**Diario de un hombre: La historia de Víctor y Lucía**
¿Por qué no abres la puerta? ¡Porque no quiero! Y no lo haré. Las visitas deben avisar antes de venir, y mucho menos andar cotilleando en los cajones, la nevera o los armarios. ¿Que no lo harás? ¡Pero si es mi madre! ¡Ha venido a verme a mí! ¡Pues sal a recibirla! Pero no en mi casa.
Lucía sabía que, en comparación, su ex, Paula, llevaba mejor relación con su madre.
Oye, si empiezo a enumerar en qué mi ex era mejor que tú, nos dará vergüenza a los dos.
Aunque no estoy segura de mí misma interrumpió Lucía nerviosa, frotando la mesa de la cocina. Si os iba tan bien con Paula, ¿por qué no seguisteis juntos?
Víctor, ofendido, apartó la mirada y miró por la ventana con gesto sombrío.
Bueno, ya conoces la historia
La conozco. Así que no me hables más de tu querida Paulita cortó Lucía. O acabaré siendo tu próxima ex.
Lucía ya estaba dispuesta a tomar medidas drásticas.
Había conocido a Víctor casi un año atrás, en una reunión de amigos. Incluso sabía de Paula, aunque no eran cercanas. Fue ella quien lo llevó al grupo. Y luego, meses después, desapareció de la faz de la tierra.
Un día, Víctor, tras unas copas de más, le confesó que había dejado a Paula al pillarla siendo infiel. Hasta se le saltaron las lágrimas.
A Lucía le pareció tierno: un hombre que no temía mostrar sus sentimientos, que valoraba el amor. Algo hizo clic en ella, un instinto maternal que la impulsó a consolarlo.
Pero con el tiempo, entendió que ese “algo” no era interés romántico, sino lástima. Aun así, fue suficiente para que empezaran una relación.
Todo comenzó bien. Él la recogía del trabajo, la llevaba a casa, le enviaba mensajes dulces y se preocupaba por si llevaba suficiente abrigo. Lucía se sentía mimada.
La primera señal de alarma llegó cuando Paula le escribió:
Hola. Oye, me enteré de que sales con Víctor. No es mi asunto, pero ten cuidado con él. Él y su madre son un equipo inseparable.
Lucía tomó nota, pero lo restó importancia. El amor lo superaba todo, ¿no? Además, que una relación fracasara no significaba que la suya fuera igual.
Gracias por el aviso, pero creo que podremos manejarlo respondió ella, cortando el tema.
Sin embargo, Víctor no mostraba la misma consideración hacia su comodidad.
Cuando su madre, Doña Carmen, apareció sin avisar por primera vez, Lucía intentó tomárselo con calma. Quizá no entendían lo incómodo que era. Tal vez solo quería ver con quién vivía su hijo.
Lucía vistió a toda prisa, recogió el pelo de cualquier manera y salió, con ojeras y medio dormida, a conocer a su posible suegra. Y allí estaba Doña Carmen, ya revisando los cajones del salón.
Ajá, todo revuelto comentó con una sonrisa condescendiente. Luego no encuentran los calcetines. Lucía, después de desayunar, te enseñaré a doblar la ropa para que no se arrugue ni se pierda.
Ni un “hola”. Que una extraña rebuscara en su ropa interior, en su propia casa, le pareció una falta de respeto. Pero responder con mala educación al principio de la relación tampoco le parecía bien, así que aguantó.
Ay, hija, ¡qué ojeras! siguió Doña Carmen. Deberías hacerte mascarillas de pepino. O mejor, revisarte los riñones. Una amiga mía
Lucía asentía con una sonrisa fingida, deseando volver a la cama. Era domingo, había trasnochado a propósito para dormir hasta tarde.
Pero no pudo. La visita se alargó hasta la noche. Doña Carmen le dio mil consejos: cómo regar las plantas, limpiar el baño, pulir los cubiertos Hasta la hizo practicar. Lucía acabó agotada. Y Víctor ni siquiera intentó ayudarla o sugerir a su madre que se fueran a descansar.
Oye, ¿tu madre siempre es así activa? preguntó Lucía al acostarse.
No le molestaba la familia, pero necesitaba cierto espacio.
Bueno, sí. ¿Qué pasa? Solo quiere llevarse bien se encogió de hombros Víctor. Antes vivíamos con ella, era más animado. Ahora se aburre sola.
Espero que no terminemos viviendo los tres suspiró Lucía.
¿Cuál es el problema? ¿No te gusta mi madre? se tensó Víctor. Con Paula se llevaban genial.
Lucía calló. Paula era ocho años más joven y le encantaba adular. Claro que se llevaban bien. Probablemente conocía todas las amigas de Doña Carmen, sus enfermedades y hacía las sábanas impecables.
Pero Lucía no firmó para eso. Tenía claro que, cuanto menos se entrometieran los demás en su relación, mejor. Pero Víctor pensaba distinto.
Mi madre es muy sociable. Se lleva bien con todo el mundo.
«Sí, pero no todos están encantados», pensó Lucía, pero no lo dijo.
Empeoró. Doña Carmen apareció de nuevo al día siguiente, temprano, y empezó a revisar la nevera.
¿Huevos de gallina? A Víctor solo le hacía de codorniz, son más sanos dijo con aire de superioridad. Los estantes están sucios ¿Os los coméis así?
«No, no me como los estantes», pensó Lucía.
Los limpiaré luego, Doña Carmen prometió. Hoy queríamos descansar. Es domingo
Víctor, por cierto, estaba durmiendo a pierna suelta mientras ella entretenía a su madre.
¡Exacto! El domingo es para cocinar y limpiar declaró Doña Carmen. Coge la bayeta. El próximo domingo te enseño a hacer empanadillas, como le gustan a Víctor.
Lucía se quedó helada. Cruzó los brazos. No iba a seguir órdenes otro día más.
Doña Carmen, ¿por qué no me llama antes de venir? Por si tengo planes.
¿Llamar? ¿Ahora no puedo visitar a mi hijo? frunció el ceño.
Claro que sí. Pero su hijo vive con una mujer. Sería bueno que respetáramos mutuamente nuestro espacio.
Con Paula no había estos problemas masculló Doña Carmen.
Bueno, la madre de mi ex tampoco venía a las 8 de la mañana replicó Lucía. Y traía croissants. ¿Quiere la receta?
Doña Carmen palideció. Las arrugas de su frente se marcaron más.
Lucía, piénsatelo bien. En mi familia, nadie le enseña a nadie.
Se fue, pero el mal sabor de boca persistió. Víctor no la escuchaba, su madre entraba como Pedro por su casa y, encima, el fantasma de Paula seguía presente.
Las croquetas de Paula eran más ricas Su madre le enseñó soltaba Víctor.
Pues que te las haga ella.
Lucía sospechaba que Doña Carmen envenenaría a su hijo contra ella, pero no quería discutirlo. Quería olvidar el tema.
Pasó un mes tranquilo, hasta que un día, el timbre sonó de madrugada. Esta vez, Lucía no abrió.
¿Fue mala educación? Quizá. Pero ¿era mejor seguir tolerando invasiones sin aviso?
Minutos después, apareció Víctor, somnoliento y enfadado.
¿Por qué no abres?
¡Porque no quiero! Las visitas avisan. Y no cotillean.
¡Es mi madre! ¡Ha venido a verme!
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