1 de junio de 2026
Hoy me desperté sin necesidad de alarma, exactamente a las 6 en punto. Con la luz del amanecer filtrándose por la ventana del apartamento en el centro de Madrid, sentí que el día empezaría sin prisas y con ganas de caminar por la Gran Vía para cargar energías. Hace un año aprendí a levantarme de esa forma; ahora la rutina es respirar, estirar las piernas y observar el bullicio antes de enfrentar la oficina.
Salí del bloque y, al contrario de lo que solía hacer, no corrí hacia la parada del autobús. Me alegré de no tener que meterme en una línea de la línea 27 abarrotada. En la oficina, mi puesto es mayormente sentadodepie, así que la marcha matutina me ayuda a combinar lo útil con lo placentero.
Al pasar por la parada, escuché un timbre tenue, casi imperceptible entre el ruido del tráfico. Giré la cabeza y vi, junto a un banco, un teléfono móvil viejo, de teclas, olvidado sobre la acera. En la época actual pocos se animan a usar esos teléfonos de ladrillo; sólo algunos mayores que no quieren o no pueden pasar a la pantalla táctil.
Instintivamente me acerqué y, al levantar el aparato, en la pantalla apareció en letras grandes: **ABUELA QUERIDA**. Antes de que pudiera pulsar, la llamada pasó a mensaje perdido. Unos segundos después volvió a sonar. Presioné el botón verde y acerqué el auricular a la oreja.
**Sas, ¿por qué no contestas? ¿Todo bien?** escuché una voz femenina, emocionada, que me dejó sin aliento. ¿Cómo sabe esta mujer mi nombre? ¿Será una broma? pensé, mientras escudriñaba a mi alrededor en busca de alguna cámara. No vi a nadie.
**Sas, ¿qué ocurre?** insistió la voz.
**¿Quién es usted?** respondí, intentando ocultar mi sorpresa.
**Soy Valentina Pérez. Llamaba a mi nieto y, por error, he marcado su número. No entiendo cómo ha llegado a usted. Perdón, por Dios.** la mujer exhaló con un suspiro profundo.
Quise explicar que había encontrado el móvil y preguntar cómo devolvérselo, pero Valentina colgó antes de que pudiera decir algo. Continué caminando hacia el edificio de la empresa donde trabajo cuando el teléfono volvió a sonar.
**¿Hola?** respondí.
**¡Sas! Otra vez, ¿no será que he marcado mal?** repitió la misma voz.
**Valentina Pérez, buenas tardes. No apague el teléfono. Resulta que también me llamo Sas, pero no conozco a su nieto. Lo encontré abajo, junto a la parada. Quizá lo perdió.** le dije, intentando calmarla.
**¡Yo tengo su número guardado en la agenda! No puedo equivocarme. ¿Qué hago ahora? ¿Cómo contacto a mi nieto?** se lamentó.
**Yo no puedo ayudarle directamente, pero podría llevar el móvil a su nieto. ¿Dónde está usted?** pregunté.
Miré la hora; el informe que debía entregar estaba a medio terminar y el comité de dirección me esperaba en una reunión. No podía perder tiempo.
**Estoy en mi casa de campo, en la sierra de Guadarrama. No sé cuándo regresaré. Tengo un problema…** balbuceó Valentina.
**¿Qué problema?** le pregunté, intrigado.
**Mi gata está atrapada en el pozo del jardín. No sé cómo subió allí; alguien la tiró. Está llorando, no puede salir, y yo no puedo bajar a salvarla.** explicó, con la voz quebrada.
**¿Y no hay vecinos que le ayuden?** intenté razonar.
**Se fueron todos con el fin de la temporada. Yo sólo vine a recoger la leña y la placa eléctrica que había olvidado. Además, la tapa metálica del pozo ha desaparecido.** suspiró.
Sentí una punzada de compasión. No podía abandonar mi trabajo, pero tampoco podía dejar a esa anciana sola con su gato.
**Valentina, dígame la dirección exacta de su finca; llamaré a los servicios de socorro.** dije.
El móvil empezó a apagarse. Pulsé los botones una y otra vez, pero la batería estaba a punto de morir. En ese momento, un coche gris del director de la compañía, Ignacio Sánchez, aparcó frente al edificio. El hombre que bajó, de unos sesenta años, lucía una cabellera canosa que le confería aún más dignidad.
**Sas, ¿qué haces aquí parado?** me saludó con una sonrisa.
**Vamos a trabajar, Ignacio.** respondí, intentando disimular mi nerviosismo.
Ignacio me miró con cierta preocupación.
**¿Dormido? ¿Te falta el informe?** preguntó.
**Todo bajo control, señor. El informe estará listo a tiempo.** aseguré.
Él me animó y, mientras me dirigía a mi puesto, mi mente no dejaba de volver a Valentina y a su gato. Imaginé a la anciana descendiendo al pozo, una escena tan absurda que me heló la sangre. No podía quedarme de brazos cruzados.
Me levanté de la silla, agarré mi chaqueta y corrí hacia la salida. Allí me encontré cara a cara con mi colega, Nicolás Kolo Martínez, quien siempre había sentido envidia de mi buena relación con la dirección.
**¿A dónde vas de una tirada?** me espetó con sarcasmo.
**Tengo un asunto urgente.** respondí sin entrar en detalles.
**¿El jefe está al tanto?** preguntó, intentando enturbiarme.
Antes de poder responder, el móvil volvió a sonar. Era otra llamada de Valentina.
**Sas, ¿está usted allí?** volvió a preguntar la voz temblorosa.
**Sí, soy yo.** contesté.
**No sé dónde está mi casa. No recuerdo la calle.** balbuceó.
Sin más, subí al coche de Ignacio y le pedí que me llevara al campo. Le expliqué rápidamente la urgencia; él, aunque reticente, accedió, diciendo que una reunión podía posponerse.
El coche giró por la autopista y, tras una hora, llegamos a la entrada de la urbanización de la sierra. Desde allí, la ruta a la finca de Valentina era un laberinto de caminos rurales. Pregunté a los vecinos si conocían alguna casa de campo; ninguno respondió. Finalmente, grité:
**¡Valentina Pérez!** a modo de llamado desesperado.
Una anciana apareció detrás de una verja oxidada.
**¿Usted es el que buscaba?** preguntó, sorprendente.
**Soy Alejandro, el que encontró el teléfono.** le dije, entregándole el móvil.
**¡Mil gracias!** exclamó, aliviada. **Vamos al pozo.**
Caminamos hasta el viejo pozo seco. La tapa de metal había sido arrancada, y en el fondo, a cuatro metros de profundidad, vi a la gata, una pequeña bola de pelos temblorosa.
**¿No tiene una escalera?** pregunté.
**Nunca la instalamos.** contestó, con la voz cargada de resignación.
Le pedí que buscara una cuerda gruesa en el cobertizo. Tras varios minutos de rebuscar entre viejas herramientas, regresó con una soga de cáñamo, bastante delgada pero resistente.
Atamos un extremo a una piedra del borde y arrojamos el otro al interior del pozo. La cuerda tenía suficiente largo, unos doce metros, para que pudiera bajar.
**Valentina, cuando llegue al fondo, sujétese y yo la subiré.** le indiqué.
Descií con cuidado, y la gata, al principio asustada, se encogió contra la pared del pozo, bufando. Tras unos minutos, se calmó y, sorprendentemente, empezó a maullar con fuerza: estaba a punto de dar a luz.
**¡Aparecerá una camada!** exclamó Valentina, temblorosa.
**¿Tiene una caja de cartón?** pregunté.
Corrió al cobertizo y volvió con una caja vieja. La introduje dentro, haciendo dos agujeros para pasar la cuerda y la sostuve con la mano mientras Valentina la subía lentamente.
Cuando la gata empezó a contraer, el maullido se volvió más intenso. Finalmente, la pequeña salió con un maullido débil, seguida de dos gatinillos que apenas movían la cabeza. Valentina soltó un suspiro de alivio.
**¡Un gatito ya!** gritó, riendo entre lágrimas.
Yo intenté subir, pero la cuerda empezó a resbalar. Sentí que perdía el agarre y, en un instante, caí de nuevo al fondo, golpeándome ligeramente la rodilla.
**¡Sas! ¿Estás bien?** gritó Valentina, aterrada.
**¡Vivo!** respondí, aunque con el temor de haber roto la soga.
Afortunadamente, el nudo se había desatado, no se había roto. Valentina intentó atrapar el otro extremo, pero la distancia le impedía alcanzarlo. Entonces, apareció Ignacio Sánchez, quien había llegado en su coche de empresa tras el llamado de emergencia de Valentina.
**¿Qué ocurre aquí?** preguntó, mirando la escena.
Con su ayuda, logramos atar bien la cuerda y, finalmente, subir al pozo con la gata y sus crías. Todos celebramos, y Valentina, entre sollozos de gratitud, me ofreció una taza de café recién hecho.
Regresamos al coche y, mientras conducíamos de vuelta a Madrid, reflexioné sobre lo ocurrido. Al llegar a la oficina, el director me recibió con una mezcla de enfado y curiosidad.
**¿Qué te ha pasado, Alejandro? Te fuiste sin avisar, con el informe a medio terminar.** recriminó Ignacio.
**Acepto mi culpa, señor. No quise fallar, pero la vida a veces pone obstáculos inesperados.** respondí.
Él asintió, comprendiendo.
**Has demostrado que sabes priorizar a las personas, aunque el trabajo sea importante. Eso habla bien de ti.** dijo, sonriendo.
Al final del día, mientras anotaba todo en mi cuaderno, comprendí una lección que quiero consagrar en estas líneas:
> *No basta con cumplir horarios y metas; la verdadera medida de un hombre está en su capacidad de tender la mano cuando alguien, aunque sea una anciana desconocida y su gato, lo necesita. La solidaridad no es un lujo, es la esencia de la dignidad.*
Con esta reflexión cierro la entrada, recordando que el futuro no se mide solo en euros o informes, sino en los actos de humanidad que sembramos en el camino.






