**15 de octubre, 2026**
Querido diario,
Mamá, ya vuelvo. Veinte minutos, no más dije mientras estaba en el umbral de la habitación, intentando forzar una sonrisa que se escapaba entre los labios temblorosos.
Sólo no tardes mucho contestó Celia, acostada de lado aferrándose a la manta. El médico le había dicho que la perfusión llegaría al atardecer.
Le di un asentimiento, me lancé la chaqueta al hombro y salí. La calle estaba húmeda y el viento soplaba con fuerza. Octubre en Segovia nunca perdona a los transeúntes: llueve a cántaros, el viento levanta charcos que reflejan el gris melancólico del otoño castellano, el cielo parece aplastado y la gente camina en silencio, como si aguardara el fin de algo.
Caminé hacia la parada del autobús con la sensación de que no alcanzaba a llegar a tiempo. No a la parada, sino a la vida que se me escurría entre los dedos, a todo lo que pasaba sin detenerse.
Hace tres semanas los médicos anunciaron que mi madre estaba en la etapa final. No lloré entonces. Me senté en una banca frente al morgue por alguna razón mis pasos me llevaron allí y esperé a que cayera la noche.
¿Te vas a ir ya? me preguntó el compañero de habitación, un anciano de cuello delgado y ojos cargados de una espera infinita.
Estoy esperando a mi hijo respondió Celia con una sonrisa cansada él prometió venir al atardecer.
¿Viene a menudo?
Cada día. Pero a veces me pregunto ¿no será mejor dejarlo ir? Después de todo, él también tiene su vida.
El viejo tosió y, en voz queda, añadió:
No eres tú quien lo retiene, es él quien no se suelta. Mientras no lo haga, tú no podrás marcharte.
Celia volvió la vista a la ventana. Detrás del cristal la lluvia caía sin remedio. Resulta extraño, porque antes le encantaba la lluvia. En su juventud la encontraba romántica: sentarse en la cocina con una taza humeante y escuchar el golpeteo de las gotas contra el alféizar. Ahora sólo le impedía ver.
Yo entré al viejo parque donde, de niño, Celia y yo deslizábamos en trineo. Frente a la tercera haya del ingreso, ella me dijo una vez:
Hijo, no importa lo que hagas. Lo esencial es que después de ti alguien pueda sonreír. Al menos una persona.
Entonces no lo comprendí; ahora lo entiendo demasiado bien.
El móvil vibró: Mamá: No te apresures, estoy bien. Sonreí automáticamente; últimamente ella solía enviarme ese mensaje, probablemente para que no me angustiaría.
La habitación quedó en silencio. El anciano se quedó dormido, la enfermera se había marchado. Celia miraba al techo cuando, de pronto, escuchó una melodía proveniente del pasillo: la vieja canción del grupo *Los Chichos*, Lluvia de otoño.
Sonrió para sí misma. ¡Madre mía, mira tú! Hasta aquí murmuró, cerrando los ojos.
Y entonces, alguien se sentó a su lado, tan callado como el viento.
No temas dijo una voz, todo está ya.
No abrió los ojos, sólo exhaló y susurró:
Solo espero que él no llore.
Cuarenta minutos después corrí de vuelta. Los médicos ya habían salido de la habitación, la enfermera permanecía junto a la puerta con los ojos rojos. Lo entendí sin palabras.
¿Puedo? pregunté en voz baja.
Sí asintió ella, pero sólo un momento.
Me senté junto a ella. Celía descansaba tranquila, casi con una leve sonrisa. En la mesita había su móvil, la pantalla parpadeaba con un mensaje sin enviar:
Jorge, no esperes milagros. Sé tú el milagro.
Lo miré hasta que la vista se volvió dolorosa. Entonces noté en el cristal, donde la lluvia trazaba finas líneas, un pequeño corazón dibujado como si alguien lo hubiera pintado con el dedo desde dentro. Sonreí, la primera en días.
Ha pasado un año.
Hoy estoy en la entrada del Servicio de Oncología Pediátrica con un termo de café y una cesta de frutas.
¿Usted es voluntario? preguntó la guardia.
Sí respondí con una sonrisa, solo quiero que alguien vuelva a sonreír.
Al poco, un niño calvo se acercó corriendo y gritó:
¡Tío, mira, estoy mejorando!
Supe entonces que los milagros sí existen, aunque a veces lleguen a través de nosotros.
A veces, la magia se escribe con pequeños gestos y con la paciencia de esperar a que la lluvia deje de golpear el cristal.
Hasta la próxima.
Jorge.







