Cuando menos lo esperas…

**Cuando menos te lo esperas…**

Aquellas palabras de la canción de Miguel Ríos, *”El amor llega sin avisar, cuando menos lo esperas…”*, para Esperanza siempre fueron solo eso: una letra bonita. Si en casa todo iba bien, ¿para qué mirar a los lados en busca de ese amor inesperado?

Su vida era estable: una relación tranquila con su marido, una hija adolescente lista y guapa, un trabajo decente, un piso en Madrid… ¿Dónde cabía ese amor casual?

Pero como dice el refrán: *”De agentes y cárceles, nadie está libre.”* En el cumpleaños de unos amigos, Esperanza se encontró con un antiguo compañero de la universidad. Él la había cortejado años atrás. Incluso creyó estar enamorada de él, pero Alejandro llegó como un huracán, la envolvió, la conquistó… y se casaron.

Los invitados comenzaron a levantarse de la mesa para estirar las piernas. Su marido salió a fumar.

*”Ha cambiado mucho”*, pensó Esperanza, observando a su excompañero. *”Se ha vuelto más seguro, más atractivo… Tiene un magnetismo masculino que se nota. Y esa mirada…”* La atravesaba como un rayo cálido. Su corazón latía con fuerza, una mezcla de emoción y nostalgia.

*”No mira así a otras mujeres, aunque ellas claramente coquetean con él. Pero las mujeres tendemos a inventar sentimientos donde no los hay. Solo es un juego, nada más.”*

—¿Bailamos? —Él se acercó y le tendió la mano.

¿Por qué no? Esperanza posó su mano en la palma de Jorge. *”Alejandro está en la cocina, hablando de fútbol como siempre. Que se preocupe si me ve con él.”* Sintió una travesura juvenil revivir en ella.

Bailaron lentamente en el pequeño espacio libre junto a la ventana.

—Estás más guapa que nunca. —La mirada de Jorge le hizo arder la sangre, la turbó hasta hacerle bajar la vista.

—Anda ya. He engordado desde que nació Lucía y no consigo quitármelo. —Apartó el rostro, pero notaba su aliento en su sien.

—¿Para qué? Estás perfecta así. —Sus manos cálidas quemaban a través del fino tejido de su vestido.

—Eres parcial. —Esperanza lo miró un instante y volvió a desviar la mirada.

—Para nada. Me pierdo en ti. Lo sé, Esperanza, no me eres indiferente. Intentas guardar las distancias por tu marido, tu hija… Pero sé que lo vuestro se enfrió hace tiempo.

—¿Cómo lo sabes?

—A tu edad, la razón ahoga al corazón. Pero no puedes negar lo que sientes ahora. No soy ciego. Y de Alejandro sospechabas… aunque preferías no verlo. En fin, no es asunto mío.

—Exacto. ¿Por qué me dices todo esto? —Se apartó bruscamente—. ¿Viniste solo? ¿Sin tu mujer? ¿Cazando señoras desencantadas?

—Mi mujer murió en un accidente hace diez años —dijo él con calma.

—Lo siento… No lo sabía, Jorge.

La música terminó. Cuando él la soltó, Esperanza sintió un vacío helado donde antes estaban sus manos. Necesitaba aire. Abrió bruscamente la puerta de la cocina y se paralizó.

Allí, junto a la ventana, su marido abrazaba y besaba a una mujer. *”Alejandro… mi marido… aquí, en casa de nuestros amigos.”* No podía creerlo. ¿Tenía razón Jorge?

Retrocedió, cerró la puerta y salió corriendo del piso. La calle estaba húmeda por la lluvia primaveral. Temblando, recordó que ni siquiera había cogido el abrigo ni el bolso. No tenía dinero para un taxi ni llaves. Tendría que volver.

Tras ella, una voz la detuvo.

—Hace fresquito. —Jorge le colocó su chaqueta sobre los hombros—. ¿Llamo un taxi?

Esperanza se giró. Él sostenía su bolso.

—Gracias. —Su voz tembló.

—Lamento esto. Él te engañaba desde la universidad. Pero tú no querías verlo.

—¿Cómo lo sabes?

—Los hombres presumimos de nuestras conquistas. Vamos, te acompaño.

Caminaron bajo las farolas. Ella respondía distraída, preguntándose si realmente había cruzado miradas con Alejandro en el cristal de la ventana. ¿La habría visto entrar? Pero no la siguió. En cambio, Jorge sí…

—¿En qué piensas? —la interrumpió él.

—En que soy una esposa fiel, pero aquí estoy, escuchándote y creyéndote. Demasiado buena, hasta que mi marido dejó de verme… —Suspiro—. Sois todos iguales. El deseo se acaba y lo buscáis en otra parte.

—Ya hemos llegado.

—¿Lucía estudia para los exámenes? —Jorge miró hacia las ventanas de su piso.

—¿Cómo sabes dónde vivo? —Esperanza lo examinó—. ¿Me seguiste? ¿Para vengarte de Alejandro?

—De él, sí. De ti, no. Me gustabas mucho, y él… no te merecía. No quiero molestarte. Adiós. —Se alejó sin mirar atrás.

Esperanza subió lentamente.

—¿Dónde está papá? —Lucía apareció en el recibidor—. ¿Os habéis peleado?

—No. Solo estoy cansada. Ya vendrá. *”Si es que vuelve…”*, murmuró para sí.

Alejandro llegó una hora después, entre culpable y resuelto. Discutieron en voz baja en la cocina para no despertar a Lucía. Primero lo negó todo, luego confesó.

—Vete. Seguro que tienes dónde ir. —Ella apartó la mirada.

Él se marchó al amanecer, dando un portazo. Esperanza recorrió la casa sin rumbo. *”¿Y ahora qué?”* Se reprochaba haber destrozado esa vida ordenada. Pero ya no había que cocinar filetes cada noche. Ella y Lucía comían platos sencillos. Tampoco lavaba camisas a diario. Tenía tiempo para sí misma. *”En toda pérdida, hay algo bueno.”*

Un día, volviendo del trabajo, Jorge apareció frente a ella.

—Hola. ¿Vienes de la oficina? Siento lo de tu ruptura.

—Como siempre, bien informado —respondió con ironía, aunque su corazón se aceleró.

—Confesión: quedé con Alejandro. Para hablar.

—¿Qué? —Esperanza se quedó pálida—. ¿Dónde vive? ¿Por qué no ha venido por sus cosas?

—Tiene a otra desde hace años. Y sus cosas también. Sabes poco de tu marido.

—Ya veo.

—Oye, necesito un regalo para el jubileo de un colega. ¿Me ayudas? —Sus ojos brillaban con esperanza.

—Vamos. —Lo guio a una tienda de antigüedades. *”Ahora tengo tiempo de sobra.”*

Escogieron un juego de copas de cristal tallado de la Real Fábrica de Cristales de La Granja.

—Menos mal que te encontré. ¿Tomamos algo? O…

—O… invítame a tu casa —dijo ella de pronto.

Su piso era un caos típico de soltero: ropa, libros, trastos por doquier.

—¿Tienes hambre? Solo tengo tortilla o croquetas congeladas. —Jorge recogía a toda prisa.

—¿Tuvisteis hijos… tú y tu mujer? —preguntó con cuidado.

—No. Eso nos distanció al final. Pero te ofrezco té. —Puso la tetera al fuego.

Bebieron y recordaron la universidad. Extrañamente, no había incomodidad, como si los veinte años no hubieran pasado. Pero era hora de irse. Al levantarse, sus miradas se encontraronY cuando sus labios se encontraron de nuevo, Esperanza supo que, aunque la vida le había enseñado a desconfiar del amor, a veces este llega de la forma más inesperada y se queda para siempre.

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