«¡Voy tarde!» En solo tres minutos, se metió en la ducha, se pintó la cara, se abrigó y calzó las botas antes de correr al ascensor.
Marta López despertó de golpe, transformándose en un huracán de productividad. En un tiempo récord, logró lo impensable: maquillarse a toda prisa, vestirse y lanzarse fuera del piso, maldiciendo al reloj por fallarle.
Las calles de Madrid la recibieron con esa llovizna típica de otoño, pero ella no podía permitirse paraguas ni demoras. Perder el autobús significaba enfrentar a don Antonio, su jefe, cuya paciencia con los impuntuales era como la de un toro en el ruedo. Un minuto de retraso valía una regañina histórica y murmullos de «recortes».
Mientras corría, daba por perdido su bono navideño, su día libre y hasta el café matutino con sus compañeras. A su alrededor, la gente, agobiada, parecía un desfile de zombis bajo la lluvia. Hasta el cielo parecía exagerar el drama.
A doscientos metros de la parada, Marta se detuvo en seco. Junto a un banco viejo, un gatito empapado intentaba maullar, pero solo lograba un chillido lastimero. «¿Sigo o lo ayudo?», dudó. Sabía que don Antonio la fulminaría, pero ¿dejar a esa criatura temblando? Imposible.
Al acercarse, notó que cojeaba. «Dios mío, ¿quién te lastimó, pequeño?». Sin pensarlo, lo envolvió en su bufanda (blanca, ahora arruinada) y siguió corriendo, ahora con un acompañante. «Si me despiden, al menos me quedo con el gato», pensó, resignada.
Su plan de entrar discreta a la oficina fracasó. Al doblar la esquina, apareció don Antonio, brazos cruzados y ceño furioso. «¡López! ¿A qué hora se presenta?». Marta, temblando, entreabrió el abrigo. El gatito asomó su cabecita y emitió un «miau» debilucho.
«Estaba herido, don Antonio No pude ignorarlo», tartamudeó, con voz entrecortada. Ya se imaginaba limpiando su escritorio cuando su jefe, inesperadamente, escribió una dirección en un papel. «Llévelo a esta clínica. No regrese hoy».
Marta lo miró, segura de su despido. Hasta que él añadió: «Hoy y mañana son libres. Y lo del gato estuvo bien».
En la clínica, el veterano veterinario le dijo que solo era un esguince. «Conocí a don Antonio de joven», contó sonriendo. «Rescataba perros de alcantarillas y defendía gatos. Ahora dona la mitad de su sueldo, pero con la gente bueno, ya sabe».
Esa noche, con el ahora llamado «Pepito» ronroneando en sus piernas, Marta recibió una llamada. «¿Cómo está el paciente?», preguntó don Antonio. Terminaron cenando juntos, hablando de animales hasta que los echaron.
Así, entre rescates y cafés, Marta descubrió que hasta los jefes más duros esconden ternura. Y Pepito jamás volvió a tiritar de frío.






