En el pasillo, de rodillas…
A Adrián, de cinco años, lo llevaron al hospital y lo subieron a la planta superior. A su madre no la dejaron entrar, así que se quedó abajo, sentada en una de esas sillas de madera desgastadas que parecen protestar cada vez que alguien se sienta. Temblando con cada ruido, llamó a su marido, casi sin poder articular las palabras: «Adrián está grave. No sé si saldrá de esta. Es muy serio».
Su marido, con esa calma que solo tienen los que no están ahí, le respondió: «Es sangre mía y del abuelo. Nosotros somos de hierro. No exageres. Todo va a salir bien. Estoy con tu madre en la finca, recogiendo setas. Vete a casa, no molestes a los médicos, que saben lo que hacen».
Qué pesado se hace el ambiente en ese pasillo, iluminado por luces que parecen tener mejor vida que uno.
Salió a la entrada del hospital y llamó a su madre, la voz quebrada: «Mamá, Adrián está mal. Lo vi en las caras de los médicos. Muy mal». Y rompió a llorar.
Su madre, rápida como un whatsapp, le soltó: «Mira, hija, lo malo atrae lo malo. Sácatelo de la cabeza, piensa en cosas bonitas. La luz llama a la luz. Y el dramón no lleva a nada bueno. ¡Tranquilízate, por favor!».
El aire en el pasillo era tan denso que podías cortarlo con un cuchillo. La enfermera de turno le lanzó una mirada y añadió su granito de sal: «Señora, ¡sin histrionismos! Que tenemos trabajo».
Solo su hermana, solo ella. Nadie más. «Elena, Adrián está mal. Los médicos no dicen nada. ¡Está inconsciente!».
Su hermana, con ese tono de quien ha visto demasiados capítulos de «Hospital Central», le dijo: «Son cosas de niños, mujer. Crecimiento, fiebres… Ya sabes. Si te pones así, solo empeorarás las cosas».
La madre se arrastró hasta el rincón más oscuro del pasillo, donde las paredes tenían más grietas que un queso manchego viejo. El edificio era de los que llevaban ahí desde antes de que alguien pensara en reformas.
Se quitó el crucifijo del cuello, miró a su alrededor y, sin importarle quién la viera, se arrodilló. Lo apretó contra sus labios y susurró: «Tú que lo puedes todo, lo sé, lo creo. Tú conoces el dolor. Tu Madre lloró como lloro yo. Extiende Tu mano, consuélame. Solo quedamos Tú, yo y este miedo. Quiero Tu misericordia, Tu amor. Ayúdame, por favor. Solo Tú, solo Tú…».
Y allí se quedó, quieta, como si el tiempo se hubiera detenido.
De pronto, la puerta se abrió. Una figura con bata blanca apareció. Era el médico. Al verla, se acercó y le tendió la mano: «Levántese. Respire hondo. Su hijo estará bien. Se lo digo yo. Venga, arriba».
Ella, agarrada a esa mano que parecía contener toda la bondad del mundo, se incorporó. «No sé ni qué decir… Gracias. ¿Puedo quedarme aquí, en las sillas?».
El doctor, un hombre mayor con sonrisa de abuelo sabio, negó con la cabeza. «A casa. Directa a casa. Relájese, todo irá bien. Llame mañana». Y le entregó su tarjeta.
A la mañana siguiente, su marido, su hermana y su madre le dijeron que tenían razón. Que debía hacerles caso y no ponerse como una posesa.
Pero ninguno entendió que la verdadera razón, la que importaba, estaba por encima de ellos. Estaba en la oración de una madre, en su amor inquebrantable, en Aquel que nunca la abandonaría.







