La última taza de café

La última taza de café

Parece que por fin, por primera vez este mes, la nieve cae con ganas sobre Madrid. No es esa nevada ligera que apenas cubre la suciedad, ni se pega en capas escasas a los árboles y verjas, sino una nevada completa, densa, que lo transforma todo. Como si alguien hubiese vaciado una vieja almohada de plumas, una de esas que las abuelas guardan en baúles en las buhardillas de casas antiguas del centro. O como si una cocinera, al esperar visitas, espolvoreara generosamente la encimera de harina antes de amasar los bollos que pronto entrarían al horno.

Las líneas oscuras de tierra sobre la red de calefacción urbana, el asfalto gris con charcos sucios, todo lo cubre un edredón blanquísimo, puro como el vestido de una novia y sus sueños limpios.

En la puerta del restaurante, una terraza tradicionalmente adornada con guirnaldas y rojas poinsettias, las escaleras cuidadosamente barridas, se forma una cola larga. El guardarropa, Ángela, una chica menuda y larguirucha con las mejillas siempre sonrojadas de vergüenza, no da abasto para recoger abrigos, anoraks, visones, capas y chubasqueros; se enreda con las prendas largas y caras, se ruboriza más aún, deja caer gorros y guantes, se disculpa y murmura, lo que parece causar impaciencia. O quizás es solo su impresión, pues la gente hoy tiene el pensamiento en otra parte: ya tienen la mesa reservada, el vestido o el traje elegido, los pendientes y gemelos ad hoc. La fiesta está próxima. Y Ángela es un obstáculo pequeño pero palpable en el camino hacia la celebración.

¡Pero bueno! ¡Esta cola parece la del bacalao en plena Navidad! ¡Señorita, un poco de rapidez! refunfuña un hombre regordete, el cinturón ceñido en la barriga, apretado bajo una americana demasiado ajustada.

La mujer que lo acompaña, su esposa sin duda, no deja de hacerle callar, disculpándose con Ángela.

Perdone, es que está cansado, ha sido un año… complicado, ¿sabe? Además, le duele la cabeza… balbucea ella, frotándose las manos como si se extendiera crema. Perdone… Luis, te lo suplico, ¡cállate! La gente nos mira.

¡Y a mí qué me importa, Pilar! ¿Y a mí qué me importan? ¡Que te quede claro! grita él, inclinándose sobre el mostrador y agarrando la manga de la blusa impecablemente blanca de Ángela, que le ha planchado tía Lucía esa misma mañana en el piso de Alcalá donde vive hace casi tres meses. ¡A mí no me pisa nadie! A mí… Busca cómplices en la sala. ¡Me lo he ganado, entiendes?

Ángela asiente. Entiende, hace tiempo que lo comprende. Su padre ya le decía que era una inútil, una carga, que solo gastaba el dinero ajeno y no valía para nada.

“¡Vaya, vaya! rezongaba el padre sentado en una silla coja de la cocina. ¡Mira qué bien comes el pan! Pero ni entrar en FP has sabido. FP, Ángela… Es que… nada. Ni ahí te han aceptado”.

Y sí, no entró. Lo intentó, estudió, pero ese día en los exámenes todo le temblaba, la cabeza llena de una niebla opaca y un zumbido incesante. Quiso recomponerse, hizo esfuerzos, pero nada. Solo quería desaparecer en esa negrura sorda, fría, indiferente, donde por fin todo sería fácil.

La semana de los exámenes, Ángela iba cada día al hospital a ver a su madre.

…Papá, ¿fue él? Mamá, no me mientas con que tropezaste, ¡eso no pasa así! sostenía la mano de su madre, que miraba al techo, tendida bajo una manta fina y vieja. La mano, débil y surcada de venas. Vamos, dímelo, denunciémosle.

No, Ángela… Ya lo he dicho a todos. Me caí, pasa. Nuria lo repetía mientras las mujeres de la sala disimulaban, aunque estaban atentas. Siempre hay quien mete la nariz en la vida ajena, respira en tu alma. También el médico, en urgencias, la acribilló: “Dígame quién fue”. ¿Y a él qué le importa? ¡Cúrela y listo!

Después de salir del hospital, volvió a casa por sí sola. Su marido estaba allí, devorando cocido, limpiándose las manos en la camiseta, sin levantarse a recibirla.

¡Ya era hora! Pon agua para el té. ordena desde la mesa. Has adelgazado… Estás esquelética, Nuria. Das asco, pareces un palo. Levanta la mano, preparado para “darte un buen correctivo”, como dice, pero alguien la agarra: Ángela.

Ah, la niña… se ríe el padre, se zafa, la empuja hasta la pared. Ella se tambalea.

Nuria solamente observa, resignada. Es como un perro viejo sometido, al que el amo puede acariciar o golpear. Y el perro sigue amándolo. ¿Adónde irá Nuria? Años y años atrapada y no cambiará nada, porque así es “suficiente”.

Ángela se fue al mes, hizo la maleta y tomó un AVE a Madrid, a casa de tía Lucía.

¿Cómo están allí? preguntó Lucía al verla aparecer. ¿Todo igual?

Ángela se encogió de hombros. Sí, igual de mal.

¿Por qué, tía Lucía? ¿Por qué ella lo aguanta? La invité, podríamos empezar de cero, la cuidaría, yo trabajaría…, y me dijo que no, que me fuera y no volviera… ¿Por qué, tía?

No sé, hija… suspira Lucía, acariciándola. Tu madre está enferma, menuda, pero la cabeza… No es culpa tuya. Consíguete tu vida. Aquí, cariño, aquí sí tienes vida. Ya veremos el año que viene, ¡ánimo!

Así fue como Ángela acabó de guardarropa de este restaurante. Lucía conocía a alguien y la recomendó al jefe, que accedió.

Y ahora tiene delante al hombre, Luis, que se desgañita y aprieta los puños, mientras la mujer intenta suavizarlo. Ángela cuelga sus abrigos, les da el número.

María de la administración sonríe para apaciguar los ánimos mientras verifica la reserva.

Ángela pasará toda la Nochevieja trabajando. Está cansada y le hubiera gustado cenar con Lucía o salir con amigas, pero necesita el dinero; el jefe ha prometido pagar bien.

Entran al salón una pareja mayor. La mujer, que Ángela calificaría de auténtica dama, le sonríe y le felicita con un ¡Feliz Año!. Lleva un simple traje de pantalón, blusa blanca, pañuelo al cuello y botines bajos. Se mueve segura y sencilla, elegante de forma natural, contenta de estar entre amigos y familia en esta noche: es Carmen, sonríe, se colocará el pañuelo, que oculta la cicatriz de la operación. Quedó tan rápido: diagnóstico, intervención, luz fría, mano del anestesista en la frente… Después, nada.

Hoy no quiere recordar aquello, ni responder preguntas compasivas ni miradas preocupadas. Quiere celebrar y punto.

Enrique, ¿has visto al chico del guardarropa? pregunta Carmen ya sentados, en cuanto el camarero deja el menú.

¿Qué chico? gruñe Enrique, entornando los ojos. No me he traído las gafas.

A ver, deja ese menú. Carmen le pone las gafas. ¡Mira, allí detrás! Tan simpático, con esos coloretes. Me recuerda a Álvaro…

Carmen sonríe: su hijo Álvaro llegará tarde, avisó por la tarde. Pero estará con ellos para las campanadas, y eso importa.

Ah, ése… ¿Y qué pedimos? Si ya lo has encargado tú todo.

Carmen sugiere esperar a los familiares, Enrique se encoge de hombros, hambriento.

Venga, Carmen, déjame empezar. ¡No puedo más, de verdad! insiste Enrique.

Hoy a Carmen le da igual. Vale, campeón, comienza por una ensalada. ¡Come lo que quieras! Te quiero, Enrique…

Carmen apoya la frente en su hombro, como hacía de niña junto al río.

Ángela, acalorada por la multitud, se quita el chaleco aunque no debería, preocupada de que la gente se impaciente.

¡Eh, chica! ¡Aquí! le entrega un señor bajo y fornido el abrigo blanco. Junto a él, pegada a su brazo, una chica joven se tambalea en tacones de aguja: es Montse. Conoce a Sergio desde hace apenas dos semanas y está orgullosa de que la haya invitado a la cena con sus amigos. Mastica chicle y espera impaciente. ¡Mira qué sitio, Montse! dice Sergio, extendiendo los brazos.

¡Sí, muy bonito! asiente ella.

¡A lo grande, que parecemos extranjeros! Árboles, bolas, luces

Claro que es a lo grande, y a Montse le da igual: lo importante es compartir mesa y comer bien. Apenas ha entrado en restaurantes antes, solo en alguna cafetería, y allí pagó ella.

Pero Sergio es distinto; es atento, tiene piso, coche No es que Montse sea interesada, pero está cansada de pasar penurias. Este fin de año quizá, por fin, la suerte le sonríe.

Ángela cuelga sus prendas, les da los números. Sergio le agradece con dos billetes de veinte euros. María busca sus nombres y los acompaña a la mesa…

Mientras Enrique degusta su ensaladilla, Carmen observa el ambiente.

Cuántos prefieren celebrar fuera de casa… ¿Por qué? Carmen está cansada, claro, los demás también.

La comodidad, Carmen; se acabó la dictadura del puchero, ahora mandan los restaurantes. Aunque en casa yo… dice Enrique.

El año que viene lo celebramos en nuestra casa, te lo prometo susurra Carmen. Lo deseo y se cumplirá.

En el centro del local, Luis protesta, Pilar ríe sin ganas, y termina ocupada en su plato.

Sergio y Montse se sientan, Sergio ya se siente envuelto por el ambiente: el calor, las luces, la compañía ingenua de Montse, su olor a colonia y a sueños nuevos. ¡Hasta huele a pino y especias! Montse suspira: “Qué bien, ojalá estuviera mi abuela aquí…”. Se pone triste, se aferra a la mano de Sergio, que la aprieta pensando que tiene miedo de sus amigos. Pero es que ya lo ha pasado suficientemente mal.

Vivir con la abuela no fue duro, sólo un poco solitario… pero es familia, después de todo. “Año horrible… que acabe ya. Aunque han pasado cosas buenas…”, reflexiona Montse.

El año, para todos Ángela y Lucía, Carmen y Enrique, Sergio y Montse está a punto de terminar.

Los parientes empiezan a llegar a la mesa de Carmen, se saludan, se sientan, los hombres se quitan chaquetas, las mujeres arreglan el pelo. Los camareros sonríen llevando platos. Para ellos también está a punto de terminar el año, y que acabe cuanto antes.

¿Te embelesas? pregunta un tipo con cazadora negra, botas y bufanda roja a un hombre mayor, encorvado tras el cristal, mirando hacia el interior, a Carmen y Enrique, a Sergio alardeando, a Montse nerviosa, al huraño Luis.

Sí, me embeleso. Buenas noches… responde el viejo, volviéndose al chico. La gente se ve feliz, ¡y qué elegantes ellas! Pretende decir algo más, pero calla.

Felices porque esperan. Y la tormenta escampa, ya verás. ¿Llevas mucho aquí? Ve dentro, no tortures más. Ahora hablarán mal, será incómodo… ¿No tienes miedo? Venga, vamos ríe el chico, le tira del hombro. El mayor se resiste, quiere mirar aún el bullicio tras el cristal.

Quiero despedirme. Y no tengo miedo, ¿de qué?

Ya lo sabrás. ¡Si es que parecéis niños los viejos, de verdad! Venga, vamos insiste el chico, y su bufanda roja ondea como una bandera.

No nos dejarán entrar.

Sí, tengo mesa reservada. ¡Al futuro brillante! sonríe el joven, apoyando una mano en la espalda del hombre.

Ángela, mirando el reloj, recoge sus abrigos. Parecen fuera de lugar, piensa: esas personas mayores no suelen venir a restaurantes en Nochevieja, suelen estar en casa, en familia. El viejo tiene la mirada cansada, ya ha pasado por demasiadas cosas

Debo llamar a tía Lucía, aunque vea la tele con la vecina, dijo que atendería piensa Ángela, mientras les entrega los números a los dos hombres.

Se sientan y piden café.

Tómalo, que no sabemos cuándo podrás volver a hacerlo… le dice el chico, apartando una taza hacia el anciano. Sigue sin quitarse la bufanda roja.

Gracias. Hace frío… Sí, mucho frío… ¿Por qué tanto frío? musita el viejo, abrazando la taza.

Porque ya no te espera nadie responde el joven, leyéndole el pensamiento. Tiene los ojos alegres, hombros anchos, y un rubor casi infantil. Pero es arrogante, descarado. Pronto empieza todo, viejo. Tú tranquilo. Perdona el tuteo, no somos extraños. Eso… dice, casi compasivo.

Enrique se levanta y Carmen le pasa la copa, casi la derrama.

Bueno… Despidamos el año. Ha sido difícil, para no recordar. ¡Que se lo lleve el diablo! aprieta a Carmen. Los amigos asienten, ha sido un año duro en el trabajo y en todo Ojalá el próximo nos regale algo bueno

Sergio levanta la suya también.

¡Por el fin de año! Por los éxitos, la pasta y el amor… se acerca a Montse. Y que este año se vaya pronto, menos mal que se paga con dinero y no con otra cosa concluye. Montse baja los ojos; todos recuerdan el lío en que le metieron hace meses.

Ángela bebe té, pensando en que es el primer fin de año lejos de su madre. Es raro…

El viejo escucha la música y el bullicio, pero se siente desazonado. Me despiden mal… ¿Tan mal lo hice? reflexiona.

¿Lo ves? Nadie es estrella, viejo. ¡Terminátelo antes de que se enfríe! dice el joven, dándole un toque con el pie.

Ni lo pretendo

En la sala, la música suena; en la pantalla gigante aparecen famosos, fuegos artificiales, árboles y gente feliz. Todos desean expulsar el año viejo. Y lo hacen con fuerza, esperando algo.

Y a ti te sucederá lo mismo, lo mismo, ¿me oyes? suelta el viejo entre dientes. Nunca tienen bastante. Solo recuerdan lo malo.

A mí no me pasará. Todo preparado, los deseos a tope, y cumpliré todos. Se lamentarán de perderme ríe el joven, pide cava y se relaja. Le queda por delante una vida.

¡Vaya año horrible! grita alguien, con una palabrota, y una mujer se echa a reír. Los invitados van a la pista, las luces recortan las caras.

Caras, caras… El viejo lo recuerda todo, él protegía y ayudaba, aunque la elección final siempre fuera de cada uno. Pero ahora, esas mismas caras lo expulsan sin remordimiento.

¡Buenas noches! Montse se sienta con ellos, mareada por el calor del salón. ¡Feliz Año! Perdonad, ya me voy…

Y se queda mirando al anciano:

¿Usted ha tenido algún buen momento en este año que se va? ¿Seguro que sí?

Montse se encoge de hombros.

Sí… Encontré trabajo, fui a Barcelona en verano, ¡y hasta hizo buen tiempo! También conocí a Sergio, ahí sentado le señala. Quizá nos casemos. No, sí hubo cosas buenas… Ay, perdón, ¡voy a llamar a mi abuela!

Corre a por el móvil y sale a la calle.

Ángela la escucha sin querer: Te quiero, abuela, nunca te abandonaré, siempre estaré contigo

Luego también llama ella. Tía Lucía tarda pero contesta. Gracias por acogerme, por buscarme trabajo. Este año siento que vuelvo a respirar. ¿Tú bien? Todo va genial.

Ángela llama después a su madre. La respuesta es seca, distraída, como si la llamase una aseguradora. Todo bien, el padre en casa, ya se van a dormir.

¿Para qué celebrar nada, Ángela? Vendrá otro año igual. Adiós, estoy ocupada.

Cuelga. Ángela ni pudo decirle que la espera, que hay que cambiar las cosas, respirar, pero su madre jamás escucharía: cambiar da miedo, y mejor dejarlo todo como está.

¡Yo este año he aprendido a escuchar la lluvia, el sol, ver cómo brilla a través del tilo que crece bajo mi ventana! Lo he vivido de nuevo. Fuimos al mar… No, no todo fue malo. ¿Verdad, Enrique? le dice Carmen a su marido.

Él se encoge de hombros. Quizá Carmen tiene razón; allí está ella, viva, su hijo creciendo, el trabajo se arregló… Ha habido cosas buenas también.

La música se detiene, los camareros encienden velas; parecen gotas de luz.

¡Vivimos como reyes, con la mesa llena! El año no fue tan malo. Lo que pudimos, lo hicimos. El resto, cosas de la vida. He vivido bien, por el año que se va: ¡por nosotros! brinda uno de los colegas de Sergio.

El ruido de los brindis retumba en la sala, el de la bufanda roja frunce el ceño.

Luis y Pilar se miran. ¿Y ellos? La editorial para la que trabajan está floja, pero hay esperanza: buenos autores, quizás repunten. Pilar terminó por fin el curso de inglés, y de paso, hizo uno de peluquería. En casa hay tranquilidad, ni pasión pero calma. Solo discuten lo mínimo y se abrazan al dormir. Les envidian y, en secreto, ellos mismos se envidian.

Gracias, cariño, por aguantarme le susurra Luis, la mano sobre la de ella. Pilar asiente, va a responder, pero él le pide silencio. Ya está.

Ángela respira hondo junto a la puerta abierta y cierra los ojos oliendo la nieve. Siempre le pareció que tenía un olor especial, como las sábanas tendidas en enero. Da igual: el año ha traído algo valioso. Gastar días, buscar sentido. La nieve es la hoja en blanco: escribe lo que quieras.

Es mi turno sonríe el anciano, se levanta, ajusta la camisa, deja unas monedas por el café. Ya estoy en paz. No ha sido en vano. ¡No, desde luego!

El chico también se levanta; ahora siente miedo, la arrogancia desaparece y solo queda un niño ante el mundo.

No temas, chiquillo le despide el viejo. Haz lo que debes; lo que tenga que ser, será. ¡Hasta pronto!

Ángela observa cómo la figura se va entre la cortina blanca, como si se borrara sola. Sale a mirar, pero el hombre solo ha culminado su ciclo, le cede el paso al siguiente.

Mañana todos descolgarán el calendario, pasarán las hojas como cuentas, y sonreirán recordando. En el año pasado quedó mucho, pero cada minuto vivido es una luz indispensable en la guirnalda de la vida. Así, y solo así, se avanza: ayerhoymañana. Por eso es tan valioso lo vivido.

Por los altavoces suenan las campanadas. Todos se levantan, se abrazan. Enrique estrecha a Carmen, besa sus ojos y labios dulces. Les aguardan millones de momentos más, vividos sin remordimiento, solo así.

Ángela, dando vueltas al número del guardarropa del último cliente, cierra los ojos. Le dan ganas de reír y de llorar, de gritar y de bailar. Ya ha empezado lo bueno.

Y en el escenario, micro en mano, el chico de la bufanda roja inicia el baile que controlará muchas noches y días. Y le irá bien, ¡cómo no!

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Cuando sea mayor, me casaré con ella