Antonia Martínez salió de la farmacia con un único pensamiento en la cabeza: llegar a casa sin contratiempos.
Bastón. Paso. Bastón. Paso. La pierna arrastraba, la bolsa con los medicamentos le cortaba la palma de la mano. Octubre en Madrid había sido implacable: húmedo, frío, sin un ápice de misericordia.
Una manzana más. Un poco más.
Ya casi había pasado el parque infantil cuando oyó un gemido bajo entre los setos de la valla.
Antonia se detuvo. Se quedó un segundo quieta. Pensó: no tengo fuerzas, vete a casa. Lo pensó… y aun así se desvió.
Apartó las ramas.
Entre los arbustos yacía una pastora alemana. Grande, adulta, y completamente indefensa. La pata delantera ensangrentada, seca y fresca al mismo tiempo. El pelo enmarañado, las costillas demasiado marcadas bajo la piel. Pero lo peor eran los ojos: vivos, pero casi rendidos. Antonia conocía esos ojos. Sabía lo que significaban.
La perra la miró y no gruñó.
Solo la miró.
—Bueno, ¿y qué hago contigo? —dijo Antonia. No era una pregunta, sino un suspiro.
Sacó el móvil. Llamó a un taxi —la primera vez en meses, ahorrando cada euro— y dio la dirección de la clínica veterinaria de la calle Delicias.
El conductor, al ver a la perra, hizo una mueca.
—La verdad es que no llevamos animales. Solo si es en el maletero. ¿No va a manchar?
—No va a manchar, ayúdeme a subirla —dijo Antonia con ese tono de voz que años atrás usaba con los auxiliares descuidados.
Para su sorpresa, el conductor no discutió; casi él solo levantó a la perra al maletero.
En la clínica dijeron: fractura, herida abierta, desnutrición. Operación urgente.
Dieron la cifra.
Antonia se quedó callada un segundo. Luego abrió el monedero.
Era casi toda su pensión.
«Casi toda, pero no toda», se dijo. Y puso el dinero sobre el mostrador.
Antonia regresó a casa entrada la noche —con la perra, con la bolsa de medicamentos y un manual de dos folios en letra pequeña.
La perra, al entrar en el piso, se tumbó enseguida en el pasillo. Antonia se sentó a su lado.
La pastora yacía con la pata vendada extendida. A Antonia ni la miraba.
—Bueno, da igual —dijo ella—. Si no quieres mirar, no mires. Lo importante es que estás viva.
Esa noche casi no durmió. Escuchaba. Se levantó dos veces, se acercó, iluminó con el móvil.
Por la mañana llamó Carmen.
—Mamá, ¿cómo estás?
—Bien. He recogido una perra.
Silencio. Largo.
—¿Qué perra?
—Una pastora alemana. Estaba herida, en unos setos. La llevé a la clínica.
—Mamá. —La voz de Carmen se volvió especial, de cuando se contiene a duras penas—. Mamá, ¿en serio? ¡Si apenas puedes andar! ¿Con qué dinero?
—Con el mío.
—¿Con la pensión?
—Carmen, no grites, por favor.
—No grito, hablo. Mamá, lo hablamos. Tengo la habitación preparada, tienes que venirte pronto a casa, y tú en lugar de eso…
—Carmen. —Antonia lo dijo con calma—. Te llamo luego.
Y colgó.
Después. Eso después. Ahora importaba otra cosa.
Los primeros días fueron duros. La perra no comía. Antonia compraba de todo: paté, pollo hervido, arroz con caldo. Ponía el plato, se apartaba, esperaba. Volvía —intacto.
Se sentaba en el suelo a su lado — despacio, rezongando, con esfuerzo— y le ofrecía la comida en la palma. Solo sostenía y esperaba.
Al tercer día, la perra se estiró y cogió un trocito de pollo.
Pequeño. Casi imperceptible.
Antonia no sonrió; se quedó quieta, sin moverse. Para no espantarla.
Así está bien. Así.
La llamó Lola. No lo decidió enseguida; primero pensó: para qué un nombre, igual no se queda. Luego entendió: se queda.
Lola tenía miedo de todo. De los ruidos bruscos, de los movimientos extraños. Cuando Antonia intentó acariciarle la cabeza por primera vez, la perra se encogió como esperando un golpe.
Quién te habrá hecho esto.
No la acariciaba; solo ponía la mano cerca. Sobre la manta, junto a la pata. La mano quieta, sin presión. Que se acostumbre.
Así pasaron los días.
Por la mañana y por la tarde salían a la calle.
Lola bajaba las escaleras con cuidado, sobre tres patas —la cuarta aún se la reservaba. Antonia también con cuidado, agarrada a la barandilla. Dos cojitas, pensaba. Vaya pareja.
Llegaban al banco junto al álamo y se paraban. Antonia se sentaba. Lola se quedaba a su lado, mirando alrededor —alerta, tensa, como esperando peligro de todas partes.
Así paseaban cada mañana y cada tarde. Primero hasta el banco y de vuelta. Luego hasta la esquina del edificio. Luego alrededor del patio. Antonia volvía a casa y notaba que las piernas le zumbaban, pero de otra manera que antes. No por debilidad. Por cansancio. Hay diferencia.
En noviembre, Carmen llegó sin avisar.
Llamó al timbre, entró y se quedó en el recibidor. Vio a Lola tumbada en su manta, los platos junto a la pared, la correa en el gancho. Luego a su madre. Antonia estaba tomando té en la cocina, con las mejillas sonrosadas del paseo.
—Mamá, tienes… buen aspecto —dijo Carmen. Desconcertada, como si esperara otra cosa.
—Paseo dos veces al día —respondió Antonia—. Siéntate, te pongo té.
Carmen se sentó. Miró a Lola —la perra reposaba tranquila, solo alzó la cabeza.
—¿No muerde?
—No.
—¿Y si entra un desconocido?
—No es agresiva, solo precavida.
Carmen calló. Luego volvió a lo suyo:
—Mamá. La habitación está lista. Lo he preparado todo. Entiendes que estoy más tranquila si estás cerca. Y tú sola aquí, cualquier cosa…
Antonia dejó la taza.
—¿Os quedáis con la perra?
—Mamá.
—Carmen. Solo responde.
Pausa. Larga.
—No tenemos tanto espacio en casa. Y Kiko odia los animales. Lo sabes.
—Lo sé —dijo Antonia.
Y esa noche no volvieron a tocar el tema.
Lola, como si hubiera olido algo, se levantó de su manta, fue a la cocina y se tumbó a los pies de su dueña. Directamente sobre el suelo frío —se tumbó y se estiró.
Antonia bajó la mano y le rascó detrás de la oreja.
Todo lo oyes, ¿eh?
La conversación ocurrió en diciembre. Carmen llegó un sábado con bolsas, comida, y el aspecto de quien ha tomado una decisión y va a anunciarla.
Colocó los víveres en la nevera. Fregó los platos. Luego se sentó a la mesa y juntó las manos —así, como quien va a hablar en serio.
—Mamá. Sin rencores.
Antonia estaba sentada al lado. Lola descansaba en la sala —se oía su respiración.
—Vale —dijo Antonia.
—He hablado. La habitación está lista, he puesto cortinas, te he comprado un colchón nuevo. Está muy bien, mamá. Estarás cerca, yo estaré tranquila. No estarás sola.
—No estoy sola.
—Mamá. —Carmen cerró un poco los ojos—. Una perra no es compañía. Es una responsabilidad que ahora no necesitas. Gastas la pensión en ella, sales con frío dos veces al día, tú…
—Tengo mejor aspecto que hace un año.
—Te cansas.
—Todo el mundo se cansa.
—Mamá, he encontrado una perrera buena. Gente decente, cuidan de los perros, tienen un terreno grande. Lola estará bien allí. Mejor que en un piso pequeño.
Lola en la sala volvió a respirar hondo. Se levantó —se oían las uñas en el suelo— y vino a la cocina. Se paró en la puerta, miró a las dos. Luego fue hacia Antonia y se sentó a su lado.
Carmen miró a la perra. Luego a su madre.
—Mamá.
—Te oigo —dijo Antonia en voz baja—. Te oigo todo.
Bajó la mano y la puso sobre la cabeza de Lola. La perra no se movió.
—¿Te acuerdas de cuando trabajaba? —preguntó Antonia de repente—. Tú eras pequeña, pero quizá lo recuerdes. Salía a las seis de la mañana. Volvía y ya dormías. Tu padre decía: no existes en casa, solo existes en el hospital.
Carmen callaba.
—No me quejaba. Entendía: allí había gente. Peor que yo. Yo hacía falta. —Hablaba sin dramatismo, con calma—. Luego tu padre murió. Y me jubilé. Y de repente ya no hacía falta a nadie. Tú eres mayor, tienes tu vida. Es normal. Pero yo… Carmen, no sabía qué hacer conmigo misma.
Antonia miraba por la ventana. Al otro lado, diciembre gris, el atardecer temprano, las farolas ya encendidas.
—Cuando encontré a Lola pensé: vaya, otro problema. No tengo fuerzas, ni dinero, ni salud. Para qué. Y entonces ella cogió un trocito de pollo de mi mano —al tercer día. Un trocito tan pequeño. Y supe que no había dormido esas tres noches por cansancio, sino porque era importante. Porque si yo no vigilaba, no lo haría nadie.
Lola se acercó más. Antonia le rascó detrás de la oreja.
—Empecé a salir a la calle. Primero hasta el banco y me ahogaba. Ahora tres vueltas a la manzana y ni me doy cuenta. Las pastillas de la tensión —hace dos semanas bajé la dosis, el médico dijo: se puede. Conocí a Valeria del segundo piso, a veces paseamos juntas. Me compré unas botas buenas para el invierno —primera vez en tres años, porque antes pensaba: para qué botas, si no voy a ningún lado.
Se volvió hacia su hija.
—Y ahora sí voy, Carmen.
Carmen estaba sentada mirando a su madre. Quería decir algo —Antonia lo veía— pero no lo decía.
—Entiendo que tengas miedo —dijo Antonia—. De que me caiga. De que no haya quien llame a urgencias. De que en invierno resbale, de que esté sola, de que pase cualquier cosa. Entiendo ese miedo, yo lo tuve con tu padre los últimos años.
—¿Y qué tiene de malo? —dijo Carmen en voz baja.
—Nada malo. Solo que aún no estoy lista para ser una carga. —Antonia esbozó una sonrisa—. Es pronto.
Carmen bajó la mirada.
Callaron largo rato.
—¿No la vas a dar? —dijo Carmen.
—No.
—¿Y no te vas a mudar?
—No.
Carmen asintió. Despacio, como si algo dentro de ella se colocara en su sitio—rechinando, pero colocándose.
—Entonces quiero que tengas un botón de alarma. Una pulsera así —la pulsa, y me llega el aviso.
—Vale.
—Y una vez a la semana vengo. No a controlar, solo a hacerte una visita.
—Me alegraré.
—Y a esta —Carmen señaló a Lola—, intentaré aceptarla. No prometo quererla, pero intentarlo.
Antonia miró a su hija.
—Ven aquí —dijo.
Carmen se levantó. Se acercó. Antonia la abrazó fuerte. Carmen se quedó quieta un segundo, luego devolvió el abrazo.
Lola se retiró discretamente a su manta.
Fuera ya era de noche. Las farolas lucían fijas, la nieve había espolvoreado el alféizar.
El invierno pasó sin apenas darse cuenta.
Antonia no supo cuándo exactamente —solo que en algún momento se dio cuenta de que diciembre había terminado, luego enero, luego febrero, y ella seguía andando y andando —mañana y tarde, con frío y con deshielo, con nieve y con barro.
Lola caminaba a su lado. Ya sin cojera —la pata había sanado por completo, el veterinario dijo: no se nota.
En el barrio ya las conocían. Valeria del segundo piso salía siempre a la misma hora —paseaban juntas, charlaban. De los hijos, de la salud, de política a veces —con cuidado. Don Manolo del tercero se paraba cada día y le daba a Lola galletas, ella las cogía con delicadeza, con dignidad. Los niños del parque primero le tenían miedo —era una pastora, al fin y al cabo— pero luego se acostumbraron y se acercaban a acariciarla.
Antonia dejó el bastón en casa en febrero.
Un día salió sin él y no se acordó. Volvió, lo vio junto a la puerta y pensó: vaya.
En marzo llamó al huerto urbano —para preguntar si ya se podía acceder a la parcela. Resultó que sí. Se apuntó al autobús.
Lola viajó con ella en la plataforma trasera, mirando por la ventana.
En el huerto todo seguía igual —la vieja casa, las hojas del año pasado, los manzanos desnudos. Antonia recorrió el terreno, tocó la tierra —aún fría, pero ya no helada. Planeó dónde plantar los flox, dónde las petunias, dónde el perejil y la albahaca —por el olor.
Lola correteaba por la parcela como una joven.
En abril llegó Carmen. Con Kiko. Kiko entró, vio a Lola, se tensó. Lola se acercó, le olisqueó la mano y se apartó —como diciendo: ya te he comprobado, no eres peligroso.
Kiko soltó el aire.
—Bueno —dijo con cuidado—, al menos es tranquila.
—Lista —corrigió Antonia.
Durante el té, Carmen observaba a su madre —atenta, estudiosa. Luego dijo en voz baja, mientras Kiko salía al balcón:
—Mamá, has cambiado.
—¿A mejor?
—Sí.
Antonia pensó.
—Es que ahora vuelvo a vivir —dijo—. Se nota, supongo.
Lola apoyó la cabeza en su regazo.






