La casa de campo española

La Casa de Campo

Pues ya está, febrero de nuevo suspiró Enriqueta Suárez. Otra vez febrero

¿Y qué? pregunté yo, saboreando el té caliente con una rodaja de limón, desde la taza alta que me acababa de servir mi suegra. Pronto será primavera, ¿y suspiras como si te hubiera caído encima una desgracia?

Para ti será primavera, Salva, pero para mí otra vez los semilleros, esas ramitas en los vasos, a ver si brotan o no, que si hay luz, que si demasiada agua, que si las semillas son malas Enriqueta me miró con esa expresión de quien piensa que ni en un millón de años llegaré a entender su tormento. Profesor sí, pero para ella, un poco simplón de campo. Volvió a menear la mano, como diciendo que su vida estaba perdida, sin sentido. ¡Y todo por culpa de la casa de campo! ¡Esa maldita finca en las afueras de Segovia, que le había caído en herencia! Ojalá ardiera, o cayera un meteorito, o se la expropiaran para hacer una autovía de esas que salen en los periódicos.

Pero bueno respondí, una vez más pecando de poco comprensivo. Lo hacía a propósito, lo admito: a Enriqueta le gustaba sentirse mártir. Alba su hija y mi mujer solía decir que de joven fui un poco cabra loca, que un día me di un buen golpe en la cabeza y de ahí venía mi incapacidad para entender los dramas de su madre.

Salva, hombre de ciencia, profe y ejemplo de la Universidad de Valladolid, y hablas y tomas el té como si fueras un labrador de Soria. Pero, ¿qué significa ese bueno? Y no, ¡no lo sorbas así, a tragos largos! Mejor a sorbitos, ¿vale? ¡Y toma mermelada! me empujó el cuenco de cristal hacia adelante. De frambuesa, tu favorita, ¡grano a grano recogida por estas manos! y alargó las manos manchadas por el tiempo . Me dejé los dedos y el alma en la finca recogiendo cada baya, ¡y tú ni la pruebas!

¡Sí que pruebo, sí! ¡Mira, una cucharada entera! ¡Madre mía, qué rico, qué maravilla! ¡Enriqueta, mi alma canta, mejor que ese Sabina tuyo! respondí y reía, sabiendo que en parte la estaba provocando. Enriqueta se agitó con un bufido. Todos absolutamente todos le fastidiábamos a propósito, estaba segura. Yo hacía el payaso, Alba siempre me defendía, y quién sabe qué le vio, porque ni guapo, ni nada ¡Y aun así, corrió a casarse conmigo! Seguro que era para fastidiar a su madre.

¡Ay, Enriqueta, eres nuestro sol, nuestro tesoro! ¡Déjame que te de un beso, que con esto que nos has preparado se me enternece el espíritu! me acerqué haciendo el payaso, y ella, entre indignada y resignada, al final me puso la mejilla.

La besé, de esos besos dulces, como un chiquillo, y aunque refunfuñaba, se le notaba el orgullo por su mermelada. ¡Le había salido de fábula, todo hay que decirlo!

Entonces, sonó la puerta de entrada. Enriqueta se irguió, poniéndose en pose de martirio.

¡Mira, casi medianoche y tu mujer vuelve ahora! me reprochó, pero yo, entre el calor de la cocina, el olor de la mermelada y el té, sólo pude sonreír exultante.

¡No temas, llegó con Manuel, el chófer! Yo lo mandé a buscarla, confía. Manuel es de fiar, quiere y respeta mucho a Alba respondí, sonriendo a mi mujer mientras asomaba la cabeza por la puerta, me guiñaba un ojo, respiraba hondo aquel perfume a frambuesa y corría a abrazar a su madre. Alba llegó con las mejillas heladas, agujas rojas por el frío, y venía de casa de una amiga. Buen rato, conversación animada, y ahora, de vuelta a casa, a la madre y a mí.

Mamá, no grites, que sólo te enfadas. Mira, compré todas las semillas que me pediste, las mismas variedades se sentó Alba, se sirvió una buena cucharada de mermelada, y saludó. Buenas, Salva.

La miré, feliz de verla sonrojada y contenta, luego miré a Enriqueta, y puse cara de resignación.

¡Claro, por supuesto! empezó ella su letanía. Yo lo pido, lo necesito. Pero vosotros, ¡nada! Vosotros, césped y jardineras, y esas cosas ¿cómo eran, Salva?

Petunias. Este año queremos petunias levanté el dedo. Alba, devuélveme las vitaminas, que estoy malo, mira cómo toso y pegué un par de toses sonoras.

Alba me sacó la lengua y aferró la mermelada.

Juntos éramos una pareja curiosa, nos parecíamos bastante, aunque yo le llevaba nueve años. Yo la cuidaba, la regañaba a veces, y ella siempre soñadora, rodeada de cantantes, actores, con artistas pululando a su alrededor. A veces temo parecerle un viejo achacoso, y eso me asusta: Alba es pasional, le pierden las historias de amor, y esos hombres con labia pueden volverle la cabeza fácil. No lo soportaría, perdería hasta las ganas de vivir.

Pero bueno, ¡que sólo discutís! En la despensa hay otras cinco mermeladas como esa, y diez de fresa. ¡Podéis abriros todas! bufó Enriqueta. Ahora, cuando hay que recoger bayas delicadas, a mano y una a una, no aparece nadie: uno con sus clases todo el año, la otra de paseo por Toledo, y yo arrastrando el carrito entre zarzas, todos los dedos sangrando

Si es que eres nuestra cuidadora, la que nos da vida, ¡nuestra salvadora! exclamó Alba y abrazó a su madre. Te queremos muchísimo. Mamá, no te enfades tanto. Marina Gómez te da recuerdos. ¿Te acuerdas de ella? Mi amiga del colegio, morena, ¿te acuerdas?

¡Déjame ya con tu Marina! repuso Enriqueta. Pegajosas tienes las manos, la boca, y la mantelería toda manchada. ¡Dejadme en paz! refunfuñó mientras se levantaba a contar los sobres de semillas. ¡Pero Alba! ¡Si te dije una cantidad y has comprado otra! ¡Así no llegamos! ¡Estoy harta! ¡Plantadlo vosotras si tanto os gusta!

Y se fue bufando por la casa, hoja tras hoja, quejándose. Yo me quedé solo con Alba.

¿Y tú qué piensas? ¿Y si de verdad vendemos la casa de campo? le susurré. Ya está bien de oír lamentos cada año. Para ella es un sufrimiento, y para nosotros un castigo. ¡No le gusta el campo, ni el invernadero, ni el huerto! ¡Todo lo maldice, hasta la última mata!

No sé dudó Alba Me da pena. ¿Y el desván, las bicis, el estanque, las casitas de pájaros? No le hagas caso, cada primavera es igual, lo tiene por costumbre, como si calentara motores. Le dolerán las piernas, o algo no es por maldad.

No puedo ni oírlo, la verdad. Disfruto el dulzor de la mermelada y sigo oyendo sus quejas. Si abrimos los pepinillos en una fiesta, llora por sus riñones, igual con todo

Y ninguno le ayuda ni lo más mínimo Ni lo más mínimo añadió Alba, negando con la cabeza. Pero si tanto le pesa, dejad crecer sólo césped. Que crezca lo que quiera la naturaleza, que tú luego cortas la hierba. Te conseguimos una guadaña, te pongo camisa bordada, pantalón ancho, botas y todo bromeó Alba abrazándome por detrás . ¿Quieres más té? Se está tan bien

Me encogí de hombros, rechacé el té y resoplé:

Y a tirar el invernadero, ¡solo estorba! Allí pondré una fuente. En serio, Alba, me siento atado todo el verano a esas rosas, la col que se pudre, los bichos comiéndoselo todo ¡Y el riego! El riego me mata. Los mosquitos me devoran y tu madre nunca deja abandonar los tiestos: que si el agua, que si a regar como los cánones. ¡Qué horror de casa de campo, Alba!

Alba se marchitó un segundo. ¿Cómo renunciar a aquello? Toda la infancia entre Segovia y Madrid, jugando en la arena, con gallinas y un perro Triqui. Y la gata bajo la escalinata, la que sua abuela alimentaba con leche. Al principio el trabajo era de la abuela, sus padres iban solo los fines de semana. Ella no se quejaba, tenía aventuras en el huerto, iba con el abuelo a pescar, a buscar setas, plantaban pimientos y hasta una vez criaron una sandía.

Después, murieron sus abuelos y la finca pasó a Enriqueta. Ya no tenía trabajo, la pensión del marido les permitía vivir bien. Enriqueta y su hija se mudaban medio año a la casa, al principio sin interés por el campo. Si la grosella daba bayas, bien, y las manzanas que cayeran, pues Dios las mandaba. Pero cavar, blanquear los troncos, podar para nada. Hasta que las cosas se pusieron feas y hubo que buscarse la vida. Y ahí se hizo fuerte: semilleros, rosas, dalias, fresas, ¡de todo! No le importaba vender ramos y fruta, incluso secretamente le gustaba ese aire de misterio de la viuda con mermeladas exquisitas.

Alba, sin embargo, era una niña normal, siempre correteando, y conocía cada rincón de la casa.

A los dos años, Enriqueta ya era una verdadera experta de campo, entre tierra negra de Castilla y abono de caballo del bueno. Tenía siete hileras de fresas, y las amigas venían a admirar el huerto, sentadas bajo el manzano viejo probando las bayas. Todo le crecía robusto, porque tenía mano. En cada festín de fiestas había conservas y encurtidos.

Las setas, las mejores: Enriqueta salía al monte de madrugada y regresaba con haces de níscalos, trayendo también a Alba para ayudar. Entre limpiar, cocer y embotar hacía veinticinco botes por temporada. Las navidades en casa de los Suárez eran un trasiego de abrigos y banquetes, y todos a comer conservas y a alabar las manos de Enriqueta, que se sonrojaba y reía pegada al hombro de su marido.

Ahora, ¿iban a dejar todo eso? Daba mucha pena, pero Enriqueta se quejaba cada vez más y Salva empezaba a estar harto. Desde que murió el marido de Enriqueta, aguantó un tiempo, pero ahora la mujer frecuentemente se venía abajo.

De hecho, comprador ya tengo: el Doctor Ortega, ¿te acuerdas? El que en nuestra boda se tiró al río borracho perdido contó Alba. Lleva años preguntando si la venderíamos. Promete pagar bien, podríamos comprar una casa en la Costa del Sol y pasar el verano a remojo. Noté que la mermelada me sabía más ácida de pronto. Le vendría fenomenal a tu madre, natación y sal marina, ¿no?

Alba se encogió de hombros, pensativa. El mar era tentador, sin duda, pero abandonar el estanque, los juncos, su dormitorio ¿cómo hacer semejante cosa?

No se decidió nada aquella tarde, luego nos absorbieron los trabajos, las clases y la rutina. Alba con su centro cultural, yo entre conferencias y exámenes. Pero cada noche Enriqueta montaba guardia gritando:

¿Quién deja las ventanas abiertas? ¡Vais a matar mis semilleros! ¡Mirad cómo ha caído el pepino! ¡Empezaremos de cero!

A la semana, la letanía era:

¿Quién me ha cerrado las cortinas? ¿No sabéis que necesitan sol? Nadie riega las macetas, todo lo tengo que hacer yo. ¡Salva, que no soy de hierro!

Yo asentía, abría cortinas, cerraba ventanas, regaba, y cavilaba. Este año, Enriqueta había multiplicado por diez los plantones, parecía querer reconquistar toda la provincia con pétunias y tomates.

Llegó el gran día de trasladar todos los cachivaches a la casa de campo. ¡No cabía nada! Entre cestas y cajas, sudé la gota gorda para meterlo en el coche.

¡Como sea para llenarlo de trastos, ahí sí sabéis! Pero pon mis plantas, que me dejo la vida, y ¡no caben! bufó Enriqueta. Finalmente, subió al coche apretujada por sus hijos en macetas, las piernas dobladas para que no se caigan los pimientos tiernos.

Ya en la finca, limpiar, recoger restos, destapar rosales todo costaba más que antes. Enriqueta refunfuñaba mientras gateaba, yo la seguía gruñón, Alba fregaba cristales.

Ten paciencia, Salva. Ya verás, en verano se le pasa, como a mi abuela. Es de familia me susurraba. Y yo la cazaba a escondidas y la besaba, apretándola como cuando éramos novios: entonces Alba se refugiaba en mi pecho, olía a leña y colonia masculina. Todo estaba bien.

Parecía que todo iba asentándose, hasta que tres groselleros murieron de golpe. Eran los de frutos más jugosos, Enriqueta los mimaba como oro.

¡Y ya está bien! Pedí mil veces que arreglarais la valla, pero para vosotros siempre hay algo más. ¡Ya no cuido nada, luego a comprarlo todo al súper y a envasarlo industrial! ¡Yo tengo mis límites también!

Y seguía con la lista de agravios a hija, yerno, vecinos, clima y hasta gobierno, hasta que reventé tirando la pala:

Se acabó, vendemos ya. ¿Firmas los papeles?

Se me quedó mirando, se encogió de hombros:

Mañana mismo si quieres.

Y así fue.

Al día siguiente llegaron Ortega y su prole a ver la finca. Le recibí en la puerta; Alba, junto a su madre en la terraza. Enriqueta apenas les dirigió un gesto y se refugió en el salón.

Mire, Olegario dije a Ortega , aquí está el huerto, abonado cada otoño; allí la caseta, con agua corriente, el invernadero obra de mi suegra

¿Ella sola? ¡Qué mujer! exclamó Ortega.

Bueno, el marido construía, ella diseñaba planos. Arquitecta era.

Ortega y su esposa redonda, jovial dejaron a los niños pisotear el césped ajeno. ¿El agua es del pueblo? preguntó Ortega.

Faltaría más, aquí hasta los académicos tienen casa contesté alto.

Les enseñé el mueble del jardín, la leñera Mientras tanto, Enriqueta, tras una cortina, vigilaba a la manada de críos pisando sus fresas.

Bien, ya hemos encontrado a quién dejarle esto. Ni nos hace falta, que los niños de otros lo disfruten, los nuestros crecerán en Madrid murmuró, arrugando una hoja de su calendario de “Consejos del agricultor”. ¡Eh, vosotros, salid de ahí que están las fresas tiernas! chilló, asomando la cabeza por la ventana.

Los niños la miraron perplejos, Ortega seguía ajeno, explicando que lo suyo era quitar todo el huerto y poner una pista de pádel. Bueno, el caserío se queda, pero lo demás fuera. Las fresas se compran a buen precio, para qué partirse la espalda Ortega pisoteaba las matas de frambuesa, arrancaba un rosal importado de Francia, apisonándolo como si nada.

¡Alto ahí! ¡Fuera todos de mi tierra! estalló Enriqueta, como un pequeño toro azul de chándal, se lanzó sobre Ortega y recuperó el control: ¡No os lleváis ni una ramita! Bien decías que esto era de paleto, pero no decías eso cuando te comías mis pepinillos en el cumpleaños de mi yerno, ¿eh? Ni cuando tu madre pedía mi mermelada casera ¡Ni cuando el mercado te temblaba del gusto con mis rosas! Así que buscad otro solar y aquí no pisotea nadie mi herencia.

¡Enriqueta! intenté calmarla, tomándole el brazo . Qué vergüenza, por favor, ya acordamos vender…

No me vengas con eso, Salva, ¡yo aquí planto cara! gritaba.

Olegario recogió a su familia, su mujer, sus docenas de niños, y a otra cosa. Luego, ya con el coche rugiendo en la cuesta, me acerqué y le pasé discretamente un billete de cincuenta euros.

Gracias, Olegario, ha sido de Óscar. Seguro que ya no la oímos quejarse más. A vosotros, gracias infinitas les dije a modo de despedida.

Alba le saludó con la mano, todos sonrientes mientras el polvo de los Ortega se perdía por la carretera.

Al volver a la casa, Enriqueta estaba sentada junto a la mesa, recta y orgullosa, escribiendo algo antes de levantar la vista:

Yo no sé qué hacéis perdiendo el tiempo, vienen estos y aquellos, y aún tenemos que plantar todos los tomates y las judías verdes. ¡Aquí os he dejado vuestro plan de trabajo, que esto no se cultiva solo! Me voy a hablar con los pepinos, ¡algo les pasa!

Dos hojas con largas listas de tareas cayeron sobre la mesa.

Alba suspiró mientras las cogía y yo le susurré:

Nada, empezamos por los cristales, ya que no terminaste nuestra habitación, ¿verdad? Vamos, que yo te ayudo.

Subimos a la habitación mientras Enriqueta, con una sonrisa satisfecha, se dirigía de nuevo al invernadero. Tenía hijos un poco despistados, sí, pero con buen fondo. Y su huerta, la mejor de toda Castilla. Y sus futuros nietos, sin duda, estarían más sanos allí que en ninguna parte. Así que, ¿cómo iban a dejar que se marchitaran los pepinos?

Ese otoño, Enriqueta recogió veintiocho botes de pepinillos, algunos menos de tomates, y los pimientos no dieron mucha guerra, pero de setas como níscalos tuvieron la mejor cosecha en años. Entre mermelada de grosella, manzanas secas y condimentos, la despensa rebosaba para todo el invierno.

El año siguiente volveremos a la carga por el fruto de la tierra. No hay alternativa. Al final, he aprendido que cada uno tiene su refugio, y, aunque se queje, mi suegra sin la casa de campo, sencillamente no sería la misma. Yo tampoco.

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