Eroféyeva

¡Isabel María! ¡No te vayas! ¡Por favor, espera, quería hablar contigo! Junto a un coche aparcado en el estacionamiento del colegio, claramente caro y reluciente, esperaba una mujer igual de pulcra y cuidada, casi salida de una revista. Tenía el pelo perfectamente peinado, unas uñas impecables, la cara aniñada, un abrigo corto de piel plateada de última moda, pantalones entallados y unos botines que asomaban, quizás de charol o con lentejuelas. A Isabel, que echó un vistazo rápido a la que la llamaba, le dio apuro su abrigo gastado, el bolso de tela vieja lleno de cuadernos, y todo su aspecto sencillo. Solo le faltaban unas gafas redondas de pasta y un bastón para parecer una abuela; se sintió desubicada.

Isabel apretó su bolsa contra el pecho, como intentando tapar el abrigo barato con el dibujo de flamencos de la bolsa de tela.

¿Me decía algo? La escucho contestó tímidamente, retrocediendo un par de pasos para alejarse del charco iluminado por la farola.

Sí, a ti. ¿En qué coche vas? La del abrigo de piel miró alrededor. Solo había dos SEAT antiguos y el Mini de la directora ya había desaparecido rumbo a Majadahonda, donde doña Asunción tenía su chalé.

No tengo coche. Voy en metro. ¿Qué necesitabas? Perdona, mi jornada ha terminado y tengo prisa.

Isabel reconoció de inmediato a esa mujer arrogante. Claro, era Marina Cuenca ya no tan joven, más corpulenta quizá, pero con la misma voz tajante y esa forma de hablar como si hiciera un favor.

Venga, Isa, que ya te has dado cuenta Marina se acercó, dejando caer la máscara. Me has reconocido, ¿verdad? A ver si me tienes tanta manía. Han pasado muchos años. Por cierto, vengo como madre, no como excompañera. Eres la profe de Castellano de mi hijo Samuel, ¿no?

No lo sé, ¿cómo es tu hijo? Isabel se puso los guantes, buscando disimular el frío de la tarde. Solo pensaba en llegar a casa, preparar té y, mientras abraza la taza, dejarse calentar. Allí estaría Tomás, su gato, un señor felino callejero que rescató de la basura y que siempre la acompaña tras la merienda, hasta que exige sus mimos. Y la cena sencilla se haría sola, y al otro lado de la pared dormiría Lucía, su hija pequeña. ¡Ay, la niña! ¡Que la esperan en la guardería! Otra vez llegaría tarde y la señorita Margarita la regañaría por el retraso. Sinceramente, tengo prisa, tengo que ir a buscarla. Ven el jueves a hablarlo.

Isabel intentó escabullirse entre el gentío, pero Marina Cuenca no era de las que se rinden con facilidad.

¡Espera! ¡Que no te voy a comer! Sonrió mostrando unos dientes perfectamente blancos, labios rojísimos y carnosos. Te acerco, vente en el coche y hablamos. O si prefieres, voy a hablar con la directora, tú sabrás

Isabel sabía de qué era capaz Marina. Su madre, doña Angelines, era toda una experta en abrirse paso en cualquier sitio y había logrado para la familia invitaciones a todo tipo de eventos exclusivos: bailes en el Ayuntamiento, galas, concursos, premios escolares Su madre salía en la tele local siempre opinando sobre exposiciones, salvo en las noticias de sucesos, que le producían inestabilidad espiritual. Así era el clan Cuenca, siempre abriéndose camino.

Bueno, vale Te veo bien susurró Isabel, odiándose por volver a ser sumisa ante Marina.

Gracias. Parece que no te ha ido demasiado bien, ¿eh? Marina se encogió de hombros, saltó al coche, y le indicó el asiento del copiloto. ¿O prefieres el asiento de atrás? y sonrió con esos dientes blanquísimos.

Venga, voy delante, sí. Bonito coche. ¿Desde cuándo conduces? Isabel, incómoda, se abrochó como pudo el cinturón.

Desde los veinte. Cuando papá me dio su Fiat. Lo estampé al año, pero ¿quién no comete errores? Fanfarroneó Marina, mientras salía ágilmente del aparcamiento y se incorporaba a la calle, criticando a los demás conductores y acelerando con impaciencia. Me encanta conducir deprisa, cambiar de carril Lo llamo conducción guerrera.

Isabel se peleó con el cinturón y acomodó su bolso en el regazo.

¿Qué te pasa, que te sientes apretada? Ultimamente te veo más rellenita Seguro que es la comida del cole, la soledad y esas cosas.

¿Soledad? Isabel disimuló mal el fastidio. No he engordado, es el abrigo, oversize.

¡Claro! Así se oculta lo demás Bueno, tranquila. Conozco a un diseñador que te haría un conjunto perfecto para ti, te paso el contacto. Por cierto, ¿dijiste algo de soledad? preguntó Marina justo antes de bajar la ventanilla y gritar al coche de al lado.

Isabel, avergonzada, se encogió en su asiento. Siempre fue algo malhablada, Marina, pero tanto En fin.

Cuando finalmente la discusión acabó, Marina se volvió hacia Isabel.

¿Te dejo aquí? pidió Isabel, deseando bajarse. Al soltar el bolso, los cuadernos cayeron al suelo.

¡Con cuidado, que me distraes! bufó Marina. ¿Dónde quieres que te deje? ¿En medio del tráfico? Isa, sigues siendo igual de despistada Bueno, a lo que iba. Sobre mi hijo Samuel de repente, cambió el tono a ilusionado. Samuel era su todo, el niño mimado, su razón de ser. Y hablaba de él solo en ese tono o no hablaba en absoluto. En el cole es Samuel Gómez Cuenca suena bien, ¿a que sí? Isa, como profesora de Lengua, dime, ¿suena elegante o no?

Suena así que es tu hijo. Respondió Isabel, reprimiendo emociones. Hace poco que estudia aquí, ¿verdad? Y lo de Gómez ¿Es ese? No pudo terminar. El nombre de Diego le dolía. Todo lo pasado la inundó.

Último de Bachillerato, faltaban cinco días para graduarse. Exámenes aprobados, alegría de fin de curso. El padre de Diego le dejó el coche y las chicas del grupo se agolpaban para dar una vuelta. Marina iba delante como una reina, y Diego, que siempre le había rondado, parecía pendiente de ella

Isa, ¡deja los libros y vente a dar una vuelta!

La miró con tal intensidad que le temblaron las piernas.

¡Vente, o te volverás loca de tanto estudiar! ¡Vamos a bañarnos! Sonrió él.

Isabel, obedeciendo, se subió al coche. ¿Bañarse? ¿Y el bañador?, se le escapó. Todas rieron. Diego arrancó, salieron del asfalto y en el camino de tierra el traqueteo hizo que Isabel se marease. Le pidió que parara y, nada más salir, le dieron arcadas, ganas de llorar como una niña pequeña por sentirse distinta; ella no podía lanzarse a un río en ropa interior, ni tontear como Marina.

Diego se le acercó con una botella de agua. Se pasa si te sientas delante le dijo al ver la cara de Isabel.

Estaba ocupado murmuró Isabel, lavándose la cara. Ibas demasiado deprisa.

¡Ay, Isa! ¿Quién no le gusta la velocidad? Diego intentó decir algo más, pero el jolgorio lo reclamó, y volvió con las chicas.

A Isabel le acabó dando igual todo aquello. Sus braguitas de algodón, bien lavadas pero cortas de moda, no eran para presumir delante de nadie. Su madre siempre tenía claro qué era lo decente. Una vez, de compras, miró un conjunto rosa sintético y su madre la apartó: Eso es para gente ligera, Isabel.

En la graduación, Diego le dio las gracias por ayudarle en los estudios y le dio un beso indiferente en la mejilla. Como un familiar lejano, nada más. Isabel lloró tres días, luego su madre la envió al pueblo para despejarse.

¿Diego? Sí, es él sonrió Marina, triunfal. Era evidente que acabaría conmigo. Fuiste muy ingenua, Isa, nunca viste nada. Ya entonces estábamos… unidos por un secreto, digamos.

Ajá… Isabel no añadió nada.

No entiendes nada, ni falta que hace. A ver, el motivo de esto es que, ¿por qué machacas tanto a mi Samuel? Está todo el día con suspensos y notas justas Vamos a llevarle a la Autónoma. Le daré un empujón para salir adelante, como yo con mi carrera para contentar a mis padres. Marina se rió amargamente. No he trabajado un día de economista, ¡lo odio! Cuando monté con Diego nuestro salón de belleza, lo hacía todo: uñas, cortes, lo que fuese. Ahora tengo mi centro en Chamberí, ven cuando quieras te hago un cambio de look.

No hace falta. Samuel, sinceramente, no es nada aplicado. No puedo aprobarle si está lleno de faltas de ortografía, ¿cómo hago eso?

A Isabel le pesaba todo aquello. Ella luchó, estudió Filología, soñó con ser editora, periodista… y acabó de profesora de instituto, sin dinero ni reconocimiento, mientras Marina parecía tenerlo todo: coche, perfumes, marido, salón propio, y una autoestima inquebrantable.

Isabel sacó brillo a sus labios cortados con un poco de bálsamo del bolso. Al menos el detalle la hacía sentir algo mejor.

No pareces entenderme, Isa. Por mi Samuel, haré lo que sea. Si le pones pegas, puedes tener problemas en este colegio. Directora y todo, ¿eh? Para ti este trabajo lo es todo. ¿Vives sola? ¿Hijos? Bueno, hemos llegado. Bájate, que no soy taxi soltó Marina, enfadada.

Isabel abrió la puerta bajo la lluvia fina. ¡No te olvides los cuadernos! Y, por cierto, sigues viviendo en el mismo sitio, ¿eh? Ya, ya Gritó Marina, salpicándole el abrigo mientras se marchaba a toda velocidad.

Isabel fue caminando deprisa a la guardería. Desde la acera, vio en la ventana la silueta solitaria de Lucía. El año siguiente, la niña empezaría el colegio, ¿iría al más cercano o donde trabajaba su madre? El tiempo pasaba

¡Otra vez tarde, Isabel María! ¡Y yo aquí esperando! Lucía, vamos la reprendió doña Margarita.

Lo siento muchísimo… murmuró. Pero claro, Marina nunca pediría disculpas, habría puesto a la cuidadora en su sitio, pero eso era cruel y mezquino, y la vida no iba de eso.

Ya en casa, Lucía intentó limpiar el abrigo de su madre.

Mamá, no sale… gimió la niña.

No te preocupes, ratoncita. Céntrate en la cena. Mejor, luego lo lavo y quedará bien. ¡No hay mancha que no se quite!

Si al menos se pudiera limpiar así la propia vida… pensó Isabel entre risas mientras servía el té.

Tomás, como siempre, la observaba desde el suelo, cansado.

Mamá, ¿cuándo viene papá de viaje? preguntó Lucía compartiendo su galleta.

En dos semanas, ya mismo sonrió Isabel.

Aunque su marido viajase mucho, por trabajo y pasión verdadera, siempre traía a Lucía pequeños recuerdos singulares.

¿Qué hago con Samuel?, pensó Isabel corrigiendo cuadernos, sin hallar respuesta.

El resto de la semana, Isabel se fijó en Samuel Gómez, lo llamó a la pizarra y lo interrogó.

Samuel, ven, por favor.

¿Otra vez, profe? ¿Me vas a regañar o a qué?

El chico no era malo; era dócil, sin carácter. Siempre su madre hacía todo por él.

Samuel, dime: ¿qué quieres estudiar?

Bueno mi madre quiere que vaya a la Autónoma titubeó.

¿Y tú?

Yo querría ser mecánico, montar vehículos. Ojalá tener un taller mío, dirigirlo

Para eso, hay que saber escribir bien. ¿Siempre se te ha dado mal la lengua?

Por lo visto, sí. Su madre había rechazado el diagnóstico de apoyo, y se apañaba a base de favores: manicuras a las profesoras humildes, regalos a las poderosas así Samuel mejoraba milagrosamente.

Venga, Samuel, eres espabilado, sé que puedes. Hay que esforzarse.

Vale, profe aceptó el chico, con resignación.

Sorprendentemente, Samuel respondió; con Isabel, se centraba y hasta recordaba reglas gramaticales. Su cabeza funcionaba bien.

A veces solo necesitan dedicación, pensaba Isabel en el autobús, dibujando un sol en la ventana empañada.

Sin embargo, Marina fue a hablar con la directora, que acusó a Isabel de exigirle demasiado al chico.

¡Lo que le exijo es poco! se defendió Isabel, sorprendida de su propia valentía. Es un niño abandonado intelectualmente, necesita ayuda.

La directora, dudosa, aconsejó a Isabel andarse con cuidado: La madre de Samuel va a por usted. Párelo, cuídese. Si el niño no quiere, déjelo ir a casa. Pero Isabel no cedió.

Da rabia que Marina siga entrometiéndose, pero su madre siempre le decía que incluso a los malos, alguien alguna vez les ha hecho daño. Quizás eso los vuelva así inocente, tal vez, pero con algo de razón.

El viernes terminó; Isabel y Lucía cenaron tranquilas en casa. Isabel ya iba a apagar la luz para acostar a Lucía cuando alguien tocó timbre dos veces.

¡Mamá, quién es! ¡No abras! susurró asustada Lucía.

No temas, cariño. Miro por la mirilla.

Allí fuera, alguien forcejeaba con los tacones.

¿Quién es? ¡Llamo a la policía!

Isa abre, por favor, que soy yo se lamentaba la voz. Era Marina, pero ya no tan pulcra ni brillante. La piel plateada parecía deslucida y tenía las lágrimas corriéndole el maquillaje como a una triste Pierrot.

Perdona ¿Puedo sentarme un rato? preguntó Marina-Pierrot, olisqueando.

Isabel, sorprendida, la hizo pasar sin un reproche.

¿Has tenido un accidente? Bueno, pasa, ¿quieres té? ¿Has cenado?

Isabel se puso a mover cosas como una autómata, hasta que se dio cuenta. ¿Para qué disimular? Esta es mi casa, mi vida sencilla, sin lujo. Pero pensó es mía y así es.

Sí, quiero té… sollozó Marina. ¿Siempre has vivido tan apretada? Se disculpó en seguida, encontrando la mirada seria de Lucía.

Lucía, se presentó la niña.

Marina, respondió ella.

Diego está fatal, su empresa quebró, y ahora mismo ha perdido los papeles. Tiene deudas, está muy agresivo. A mí me da miedo. Cuando te vi antes, Isa tu vida parece simple y segura a la vez Y he pensado: ¡he tirado mi vida! Elegí mal, presumía, siempre a por el mejor, y así me va Marina bajó la voz, preocupada de que Lucía oyera, pero la niña dormía ya. El primer bofetón fue un shock, discutimos y me pegó. Mi madre dijo que lo olvidara. Después ya no podía irme, por el niño y el trabajo ese negocio era una tapadera, la pasta de Diego.

Pero el salón ahora es tuyo, ¿no podías marcharte?

¿Adónde? Si el salón solo lo levantó cuando Diego pagaba el alquiler. Bueno ya es tarde, me voy.

¿A dónde vas? Isabel la retuvo. ¿Y Samuel?

Está con un amigo, le avisé de que no viniera. ¿Qué hago, Isa?

Tienes que separarte. Diego es un cobarde, y cuando reciba respuesta, se calmará. Te acuerdas de Luis Cardona, el de EGB, ¿no? Trabaja en el juzgado. Podría ayudarte.

¿Luis? ¿El que hacía el pino en el patio? ¡Madre, si me acuerdo!

Olvídalo con segundas, está felizmente casado bromeó Isabel. Pero sabe del tema y ayuda a la gente. Mañana le llamo. Venga, quédate aquí esta noche.

Esa noche, Marina escuchó cualquier sonido en la puerta, pero Diego no la buscó. Dormía tan tranquilo en su gran piso, el que ahora perdería con las deudas. ¿Y ella, dónde caería? ¿Y Samuel, dónde quedaría? Todo demasiado complicado

Tras meses de pleitos y dramas, Marina no solo resituó su vida, sino que la amplió. Luis ayudó, se divorció de Diego, vendió el piso, pagaron deudas. Le quedó su salón, Samuel, y un par de costillas rotas. Abandonaron la idea de la Autónoma: Samuel quería ser mecánico.

Marina regaló a Isabel un abrigo precioso.

No, Marina, ¡por favor, es demasiado caro!

Pero Marina solo sonrió, agría. Lo verdaderamente valioso era lo que llevaba puesto: la propia Isabel. Una persona íntegra, que le tendió la mano a pesar de todo.

Isa, perdóname por todo, ¿vale? susurró Marina.

¿Por qué? ¿Por Diego? Eso hay que agradecerlo, no guardarlo rencor bromeó Isabel. Hay que darle las gracias a Dios por evitarme ese camino. ¿Te apetece té?

Marina se convirtió en habitual en casa de Isabel. Hacía compañía a Lucía cuando enfermaba. Parecía que, como Tomás, el gato, había encontrado su sitio: dos soledades juntas y menos pesadas. Isabel a veces bromeaba con celos cuando Tomás prefería a Marina, pero aceptó que todos merecen sentirse queridos, aunque solo sea por un gato.

Y así es la vida: algunos tienen coches brillantes y abrigos caros, otros bolsos gastados y gatos callejeros; algunos presumen desde la cima, otros caminan con humildad. Pero a la hora de la verdad, solo el apoyo sincero y la generosidad salvan; lo demás, se pierde como el maquillaje tras la lluvia.

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