**Un día para mí**
La tarde se deslizaba con pereza sobre el barrio, pintando las nubes de un suave tono melocotón que auguraba una noche apacible. Para Javier, sin embargo, todo era igual que siempre. Tras un día agotador en la oficina, donde los informes se multiplicaban y las reuniones se encadenaban sin pausa, solo ansiaba llegar a casa, cenar y tal vez ver un rato la tele antes de dormir. No era un hombre infeliz, pero sí uno atrapado en la monotonía, en esa previsibilidad de los días que se sucedían como cuentas de un rosario interminable.
Aparcó su coche frente a la vivienda y, al salir, notó algo raro al instante. La puerta del coche de su esposa, Marisa, estaba abierta. Javier frunció el ceño. Marisa era meticulosa, casi obsesiva con los detalles, especialmente con su auto, al que trataba como un santuario. Aún más extraño fue encontrar la puerta de casa entreabierta, dejando escapar una ráfaga de aire fresco mezclado con el bullicio inconfundible de niños jugando.
Avanzó unos pasos y se detuvo en seco. El jardín, que normalmente lucía impecable gracias a los cuidados de Marisa y los niños los fines de semana, ahora parecía un campo de batalla. Sus tres hijos, Pablo, de ocho años; Sofía, de seis; y el pequeño Adrián, de apenas cuatro, revoloteaban entre charcos de barro, cubiertos de tierra y aún en pijama. Envases de comida vacíos y envoltorios se esparcían por el césped como si un tornado en miniaturas hubiera pasado por allí. Javier sintió un nudo de preocupación mezclado con incredulidad.
¡Papá! gritó Pablo al verlo. ¡Mira lo que hemos hecho!
Sofía agitaba las manos, mostrando orgullosa una montaña de barro que, según ella, era un castillo inexpugnable. Adrián, entre tanto, reía a carcajadas, chapoteando en un charco con sus pies descalzos.
Javier escudriñó el jardín buscando a su perro, Canelo, pero no había rastro de él. Ni un solo ladrido. Su inquietud creció. ¿Dónde estaba Marisa? ¿Por qué todo estaba así?
¿Dónde está mamá? preguntó, intentando no sonar alarmado.
Dentro respondió Sofía, sin apartar los ojos de su obra maestra de barro.
Javier entró en la casa, esquivando juguetes y envoltorios. Al cruzar el umbral, el caos se multiplicó. Una lámpara yacía en el suelo, la alfombra estaba arrugada y empujada contra la pared. En el salón, la televisión retumbaba con los gritos de los dibujos animados, y la estancia era un mar de juguetes y ropa desperdigada.
El olor a comida mezclada con detergente y tierra flotaba en el aire. Javier se dirigió a la cocina, donde los platos sucios rebosaban en el fregadero, los restos del desayuno cubrían la encimera y la puerta de la nevera permanecía abierta. En el suelo, la comida del perro estaba esparcida, y bajo la mesa, un vaso roto brillaba en la penumbra.
El corazón de Javier latía con fuerza. Algo no iba bien. Subió las escaleras de dos, apartando montones de ropa y juguetes que bloqueaban el pasillo. Al llegar al baño, vio agua filtrándose bajo la puerta. Al abrirla, encontró toallas empapadas, espuma y juguetes flotando, y rollos de papel higiénico desenrollados hasta formar montañas blancas.
Sin perder tiempo, corrió al dormitorio principal. Empujó la puerta y allí, envuelta en la penumbra, estaba Marisa. Acurrucada en la cama, en pijama, con el pelo recogido en un moño desordenado, leía un libro con una expresión de absoluta tranquilidad.
Al notar su presencia, Marisa alzó la mirada, le sonrió y preguntó con voz serena:
¿Qué tal tu día?
Javier la miró, furioso, incapaz de procesar lo que veía.
¿Qué ha pasado hoy aquí? preguntó, conteniendo a duras penas la ira.
Marisa volvió a sonreír, con una calma desconcertante.
¿Recuerdas cuando llegas cada día del trabajo y me preguntas ¿Por Dios, qué haces todo el día??
Sí respondió Javier, incrédulo.
Pues hoy no lo hice dijo Marisa, cerrando el libro con suavidad. Hoy me tomé el día para mí.
**Parte 2: El silencio y la verdad**
Por un instante, el silencio llenó la habitación. Javier se quedó clavado en el umbral, sin saber si reír, gritar o desplomarse como uno de sus hijos. Miró a Marisa, que seguía con esa expresión serena, y repasó mentalmente todo el caos que había visto al llegar. Por primera vez en mucho tiempo, no supo qué decir.
¿Te tomaste el día para ti? repitió, como si las palabras no encajaran.
Marisa asintió, dejando el libro a un lado y sentándose en la cama. Su pijama de algodón azul tenía manchas de café y sus pies descalzos asomaban bajo la manta.
Sí. Hoy decidí no hacer nada de lo que hago cada día. No recogí, no limpié, no cociné, no organicé, no regañé a los niños para que se vistieran, no lavé platos, no perseguí a Canelo para que no se escapara, no contesté mensajes del grupo de padres, ni siquiera me peiné. Hoy solo fui Marisa. No mamá, no esposa, no ama de casa. Solo yo.
Javier sintió una mezcla de admiración y desconcierto. Se sentó al borde de la cama, tratando de ordenar sus pensamientos.
Pero empezó, pero las palabras se le atascaron.
Marisa lo miró fijamente, con una ternura inesperada.
¿Sabes cuántas veces me he preguntado si te das cuenta de todo lo que hago cada día? preguntó, sin rencor, solo con curiosidad. ¿Alguna vez te has parado a pensar cómo sería la casa si yo no hiciera nada durante un solo día?
Javier bajó la mirada. Recordó todas las veces que había llegado y, sin pensar, había soltado: ¿Qué has hecho hoy?, como si el orden, la comida y los niños limpios fueran algo que surgía por arte de magia.
Supongo que no admitió en voz baja.
Marisa sonrió, esta vez con un dejo de tristeza.
No te culpo. A veces ni yo misma me doy cuenta de todo lo que hago, hasta que dejo de hacerlo.
En ese momento, un grito interrumpió la conversación. Era Adrián, que desde el jardín reclamaba a su madre. Marisa suspiró, pero no se movió.
¿Vas a bajar? preguntó Javier, casi en un susurro.
No. Hoy no. Hoy es mi día respondió Marisa, cerrando los ojos y recostándose de nuevo.
Javier se quedó mirando a su esposa. Por primera vez, vio el cansancio en su rostro, las ojeras bajo sus ojos, las pequeñas arrugas en la comisura de los labios. Vio, también, la paz de quien, por un instante, ha soltado el peso del mundo.
Se levantó despacio y salió de la habitación. Al bajar las escaleras, el desorden lo recibió como un puñetazo. Los niños seguían jugando, ajenos a todo, y la televisión seguía atronando en el salón. Javier pensó en Canelo, en la comida esparcida, en los platos sucios. Por primera vez, entendió lo que significaba un día en la vida de Marisa.
Se arremangó la camisa y, sin decir nada, comenzó a rec






