Todo comenzó de la manera más sencilla, como en los libros de texto, diría yo: estudiaron juntos desde primer grado, y en décimo se enamoraron. Aquel amor floreció durante los dos últimos años de instituto, y a todos les gustaba verlos, porque eran hermosos y su relación parecía pura y elevada. Todos creían que se casarían al terminar el bachillerato, que solo era cuestión de tiempo. Alejandro y Vera.
Y la fe de Alejandro en que así sería era firme como un juramento en los tiempos de la milicia. Y Vera no dudaba de él, como no se duda del repicar obligado de las campanas de la Puerta del Sol en Nochevieja.
A mí, como su tutor, también me gustaban. Los dos. Alejandro era un joven decidido, seguro de sí mismo, siempre avanzando hacia sus metas. Quería ser abogado, así que en el instituto se esforzaba en Historia y Ciencias Sociales. Vera, en cambio, estaba destinada a ser «la más grande escritora de todos los tiempos y pueblos», como decía Alejandro. Porque escribía interminables novelas de caballerías, que él siempre leía primero. Y yo era el segundo lector, pues les daba clases de Literatura, y también de Lengua, claro.
En aquellas novelas había de todo: amor desgarrador, tan intenso que Ella siempre renunciaba a las riquezas del mundo, mientras Él combatía sin descanso contra quienes quisieran arrebatársela. Había fortalezas, castillos, puentes colgantes sobre abismos, madres malvadas y padres crueles que, sin comprender la felicidad de sus hijos, la moldeaban según su propio parecer. Pero al final, «las sombras se disipaban» y, de pronto, en el desenlace, Ella moría. O Él. Y aunque la Verdad triunfaba, siempre quedaba esa tristeza de que, una vez más, había llegado tarde.
A pesar de esos relatos floridos, Alejandro y yo creíamos en nuestra Vera. Él, porque su corazón y sus ojos parecían haber quedado prendidos de ella para siempre. Yo, porque, de vez en cuando, entre tanta exuberancia narrativa, surgían palabras sorprendentemente precisas. A veces, incluso imágenes completas:
« la cáscara de las hojas del año pasado crujía seca bajo los pies», « las capuchas de los monjes, deslizándose lentamente sobre la multitud, parecían cabezas de azúcar del pecado», « la puerta bostezó pesadamente, y todo volvió a sumirse en el sueño matutino». Y mucho más, que aún hoy recuerdo.
Pero todo, como bien se sabe, termina tarde o temprano. Y ellos también acabaron el instituto.
Nuestra Vera entró en el Instituto de Literatura y estudió bajo la tutela del gran Reina. Un par de veces incluso me invitó a sus seminarios, donde vi y escuché en persona al amigo de Brodsky. Aprendía con facilidad y éxito. Empezó a publicar muy pronto, aún en primer año. Yo me sentía orgulloso de ella. Y de mí mismo, porque «la vi, la cuidé, la alimenté, la formé».
Alejandro solo se enorgullecía de Ella. Tras cada nueva publicación, venía al instituto y, mientras yo leía, se removía en la silla, se frotaba las manos, me aconsejaba qué pasajes releer, qué partes exigían «atención especial». Luego me miraba fijamente y preguntaba: «¿Y bien?». Y en esa pregunta latía todo, como en las primeras novelas de Vera: admiración, esperanza, celos ante la crítica, amor, devoción y todo, todo lo que alienta un alma joven de menos de veinte años.
Pero a la madre de Alejandro, Vera no le gustaba. No sé por qué. Y hacía cuanto podía para separarlos, aunque con sutileza, poco a poco, para que ni Alejandro ni la propia Vera lo notaran. A mí no me buscó como aliado: sabía que no la ayudaría, sino más bien lo contrario. Pero era amable conmigo. Demasiado amable, incluso. ¿Cómo? Pues imagina que bebes un té dulce con mermelada, almíbar y helado, y aún te ofrecen más caramelos, más miel, con sincera generosidad. Pero en el fondo, sabes que ya no es hospitalidad, sino una especie de tortura.
Así era el tono de nuestros escasos encuentros.
En fin, al final lo consiguió: Alejandro se fue a estudiar Derecho a Inglaterra. Vera fue la primera en decírmelo. Apareció en el instituto con «la mirada turbia de una hechicera» y, fijando la vista en un punto lejano, me lo contó con voz trágica, como una actriz destinada a interpretar a la esposa de Dostoievski.
Entonces suspiró y dijo que no importaba, porque en cuanto Alejandro terminara la universidad, se casarían. Y que su partida incluso era buena, porque tenía un importante proyecto con una editorial y debía ponerse al día con los estudios. «Ahora tendré tiempo para todo eso».
Y de nuevo todo pareció bien. O más bien, todo se calmó.
Ambos estudiaban, aunque en rincones opuestos de Europa: él un poco al oeste, ella un poco al este de París, como decía Vera cuando venía a verme al instituto. Pero sus visitas eran cada vez más escasas. Alejandro escribía aún menos, porque la vida en Inglaterra era monótona, demasiado estable.
Hasta que, un año después, Vera apareció de repente y me invitó a su boda. Con un compañero de clase. «Solo que él estudia Poesía», aclaró, como si eso fuera el mayor obstáculo. Me miró de tal modo que entendí: no había preguntas permitidas. Y no pregunté, porque ya sabía cómo está hecha la vida.
¡Ah! ¿Para qué sigo, pretendiendo que no lo entienden? Ustedes ya lo saben.
Aquí cabría una cita, de Galdós, por ejemplo:
«Así terminó el canto de los ruiseñores por mis queridos amigos, así les susurró el trigo maduro, así repiqueteó el arroyo sin nombre entre las piedras de no sé qué barranco. Y eso fue todo».
Porque en verdad, todo había terminado. Otro amor caído. Otra vez «el sentido común de los adultos se impuso». Y otra familia común, estadísticamente normal. Y más tarde, probablemente, nacería la segunda, la de Alejandro.
Vera dejó de venir al instituto. Para siempre. Se mudó con su marido poeta. Alejandro tampoco apareció más.
Y eso fue todo.
Hasta que ayer, saliendo del instituto tras la sexta clase, un mayo cálido, brillante y juvenil. ¡Qué hermoso estaba todo, Dios mío! Se me acercó Alejandro, aunque muy cambiado, muy adulto. Lo reconocí al instante, a pesar de los dieciséis años sin vernos.
Buenas tardes. Lo estaba esperando Sí, todo bien, gracias Sí, casado, dos hijas. ¿El trabajo? Tengo mi propio bufete Vera, en cambio, enviudó. Hoy cumplen nueve días. Está sola, con su hija Venga, vamos a verla, tengo el coche aquí.
Y me miró de tal modo que entendí: no había preguntas permitidas. Y no pregunté, porque ahora sí lo sabía con certeza: así está hecha la vida.







