Verónica se zambulló en el hueco de la despensa justo cuando la llave giraba en la cerradura.
Se apoyó contra la estantería de latas, buscó la manija interior y la tiró con el cuerpo pegado, dejando sólo una rendija del ancho de un dedo.
Respiraba con la voz entrecortada, tapándose la boca con la palma, porque en el pasillo reinaba un silencio mortal; cualquier ruido se habría escuchado en todo el piso.
La puerta principal se abrió de golpe.
Javi tosió, dio un paso al vestíbulo. Desde la estrecha abertura, Verónica distinguió sus manos: dos bolsas blancas repletas de la compra, los tiradores de cuerda aferrados a los dedos como si fueran garras.
¡Mamá! exclamó. ¿Estás en casa?
Verónica apretó la mano contra su boca con más fuerza.
—
Hace ya cinco años que Verónica vivía sola. Cuando su compañero falleció de repente como suele pasar con los que ocultan su dolor el corazón no aguantó y todo se vino abajo.
El primer año sin él fue el peor: no fue solo el duelo, ella siempre supo mantenerse en pie, pero el silencio del apartamento la llevaba al borde. Koldo, su hermano, se reía frente al televisor con tal estruendo que se escuchaba cada palabra en la cocina.
En el baño cantaba a gritos, torciendo tanto la letra como la melodía, sin avergonzarse en lo más mínimo. Ahora, al cerrar la puerta del baño, sólo se oyen los rugidos de las tuberías, y ese ruido le parece a Verónica un martillo ensordecedor.
Su hija Cayetana llegó desde Zaragoza en los primeros días. Estuvo dos semanas: limpiaba, cocinaba, se acostaba en la cama de su madre por la noche y simplemente estaba allí, sin exigir conversaciones.
Eso valió muchísimo.
El hijo, en cambio, nunca apareció, ni entonces ni después. Ya pasaron once años desde que Javi se marchó, y Verónica había dejado de explicar en voz alta el porqué, aunque en su cabeza la revivía una y otra vez como un disco rayado.
La historia de su partida era dolorosa y enrevesada, como suele suceder cuando la verdad se ha escondido bajo la alfombra demasiado tiempo. Javi había sido problemático desde pequeño: irritable, explosivo, con berrinches por cualquier cosa.
Apenas se las ingeniaba en la escuela, en sexto curso repitió y salió con notas medias, mientras su hermana, la perfecta y tranquila Sara, siempre sacaba sobresalientes.
Javi se enfadaba con Sara, rechinaba contra sus reproches, y Koldo a veces perdía la paciencia, aunque se contuvo con todas sus fuerzas.
Cuando Javi cumplió diecinueve, Koldo lo mandó al verano con su madre, la anciana Clara, a una aldea cerca de Valladolid. Pensó que el trabajo en el campo le haría respirar aire puro y alejarlo del despropósito citadino.
Clara era una mujer directa, sin pelos en la lengua y no creía en disimular. Cuando Javi metía la pata en el huerto, ella le lanzaba, sin rodeos:
¿Qué esperas de mí, mocoso?
Javi volvió a Madrid ese mismo día, dejó la mochila en el recibidor, se dirigió a la cocina, se sentó y preguntó, casi sin entonar:
¿Es verdad?
Verónica miró a Koldo. Koldo la miró a ella.
Llevaban tiempo queriendo decirle la verdad a Javi, esperando el momento adecuado, pero siempre se lo posponían, convencidos de que aún era demasiado pronto, que él necesitaba crecer un poco más.
Sí, es verdad dijo Verónica. Te recogimos cuando eras un bebé, apenas tenías ocho meses. Llorabas a gritos, hacías temblar la habitación, pero al vernos te quedaste mudito y me miraste fijamente.
Le dije a Koldo entonces: no nos queda otro sitio.
Javi se levantó y se fue a su habitación. Verónica y Koldo pasaron la noche en la cocina, hablando de cualquier cosa menos de eso, porque ninguno de los dos sabía cómo abordar el tema.
Unos días después, Javi desapareció. Se llevó el dinero que él y Koldo habían guardado para su habitación en el piso compartido, el que habían pensado como sorpresa para el otoño.
Él fue el primero en organizar su propia sorpresa.
Koldo casi nunca hablaba de él en voz alta. Por las tardes se sentaba largo tiempo junto a la ventana, mirando la calle.
Verónica veía que él sufría, pero no se atrevía a indagar: Koldo lidiaba con el dolor a su manera, con el silencio, y ella respetaba eso. Con los años, su corazón también se apagó.
Javi apareció a principios de abril. Llamó a la puerta, sin sonar el timbre, solo tocó, como si temiera que le cerraran la puerta de golpe.
Verónica abrió y se quedó mirando unos segundos: un hombre de treinta años, barba incipiente, ligeramente encorvado, con una bolsa de naranjas en la mano.
Mamá dijo. Perdóname. Fue una estupidez lo que hice.
Con una voz de chico grande.
Ella se quedó paralizada, sin saber qué hacer.
Quiero compensarte añadió. Dame una oportunidad.
La abrazó en el umbral; él devolvió el abrazo torpemente, como quien ha estado años sin abrazos y ha olvidado cómo se hacen.
Durante la cena contó que había trabajado como cocinero por todo el país, de Cádiz a Burgos, empezando en pequeños locales y llegando a restaurantes de renombre. Cocinaba de verdad bien.
Verónica lo veían mientras fileteaba un pollo y pensó que la vida es curiosa: el hombre desaparece durante once años y vuelve para freírte unas croquetas.
Se quedó a vivir allí. Reocupó su vieja habitación, ordenó los cajones, por las mañanas hacía gachas o huevos revueltos.
Cada noche llamaba a Cayetana.
¿Ha vuelto? dijo Cayetana tras un silencio. ¿Y cómo está?
Bien. Muy educado. Cocina de puta madre.
Mamá, ¿estás segura de que todo va bien? Han pasado once años.
Cayetana, es mi hijo. No seas como una extraña.
Llamó a familiares de toda España, les contaba que Javi había vuelto, que estaba en casa. Su prima de Salamanca soltó una frase del estilo no hay humo sin fuego, y el tío de Sevilla murmuró que la gente no vuelve de la nada.
Verónica les respondía que no había que alarmarse, que todo estaba bien.
Dos semanas después empezó a cansarse más que antes. Por la tarde sentía la cabeza como si le hubieran rellenado de algodón, y por la mañana le daba un mareo.
Pensó que era la primavera: falta de vitaminas, cambios de presión, la edad. A los sesenta, la salud ya no es fiable; no había nada concreto de qué quejarse. Lo principal era que su hijo estaba cerca.
Cayetana le preguntaba por la salud; ella contestaba que estaba normal, que un poco de cansancio, pero que pasaría.
¿Tal vez deberías ir al médico? insistía.
¡Anda ya! No voy a ir a la clínica por cada cansancio. Allí te hacen esperar dos semanas, y luego, ¿qué? respondía.
No mejoró. La náusea crecía, y al mediodía la cabeza se hacía pesada. Tomaba vitaminas, hacía infusiones de rosa mosqueta y trataba de no darle vueltas al asunto.
Una noche se despertó antes de las seis. El cielo de abril estaba gris, la calle desierta.
La boca le estaba tan seca que apenas pudo tragar. Se calzó las pantuflas y fue a la cocina por agua. No encendió la luz del pasillo, pues conocía la vivienda de memoria, cada esquina.
Antes de llegar a la cocina se detuvo.
Javi estaba junto a la estufa, con una hornilla encendida bajo una olla de gachas. Tenía en la mano una pequeña bolsa de plástico con polvo y lo fue echando lentamente en la olla. Luego tomó la cuchara y mezcló con cuidado.
Verónica retrocedió por el pasillo, llegó al dormitorio, se tiró en la cama y se cubrió con la colcha. Miró el techo con los ojos abiertos. Unos minutos después, la puerta del cuarto crujió.
Cerró los ojos, respiró con calma, fingiendo estar dormida. Sintió la mirada de Javi desde el marco de la puerta.
Él se quedó allí un momento, cerró la puerta y golpeó la entrada principal.
Verónica abrió los ojos. El amanecer asomaba por la ventana. Empezó a repasar en su cabeza las fechas: cuándo empezó a enfermar, cuándo le dio náuseas, cuándo la fatiga se volvió insoportable.
Todo coincidía con el día en que Javi se instaló y se encargó de la comida.
Se levantó, se vistió y decidió ir a casa de su vecina Tamara, del tercer piso, una mujer sensata que no se andaba con rodeos y sabría qué hacer sin lágrimas innecesarias. Cuando ya estaba a punto de ponerse el abrigo, la llave giró en la cerradura.
No llegó a comprender cómo terminó otra vez en la despensa.
A través de la rendija, vio a Javi coger el móvil y marcar.
¿Hola? Sí, ya estoy en casa dijo, tras una pausa. No, la abuela se ha marchado, no está. Se alejó por el pasillo. No te alteres, te lo digo.
Pensó que le quedaba poco tiempo. Supongo que será por falta de vitaminas o presión musitó. Al final, vaciaremos el piso y volveré contigo.
¡Menos mal! exclamó Javi, irritado. Me he dejado la farmacia otra vez. Tendré que volver a pasar por allí. Maldijo. Vale, ya llego, espera.
La puerta se cerró. En la escalera, los pasos se apagaron.
Verónica salió de la despensa y se plantó en medio del recibidor. Miró su chaqueta colgada, sus botas junto a la puerta, las llaves del candado superior sobre la repisa.
El candado inferior sólo tenía su llave; no había copia para nadie.
Empacó su bolso en veinte minutos: documentos, tarjeta de jubilación, una foto pequeña de Koldo en un marco.
Llamó a Cayetana.
Mamá, ¿qué haces a esta hora? bostezo de Cayetana.
Pues, estoy pensando, cariño. Me voy a tu casa.
¡Ven ya! ¿Cuándo?
Hoy.
¡¿Hoy?! Cayetana se despertó de golpe. ¿Y Javi? Que venga también, quiero ver a mi hermano.
Javi está trabajando, fuera de la ciudad. Yo iré sola.
Vale, dime el número del tren y nos encontramos.
Guardó el móvil, tomó las cosas que Javi había acumulado durante el mes: unas camisetas, una afeitadora, un libro gastado, y las metió en su mochila, cerrándola con la cremallera. La dejó sobre la escalera de la entrada.
Sacó un papel y un bolígrafo, y escribió despacio, con letra clara:
«Javi. Te quiero, siempre te he querido y, por mucho que no lo merezcas, seguiré amándote. Por eso no voy a la policía, pero ya no quiero volver a verte. Nunca más. Mamá».
Dobló la hoja y la puso encima de la mochila.
Salió, cerró la puerta con el candado inferior y guardó la llave en el bolsillo del abrigo.
Tomó el autobús hasta la estación de metro Villaverde Alto, bajó al subsuelo, subió al tren y, en vez de fijarse en los anuncios, contempló su reflejo en el cristal oscuro.
El tren arrancó y siguió su ruta.
Llegó a la central de Atocha, hizo transbordo en Sol. En la plataforma estaba vacío y resonaba. Compró un billete a Zaragoza en el tren de día, se sentó en la sala de espera y vio a un hombre lanzar migas a una bandada de palomas que se empujaban y botaban entre sí.
Verónica se quedó pensando en que, tarde o temprano, tendría que contarle a Cayetana todo. No hoy, no al instante, pero sí contarle. Cayetana es lista, lo entenderá y no se pondrá a llorar sin sentido.
Pensó en Javi y trató de no hacerlo. No le salía bien.
Cayetana la recibió en el andén de Zaragoza, corrió, la abrazó fuerte, sin decir nada. Verónica se apoyó en el hombro de su hija y cerró los ojos.
Mamá susurró. ¿Qué ha pasado?
Te lo contaré después respondió Verónica. Primero vamos a casa.
Caminaron juntas por el andén, Cayetana cargaba la mochila. El sol de la mañana brillaba suavemente.
Verónica seguía pensando que en la despensa de Madrid, en la repisa de arriba, todavía quedaba un tarro de mermelada de cereza, hecho en agosto pasado, guardado para el invierno y nunca abierto.
Pues que siga allí. La felicidad no se guarda en la mermelada.






