Todo lo que queda despuésAl abrir la puerta, descubrió que el silencio había tomado forma de una luz tenue que se desvanecía lentamente en la penumbra.

Mamá, ya vuelvo. Unos veinte minutos, no más Iker García estaba en la puerta del pabellón, intentando forzar una sonrisa mientras sus labios temblaban.

No tardes demasiado Begoña López, recostada de lado y aferrada a la manta, respondió el médico dijo que por la noche habrá la perfusión.

Iker asintió, se echó la chaqueta sobre el hombro y salió. Afuera la lluvia caía a cántaros y el viento azotaba sin descanso. Octubre en Valladolid nunca perdona a los peatones: charcos que reflejan el gris del cielo, gente que camina con la cabeza gacha, como si todo esperara el final del año.

Caminó hacia la parada del autobús con la sensación de que el tiempo se le escapaba de las manos. No solo el autobús, sino la vida misma, y todo lo que pasa a su alrededor.

Tres semanas atrás los médicos habían dicho a Begoña que estaba en la última fase. Entonces no derramó una lágrima; se sentó en la banca frente al morgue por alguna extraña razón, sus pies la llevaron allí y quedó allí hasta que cayó la noche.

¿Te vas a mudar, pues? preguntó el compañero de cuarto, un anciano de cuello delgado y ojos que siempre miraban al horizonte con una espera infinita.

Espero a mi hijo respondió Begoña, esbozando una sonrisa cansada él prometió venir esta tarde.

¿Viene a menudo?

Cada día. Pero a veces me pregunto ¿no será mejor dejarlo ir? Después de todo, él tiene su propia vida.

El anciano tosió y, en voz baja, dijo:

No eres tú quien lo suelta, es él quien no se deja soltar. Mientras no lo haga, tú no podrás partir.

Begoña volvió la vista a la ventana. Detrás del cristal la lluvia caía sin remedio. Resultaba extraño, pues antes le encantaba la lluvia. De joven la veía como algo romántico: estar en la cocina con una taza de té caliente y escuchar el golpeteo de las gotas contra el alféizar. Ahora sólo le impedía ver.

Iker se internó en el viejo parque donde, de niño, había deslizado trineos con su madre. Allí, junto al tercer álamo desde la entrada, ella le había dicho una vez:

Sabes, hijo, no importa lo que hagas. Lo esencial es que, después de ti, alguien vuelva a sonreír. Al menos una persona.

Él no lo había comprendido entonces; hoy lo entendía con una claridad dolorosa.

El móvil vibró: «Mamá: No te apresures, estoy bien». Iker sonrió sin ganas; últimamente ella solía escribir «no te apresures», quizá para que él no se angustiara.

En la habitación todo se volvió silencio. El anciano dormía, la enfermera se había marchado. Begoña, mirando al techo, escuchó de pronto música. Desde algún pasillo lejano resonaba una canción vieja de Los Secretos, Lluvia de otoño. Una sonrisa se dibujó en su rostro.

Madre mía, qué ironía pensó, cerrando los ojos.

De pronto, una presencia se sentó a su lado, tan callada como el viento.

No temas susurró una voz todo está ya.

No abrió los ojos; solo exhaló y murmuró:

Ojalá él no llore.

Iker llegó cuarenta minutos después. Los médicos ya habían abandonado la habitación; la enfermera estaba en la puerta, los ojos rojizados.

Entendió sin palabras.

¿Puedo? preguntó en voz baja.

Sí asintió la enfermera pero sólo un momento.

Se sentó junto a la cama. La madre reposaba tranquila, como si una leve sonrisa la habitara. Sobre la mesilla descansaba el móvil, la pantalla parpadeando con un mensaje sin enviar:

«Iker, no esperes milagros. Sé tú el milagro».

Lo miró hasta que el dolor le hizo cerrar los ojos.

Entonces vio, en la ventana, donde la lluvia dibujaba finas líneas, una pequeña forma de corazón, como si alguien lo hubiera trazado con el dedo desde el interior. Sonrió; era la primera vez en varios días que la tristeza cedía.

Un año pasó.

Iker estaba en la entrada del servicio de oncología infantil, con un termo de café y una cesta de frutas.

¿Usted es voluntario? preguntó la guardia.

Sí respondió con una sonrisa sólo quiero que alguien vuelva a sonreír.

En el pasillo se le acercó un niño calvo, gritando:

¡Tío, mira, ya estoy curando!

Iker sintió que la magia, aunque escasa, sí existía.

A veces, los milagros llegan a través de nosotros.

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Todo lo que queda despuésAl abrir la puerta, descubrió que el silencio había tomado forma de una luz tenue que se desvanecía lentamente en la penumbra.
Tras el nacimiento de nuestra hija, mi marido empezó a desaparecer cada noche. Estaba convencida de que me ocultaba algo, hasta que descubrí una verdad asombrosa