Ya veremos qué pasa

¡Ya veremos!

¡No! Mientras vivamos en este manicomio con tu madre y Lucía, ¡no habrá boda!

Carolina, ¿por qué tienes que ser tan drástica? Podemos alquilar el vestido, aún hay tiempo. O posponerlo si prefieres… Hay que arreglarlo con calma susurró Javier, agotado.

No lo entiendes Carolina cruzó los brazos. No es el vestido. Es que aquí vivo como en una trinchera. Tu hermana ya es mayorcita, pero sigue sin un ápice de sentido común. Y, bueno, ella es lo de menos… La culpable de todo esto es Marisa.

A Javier no le hicieron gracia esos comentarios, aunque Carolina no iba del todo desencaminada. En su día, Marisa, por accidente o a propósito, había enemistado a su hija con su futura nuera.

Carolina y Javier se conocieron en la universidad. Su relación avanzó con lentitud porque, en aquel entonces, ninguno tenía un piso propio. Él vivía con su familia. Según él, “por comodidad”.

Tengo un piso heredado de mi abuela. Pero ahora mismo no lo necesitamos, así que mi madre lo alquila. Cuando haga falta, lo reformaremos explicaba Javier.

Al año, el piso hizo falta. Javier decidió que era hora de dar el siguiente paso. Ambos ya tenían sus títulos y trabajos, así que no había motivo para esperar.

Viviremos un tiempo en casa de mi madre y luego nos casaremos y nos mudaremos planeó en voz alta. En seis meses, como mucho, estaremos en nuestro hogar.

Carolina se ilusionó al principio. Sonaba bien, serio. Pero luego recapacitó: no tenían experiencia conviviendo, y a ella le tocaba ir directa al campo de batalla de su futura suegra. ¿Acabaría eso con su amor?

Casi.

No, Marisa no era la típica suegra posesiva. Incluso ofreció ayudar con la boda. Cocinaba para todos aunque Carolina intentó hacerse cargo un par de veces, no armaba escándalos ni pedía favores. El problema era otro.

Marisa tenía un método educativo… peculiar. Con Lucía, su hija menor, era más estricta, y quizá con razón. La niña era un terremoto y necesitaba tacto. Pero Marisa y el tacto no se llevaban.

Una tarde, Carolina presenció una escena familiar: mientras hacía té, Marisa revisaba el cuaderno de Lucía. Había encontrado varios suspensos y un comentario sobre su comportamiento.

Vaya… ¿En serio no pudiste memorizar el poema? Marisa suspiró. Dame el móvil y la tablet. A estudiar. El móvil lo recuperas cuando te lo sepas al dedillo. La tablet, tras un sobresaliente en lengua.

Lucía chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco.

Tómalo. Javier me prestará el suyo replicó, insolente.
Claro Marisa sonrió con sorna. ¿Crees que siempre te cubrirá? Se irá con Carolina, tendrán hijos, y se olvidará de nosotras.
¡Ya veremos! Lucía tiró los aparatos sobre la mesa y se encerró en su habitación.

La puerta se cerró de golpe. Carolina miró a Marisa, incómoda, como si le hubieran enseñado ropa sucia ajena. Sabía que su futura suegra había pasado de frenada. Pero ¿cómo decírselo?

Marisa, quizá fuiste un poco dura… aventuró Carolina.
¿Y qué? Que aprenda. La vida no es un camino de rosas.

Esa “verdad” le salió cara a Carolina.

Había notado que Lucía la evitaba. Si comían juntos, la niña desaparecía. Al principio, Carolina pensó que era timidez. Luego vinieron las pequeñas sabotajes: esconder el mando del aire acondicionado en plena ola de calor, estropear su maquillaje… Cuando Javier puso cerradura en su habitación, Lucía montó un numerito.

¡¿Y ahora cómo hago los trabajos del instituto?! gritó.
Los harás bajo supervisión respondió Javier, tranquilo. Conmigo delante.
¡Antes no cerrabas la puerta!
Antes vivía solo, Lucía. Y antes no me robabas.
¡No robé nada, es mentira de tu Carolina! ¡La odio!

Lucía lloró toda la noche en su cuarto. Carolina no sabía qué pensar. Le repugnaba su actitud, pero tampoco quería empeorar las cosas.

Es solo una niña decía Javier, encogiéndose de hombros.
Una niña de doce años replicaba Carolina. ¿Y si alquilamos algo ya?
Venga, aguantemos un poco. Mi madre dice que en cuatro meses estará listo el piso.

Cuatro meses… Para Javier era un suspiro. Para Carolina, una eternidad.

Intentó conectar con Lucía: le traía chocolatinas, preguntaba por el instituto. La respuesta era siempre un “bien” seco antes de llevarse el dulce. Nada cambiaba. Empeoraba.

Una mañana, Carolina colgó el bolso en la puerta y se fue al baño. Al salir, notó que alguien lo había registrado, pero no tuvo tiempo de comprobarlo: llegaba tarde al trabajo. Al volver, las llaves habían desaparecido.

Sabía dónde estaban. Se lo dijo a Marisa en un susurro. Hubo bronca, las llaves volvieron, pero el malestar quedó.

A partir de entonces, Carolina vigiló sus cosas como un halcón. Javier, en cambio, seguía dejando puertas abiertas. Y eso les jugó una mala pasada.

En vísperas de la boda, nadie prestaba atención a Lucía. Decoraban el coche, llamaban a invitados, al fotógrafo… Todo estaba listo. Esa noche, Carolina quiso admirar su vestido de novia. Abrió el armario y… allí no estaba. Alguien lo había hecho trizas con tijeras. Ella sabía quién.

Le temblaron las manos. La rabia y la impotencia le cerraron la garganta. Ni siquiera pudo explicárselo a Javier; solo lo arrastró hasta el armario. No hubo palabras civilizadas para aquello…

¡Pequeña demonio! gritó Marisa. ¡Te voy a zurrar! ¿Pagaste tú este vestido para destrozarlo? ¡A la calle! ¡Que lo trabajes repartiendo folletos!

Esta vez, Lucía lo pagó caro. Pero el vestido estaba perdido. Y los nervios de Carolina, también.

No quería alquilar otro. Ni posponer la boda. Quería dejar de aguantar sabotajes ajenos.

Cari, descansa, mañana lo solucionamos. Quizá haya tiempo… intentó Javier.
No, Javier, no lo hay. O vivimos solos, o esto se acaba Carolina suspiró. Estoy harta de esperar a que tu madre nos dé tu propio piso. De que tu hermana deje de hurgar en mis cosas. Una relación es para luchar, pero no literalmente. Ni siquiera soy tu esposa y ya estoy agotada.

Metió el cargador en el bolso y buscó sus documentos.

¿Adónde vas? El piso estará listo pronto… Javier intentó detenerla, pero todos sus argumentos sonaban a excusa.

Esa noche, Carolina lloró en casa de su amiga Elena, sin consuelo. Ayer era una novia feliz. Hoy no sabía ni dónde caerse muerta.

Javier llamó cien veces en tres días. Al tercero, Carolina descolgó.

Cari, esto es una m****. Estamos destrozados. Pero no lo tiremos todo por la borda. Compramos otro vestido, hoy mismo. Solo… no te vayas.

Carolina lo pensó. Javier, pese a todo, era un buen tipo: amable, atento, educado. Quizá algo despistado y blando. Lo amaba. Pero…

Si hay boda

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Ya veremos qué pasa
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