junto a la ventana, viendo cómo las primeras gotas de lluvia corrían por el cristal. En el reflejo se veían los rastros de sus dedos: había pasado mucho tiempo allí, esperando que el mundo fuera a darle una respuesta.

Álvaro vivía como si nada hubiera cambiado.

Una semana después, al ver que ella seguía tolerándolo, dejó de fingir.

¿Otra vez macarrones? pinchó el tenedor en el plato como si revisara pruebas de su incapacidad. Al menos añade salsa.

Tú mismo dijiste que no te gustan los picantes, contestó ella, pero su voz sonaba ajena, como si otra la hablara.

¿Y qué? empujó el plato con la cara de quien le servía un plato de sobras. Katia siempre cocinaba

Almudena se levantó de golpe. La silla chirrió contra el suelo, dejando una rasguña; otra marca más en esa casa, otra grieta invisible.

¿Quieres a Katia? ¡Vete!

Déjate, se rió él, y la risa resonó más fuerte que un grito. ¿A dónde me iría? Sabes que contigo me resulta cómodo.

En ese instante ella comprendió al fin.

Él ni siquiera intentó retenerla. No por confianza en su amor, sino por la certeza de que ella se sometería.

Empezó a notar eso en todo.

En que ya no la corregía cuando vestía mal, simplemente pasaba de largo. En que dejó de fijarse en ella, como si ella fuera parte del mobiliario: un sofá que existe, pero del que ya no se sienta nadie. En que sus días tranquilos se extendían semanas sin discusiones, sin reclamos, simplemente nada.

Y lo peor fue que ese nada sonaba más fuerte que cualquier grito.

Se quedó en la cocina, apretando el borde de la mesa, y de pronto se dio cuenta: él ni siquiera se enojaba. Solo esperaba que ella se resignara. Como resignarse a una aspiradora en lugar de un regalo. Como resignarse a no usar perfume. Como resignarse a no ser de esas que se quejan por pequeñeces.

Y entonces algo interior se volteó.

No fue dolor, ni ira fue liberación.

Porque si no te aman pero aún te odian, sigues existiendo. Y si ni siquiera odian

Ya no existes.

***

Un mes después, Almudena presentó la demanda de divorcio.

Álvaro, sorprendido, entró en la cocina donde ella ordenaba la ropa de los niños en cajas, y se quedó paralizado en la puerta, como si ante él se pusiera una mujer extraña.

¿En serio? preguntó, y su voz mostraba una rara inseguridad.

Almudena no alzó la cabeza, siguió doblando pequeñas blusas.

Sí.

¿Por una tontería? dio un paso adelante, y ella sintió la tensión en sus hombros.

No es una tontería, dijo en voz baja. Yo no soy un mueble.

Él soltó una risa nerviosa y brusca.

¡Otra drama! Siempre exageras.

Almudena por fin le miró. Su rostro le resultaba dolorosamente familiar, pero ahora lo veía distinto: labios apretados, ojos entrecerrados había perdido la capacidad de llorar por ella, no porque la perdiera, sino porque su mundo cómodo se había agrietado.

No exagero, afirmó. Estoy harta de ser cómoda.

Álvaro se quedó callado, luego agarró las llaves del mostrador con brusquedad.

¡Pues que sepas! ¿Crees que me va a costar? lanzó la mirada a las cajas. Ni siquiera sabes cocinar bien.

Un temblor recorrió su cuerpo: el viejo pinchazo del que se había cansado. Antes esas palabras la hacían dudar de sí, ahora sonaban vacías.

Puede ser, concedió. Pero algunos piensan diferente.

Su cara se torció.

¡Ah, ya sé! ¿Tienes a alguien más, no? sonrió con malicia. Claro, ¿qué le vas a hacer? Mira a quién eres ahora.

Almudena sintió cómo todo se comprimía dentro de ella: un dolor conocido y antiguo. Casi abrió la boca para decir: «Tienes razón, perdóname», como tantas veces antes.

Pero entonces se dio cuenta: ya no quería.

Yo dijo con firmeza. Me necesito a mí misma.

Álvaro quedó inmóvil. No esperaba eso.

Estás loca, siseó. ¿Y los niños? ¿No piensas en ellos?

Almudena cerró los ojos por un segundo. Los niños sí, la pensaba cada minuto.

Verán lo que significa respetarse a uno mismo, respondió.

¡Basta! agitó la mano. Eres una egoísta. Tenemos casa, estabilidad ¿Vas a tirarlo todo por nimiedades?

Él la miró y, de pronto, comprendió que él nunca había visto esas nimiedades.

Para ti son eso, dijo ella. Para mí no.

Se giró, golpeando sus dedos contra la palma con nerviosismo.

Pues bien, te vas a arrepentir.

El día que recogió sus últimas cosas, Álvaro le preguntó:

¿Y qué, crees que encontrarás a alguien mejor?

Almudena se detuvo en la puerta, sintiendo la brisa ligera del callejón rozar su rostro.

¿Mejor? replicó. No lo sé. Pero al menos a alguien que me vea, no un vacío.

Él no respondió.

Y ella salió a la calle, donde el olor a lluvia y a libertad impregnaba el aire.

***

Dos años después.

Almudena volvió a casarse con un hombre que cada mañana le besaba el hombro, aunque ella gruñía porque aún era temprano. Él susurraba: «Eres hermosa», aun cuando ella llevaba el bata de casa y el cabello alborotado. Una vez, al ver la misma aspiradora en oferta, se rió y le compró un ramo de peonías porque el color le recordaba a sus labios.

Volvió a usar perfume. Volvió a pintarse los labios. Elegía vestidos de hombros al aire. Cada vez que percibía la mirada admirada de su nuevo marido, su pecho se calentaba, como si el hielo de años pasados se fundiera.

Y Álvaro

Una tarde la vio por casualidad en una cafetería de la Gran Vía. Sentado solo en una mesa de esquina, tomaba café y revisaba el móvil. Sobre la mesa había una foto de sus hijos, un poco desgastada por el uso.

Almudena iba a pasar de largo, pero él alzó la cabeza. Sus miradas se cruzaron.

Y ella vio nada.

Ni rabia, ni nostalgia, ni molestia. Solo vacío, tan amplio y profundo como la ventana de un salón al que hace años le quitaron los muebles.

Él asintió. Ella sonrió. Cada uno siguió su camino.

Más tarde, en casa, abrazando a su nuevo esposo, Almudena pensó en el miedo que antes le daba la soledad. Ahora comprendía que el verdadero terror no era estar sola, sino estar sola cuando alguien está a tu lado.

Álvaro

Él nunca volvió a casarse. Katia, cuando él le llamó medio año después del divorcio, se rió y le dijo que ya tenía otra vida.

Los niños iban a visitarlo los fines de semana, pero en sus ojos él leía una cortesía cada vez más distante.

Por las noches se servía un vaso de whisky y miraba la tele, donde la gente pasaba sin sonido.

Porque los cómodos se van. Y los amados permanecen.

Pero, para que te amen, primero debes aprender a amarte a ti mismo.

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