Contar hasta diez

Contar hasta diez

Te lo cuento como si estuviéramos en la barra de un bar, ¿vale? Mira, aquella tarde iba de camino al Metro de Sol, distraído con el móvil, como siempre, sin mirar mucho más allá de mis pasos. Si veía la espalda de alguien delante, pues ladeaba un poco, pero ni idea de quién pasaba a mi lado. Total, para qué fijarse, si nunca pasa nada interesante, ¿verdad?

Bastante he visto, he sonreído y he asentido ya en mi vida.

Tengo treinta años y curro en un banco. Suena prometedor, ¿verdad? Pues mentira. Por lo menos en mi caso. Llevo años en el puesto más bajo, ayudando a señoras mayores a pagar el recibo de la luz y a sacar la pensión, escuchando historias sobre el pan, la fruta o el clima. A decir verdad, me da bastante igual, porque siento que mi vida es una bola de hilos que nadie va a desenredar. Pero yo, eso sí, sonrío, asiento, ayudo y repito cien veces lo mismo para que puedan pagar su piso y seguir viviendo allí dignamente. Eso es lo que toca.

Nuestra sucursal está en el centro de Madrid, y la mayoría de clientas son señoras mayores de las de toda la vida, con pisos enormes cerca del Retiro, aunque ellas visten discretas, elegantes, y seguro te recitan a Bécquer antes de dormir, con la lámpara de sobremesa encendida ¿de Tiffany? Bueno, aquí igual sería de LLadró, con sus pastillas organizadas al lado. Sus vidas están milimetradas: pastillas, citas médicas, llamadas, sopa y gachas, ir a la Plaza Mayor por verduras, y análisis. De estos últimos me cuentan todo, y yo, que ya soy un experto en fingir interés, hasta les pregunto si han mejorado los resultados. Si no es así, suspiro y dejo que crean que de verdad empatizo. Pero, la verdad, soy egoísta y no me importa reconocerlo en voz alta.

Hace tiempo que no sé por qué estoy aquí. De pequeño soñaba con ser guitarrista en un grupo. Teníamos una banda del barrio, tocábamos en los pasillos del Metro y lo que sacábamos nos lo gastábamos en hamburguesas en el Rodilla más cercano.

El oído musical me viene de mi padre, que también tocaba. Pero en cuanto llegó la familia y estaba a punto de nacer yo, papi tuvo que buscar curro como todo hijo de vecino.

Eso son cosas de juventud, chiquilladas decía al enseñarme fotos antiguas. Aquí lo importante es estudiar y tener una profesión decente. Haz eso, David. Que yo… he dejado pasar la vida y ni tengo trabajo bueno ni sueldo decente.

Asentía, sí, pero acabé tocando la guitarra desde los once años, para disgusto de mi madre. Y la guitarra que tenía era más vieja que el hambre, me la regaló un vecino a cambio de una promesa: “No desperdicies tu talento”. Pues lo desperdicié bien. En segundo de bachillerato me cayó el veinte: vivíamos justitos, todo era de segunda mano, todo muy de andar por casa porque mi padre no había sido el ingeniero o médico que se esperaba. Mi madre tampoco. Ella vendía en el mercado.

Y, de golpe, me dio asco mi vida. Me enfadé con mis padres por seguir la senda mediocre. ¿La chispa? Una mujer. Sobre el doble de mayor que yo, la primera que me rompió el corazón. Quería cenas, copas, viajes, y yo no podía darle ni las gracias. Me dejó con un: “Nunca me acercaría a un tieso”, y me propuse cambiarlo todo. Dejé la guitarra, me metí a estudiar a saco y me obsesioné con entrar en una buena universidad. Banca: la puerta al oro. Solo era cuestión de esperar, dejar atrás las guitarras y los sueños de adolescente tocando “Héroes del Silencio” en la Gran Vía. Olvidar, contar hasta diez uno, dos, tres.

Trabajar en el banco resultó ser bastante más gris y monótono de lo esperado. Dinero, el justo. Sigo en el mismo escalón, ni idea de por qué. Cuatro, cinco

Mi vida también es rutina, como la de esas abuelas. Por lo menos yo no gasto mi sueldo en pastillas. Ahí les saco ventaja.

Sonrío solo de pensarlo. Vivo en un miniapartamento alquilado en Carabanchel, al que le hace falta una reforma de arriba abajo: cortinas quemadas, parquet rayado, puertas torcidas, bañera llena de óxido, y la nevera eso es otra historia. Nada de lámparas de Duralex ni mesa de mármol, pero sí un flexo torcido y una familia gitana escandalosa de vecinos, con siete niños gritando noche y día. Mis abuelas no durarían ni un asalto. Pero yo aguanto. Y sin pastillas. El patriarca, Mustafa, a veces canta por las noches, su mujer le acompaña a la guitarra y, entonces, sentado a solas en la mesa, los puños apretados, vuelvo a contar hasta diez. Uno, dos, tres

En fin. Envidio a los que viven mejor, con más dinero y menos preocupaciones, aunque luego diga que los ricos siempre huelen mal. Pero, ¿a quién quiero engañar? Yo también quiero una vida fácil. Todo llegará. Los clientes con relojes brillantes y joyas viven del pasado. Lo que tengan de futuro ya sabemos todos lo que es.

El caso es que me las apaño bien, soy paciente y buena gente, por eso me quedé de consultor en ese maldito banco. Pero lo odio, lo odié desde el primer día de prácticas. Lo de “ser banquero es prestigioso”, eso dicen. Desde fuera. Lo mío no es cantar por Callao con los chavales, aunque a veces los miro de reojo y me da un pellizco raro en el estómago. He elegido camino distinto, ¿no? Más formal. Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Mi sueldo parece de risa comparado con los veteranos, pero para mí está bien. Voy tirando, ahorrando para la entrada de un piso, como todos los de mi generación.

Desde que terminé la uni vivo por mi cuenta. Visito a mis padres a ratos cortos porque me aburre oírlos hablar del mercado o de la batidora estropeada. Ya somos mayorcitos, cada uno con su rollo.

Y sigo andando. Móvil en mano, cerebro apagado, vídeos de TikTok, influencers cocinando postres imposibles, gatos, perros, niños, humoristas tontos todo me da igual, solo mato el tiempo.

De mis colegas del barrio solo le he perdido la pista destacadamente a uno: Fernando, el manitas. Sigue desmontando coches en un garaje frío y tocando la guitarra los sábados en Atocha. Todos rozando la treintena, pero ahora parece que vivimos en mundos distintos. Yo les ayudo a las yayas con el gas y voy pulcro, siempre con americana y camisa blanca planchada.

¿Cuánto cuesta ese traje, hombre? me suelta Fernando un día, estirando para tocar el tejido.

Ni lo toques que lo manchas le aparto. ¿Cuánto costó? Ni idea. Me lo dejaron en el curro.

Vaya nivel, David. ¿No buscáis mecánicos por allí?

¿Mecánico en el banco? ¡Ni loco! le respondo entre risas.

Él terminó el instituto y se metió al taller. Su familia estaba pelada: padre muerto de cirrosis, madre, Isabel, tirando con él y su hermana. Paula fue madre a los diecisiete y ahora chupa de todos. Paula no trabaja, suelta rollos y se dedica a salir por ahí. A Fernando le ha tocado hacer de padre con el hijo de Paula.

El piso huele a cerrado y está atestado de trastos. Un día sugiero:

¿Por qué no vendéis toda esta cacharrería online? Que lo haga Paula, que no da palo

¿Quién va a querer esto? me responde la madre. Le da apuro.

Hay gente pa tó, tía. Hay quien convierte hasta una sartén vieja en arte, la sube a Instagram y la vende.

Podría ayudarlos, pero ni ganas. Que lo hagan ellos.

Al terminar la comida, monto un numerito con el abrigo y, cuando veo la guitarra de Fernando, siento un dolorcito inexplicable. Él sigue tocando bien. Yo dejé de hacerlo. Aprieto los labios y, otra vez: Uno, dos, tres, cuatro, cinco

Ese día me vuelvo a Carabanchel y casi celebro no tener hijos ni líos familiares. Tengo mi empleo y mis bancos. Eso, y nada más.

Hoy salgo tarde del banco, la ciudad ya está encendida, hay luces, escaparates y farolas brillando. Voy al metro con la bufanda bien subida. No llevo gorro: no va conmigo. Una bandana, quizá Aprieto los dientes, cuento. Uno, dos, tres, cuatro

La bolsa vacía en el hombro, solo para aparentar. Camino tranquilo, pero de repente alguien me da un ligero empujón y oigo una voz de mujer, mayor.

Me giro y me encuentro a la misma señora a la que he ayudado hace nada a pagar los recibos. La recuerdo porque tenía un recibo arrugado y medio roto; fue un lío teclear el código. Allí, bajo la luz blanca, parecía espabilada con su chal y el bolso de boquilla.

¿Es la primera vez que paga usted? le pregunté amablemente, viendo lo perdida que estaba.

Ay, buenas tardes, joven David leyó mi nombre en la placa. Es muy bonito tu nombre, como Da Vinci dijo sonriendo. Y empezó a hablarme de sus nietos, de cómo ayudaba a su nieta porque estaba agotada en el despacho, y cómo Santi, el nieto, se había mudado fuera

Sonaba muy sola, ¿verdad? Habrá tenido hijos y nietos por un tubo, seguro ninguno la atiende mucho. Ella, que fue rica y ahora camina trotando de banco en banco.

Últimamente siempre estoy de mala leche…

¿Vamos rapidito? suplica la señora.

Le quité los recibos de las manos y fui al cajero.

Mi compañero, Gonzalo, me hizo una señal: “Tómatelo con calma, que somos la cara amable del banco”. Y yo por dentro maldiciendo.

Pero sonreí. Y parece que fue suficiente.

Si tiene hijos o nietos, pueden hacerlo con la app, ni hace falta venir le aconsejo, todo sonriente.

¡Sí, ya lo hacen! Pero no quiero sobrecargarles. Están bastante agobiados, ¿sabe? El dinero cuesta mucho ganarlo, siempre lo ha costado. Rita, mi nieta, no levanta cabeza en el despacho. Santi vive a saltos. Pagan todo por mí, en todas partes. ¿Me escucha, David?

La escuchaba a medias, cada vez más irritado.

Y, ¿qué tiene de malo? le digo mientras paso los recibos.

Nada, nada en absoluto suspiró.

Me pasa la tarjeta temblorosa. Pero le cuesta recordar el pin, rebusca, se disculpa, mil veces. “¿No será una infiltrada?”, pienso viene justo al cierre, haciendo tiempo.

¿Quiere sentarse? le ofrezco.

No hace falta, aún aguanto. ¡Aquí está la nota! Ahora sí.

Se despide de mí dándome mil gracias. “Eres un ángel, joven”. Se ajusta el pañuelo y sale a la tarde fría de Madrid.

Y ahora, justo esa señora va tambaleándose delante de mí, completamente aturdida. Te juro que pensé que iba borracha. Pero claro, es imposible. Ni me la imagino empinando el codo con whisky.

¿Otra vez usted? Pero bueno… digo, molesto.

Perdón, hijo… Voy… a… co…

Pues eso, ¡vaya! le suelto enfadado.

No llega. Se le lían los pies, se hunde poco a poco en el suelo.

Me sale solo lanzarme. La recojo antes de que caiga, la bolsa golpea mis piernas. Nadie hace caso, los paseantes ni se giran.

Y entonces me da el sobresalto. Le ordeno casi:

¡Saque la lengua! ¡Abra la boca y saque la lengua!

La saca de lado. Y me doy cuenta de lo que pasa.

Intento llamar a emergencias pero el móvil parece haberse pegado al bolsillo. Me siento minúsculo entre el asfalto y el frío.

Allí me quedo, sujetando su cabeza, notando el leve vaivén del pañuelo con cada respiración.

“Bueno, por lo menos está viva”, pienso. “¿Y si no…?”

¿Por qué a mí, Dios? ¿Por qué no a Gonzalo, o a cualquiera de las chicas de la oficina?

Llega la ambulancia, la suben en la camilla. Cuento lo que ha pasado y cuando me quiero ir, la señora farfulla que vaya con ella. Entiendo a medias que tengo que avisar a su familia.

En cuanto saco el móvil, suena la Marcha Nupcial. Era Rita, la nieta.

¿Rita? Soy David, tengo que decirle…

Pero es imposible, solo grita que le pase a su abuela, que me va a buscar si le pasa algo.

El médico coge el teléfono, se presenta, tranquiliza y da instrucciones.

Yo ya soy un guiñapo, y el otro médico me felicita por haber actuado como un “diagnosticador de película”.

No, hombre, solo he visto un par de series farfullo.

En el hospital, ya nadie me hace ni caso. Solo giran alrededor de la señora y en seguida se la llevan arriba. Me siento en el pasillo helado. ¿A qué? No sé. Tal vez para soltarle a Rita todo lo que llevo dentro.

Pero, ¿qué derecho tengo? No es cosa mía. Aunque, pensándolo bien, ¿y si llega a estar sola en casa…?

Menos mal que la encontró ese chaval murmuran cerca dos enfermeras. Y qué mono es.

Noto que me miran. Y yo miro mis pantalones sucios, el abrigo pringoso. Parezco un sintecho.

Me viene a la cabeza una canción que tocábamos en la Gran Vía, el día que nos echaron porque hacía falta pagar por tocar allí, y no teníamos ni para pipas Qué día ese: la gente aplaudiendo, cantando con nosotros, casi acabamos a bofetadas de la emoción…

Eso fue. Y se ha ido. Seis, siete, ocho…

¡Perdón! entra corriendo una chica. Busco a la señora Encarnación

Rita. Es preciosa. Me levanto y trato de hacerme el digno.

Ya está arriba. No te preocupes, llama mañana y te dicen cómo sigue le dice una enfermera. Por cierto, este chico la socorrió en la calle…

Rita me mira, y de repente me agarra la mano, emocionada y llorando.

No sabes lo que has hecho por nosotros. No sé qué haríamos si

Deberías darme las gracias digo de golpe. Pero también tienes parte de culpa.

¿Cómo? pregunta, descompuesta.

Sí. Tu abuela vino a pagar sus recibos en persona, y no tienes tiempo para hacerlo tú o tu hermano. Deberíais prestar más atención a los vuestros suelto, con la corona de superioridad apretando la cabeza. Por poco no la palmas en el banco, por ir tan de prisa con vuestros trabajos. La familia importa más que los euros.

Suelto todas mis frustraciones, descargando en ella.

Y Rita se rompe a llorar.

No No susurra una enfermera, enfadada. No tienes derecho a decirle eso. Actuaste bien, sí, pero no la juzgues.

Rita la detiene.

No, tiene razón. Nos despistamos. Santi y yo vamos siempre a mil. No recogí los recibos ayer porque estoy acabando el TFG Se me va todo. Yo debería haberla cuidado mejor.

El móvil le suena y se pone nerviosa. Es Santi, el otro nieto.

Rita le cuenta todo, incluso que la he llamado desalmada. Al fondo, un tipo con abrigo de visón parece disfrutar el show, aplaude y se desploma a dormir.

En ese momento, me pasa el teléfono.

¿Sí? David García al aparato.

Tú, escucha. ¿Quieres dinero? ¿Cuánto tienes pensado pedir? Voy al grano: Rita es la que salvó a mi abuela cuando murieron nuestros padres. Tenía quince años, la llevó a rastras, le dio de comer y le sacó del pozo. ¿Tú a los quince qué hacías? ¿Colgado en casa? Así que cuidadito. ¿Cuánto quieres?

¡Pero tú quién te crees! Tartamudeo, avergonzado.

Le devuelvo el móvil a Rita, cojo abrigo y salgo con el alma hecha añicos.

Debí volverme a casa desde el principio. Pero aquí estoy, como un tonto, malhumorado y más solo que la una. Me repito que yo quise una vida cómoda, que el esfuerzo y el dinero me valdrían más que todo.

Recuerdo las tardes de instituto, comiendo pan con chorizo sobre el capó tras una tarde tocando en la calle. Creíamos que nos íbamos a comer el mundo, que la felicidad era solo la próxima canción…

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve

Subo al bus murmurando los números. Acabo de tener a una mujer medio muerta en mis brazos y de gritar a una chica que no merecía nada de esto. He tocado fondo y lo sé, pero me aterra cambiar.

Llego a casa. Hace frío, han cortado la calefacción. Pongo agua a hervir, con té de sobre, como siempre. Y al mirar el móvil veo un mensaje de mi madre: “Hoy es el cumpleaños de tu padre. Por si no te acuerdas”.

Mecachis Se me había pasado.

Marco su número, pero no me sale nada para contar. Llevo años solo comunicando lo justo, mis logros, mis planes. Pero ahora, ni eso.

Cuelgo. ¿Por qué tanto peso con la familia? ¿Por qué no puedo soltarle?

Sirvo el té, me siento en la cocina vacía. Imagino a mis padres tomando pastas y té en su salón, contentos. Y pienso en lo solo que estoy.

Hoy he salvado una vida. Bueno, casi. Y, aun así, todo me parece insuficiente. Me irritaba tanto la señora Encarnación Ahora no me la quito de la cabeza. ¿No podría visitarla algún día? Tal vez, mejor no molestarles, con todos sus millones…

Suspiro. Me obsesiono con el dinero. Quiero todo lo que soñé de joven, y ahora me siento vacío.

Entonces suena el móvil. Es papá.

¿Llamaste, hijo? Si estás libre, vente. Mamá y yo te echamos de menos.

Tose, mamá interrumpe, habla a la vez, pero apenas les oigo; el wifi en el portal es malísimo y corro como un loco con aire helado en las orejas.

¡David! mi vecino Mustafa, el gitano. Espera, lleva esta fruta. Es del pueblo de mi hermana. Para tu padre. Salúdalo de mi parte.

Me mete el paquete en la mano: piñas, mandarinas, peras y manzanas. Me río y tomo el tranvía, saludándolo con la mano.

Normal este Mustafa; ni conoce a mi padre, pero le manda fruta.

Subo a casa de mis padres. Mi padre abre en camiseta de rayas y pantalón corto. Me abraza fuerte.

Ahora ya estamos todos. ¿Cómo te va, hijo?

Me tiembla la voz, casi me echo a llorar. Llevo años sin que nadie pregunte cómo estoy y de verdad escuche la respuesta.

Llevo años actuando de persona fría, convencido de que el futuro era solo éxito y trabajo. Pero la verdad, necesito algo más. Cariño, música, amigos. Por eso me irritaban tanto Encarnación, Rita y Santi. No viven por dinero: se tienen los unos a los otros.

¿Quieres cenar? Mamá me abraza, sonriente. Lávate las manos. Sé que tienes mucho que contarme.

Y tiene razón. Hay tanto por contar. Buscaré mi guitarra, la que mamá guardó en el altillo. Estará vieja y desafinada, pero me da igual. Para guitarras nuevas ya tengo ahorros de sobra.

…Nueve, diez.

He llegado hasta aquí, y de repente veo el final del túnel.

No sé por qué ha sido ahora. Quizá por lo de Encarnación, Rita, Santi, o porque estoy harto de estar solo. Pero ya está. Todo cambiará. De momento, a celebrar el cumple con mi padre. Le diré que me enseñó más de lo que cree.

¡Cómo no! Somos familia, ¿no ves? me diría.

Y yo, por fin, asentiré.

Después fui a ver a Fernando, nos pasamos la noche hablando y riendo, mirando fotos. Y pienso: ¡qué feliz es, y ni me enteré!

Gracias, Fer le digo, más ligero que nunca.

¿Por qué, hombre?

Por estar ahí, tío. Nada más.

Un año más tarde dejé el banco y me metí a dar clases de guitarra en una escuela pequeña del centro. Se me han olvidado cosas, vale, pero ahora no tengo que contar hasta diez para calmarme. Soy feliz.

A veces viene Rita. Canta con una voz increíble.

¿Si hay algo entre nosotros? No lo preguntes. Ni lo sabemos. Ya veremos…

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