Monstruo

¡Vete de aquí! ¡Has asustado a todos los niños! ¿Qué haces siempre rondando por el patio? ¡Quédate en casa!

Los gritos de las vecinas despertaron a Catalina. Ni siquiera tuvo que adivinar qué pasaba en el patio. Quedaba claro. El Monstruo había vuelto a salir de casa en mal momento. ¿Es que nunca podía estarse quieto dentro?

Al chico al que llamaban Monstruo en el barrio le decían Alonso Cerrato. Desgarbado, cabezón, jorobado, parecía salido de las páginas de una novela tenebrista del siglo XIX. Si algún artista se propusiera ilustrar una historia gótica, Alonso sería el modelo perfecto.

A Alonso su madre le trajo al mundo demasiado pronto, en el séptimo mes.

No va a sobrevivir fue el diagnóstico de las primeras enfermeras al verle. ¡Llévenselo!

A su madre no le apetecía mirar bien al niño ni contarle los dedos. Alonso era su tercer hijo, y tampoco el más deseado. El padre, que trabajaba de sol a sol en dos sitios a las afueras de Valladolid para sacar a la familia adelante, no recibió la noticia del embarazo con alegría. La madre, por su parte, apenas mostraba interés por sus propios hijos. Si estaban, bien. Si no, también. Sólo daban quebraderos de cabeza.

Por alguna razón, la leche nunca le subió, así que en cuanto llegó el momento, la madre de Alonso fue dada de alta, avisándola de que el pequeño pasaba a la unidad de neonatos del Hospital Universitario.

¿Para qué? preguntó lánguidamente. ¿Qué le pasa?

El médico, dispuesto a explicarle lo imprescindible para el cuidado del niño, no pudo evitar desconcertarse.

¿Le ha visto usted?

No. No me lo han traído. Dicen que es muy débil aún. Y además, no le puedo dar el pecho; no tengo leche.

Venga conmigo dijo él, decidiendo no perder más tiempo intentando entender la extraña indiferencia de la mujer.

No le dejaron entrar a la sala de neonatos, pero sí ver al niño desde la ventana. Al principio ni entendió bien lo que ocurría. Sólo mirando detenidamente le invadió el llanto, pero era por ella, no por aquel ser azul violáceo envuelto en una toquilla del hospital.

¿Y qué hago yo con un niño así?

Usted verá. Es su hijo. De momento, al menos…

Alonso fue inscrito en el hospital solo con el apellido familiar; de nombre nada. Mejor esperar, dijeron. ¿Por qué? Su madre y su padre nunca supieron explicárselo, y a él, realmente, tampoco le creó curiosidad. Quizás no quería sacar conclusiones que le dolieran o tal vez le aterraba saber la verdad. De hecho, sobre el episodio de su nacimiento y cómo volvió a casa, Alonso sólo preguntó una vez, y fue a su abuela.

¿No me querían?

¿Quién iba a querer algo así? respondió la abuela, que nunca se había encariñado mucho con él, aunque nunca le negaba conversación.

¿Y por qué no me dejaron en el hospital, si tanto les avergonzaba mi existencia?

Por vergüenza, hijo. Todos en el barrio vieron que tu madre iba embarazada. Y ya sabes, aquí en Segovia todo se acaba sabiendo. Si te dejábamos, aún peor: de qué serviría el escándalo, con dos hermanos mayores salpicados. La cosa no iba contigo, sino con ellos. Temíamos que acabaran metiéndose con ellos en el colegio.

Aquella respuesta le bastó a Alonso. Con su hermano no tenía mucho trato, pero a su hermana, Belén, sí la adoraba.

Belén era doce años mayor y, más que hermana, fue la que intentó cuidar de él como una madre, pues la suya, cuando finalmente lo llevó de vuelta del hospital, sólo cumplía con lo justo y necesario. Le arropaba y podía pasarse horas escuchando el llanto fino y lastimero sin acudir ni a consolarle ni a acariciarle. Pero siempre estaba limpio y bien alimentado, no le faltaba control médico. Pero nada más ni amor, ni ternura, ni una sola muestra de afecto.

Solo Belén miraba más allá del físico. No le repelía el llanto agudo ni sus deformidades. Al volver del Instituto tiraba la mochila e iba corriendo a la habitación de los padres a sacar a su hermanito de la cuna.

¿Por qué lloras, Alonso? Tranquilo, mira, te canto una nana…

Sólo Belén le cantaba canciones y le contaba cuentos. De ella aprendió que amor y ternura no son sólo palabras. La cuidaba cuando podía y sentía su ausencia como una herida abierta el día que Belén se casó y se marchó de casa.

No puedo llevarte conmigo, Alonsito. Viviré en casa de los padres de mi marido y no hay sitio; además, tampoco te admiten… Pero tendrás que venir a visitarme, ¿sí?

Alonso sólo lloraba, acurrucado junto a ella, empapando la tela de su vestido blanco de boda. Sabía que su única aliada, la única que le amaba por ser él, se esfumaba de su vida cotidiana.

El marido de Belén se la llevó a Ávila y Alonso, solo frente al espejo y la gente, lidiaba con aquellos en el vecindario que juzgaban a golpe de apariencia. Si uno era agraciado, enseguida era buena gente; y si no, mejor ni mirar.

Si alguien llegaba a decirle a Alonso que no era tan feo, él no lo hubiese creído. Tanto le pesaba la certeza de que desagradaba a todos, que prefería evitar el contacto con la gente.

Aprobó bachillerato por los pelos, sin muchas ganas ni empuje para seguir estudiando, seguro de que tampoco allí le aceptarían.

Así que se hizo barrendero.

Esa labor sí le gustaba. Salía al alba al patio, cogía su escoba ajustada a su altura e imponía un orden impoluto.

Era su regalo a un mundo que no le apreciaba.

Alonso barrió el patio, plantó flores por iniciativa propia y pintó los bancos y columpios, no solo por el sueldo: quería contribuir a una belleza más profunda.

Asociaba belleza con limpieza.

Recordaba a Belén bañándole de pequeño y diciendo:

¡Qué limpio está mi Alonsito! ¡Qué guapo es mi niño!

Y si no podía alegrar a nadie con su aspecto, al menos sí con aquel patio impecable, los jardines llenos de flores, y el parque que todas las madres del barrio frecuentaban con sus hijos.

Algunos notaban su trabajo. Otros fingían no entender por qué ese patio era diferente, como si en vez de un barrendero hubiese una cuadrilla de jardineros y artesanos.

El reconocimiento no le importaba mucho. Lo que más valoraba era ver a los niños disfrutar de los columpios o de la arena renovada de la caja de juegos, que él mismo había asegurado con cerradura para protegerla de los gatos nocturnos; o que las madres pudieran vigilar desde bancos situados estratégicamente para ver a sus pequeños. Los vecinos sonreían viendo cómo florecían los parterres, cambiando de tonos según la temporada, para agradar siempre la vista y el ánimo.

Pese a su juventud, Alonso ya sabía que las personas se parecían a muñecas rusas torcidas y feas, como él mismo. Cuál sería la que predominaba en cada uno era un secreto. Negra, roja, azul; pero si la despiezabas, al final, todos tienen algo bueno y algo malo. Sólo abriéndolas todas podrías entender de verdad el alma de alguien. Y Alonso ya tenía claro que hay mal y bien dentro de cada persona.

Por eso nunca se ofendía cuando las madres le echaban del parque convencidas de que mirarle no era bueno para los críos.

Ni cuando los vecinos, aun saludando, pasaban rápido, mirando al suelo.

Ni siquiera con sus padres, que envejecían bajo su cuidado, ya que su hermano se había ido a una punta de España y ni siquiera llamaba en fiestas, y Belén sólo venía de vez en cuando sobrecargada de obligaciones. Ella y su marido, tras años en la ciudad, decidieron instalarse en el pueblo, en la casa familiar de los abuelos. Belén, que soñaba con el campo, no había hecho más que florecer pese a las tareas: cuidaba de su suegra paralítica, criaba a dos hijas y se encargaba de la casa. Aun así, más de una vez quiso asumir también el cuidado de los padres, pero Alonso le quitaba la idea.

¿Y yo qué haría, Belén? Bastante tienes tú. ¿Cómo te da la vida para todo?

¡Si puedo, es gracias a ti! ¡Ay, hermano mío! Qué haría yo sin ti…

Belén visitaba a Alonso y a sus padres una vez al mes, ayudando a limpiar la casa y a llenar la despensa.

A Belén le contaba todo, incluso lo que cuchicheaban los vecinos a su espalda.

Me llaman el Monstruo, Belén.

No hagas caso, Alonso. La gente habla por hablar. ¡No les dejes, no eres así! No saben nada de ti.

Belén, ¿de verdad soy tan feo?

¡Qué tontería dices! le acariciaba la cabeza. ¿Sabes? La belleza es muchas cosas distintas. Hay quien es hermoso por fuera; pero hablas con él y ya ni te parece persona. En cambio tú… tú eres de verdad, hermano. Tienes un alma tan bonita que ni siquiera puede decirse con palabras. Ya verás, Alonso, la vida es pícara. A unos les da todo de golpe y a otros les cuelga la esperanza. Pero el turno llega para todos.

O sea, ¿quieres decir que la suerte se perdió de camino a mí?

Que aún no llegó, Alonso. Ten paciencia. Pronto será tu hora.

Y Alonso la creía. Así que respondía cordial a todos y trataba de no ofenderse por los gestos o los murmullos.

Y esperaba. No sabía qué, pero esperaba algo.

Siguió saliendo cada mañana para limpiar, procurando pasar desapercibido. Aunque a menudo no lo lograba.

Alonso, vete a casa, ya riego yo las plantas.

Gracias

La voz de la presidenta de la comunidad hizo que Catalina resollara fastidiada. Era imposible congeniar con Doña Valentina, siempre tan controladora. Y Catalina, precisamente, no quería que nadie notara lo que llevaba meses ocultando.

Catalina hundió los nudillos en la almohada y trató de volver a dormir, pero enseguida se tuvo que tapar la boca y correr al baño.

El embarazo, el tercero, le estaba dando un duro castigo. Las primeras semanas achacaba los mareos al yogur estropeado o leche cortada, pero tras la marcha de su marido de nuevo de ruta por la península como conductor Catalina supo que lo que sentía era mala señal.

A los hijos no les importaba; entre el Wi-Fi y los deberes del colegio, apenas se enteraban de nada. Catalina, cada vez más tiempo encerrada en el baño, se lamentaba por no haber afrontado antes lo que, a los cuarenta y ocho años, suponía una desgracia. Usó una faja ancha para disimular el vientre, hacía lo imprescindible en casa y huía de sí misma.

No planeaba otro hijo. Su marido siempre se había opuesto, y ella temía más su desprecio y sus palabras que sus a veces inevitables golpes.

Aferrada al grifo de agua fría, Catalina sollozaba sin entender por qué el dolor, esta vez, era tan agudo, mezclado de frustración y miedo. Los niños estaban en casa de la abuela, en el pueblo, porque ya habían empezado las vacaciones.

Luego ella perdió la noción del tiempo. Entre espasmos y escalofríos, arrugada en el bañ o o mordiendo la toalla para contener los gritos, sólo quería que el suplicio acabara.

Cuando el bebé nació, Catalina, casi por inercia, lo envolvió en la toalla, esa misma que había triturado con la boca, y lo llevó al pasillo. Lo dejó sobre la cómoda, fue a asearse, se puso un abrigo y, tambaleándose, bajo al patio.

Sólo entonces se dio cuenta de la hora. Amanecía, los tejados dorados por el sol. No había nadie en la calle, salvo algún paseador con perros al fondo.

Catalina, con el bultito en las manos, sin pensar claramente, se paró ante los contenedores y, tras envolverlo bien dentro de una bolsa de la compra abandonada, lo depositó en una esquina del contenedor con mimo, casi con ternura.

Ya está susurró, mirando de un lado a otro, y regresó corriendo al portal.

No oyó el ruido ni vio a Alonso, ya bailando con su escoba al ritmo de su rutina matutina.

Aquel día, la faena era grande. Dos bodas la víspera habían regado las aceras de pétalos y confeti. Alonso, tarareando, barría los restos de alegría ajena.

Estaba de buen humor. Ese día llegaba Belén, y su madre, para variar, se había levantado para prepararle el desayuno.

Aquellas dos noticias le bastaban para sentirse dichoso.

Cuando ya estaba acabando, dudó si limpiar los alrededores de los cubos o sacar la manguera antes de que se levantase el vecindario.

Me da tiempo pensó; al fin y al cabo, domingo nadie madruga.

Se encaminó a los contenedores, pero se detuvo, alerta por el canto de los gorriones y un quejido familiar, tembloroso… aterrador.

Al darse cuenta de qué era aquel sonido en la brisa fresca, Alonso se lanzó a correr, rezando por no llegar tarde.

El paquete se resistía. Catalina lo había atado bien, pero Alonso lo rasgó con los dientes y liberó al bebé apenas a tiempo.

Al mirar al interior, Alonso pegó tal grito, tan hondo, que ningún vecino, al asomarse sobresaltado a la ventana, se atrevió a quejarse del escándalo.

¡Ayuda!

Valentina apareció en bata, que enseguida se quitó para envolver al bebé, sin dar importancia al camisón de puntilla que quedaba a la vista. Entendía de sobra que aquello era lo de menos.

Llegaron vecinos, atropellados en pijama y chaqueta. Llamaron a emergencias, a la policía; alguien dio palmadas en la espalda a Alonso, dándole las gracias.

Se descubrió enseguida quién era la madre del pequeño que se llevaron al hospital con esperanza de salvarle. Catalina ni intentó negarlo. Dejó que le pusieran las esposas y, antes de que se la llevaran, lanzó una mirada triste al Alonso callado junto al portal:

Monstruo…

Valentina no pudo callarse:

¡Mira quién lo dice!

Pero Catalina ni giró la cabeza.

El monstruo soy yo, Alonso. No tú… Gracias…

Y se la llevaron. Alonso permaneció quieto en el sitio, reflexionando, mirando a lo lejos.

El vecindario pasaba por su lado; hacían preguntas, querían saber, y por primera vez nadie le esquivaba la mirada. Al contrario, algunos le miraban con un atisbo de admiración, como si vieran en él algo que antes les había pasado inadvertido.

Alonso, ¿qué haces aquí solo? la mano cálida de Belén le rozó la mejilla ¿Me esperabas?

Belén, ¿recuerdas cuando decías que la suerte me encontraría? se giró, y de pronto le sonrió con tal bondad que quienes estaban cerca parecían cegados por su luz.

Claro que me acuerdo, Alonso, ¿qué pasa?

Que ya me encontró dijo mientras le cogía la mano y se apresuraba. ¡Vamos!

¿A dónde?

No lo sé aún. Preguntaremos a Valentina, ella sabrá a qué hospital se lo han llevado.

¿El qué, Alonso? Belén le seguía a paso rápido, sin entender que el destino, por fin, se ocupaba de ellos, y tenía más de una sorpresa reservada.

Belén acabará teniendo un hijo más. Y aunque haga falta pasar por la escuela de adopción y demostrar que en su casa, tan grande y llena de risas, cabe otro pequeño, no se rendirá hasta abrazarle como Alonso hizo aquel día.

Y Alonso acabará formando una familia propia. Visitando al niño en el hospital, conocerá a la vecina de Belén. Ella verá en Alonso lo mismo que siempre veía su hermana: una luz cálida, silenciosa, de esas que abrazan y protegen a quien se da cuenta de su existencia.

Y, al cabo de un tiempo, un chiquillo mirará por encima de la cuna.

Tío Alonso, ¿es tu hija?

Sí.

¿Está dormida?

Sí.

¿Cuando crezca podremos jugar juntos?

Por supuesto.

¡Bien! Voy a decirle a mamá que ahora tengo otra hermana más.

El niño tocará el pequeño puño de la recién nacida, sonreirá, y asentirá como entendiendo un secreto solo suyo.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

seventeen − eleven =