El pobre hombre salva a la muchacha que se estaba ahogandoAl agradecerle, la joven le reveló que llevaba años persiguiendo un tesoro oculto en las cuevas de la sierra, y le pidió que la acompañara en la peligrosa búsqueda.

Víctor Ildefonso, recién acababa de colocar su escaso botín de la tarde en la cesta de mimbre y se encaminaba por la estrecha senda que llevaba a su desvencijado vagón, cuando se detuvo como si una centella lo hubiera alcanzado. No era una ilusión. Desde la densa niebla del río, tan espesa que no se le veía ni la mano frente a la cara, volvió a oírse el mismo sonido no un grito, sino un gemido de muerte, cargado de una horrorosa bestialidad que hizo que le recorrieran la espalda escalofríos sin remedio. Una mujer clamaba. El aullido del viento entre los viejos pinos despedazaba su voz, pero aún se lograban distinguir palabras. No pedía ayuda; suplicaba, volcando en aquel lamento toda la fuerza residual de su alma. A su lado había otro, cuyas ráfagas de agua, entrecortadas y frenéticas, llegaban hasta la orilla.

Sin vacilar ni un segundo, el hombre arrojó la cesta, y varios pececillos plateados se esparcieron sobre la arena húmeda. Deshaciéndose de su gruesa chaqueta de paño y de los pantalones de trabajo, quedó solo con una ropa interior gastada y se zambulló en la negra y helada corriente. El viento, como fiera enfurecida, alzaba las olas y le golpeaba la cara con espuma y salpicaduras.

Nadar resultó una tortura. La corriente, normalmente apacible, aquel día estaba traicionera y vigorosa, aferrándose a sus piernas con frías manoscadenas. Casi en el centro del cauce, donde el agua se volvía más oscura y profunda, luchaba desesperadamente una joven. Sus cabellos negros, semejantes a algas, se alzaban sobre la cresta de la ola y luego se hundían sin remedio en la negrura que la engullía. El muchacho al que ella imploraba, sin obtener respuesta, ya había llegado a la ribera opuesta. No volvió la vista atrás; sus movimientos eran bruscos, temerosos. Sacó una pequeña barca inflable, miró a los lados con la mirada salvaje de un animal, y retrocedió por la ribera del bosque, apresurándose a ocultarse entre su espesura salvadora.

La muchacha había dejado de gritar. No surgía a la superficie. Cuando Víctor, agotado, alcanzó el punto crítico, sólo quedaron en el agua círculos lentos y siniestros. Su corazón se hundió en los talones. Tras un profundo suspiro, se zambulló en la niebla helada. Sus manos encontraron la tela resbaladiza de la chaqueta; envolvió el cuerpo sin vida que estaba a sus espaldas y, con la otra mano como remo, batió con los pies, remando con desesperación de regreso a su orilla. Cada remada le devolvía una punzada ígnea en los músculos; cada inhalación era un gemido. Pero siguió, aferrado a la vida y al cuerpo que sostenía.

Al arrastrar a la joven a tierra firme, sin percibir su propio agotamiento, se puso manos a la obra. Sus manos, habituadas al trabajo duro, actuaron con rapidez y precisión: giros, presiones, respiración artificial. De los pulmones brotó el turbio agua del río y el cuerpo salvado estalló en una tos sorda y entrecortada. El aliento, débil, pero estable, volvió. Entonces la tuvo que calentar. Recogió las brasas moribundas del viejo fuego, construyó sobre ellas un lecho con los planos guijarros del lecho, lo cubrió con una gruesa capa de paja de abeto y, con sumo cuidado, depositó a la muchacha sobre esa improvisada camilla, cubriéndola con su única chaqueta impregnada de humo y sudor. Recogió los objetos esparcidos por la orilla, logró vestir la húmeda ropa al cuerpo congelado y se sentó junto al nuevo fuego, extendiendo sus manos temblorosas, blanquecinas por el frío, hacia la llama.

El calor se extendía lentamente, como si no quisiera penetrar la carne entumecida. La joven yacía inmóvil, solo un tenue vapor de su respiración revelaba que la vida aún latía. El agua helada y el choque habían hecho lo suyo, pero el hombre sabía que, con el tiempo, ella despertaría. Lo sabía como se conoce cada recodo de ese río.

Alzó la vista al cielo, cubierto por nubes bajas y pesadas. Ni las estrellas ni la luna lograban atravesar aquel velo de plomo. Era un vacío desolador.

Bajó la mirada a las lenguas de fuego y estas lo transportaron al recuerdo de aquel gris y despiadado atardecer que le había arrebatado todo.

Él, Lola y el pequeño Arturo habían ido de pesca, como lo hacían casi cada verano. Dejando a su esposa con el niño en la carpa, Víctor zarpó desde la orilla en una barquita vieja pero fiel.

Calentaos con un té, volveré pronto con el pescuezo lleno, y prepararemos la mejor sopa de pescado del mundo le guiñó el ojo a Lola, y una sonrisa alegre y despreocupada iluminó su rostro.

Ten cuidado, Víctor, el tiempo se está empeorando advirtió su mujer, observando las nubes que se acumulaban.

Conozco cada piedra de este cauce, no te preocupes replicó desde el agua, mientras sus remos partían la superficie como espejo.

Al llegar a su sitio favorito, lanzó las cañas y se sumergió en la espera ritual. Pero el cielo se oscureció de repente, como si hubiese anochecido. Un viento huracanado dobló los pinos hasta el suelo y una pared de agua se precipito del firmamento. La barca se tambaleó, salió despedida y, de pronto, se oyó un crujido seco: el casco se enganchó en una rama sumergida, afilada como puñal. Un silbido desagradable escapó del interior, y en un instante la barca se convirtió en un trozo informe de tela de caucho.

Víctor intentó nadar, pero una súbita y quemante calambre de agua helada paralizó su pierna. La lucha contra la furia del río era desigual. La corriente lo arrastró, lo estrelló contra algo sólido y la oscuridad lo engulló. No recobró el sentido hasta el tercer día, tendido sobre una rústica cama de paja en una choza desconocida, impregnada de humo y hierbas. Al intentar incorporarse sintió mareos y náuseas. En ese momento, la puerta se abrió con el crujido de unas sandalias; entró un anciano de rostro surcado por arrugas, como un mapa de los años.

¿Ya despertaste? gruñó sin mucho ánimo, colocando una taza de caldo humeante sobre una taburete. Bebe esta infusión, es hierba que detiene la sangre. Y come un poco de gachas, que si no, te quedas sin aliento.

¿Dónde estoy? crogó Víctor, y al oír el nombre de una zona lejana, comprendió con horror que había sido arrastrado cientos de kilómetros de su hogar.

Te ha llevado la corriente, muchacho continuó el anciano tras un breve silencio. Apenas los cazadores lograron arrastrarme hasta aquí. Pensaban que no volverías.

Víctor volvió a intentar sentarse, pero el anciano lo apartó con el dedo reseco:

Quédate allí, no pretendas ser héroe. Has perdido sangre, pues ahora sólo la muerte te aguarda si te esfuerzas. Recupera fuerzas, sé sumiso.

¿Y mi familia? La esposa, el hijo ¡no saben que sigo vivo! gritó Víctor con una nota desesperada, imaginando a Lola desangrada y sintiendo un nudo doloroso en el pecho.

No hay cartas ni mensajeros bufó el anciano. No hay oficina de correos aquí. Sólo bosque. Los lobos aúllan, los osos rugen. Nada más que la taiga.

¿Cómo viven aquí? preguntó Víctor, genuinamente sorprendido.

Con hierbas, setas, nueces y bayas. En invierno guardamos provisiones. Los cazadores aparecen de vez en cuando con ofrendas. Llevo ya veinte inviernos aquí suspiró el anciano, trepando con dificultad a su lecho y, entre crujidos, invitó a Víctor a descansar.

El sueño lo venció, y Víctor observó la tenue llama de la leña. La sombra proyectada sobre las paredes le mostraba, en su baile, los rostros de su mujer y su hijo. La nostalgia era tan aguda que apretó los dientes para no soltar un gemido. Afuera, la ventisca aullaba, borrando cualquier camino y esperanza.

Los días se sucedían, idénticos como nudos de una cuerda. Cada pequeño movimiento que su cuerpo fatigado lograba girar, sentarse, sostener una cuchara se convertía en una victoria diminuta que le regalaba una chispa de alegría.

Finalmente, como el anciano había pronosticado, logró ponerse de pie con la ayuda de una muleta. Cuando salió al exterior, el mundo había quedado cubierto por un blanco cegador, una nieve inmaculada que no conocía fin.

¿Cómo salgo de aquí? preguntó con cautela al viejo, intentando que su voz no delatara la desesperación.

No hay salida respondió el anciano sin más. No puedes caminar, y el sendero al camino principal está cubierto. Tendrás que esperar a la primavera. Si te recuperas, te acompañaré.

¿Y los cazadores? ¿Podrán ayudar?

Los cazadores aparecen en primavera y otoño, pero el terreno es ahora intransitable. Tal vez alguien se atreva, si la suerte gira movió la cabeza señalando el fuego, y echó otro leño a la hoguera.

Víctor se estremeció, emergiendo de los recuerdos como de una profunda garganta. El corazón le latía con la vieja y conocida angustia. Alimentó el fuego con unas cuantas ramitas secas, se puso en pie y se acercó a la joven. Su respiración se hizo más profunda y regular, aunque la consciencia aún no había vuelto por completo. Le acomodó la chaqueta y volvió al fuego, dejando que el pasado lo sumergiera de nuevo en su implacable remolino.

El anciano era un hombre de pocas palabras. Cuando Víctor recuperó suficiente fuerza para desplazarse por la choza, el viejo empezó a ayudarle poco a poco: quitaba la nieve de la puerta para que llegara la leña, partía troncos y avivaba la lumbre. La sopita de raíz y hierbas que antes le resultaba repulsiva, ahora la devoraba sin vacilación el hambre y el instinto de supervivencia eran más fuertes que cualquier asco. El té que el anciano preparaba con hierbas de verano le recordaba a Lola, que también solía añadir menta y tomillo a su infusión. Aquellos recuerdos eran a la vez dulces y amargos, como una herida que nunca deja de pulsar.

El invierno se alargó como una cárcel de hielo; el tiempo parecía haberse detenido. Cuando por fin la primavera empezó a deshielo, el hielo cedía a la tierra paso a paso. Dos meses más de encarnizada lucha entre invierno y primavera transcurrieron, y cuando Víctor volvió a sentir fuerza en las piernas, el anciano yacía enfermo.

No podré acompañarte, como quedamos murmuró mientras se recostaba en su lecho. Yo mismo me caí. Te levanté, ahora debo ponerme en pie.

¿Qué harás ahora? ¡Ven conmigo! En la ciudad hay médicos, un hospital

¡No hay médicos que te curen como nosotros! agitó con la mano cansada. Sólo saben cortar. Con vendas y hierbas nos libramos de la gangrena. Ve, y no te preocupes por mí. Mejoraré, no en esta vida.

El anciano le indicó el camino y Víctor, agradecido de corazón, se puso en marcha. Lo que parecía una ruta directa pronto se convirtió en un laberinto sin fin. Caminó hasta que cayó la noche, sin hallar rastro de sendero. Pasó la noche bajo los abetos; al despertar escuchó un crujido furtivo a sus espaldas. Al volverse, vio varios puntos verdes que brillaban en la penumbra: lobos. Sin dudar, trepó a la pino más alto y permaneció allí hasta el alba, aferrándose a la corteza con los dedos. Los lobos, al percibir la inutilidad de su intento, se retiraron en la madrugada. Descender fue, para él, una muerte segura.

Al día siguiente siguió caminando, sin ninguna esperanza. Los encuentros con jabalíes, linces y ardillas se volvieron rutinarios. Dormía en los árboles cuando hacía falta, se alimentaba de bayas del año anterior, de raíces y bebía de los arroyos del bosque, siempre alerta al más mínimo ruido. Pero no se rendía; debía volver a su familia, con vida.

Dos semanas se desvanecieron en la inmensidad de la sierra, sin que los días y las noches pudieran contarse.

Una mañana, entre los troncos, descubrió una construcción rectangular y ennegrecida: una choza de cazadores. Se arrastró hasta ella, casi perdiendo el sentido por el agotamiento, y la alegría que lo inundó fue casi dolorosa. La puerta llevaba una candela oxidada que apenas lograba abrir; el interior olía a polvo, a agujas de pino seco y a roedores. Una única ventana sucia iluminaba un amplio lecho de paja con una colcha de piel de oveja. Sobre la mesa había una bolsa de tela con sal, una caja de fósforos, medio saco de arroz y una taza de hojalata.

Salió, recogió leña y, hallando una pequeña explanada, encendió un fuego. Hervió en una lata de conserva agua del arroyo y preparó una infusión con hojas secas de grosella y menta que había hallado. Al probar el primer sorbo, sintió que la vida volvía a su cuerpo. Volvió a la choza, cerró la puerta con una rama, y se enterró bajo la gruesa piel de oveja.

Durmió como si hubiera muerto, la primera vez en meses. Lo despertó el rugido de un oso a pocos pasos. El miedo lo atenazó, pero la certeza de estar protegido por aquellas sólidas paredes de madera le dio valor.

No sabía qué hacer después. Vagabundear por un bosque desconocido era una sentencia de muerte. Allí había refugio, algo de comida y relativa seguridad. Decidió quedarse, aguardar, pues volver a casa era más incierto que morir allí.

Los fósforos escaseaban; aprendió a hacer fuego con la piedra, a secar setas y bayas en la chimenea y a recolectar hierbas curativas, recordando las lecciones del viejo curandero.

Pasó un mes, quizá más. Al amanecer, los disparos y los ladridos de perros le anunciaron la presencia de humanos. Salió de la choza, aún en calzoncillos, y corrió hacia el sonido, tartamudeando y tropezando entre raíces.

Le respondieron voces. Cuatro cazadores, por azar, habían llegado a aquella zona. Así Víctor logró ponerse en contacto con la gente. Llegó a la ciudad natal tras más de veinticuatro horas en vehículos de paso, casi sin dormir, con los puños apretados por la emoción. Se encontró ante la puerta familiar de un apartamento alquilado. El corazón le latía con fuerza, como si quisiera saltar del pecho. Tocó. La puerta la abrió un hombre desconocido, vestido con una camiseta de casa.

Le explicó que llevaba tres meses allí y que los anteriores inquilinos se habían marchado tras la muerte del marido, hundido. La palabra golpeó como una sentencia, como el peso de una gran bola de hierro. Entonces Lola me cree muerto pensó.

Sin saber a dónde ir, qué hacer, cómo seguir, el mundo giró a su alrededor. Deambuló sin rumbo y acabó en la comisaría del barrio. Allí, entre tropiezos, expuso suAl fin, Víctor comprendió que, pese a los años perdidos y las sombras del pasado, el regreso a casa y el abrazo de su familia eran la única luz que había esperado toda su vida.

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El pobre hombre salva a la muchacha que se estaba ahogandoAl agradecerle, la joven le reveló que llevaba años persiguiendo un tesoro oculto en las cuevas de la sierra, y le pidió que la acompañara en la peligrosa búsqueda.
“El perro ni siquiera quiere tus chuletas,” se rió mi marido mientras tiraba la comida. Ahora él come en un comedor social que patrocino.