**«Por un pollo, eché a mi marido de casa. Y no me arrepiento.»**
Aquel día, Lucía estaba al borde del colapso. Toda la mañana recogiendo el salón, tendiendo la ropa, recogiendo los juguetes del pequeño y fregando los azulejos. Por fin, echó un vistazo al horno: el pollo asado con sus patatas doraba a la perfección, llenando la cocina de un aroma que casi mareaba de lo bueno que olía.
Diez minutos más murmuró, ajustando el temporizador antes de escabullirse al baño. Solo el tiempo de limpiar las juntas. Todo iba sobre ruedas hasta que la puerta de entrada se cerró de golpe.
Los niños habrán llegado pensó. Pero en el umbral no estaban ni Álvaro ni Martina, sino su marido, Javier, que supuestamente llevaba toda la mañana “en el taller”.
¡Huele que alimenta el alma! exclamó él, frotándose las manos. Tu pollo asado siempre gana por goleada.
Llama a los niños para comer dijo Lucía, volviendo al fregadero.
Un minuto después, pies descalzos repiquetearon por el suelo, zapatillas volaron por el recibidor y estallaron risas. Al oír una pelea, Lucía salió, olvidando el temporizador.
¿Qué pasa ahora? preguntó, con las manos aún enfundadas en guantes.
¡Quiero una muslo! gritó Martina, de diez años.
¡Yo también! añadió Álvaro, de ocho.
Pero si hay dos, ¿no? dijo Lucía, confundida.
¡No! ¡Solo queda uno! chilló Martina, pisoteando el suelo.
Lucía se acercó a la mesa. Efectivamente, medio pollo había desaparecido. Solo quedaban pechugas y unas patatas huérfanas.
¿Y tu padre?
Se fue. Se llevó la mitad del pollo y se piró gruñó Álvaro.
Lucía agarró el móvil y llamó a Javier. Sin respuesta. Cogió las llaves y salió como un torbellino. La rabia le hervía: ¡otra vez! Se había llevado lo mejor. Pero esta vez ni siquiera para él, sino para sus colegas. Ya no era egoísmo, era traición.
Cerca de la plaza del pueblo, en un banco, Javier estaba sentado con sus amigos. Cervezas en mano, el pollo sobre las rodillas. Reían, comían y se chupaban los dedos.
¿No pesa mucho? le espetó ella, con la mirada ardiendo.
Vete a casa, hablamos luego respondió él, incómodo delante de sus compinches.
¡No, hablamos ahora! ¡Te has llevado lo que preparé para nuestros hijos! ¿No te da vergüenza? ¿No basta con que siempre te quedes lo mejor? ¿Ahora también alimentas a tus colegas con lo que no es tuyo?
Lárgate antes de que me enfade replicó, agarrándole el brazo.
¿Cómo te atreves? saltó Lucía. No solo eres un egoísta, Javier, eres un ladrón. ¡Un ladrón que roba la comida de sus propios hijos para dar de comer a tus borrachines!
Déjate de dramas, Lu gruñó él, avergonzado delante de sus amigos. Solo ha sido esta vez.
¿Una vez? ¿Y con la fruta? ¿Y el jamón de mi madre que te zampaste en un día? ¿Y la barbacoa donde les dejaste a los niños las morcillas quemadas mientras tú te atiborraba de las chuletones?
Lucía dio media vuelta y se marchó.
Esa noche, cuando él volvió, ella estaba en la ventana.
Deberías verte se burló Javier. «Divorcio por un pollo». Te invitarían a un programa del corazón.
Pido el divorcio respondió ella con voz helada. Ni siquiera lo entiendes. No es por el pollo. Es por tu grosería, tu avaricia y porque solo piensas en ti.
¿Y dónde voy a ir? se mofó él.
A casa de tu madre. La que te enseñó que todo lo bueno es tuyo. Que ahora comparta contigo.
Javier se fue, convencido de que Lucía faroleaba. Pero al día siguiente, ella presentó los papeles. Él durmió en casa de su madre.
Dos semanas después, sonó el teléfono.
Tenías razón suspiró su ex suegra. Aquí devora todo. Compro bombones, me como uno y el resto desaparece en una noche. Pensé que exagerabas. Pero ayer hasta se bebió la última gota de la tetera sin preguntar.
¿Quiere que me lo lleve de vuelta? preguntó Lucía, sorprendida.
No solo quejarme, supongo.
Pues mucha suerte. Yo ya pasé página con ese tragón. Y, créeme respiro más libre que nunca.
**Moraleja del día: Por amor se aguanta mucho. Pero cuando en la mesa manda el egoísmo, se ahoga el alma del hogar.**







