**”¿Nos casamos?”**
Era domingo, el día perfecto para quedarse en la cama un rato más. No había nadie para preparar el desayuno, ni planes para el día. Después de dar vueltas un buen rato, Alba se levantó, se duchó y se tomó un café. ¿Y ahora qué? ¿Cómo matar el tiempo? Tenía amigas, pero todas estaban ocupadas con sus maridos e hijos. ¿Ir a ver a sus padres? Su madre volvería a sacar el mismo disco rayado: que había cometido un error enorme.
La melancolía se apoderó de ella. Alba ya sabía que divorciarse había sido una tontería, pero apagar un incendio cuando la casa ya está en cenizas no sirve de nada. La verdad es que Adrián no era un mal marido. No bebía, no la engañaba, y comía lo que le pusieran delante. Podía darle lentejas tres días seguidos y ni se daría cuenta, porque lo único que le importaba era el ordenador.
Trabajaba hasta de madrugada y luego dormía hasta el mediodía. Sacarlo de casa era misión imposible: en las reuniones bostezaba, en el cine se dormía, y en la calle solo pensaba en volver a su pantalla.
Cuando él se acostaba, Alba se levantaba para ir al trabajo. Y si compartían cama, Adrián corría la carrera de los cien metros lisos. En tres años de matrimonio, Alba nunca se quedó embarazada, aunque los dos estaban sanos.
La falta de un hijo no fue la única razón para divorciarse, pero ayudó. Estaba harta de hablarle a su espalda encorvada. Veía más su nuca que su cara. ¿Cómo se puede vivir con la espalda de alguien? Mejor tener un gato: también come, duerme y, en vez de un “ajá” indiferente, al menos ronronea. La diferencia era mínima, pero el gato le daría más cariño que su marido.
Sin embargo, para su madre, Alba tenía el estatus de “casada”, y ser soltera levantaba sospechas.
Un millón de mujeres te envidiarían. ¿Y tú qué quieres? ¿El oro y el moro? le soltó su abuela.
Nadie, ni siquiera sus amigas, entendieron su decisión, porque ellas tenían maridos normales. Trabajaban de día, dormían con sus mujeres de noche, y los hijos llegaban sin problema, incluso sin querer. Se peleaban, se reconciliaban, les reñían por una copa de más y al día siguiente les curaban la resaca con un buen caldo.
Alba y Adrián se conocían desde el colegio. Él era el típico empollón, siempre con un libro en la mano. En el instituto se obsesionó con los ordenadores. Alba y sus amigas se reían de ese chico raro con gafas. Cuando hablaba de informática con los demás, parecía que hablaba en chino.
Años después, se encontraron por casualidad. Adrián se había convertido en un chico atractivo, había cambiado las gafas por lentillas y sabía de todo. A Alba le encantaba escuchar, y él tenía mucho que contar. Empezaron a salir. Tres semanas después, le propuso matrimonio con la naturalidad de quien pide un café.
Oye, ¿para qué andarnos con rodeos? ¿Nos casamos?
Vale contestó Alba, riendo.
Mamá, es inteligente, me hace reír le dijo a su madre cuando le dio la noticia.
¿Y le quieres? preguntó su madre.
Alba se quedó pillada. Se conocían desde siempre, se divertían juntos… ¿Pero el amor? Nunca habían hablado de amor. Ella asumió que si alguien te pide que te cases con él, es porque te quiere. ¿No? Su matrimonio fue más una amistad con derechos, pero sin chispa.
A su madre nunca le gustó Adrián, pero la noticia del divorcio la escandalizó.
¿Estás loca? No bebe, no sale, gana dinero… ¿Dónde vas a encontrar un marido así? No era tan malo. Si no querías casarte, no te cases. Ahora quieres tener hijos y ya es tarde.
Alba calló. Ella los tendría ahora mismo, si pudiera. Pero los “si pudiera” no sirven para nada.
Adrián se quedó de piedra cuando le dijo que quería divorciarse, pero no discutió. Recogió sus cosas y se fue a casa de su madre. Ella llamó a Alba para soltarle un discurso sobre lo caprichosa e ingrata que era. Alba colgó sin escuchar. El divorcio fue rápido: no había hijos, y el ordenador se lo quedó él sin problema.
Al principio, Alba respiró aliviada. Pero luego llegó el otoño, los días grises y la soledad. Y delante, un invierno eterno. Echaba de menos a Adrián. Al menos era una persona real, alguien a quien cuidar. Pero, ¿de qué sirve lamentarse?
Su madre intentó presentarle a alguien, pero Alba dijo que no.
No era la única divorciada. Muchas pasan por eso, se deprimen un tiempo y luego conocen a alguien mejor. Pero, ¿dónde encontrar a esa persona si nunca sales de casa?
Una amiga la registró en una app de citas. La obligó a posar y sonreír con morbo para las fotos. Alba no tenía ni idea de qué era una sonrisa sexy. No había tenido oportunidad de practicarla. Al principio lo tomó a broma, pensando en dar celos a Adrián.
Una tarde, se sentó en el sofá con el portátil y entró en la app. Solo por curiosidad. Había cientos de hombres buscando pareja. Guapos, menos guapos, jóvenes, maduros… como en un catálogo.
Leyó los perfiles de otras mujeres. Todas presumían de ser unas cocineras excepcionales, de bordar como monjas y tener pisos en zonas caras. Solo les faltaba el amor.
Alba no tenía ningún talento especial. No sabía coser, no hacía deporte… Al final, recordó que a Adrián le gustaba cómo lo escuchaba. A los hombres les encanta hablar, y más si alguien los escucha. Así que escribió: “Sé escuchar”.
En seguida llegaron solicitudes. Todos unos Adonis. ¿Qué hacían ahí si no tendrían problema para ligar? Uno, con barba de tres días y mirada intensa, le gustó.
Tras una hora de mensajes, él propuso quedar.
“Mejor no precipitarse”, respondió Alba, cautelosa.
“¿Para qué esperar? Así no perdemos tiempo”, contestó Daniel.
Seguro que el nombre era falso, como la foto. Pero su lógica era irrefutable, y accedió. Al menos no tenía que viajar a otra ciudad.
“¿Hoy mismo? ¿O tienes planes?”, escribió. Alba no tenía ninguno. “Quedamos en una hora en el Café Luna. Nos vemos.”
Corrió al armario, pero luego decidió ir como era. Se puso unos vaqueros y un jersey ajustado que le marcaba bien la figura. Podía permitírselo. No había tenido hijos, y su cuerpo seguía intacto. Se maquilló un poco, se soltó el pelo y se miró al espeño. No estaba mal.
Él ya esperaba en la cafetería. Reconoció su foto: era real. A esa hora, el local estaba casi vacío. Pidieron café; Alba rechazó el pastel.
Daniel la miraba sin disimulo. Ella se estremeció, como si pasara una corriente fría.
¿Te he decepcionado? preguntó.
No. Pero pensé que serías mayor.
¿Prefieres mujeres jubiladas, como algún cantante famoso? bromeó Alba.
Él se rio. A los hombres no se les da bien reír: o sonríen tímidos o sueltan carcajadas exageradas. Pero él tenía una risa bonita. “No está mal”, pensó Alba, bajando la mirada. Casi parecía que la había leído.
Habló de sí mismo. Nada extraordinario, pero cuanto más lo escuchaba, más le gustaba. Un







