El Dolor Ajeno

La Desgracia Ajena

José Manuel no se sentía bien desde primera hora de la mañana. Le daba vueltas la cabeza de forma extraña y, de vez en cuando, una especie de neblina le nublaba la vista. Claro que él hubiera preferido no despertar, pero su maldito cuerpo se negaba rotundamente a morir. Y ya no estaba su Rosita

Suspiró hondo.

En la cola del supermercado ya se habían formado varias personas, y a José Manuel le impacientaba que una mujer lo retrasara.

La mujer, elegante, bien cuidada y hasta bonita, permanecía tranquila. Su hija le había pedido que comprara leche de soja, así que entró. Una sonrisa leve, con un dejo de amargura, asomó en sus labios. No te engañes, no tenías ganas de volver a casa. Últimamente, el hogar se había vuelto incómodo. No es que faltara comodidad o buen gusto habían ganado bien su dinero, comprado un piso estupendo, pero ya casi no hablaban. Antes, con Beni, lo pasaban tan bien juntos, igual que esa joven pareja que reía detrás de ella

El chico rebelde, de melena despeinada y un lunar infantil en el cuello, abrazaba con ternura a su novia. La chica habría sido guapa de no ser por lo oscuro de su estilo: sombra negra alrededor de los ojos ¿maquillaje ahumado o corrido?, uñas pintadas de negro, labios negros, pelo negro y una media cabeza rapada. Una declaración de protesta, vaya. Pero al chico no le importaba; la miraba embobado, le ofrecía trozos de baguette fresca y en sus ojos brillaba la devoción.

Qué tontería. Ni hay gente en el supermercado, ni hay cola. El último en la fila era un señor serio con una carpeta, unos yogures y bollos, que suspiraba impaciente, con prisas y nerviosismo.

José Manuel lo notó todo con esa mirada lateral que le quedaba de su época en el ejército. Francotirador. Pero ahora las manos le fallaban, se enredaba con la cremallera de su vieja cartera, revolvía las monedas y no lograba concentrarse.

La cajera le espetó al viejo: «Andan por aquí todo el día, rezongando, haciendo perder el tiempo a la gente».

José se apresuró a marcharse. Al diablo con ese pan de harina integral tan caro. Con esos precios, uno se arruina, pensó con amargura.

Él y Rosita habían vivido con mucha modestia. Casi en la pobreza. La pensión del Estado era poca, pero algo es algo; viejos, mantenidos. Pero últimamente el piso se les estaba viniendo abajo: un grifo que gotea, una tubería que revienta Gastos. A sus años, ya no podía con las reparaciones cumplidos los ochenta. Y Rosita ya no estaba

José y Rosa se conocieron en la guerra. Ella era apenas una chiquilla, pero se añadió dos años para que la llamaran a filas. Fue enfermera, una heroína que arrastraba a los heridos del campo de batalla sin miedo, como si nada.

Él era explorador. Casi al final de la guerra, lo capturaron inconsciente. Sin documentos nunca los llevaban en misión, y con su unidad exterminada. Ni siquiera supo quién lo rescató o cómo cayó prisionero. Era judío, pero los alemanes no lo notaron no tenía el aspecto. Tampoco importaba. Cuando liberaron el campo, estaba al borde de la muerte. Y fue Rosa quien lo salvó, cuidándolo y falsificando papeles con el nombre de un soldado muerto. Tras el cautiverio, lo habrían dado por desaparecido. Lista, su Rosita.

No tuvieron hijos Dios no quiso. Rosa se había dejado la salud en aquellos campos. Vivieron con lo justo, trabajaron, y en los setenta, cuando le diagnosticaron a Rosa una enfermedad grave, decidieron emigrar a Israel. Pasaron noches en vilo por los documentos, pero solo allí podían tratarla. Así que se fueron.

Toda la vida con miedo.

Por eso nunca reclamaron nada.

Los primeros años en el exilio tampoco fueron fáciles. A Rosa la curaron, pero a los supervivientes del Holocausto los miraban con desconfianza. Por raro que suene, muchos no los veían como héroes. Y a los rusos, menos. Vaya vida tan dura

Y cuando Rosa murió, los días se volvieron grises y monótonos Con lo justo para pan y leche, pero ¿qué más necesita un viejo?

El anciano, al fin, dejó de revolver sus pobres monedas, sonrió tímido, murmuró disculpas y, de lado, empezó a desplomarse.

La primera en acudir fue aquella mujer elegante de la cola, que lo sostuvo y le levantó la cabeza. Los demás no tardaron en ayudar: el chico rebelde se quitó la chaqueta para ponerla bajo su cabeza, la novia llamó a urgencias, el señor serio agitaba su sombrero para darle aire.

Así es esta tierra. Pequeña, a veces hosca, pero orgullosa. Donde «llegan de todas partes», pero el dolor ajeno nunca es ajeno

Mientras atendían al abuelo, coordinaban con los paramédicos y lo asistían, algo los unió. Las sonrisas se volvieron más cálidas, las miradas, más atentas.

Asun, como médica, dirigió la operación. Para cuando llegó la ambulancia, el anciano ya estaba mejor llevaba pastillas en el bolsillo, pero se le olvidó tomarlas. Anotó los datos y, por costumbre de rematar las cosas, llamó al día siguiente.

El abuelo se recuperaba; podía volver a casa. Claro que no había nadie para llevarlo.

Asun misma lo acompañó. No sabía por qué, pero ese anciano culto le había robado el corazón. Al entrar al piso, se horrorizó. Un balde viejo en medio de la cocina, recogiendo goteras del techo, le quitó el sueño. Todo el día tuvo esa imagen en la cabeza: un viejo solo y frágil en un piso medio en ruinas.

Al día siguiente, Asun llamó con decisión a la puerta de José Manuel. No la oyeron, pero dentro se oían risas y charla. Entró y se quedó pasmada. José Manuel, contento y animado, presidía desde su sillón. En el suelo, frente a él, estaban los enamorados del supermercado, hipnotizados como los Bandar-log bajo la mirada de Kaa en *El Libro de la Selva*. No apartaban los ojos del viejo soldado. Habían ido a visitarlo

Asuncita, cariño, ¡pasa por favor!

José Manuel intentó cederle el sillón como un caballero

Primero intentaron arreglar el piso ellos mismos: pintar las paredes, cambiar el grifo Pero el edificio viejo solo esperaba eso. Todo empezó a desmoronarse, y la reforma se convirtió en una bola de nieve.

José protestaba, diciendo que no necesitaba nada, pero Hacía mucho que no se sentía tan animado. Le daba vergüenza, pero a la vez, la vida le regalaba tantas alegrías.

Los Bandar-log trabajaban sin descanso con Asun: sacaban escombros, raspaban paredes. El señor del sombrero, el del supermercado, que vivía cerca, resultó ser un buen yesero. Compró masilla y pintura de su bolsillo. Trabajaba lento, pero bien.

Y en una de esas tardes de trabajo un martes, casualmente, apareció Beni, el marido de Asun, entre el ruido y el polvo.

Hala, los albañiles ¿Qué habéis hecho aquí?

¡No podía ser! Asun se quedó pasmada. Claro, le había contado lo del abuelo y la reforma Pero estaba segura de que ni la había esc

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