Enamorado de la melodía

**Enamorado de la música**

Miguel siempre había amado la música. En primero de primaria incluso se apuntó al coro, pero lo echaron en el primer ensayo porque no podía afinar ni una nota, desafinaba la melodía y molestaba a los demás.

“Si no puedes cantar, quizá tocar algún instrumento sea lo tuyo”, pensaron sus padres y decidieron inscribirlo en el conservatorio. “Muchos músicos famosos no saben cantar y aún así componen maravillas”.

Miguel aceptó encantado, pero el curso ya había empezado y las matrículas estaban cerradas. Su madre suplicó a un profesor, un veterano del conservatorio, que le hiciera una prueba. Al año siguiente llegarían a tiempo.

El profesor, severo y calvo como una bola de billar, accedió solo para quitársela de encima. Veinte minutos después, salió del aula con Miguel y se dirigió a su madre, que esperaba en el pasillo.

“Hágame caso, no malgaste nuestro tiempo. Su hijo no distingue las notas, no las reconoce. Es inútil enseñar a quien no oye”, dijo el maestro sin mirarla.

“¿Cómo puede ser? A él le encanta escuchar música, especialmente zarzuelas”, insistió la madre.

“Su hijo no tiene talento, es un caso perdido. Que disfrute de la música, pero jamás será músico ni cantante”, sentenció el profesor antes de marcharse.

Madre e hijo abandonaron el conservatorio con el ánimo por los suelos.

“Bueno, si no va a ser músico, con esa dedicación podría ser un gran deportista”, decidió su padre y lo apuntó a lucha grecorromana.

Y la verdad es que Miguel destacó. Un día, camino del vestuario, escuchó un canto celestial detrás de una puerta del Palacio de la Juventud. Se separó del grupo, se acercó de puntillas y entreabrió la puerta. En el centro de la sala había un piano de cola, y junto a él, una chica cantaba. Su voz era tan hermosa que Miguel se quedó paralizado, embelesado. La observó sin pestañear: delgada, con una larga trenza sobre el hombro y unos ojos negros enormes. Entonaba: “*Tres testigos había: el río de ojos azules, el abedul esbelto y el ruiseñor cantor*”.

Todo el camino a casa, Miguel tarareó aquella melodía que se le había grabado en el alma.

A partir de entonces, siempre aminoraba el paso al pasar por aquella sala, pero nunca más volvió a escuchar aquella voz ni a ver a la chica. Otros cantaban, pero no como ella.

Tras el instituto, Miguel entró en la universidad. Dejó la lucha, ya no iba al Palacio de la Juventud, y el tiempo escaseaba. Jamás habló de su pasión. Se reirían de él: un chico joven que ama las zarzuelas.

En una fiesta conoció a Lidia. Le llamó la atención porque se parecía a aquella cantante, o eso le pareció, aunque sin trenza. Pero sus ojos eran igual de grandes y negros. Solo a ella le confesó que prefería las canciones tradicionales a la música moderna.

La invitó un par de veces a la ópera. Lidia fingía interesarse, incluso intentó tararear una melodía. Error. Su voz aguda y desafinada le irritaba. En el segundo concierto, se durmió.

Pero era buena chica, así que Miguel intentó pasar por alto sus fallos. Eso sí, no la llevó más a la ópera.

Su madre no paraba de recordarle que era hora de casarse, que Lidia era una buena ama de casa. Que no compartiera su afición no debía importar: cada uno tiene sus hobbies.

Miguel estuvo a punto de pedirle matrimonio. Compró un anillo, solo esperaba el momento oportuno. Y llegó: Nochevieja, fecha perfecta para comenzar una vida juntos.

Lidia, elegante, puso la mesa. Miguel descorchó champán. Iban a despedir el año en que se conocieron. Él alzó la copa para brindar, pero en la tele apareció una joven cantando “*A las afueras del pueblo…*”. Miguel se quedó petrificado. Reconocería esa voz entre mil. Era ella, mayor, sin trenza, pero igual de bella.

Lidia bostezaba. Quizá le hablaba, pero él solo tenía ojos para la pantalla. Ella, celosa, cogió el mando y apagó el televisor.

“¿Qué has hecho?”, gritó Miguel. “¡Dame el mando!”.

“Pues no”, respondió Lidia, escondiéndolo tras la espalda. “Es fiesta, y tú escuchando tonterías”.

“¡No son tonterías! ¡Dámelo!”.

“¡Toma!”, arrojó el mando. “Pensé que éramos… Y tú, embobado con esa artista. Canciones viejas y aburridas…”.

Miguel encendió el televisor, pero solo salía un guitarrista. Se levantó y empezó a vestirse.

“¿Adónde vas? ¿Y la Nochevieja?”, protestó Lidia, herida.

En casa, su madre lo interrogó: “¿Qué pasó? ¿Por qué vuelves tan pronto? ¿Dónde está Lidia?”.

“No somos compatibles. ¿Cómo vivir con alguien que no te entiende?”.

“Así nunca te casarás”, suspiró su madre.

Regañó a Miguel por arruinar la fiesta, por herir a Lidia, que tanto se había esforzado. Él, culpable, la llamó, se disculpó y le dio el anillo. Ella, feliz, lo perdonó. Intentó escuchar zarzuelas sin bostezar, tapándose la boca con la mano.

“No. No tenemos futuro. No soporto verte bostezar. No finjas que te gusta. ¿Para qué torturarnos?”. Y esta vez, se marchó para siempre.

Su madre no paraba de reprocharle egoísmo.

“Ella al menos lo intentaba, y tú no perdonas que no comparta tu afición. Eres un insensible”.

Miguel decidió que ya era adulto. Se mudó a un piso propio. Era un chico atractivo; las chicas se fijaban en él. A todas les ponía a prueba con una zarzuela. Preferían el reguetón, pero fingían adorar la música clásica. Miguel, aunque no tenía oído, detectaba la falsedad al instante.

Trabajaba hasta tarde, cenaba comida precocinada y se acostaba. Hasta que una fiebre lo dejó en cama. Su madre le llevó caldo, lamentando que no tuviera quien lo cuidara. “Ve al conservatorio y búscate una novia ahí”, le dijo. Él comió en silencio y se durmió.

Se despertó con el sonido de un piano y escalas vocales tras la pared. Luego, una voz distinta. Le gustó. Intentó imitarla, pero terminó tosiendo. Se tapó con la manta y volvió a dormirse.

Por la noche, alguien cantaba con una vocecilla infantil pero afinada. “Debe ser una profesora de canto”, pensó.

Una semana después, recuperado, volvió al trabajo. Por las noches, ya no se oía música.

Hasta que un domingo, mientras se afeitaba, escuchó de nuevo aquella voz. Cantaba sin acompañamiento, suave. Era ella. Pero el ruido del ascensor, los vecinos, la cisterna… todo le impedía disfrutarlo.

Cuando calló, Miguel salió a buscarla. Llamó a puertas, preguntó. Nadie sabía nada. Subió un piso y, tras una puerta, reconoció la melodía que tanto amaba. Contuvo la respiración.

Esperó a que terminara y tocó el timbre. La puerta se abrió. Era ella, la chica de la tele.

“¿Viene por mí? No doy clases a adultos”, dijo.

Miguel no podía hablar. No creía que estuviera ahí, viviendo justo encima.

“Perdone, ¿cantaba muy alto? ¿Le molesté?”.

“Al contrario. Quería pedirle que subiera el volumen”, bromeÉl sonrió, tomó su mano y supo que, por fin, había encontrado a alguien cuya alma vibraba al mismo compás que la suya.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

13 − ten =

Enamorado de la melodía
Espérame