Álvaro tiene catorce años y siente que todo el mundo está en su contra. Más bien, nadie quiere entenderlo.
¡Otra vez ese gamberro! balbucea tía **Clara** desde el tercer piso, cruzando deprisa al otro lado del patio. Una sola madre lo cría. ¡Mira el resultado!
Álvaro pasa de largo, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros gastados, y finge no oír. Pero escucha.
Su madre trabaja hasta tarde. Sobre la mesa de la cocina reposa una nota: «Hay hamburguesas en la nevera, caliéntalas». Y silencio. Siempre silencio.
Ahora él vuelve de la escuela, donde los maestros acaban de dar otra charla sobre su comportamiento. Como si no comprendiera que se ha convertido en un problema para todos. Lo entiende. ¿Y ahora qué?
¡Eh, chaval! le llama el vecino del primer piso, el tío **Víctor**. ¿Has visto un perro cojo por aquí? Hay que echarlo.
Álvaro se detiene y mira.
Junto a los contenedores de basura yace un perro. No es cachorro, es adulto, de pelaje rojizo con manchas blancas. Está inmóvil, solo sus ojos siguen a la gente. Ojos sabios y tristes.
¡Que lo curen ya! se queja tía Clara. ¡Debe estar enfermo!
Álvaro se acerca. El perro no se mueve, apenas menea la cola. En una pata trasera hay una herida abierta, sangrante.
¿Qué haces? le dice irritado el tío Víctor. ¡Coge la escoba y espántalo!
En ese instante algo dentro de Álvaro estalla.
¡No se atrevan a tocarlo! grita, tapándose el perro con el cuerpo. ¡No le hará daño a nadie!
Vaya, se sorprende el tío Víctor. ¡Un protector ha aparecido!
¡Y lo voy a proteger! se sienta junto al can, alarga la mano con cautela. El animal huele sus dedos y lame la palma.
Una sensación cálida inunda el pecho del chico. Por primera vez en mucho tiempo alguien le muestra bondad.
Ven, susurra al perro. Ven conmigo.
En casa, Álvaro improvisa una cama con chaquetas viejas en una esquina de su habitación. Su madre no vuelve del trabajo hasta la noche, así que nadie lo regañará ni echará a ese intruso.
La herida de la pata parece grave. Álvaro abre el ordenador, busca artículos de primeros auxilios para animales. Lee, frunce el ceño ante los términos médicos y memoriza cada paso.
Hay que lavar con peróxido murmura, rebuscando en la botiquín casero. Después desinfectar con yodo los bordes. Con cuidado, sin que duela.
El perro yace tranquilo, apoyando la pata herida con confianza. Lo mira agradecido, como si nadie le hubiera prestado atención antes.
¿Cómo te llamas? dice Álvaro mientras vendría la pata. Eres rojizo, ¿te llamo **Rojito**?
El can ladra bajito, como aceptando.
Al atardecer llega la madre. Álvaro se prepara para la bronca, pero ella solo examinaAsí, bajo la luz del crepúsculo, Álvaro y Rojito sellan su pacto de lealtad, sabiendo que juntos podrán enfrentar cualquier sombra que se cruce en su camino.







