No seré un obstáculo para ti

La sesión de verano estaba llegando a su fin. Solo quedaba un último examen, y después, ¡dos meses de vacaciones! Julia estaba harta de estudiar. Solo quería ponerse el bañador e ir a la playa urbana en el centro de la ciudad o escaparse a las afueras. Cualquier cosa con tal de no quedarse encerrada en su habitación sofocante.

Julia caminaba de vuelta de casa de su amiga cuando se detuvo frente al escaparate de una zapatería. Unos elegantes espeque le llamaron la atención, pero al ver el precio, su entusiasmo se desvaneció. Su madre no le daría más dinero—hacía poco le había comprado un vestido de verano. *”Cuando trabajes, comprarás lo que quieras”*, solía decirle su madre.

Con un suspiro, dio un paso atrás pero, distraída por los zapatos, chocó de pronto con un joven que venía en dirección contraria. Los libros y cuadernos que llevaba apretados contra el pecho cayeron al suelo.

—¡Mira por dónde vas! —dijo él, molesto.

Julia no respondió. Se agachó a recoger sus cosas.

El chico recogió uno de los cuadernos y hojeó las páginas.

—¿Estudias Medicina, verdad? ¿En época de exámenes? —preguntó.

—Sí. —Julia se levantó, le arrebató el cuaderno y lo sacudió con cuidado antes de volver a abrazarlo contra su pecho.

Era de las pocas que asistía a todas las clases y tomaba apuntes impecables. Sus compañeros siempre se los pedían prestados antes de los exámenes, así que los cuidaba como oro en paño.

—Perdona —se disculpó él al ver su mirada de reproche—. Fue culpa mía.

Julia se quedó mirando sus ojos verdes, de un tono que jamás había visto. Cuando sonrió, apareció un hoyuelo en su mejilla.

—Tengo que irme —dijo ella.

—Me llamo Alejandro, ¿y tú? —se apresuró a decir él.

Ella dudó un instante antes de contestar. Caminaron juntos, hablando de trivialidades, hasta que llegaron al edificio de cinco plantas donde vivía Julia.

—Esta es mi casa. Lo siento, tengo que estudiar —dijo, deteniéndose frente al portal.

—Entiendo. ¡Mucha suerte! —Alejandro le dedicó otra sonrisa antes de alejarse. Julia lo siguió con la mirada, lamentando que se fuera. *”Qué guapo”*, pensó.

Al día siguiente, aprobó el examen y, al salir de la facultad, lo encontró esperándola.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, sorprendida.

—Solo hay una facultad de Medicina en esta ciudad. El resto fue suerte. ¿Celebramos el fin de los exámenes? ¿Cine, playa, cafetería o un simple paseo? —propuso.

—Un paseo —contestó Julia, riendo.

Mientras caminaban, supo que Alejandro había suspendido el curso y lo habían expulsado. Su madre lo crió sola—su padre tenía otra familia—, y él, orgulloso, no quiso ser una carga. Ahora trabajaba como conductor.

La tarde fue perfecta: cine, una cena ligera en una cafetería y un paseo en barca por el río. Para cuando anocheció, Julia ya estaba enamorada. Meses después, Alejandro le pidió matrimonio.

La primera vez que lo llevó a casa, sus padres no lo aprobaron.

—Sois muy diferentes. Él es un conductor, y tú serás médico. No tendréis nada de qué hablar —advirtió su madre.

—¡Lees más que yo! —replicó Julia—. Quería seguir estudiando, pero no quiso ser una carga para su madre.

—¿Por qué la prisa? Acaba la carrera y luego os casáis.

—Lo amo —susurró Julia, bajando la mirada.

Tampoco la madre de Alejandro la aceptó.

—¿Dónde encontraste a esta escuchimizada? —le preguntó a su hijo en su primer encuentro, mirando a Julia con desdén.

Pero los jóvenes estaban seguros de que su amor superaría todo, y la boda siguió adelante.

La primera señal de alarma llegó cuando Julia se retrasó en la universidad. Alejandro montó en cólera, celoso sin motivo. Poco a poco, la fue aislando de sus amigos.

El día de la boda, Julia se miró en el espejo con el vestido blanco, el corazón latiendo con fuerza. Una mezcla de alegría y miedo la invadía. ¿Por qué?

El coche nupcial—un Mercedes negro prestado por el jefe de Alejandro—sonó el claxon frente a su casa. *”Demasiado tarde para dudar”*, pensó resignada.

Los problemas comenzaron pronto. Alejandro no entendía que Julia necesitaba estudiar. La arrastraba al cine, a fiestas, a patinar… Y ella, agotada, empezó a descuidar sus estudios.

En mayo, justo antes de los exámenes finales, Alejandro anunció que viajaría con su jefe por trabajo. La noche antes de irse, estuvieron juntos sin discusiones.

Julia lo echó de menos. Llamaba cada día. Pero una semana después, él no regresó. El coche se averió, y su jefe voló de vuelta, dejándolo allí para recogerlo.

Finalmente, Alejandro llamó para decir que volvería a casa. Julia, feliz, salió a comprar comida para celebrar, y de paso, encargó a un electricista que instalara un enchufe cerca del sofá.

El joven electricista llegó enseguida, charlando animadamente mientras trabajaba. Julia se reía cuando, de pronto, un golpe seco en la puerta la sobresaltó.

Era su suegra.

—¿Así que esto es lo que haces en vez de estudiar? —dijo con sorna, mirando al electricista.

—Alejandro nunca tiene tiempo. Estoy harta de los cables por el suelo —se defendió Julia, irritada.

—No os molestaré más —contestó la mujer, girándose para marcharse.

—¿No quieres un café? —se apresuró a decir Julia—. Hice un bizcocho.

—¿Tú? —frunció el labio la suegra, como si dudara de sus habilidades.

El electricista terminó su trabajo y se despidió con un *”Llámame si necesitas algo”*, lo cual no ayudó.

Al día siguiente, Julia limpió la casa, metió la carne al horno y se sentó a estudiar, mirando el reloj constantemente. Alejandro no llegaba. Lo llamó, pero su móvil estaba apagado.

Apareció tarde, con el rostro tenso.

—¡Por fin! No sabía qué pensar —dijo Julia, abrazándolo.

Él la apartó con violencia.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, confundida.

—¿Esto qué es? —señaló el nuevo enchufe.

—¡Así no habrá cables por el medio! —intentó explicar.

—¿Ya traes hombres a casa en cuanto me voy? —gruñó Alejandro, frunciendo los labios igual que su madre.

—¡No he traído a nadie! —gritó ella, indignada.

El puñetazo la lanzó contra la pared. Julia cayó al suelo, inconsciente, con el rostro hinchado.

Cuando despertó, él ya no estaba. En la universidad, mintió sobre el moratón: *”Me resbalé en la ducha”*.

Alejandro no regresó ni contestó a sus llamadas. Julia aprobó los exámenes, se fue a casa de una amiga y descubrió que estaba embarazada.

No le dijo nada. Su suegra convencería a Alejandro de que no era suyo.

Tiempo después, ya divorciada y trabajando en un ambulatorio, su madre la llamó. Alejandro había firmado los papeles. *”Mejor así”*, pensó.

Años más tarde, tras la muerte de su padre, Julia volvió a casa. Una tarde, mientras tomaba un helado con suY, mientras observaba a su hija reír, comprendió que, a pesar de todo, había encontrado su propia felicidad.

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