Un niño juega todos los días con un anciano en la plaza sin saber que este…

Tengo ocho años y mi lugar favorito del mundo es la plaza Mayor. No por los columpios chirriantes ni por la fuente que nunca funciona, sino por don Rafael.

¡Hola, campeón! me grita desde su banco cuando me ve llegar corriendo después del cole.

Don Rafael tiene el pelo blanco como la nieve, un sombrero negro que parece pegado a la cabeza y unas manos llenas de arrugas que saben hacer aviones de papel mejor que nadie.

Mamá, ¿puedo ir a la plaza? le pregunto cada tarde.

Media hora, Álvaro. Y vuelve antes de que anochezca responde, sin apartar los ojos de su ordenador.

Mamá siempre está trabajando. Dice que desde que papá se fue, todo cae sobre ella. Nunca me pregunta con quién juego ni qué hago en la plaza.

Don Rafael cuenta historias que parecen de película. Dice que navegó por el Mediterráneo, que conoció bandoleros en Sierra Morena y que una vez cenó con un duque en Toledo.

¿En serio cenaste con un duque? le pregunto mientras compartimos las magdalenas que siempre lleva.

Tan cierto como que estás sentado aquí responde guiñando un ojo. Pero el mejor tesoro que encontré no eran joyas ni castillos.

¿Entonces?

Era mi familia. Una mujer maravillosa y un hijo que se parecía mucho a ti a su edad.

Cuando habla de ellos, sus ojos verdes, que brillan como el musgo después de la lluvia, se opacan de repente.

¿Dónde están ahora?

Mi esposa está en el cielo susurra. Y mi hijo Bueno, a veces las familias se rompen, chaval. Como un jarrón que se cae en mil pedazos.

Pero se puede pegar con cola.

Los jarrones, sí dice con una sonrisa triste. Las familias son más difíciles.

Llevamos cuatro meses de amistad cuando don Rafael me da una sorpresa.

Toma, esto es para ti dice, sacando una cajita de nogal de su bolsillo.

Dentro hay un reloj de bolsillo plateado, viejo y con un peso que parece llevar siglos.

Fue de mi abuelo, luego de mi padre y después mío explica. Un día será tuyo, cuando seas mayor.

¿Por qué me lo das a mí?

Porque eres especial, Álvaro. Más de lo que crees.

Esa noche, le enseño el reloj a mamá. Jamás la vi ponerse tan blanca.

¿De dónde has sacado esto? exclama, arrebatándomelo.

Me lo ha dado don Rafael, mi amigo de la plaza.

¿Don Rafael? ¿Cómo es ese hombre?

Le describo al detalle: alto, pelo blanco, ojos verdes, sombrero negro.

Mamá se desploma en una silla y mira el reloj como si fuera un escorpión.

Álvaro, no vuelvas a esa plaza. ¿Está claro?

¿Por qué?

Porque lo digo yo. Y dame ese reloj.

¡No! ¡Es mío? ¡Don Rafael me lo regaló!

Mamá lo guarda bajo llave en un cajón.

Ese hombre es peligroso. No te acerques a él.

Durante días, me lleva y me trae del cole como si fuera un paquete frágil. Me siento enjaulado.

¿Por qué no puedo ver a don Rafael? pregunto cada día.

Porque es un mentiroso responde. Y los mentirosos hacen daño.

Pero yo sé que don Rafael no miente. Sus ojos son sinceros, y él mismo me enseñó que los mentirosos no miran a la cara.

Un jueves, me escapo. Le digo a mamá que voy al baño en el recreo y corro a la plaza.

Don Rafael no está. La señora de los churros me explica con voz apagada:

Cariño, don Rafael está en el hospital. Se lo llevaron anteayer.

¿Cuál hospital?

El Clínico, pero

No la dejo terminar. Llego sin aliento, sudando como un pollo. En recepción, una enfermera me dice que está en la habitación 312.

Lo encuentro en una cama estrecha, rodeado de máquinas que pitan. Parece más pequeño sin su sombrero.

¡Don Rafael! grito.

Abre los ojos y esboza una sonrisa cansada.

Chaval Sabía que aparecerías.

¿Te pondrás bien?

Es cuestión de tiempo dice, intentando incorporarse. Acércate, tengo algo importante que contarte.

Me toma la mano. Sus dedos están fríos.

Álvaro, ¿sabes cuál es tu apellido completo?

Álvaro Méndez López.

¿Sabías que López era el apellido de tu padre?

Sí, mamá me lo dijo.

¿Y sabías que mi apellido también es López? Rafael López.

Me qued¿Entonces eres mi abuelo? pregunté, mientras las lágrimas caían sobre nuestras manos entrelazadas, y él asintió con un susurro que lo unía a mí para siempre.

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