Hablé con algunas madres numerosas y entendí por qué no caen bien.
¡Soy madre de familia numerosa y deberían entenderme!
Señora, ¡yo no le mandé tener tantos hijos! ¡Suélteme el jersey!
Irene siempre creyó que el mundo le debía todo. Así era desde la universidad. En aquel entonces aún no tenía familia, pero en cuanto tuvo hijos, se le fue la olla.
Uno. Dos. Tres. Consiguió el título de familia numerosa y se desbocó.
Al principio, Laura pensó que a Irene se le había ido la cabeza por el posparto. O como se llame eso de que, tras parir, pierdes el norte y exiges que todos se inclinen ante ti.
¿Te imaginas? Estaba en la cola con los niños y nadie me dejaba pasar se quejaba Irene cuando volvieron a verse. ¡Es una falta de respeto!
Bueno tampoco están obligados. Algunos vienen cansados del trabajo, otros tienen sus asuntos
Irene la interrumpió sin dejarla terminar.
¡Tonterías! No pasa nada por esperar un poco. Además, ¿de qué van a estar cansados si no tienen hijos?
¿Y por qué crees que solo se cansa quien tiene niños?
¡Porque yo tengo tres y sé de lo que hablo! Pero tú no lo entenderás, claro ¡si ni siquiera has parido!
Irene era de esas. Creía que toda mujer debía tener al menos un hijo (mejor varios) y le sacaba de quicio quien pensara distinto.
Laura, en cambio, nunca quiso ser madre. Y, claro, su amiga no lo entendía.
Era difícil hacerle ver su postura. Laura quería vivir su vida: viajar, crecer profesionalmente, aprender Su marido, Álvaro, la apoyaba y tampoco deseaba hijos. Pero Irene se empeñaba en “abrirle los ojos”.
¡Cuando tengas uno, serás más feliz!
¡Tú no lo entiendes porque no eres madre!
¿Y quién te cuidará cuando seas vieja?
Discutir era inútil, y Laura ni se molestaba.
Cuando los niños crecieron, fue a visitarla. Charlaron horas. Se notaba que Irene necesitaba hablar: llevaba años sin progresar, ahogada en pañales. Álvaro se preguntaba qué tenían en común, pero, curiosamente, siempre hallaban temas.
Irene, ¿qué quieres de la vida? Cuando tus hijos sean mayores, ¿qué harás?
Pues ayudarles. Pronto vendrán los nietos.
Laura se sorprendió, pero siguió:
¿Y no piensas vivir para ti?
¿Para qué? Mis hijos son mi vida. ¡Ah! Por cierto, resulta que nos tocan más ayudas
Como siempre, Irene desvió la conversación. Era su táctica para evitar preguntas incómodas. Y siempre salía con la suya.
Con el tiempo, Laura empezó a avergonzarse de salir con ella. Sobre todo tras un incidente en El Corte Inglés.
Irene quería un jersey en rebajas. Laura se alejó un momento, pero al oír gritos, regresó corriendo. Allí estaba Irene, peleando por una prenda con una desconocida (que resultó ser una compañera de trabajo de Laura).
¡Soy madre numerosa! ¡Tienen que atenderme!
¡Señora, nadie la obligó a tener críos! ¡Déjeme el jersey!
Laura se abalanzó sobre Irene:
¡Basta! ¡Todo el mundo nos mira! ¡Por Dios!
Su compañera la reconoció y murmuró:
Vaya No sabía que tenías amigas así.
Entonces Laura entendió que el comportamiento de Irene también la perjudicaba a ella. Como dice el refrán: “Dime con quién andas”. Y esto no era la primera vez.
Decidió distanciarse. No tuvo valor para cortar el contacto, pero empezó a excusarse: «Tengo mucho trabajo, no puedo quedar».
Pero Irene, aburrida sin drama, buscó pelea. Una noche fue a su casa y, sin motivo, la atacó:
¿No tienes nada que explicarme?
¿De qué hablas?
Laura pensó que la acusaría de evitarla, pero no:
Ayer vi a tu hermana con su hija. Llevaba un mono de marca el mismo que vi en tu casa.
¿Y?
Se lo regalaste a ella en vez de a mí.
Laura se quedó de piedra. ¿En serio creía Irene que podía decidir a quién regalaba Laura sus cosas?
Irene, ¿no te parece que te pasas? ¿O es que ahora decido yo mis regalos?
¡Pero si tu hermana solo tiene una hija y puede permitírselo! Yo tengo tres y no llego a fin de mes. ¡Lo necesito más!
Lo que Irene necesitaba era sentido común, no ropa de marca. Discutir era inútil: gritaba, exigía, se victimizaba. Esta vez, en casa de Laura.
Finalmente, la echó. Irene siguió berreando en el portal. Laura hasta tuvo que disculparse en el chat del edificio. Irene, claro, no pedía perdón por nada. Según amigos comunes, empeoró con los años.
Pasó una década.
No volvieron a hablar. Laura y Álvaro se mudaron al extranjero y solo visitaban a sus padres. Un día, paseando por el parque donde solían ir con Irene, se la encontró.
¡Qué casualidad! ¿De visita?
Sí, estamos una semana. ¿Cómo estás? ¿Y los niños?
Irene señaló el carrito: acababa de tener su cuarto hijo.
¡Enhorabuena! Me alegro.
Pues a ti no tengo nada que felicitarte. Sigues sin hijos y ya tienes 38.
Irene la escrutó. Laura iba impecable; ella, en cambio, parecía salida de una lavadora.
¿Sin logros? Tenemos un negocio próspero en el extranjero. La vida nos sonríe.
Pero no sois padres insistió Irene.
Simplemente, tenemos metas distintas.
Irene jamás entendió que no todo giraba en torno a la maternidad. Ni que tener hijos no te da derechos sobre los demás.
Con los años, su descaro creció:
¡Qué bolso más chulo! ¿Dónde lo compraste?
En París.
Uff Yo no me lo puedo permitir.
¿Y? preguntó Laura, sorprendida.
Vosotros nadáis en dinero. A mí, como madre, me toca estar guapa.
Pues trabaja.
¿Cómo? ¡Estoy de baja maternal! ¡Ah, claro, tú no eres madre! ¡Ni lo serás!
Irene siguió vociferando. Nunca entendió que nadie le debía nada.
Parir fue su elección. Si no tenía dinero, quizá debió pensarlo antes. Ahora parece moda: tener hijos y después quejarse de que no llega. Y encima exigir regalos.
Pero, claro, Laura no estaba a su altura. Tenía otras prioridades y otra educación.






