**La Vida Solitaria de un Solterón: Sereno en Su Propia Compañía**
Antonio era un hombre soltero, ya entrado en años. Vivía su vida sin prisas, y la soledad nunca le había molestado. Trabajaba como una mula, pero amaba lo que hacía. Era meticuloso, todo debía estar perfecto, cada cosa en su sitio. Había conocido a muchas mujeres, pero ninguna le había parecido ideal. Aquel año, a finales de julio, decidió tomarse unas vacaciones y marcharse al sur. Cansado de la rutina, ansiaba escapar un poco de la civilización. Entró en internet y publicó un anuncio.
Le respondió una mujer con dos hijos, residente en un pueblo de Andalucía. La playa estaba a veinte minutos a pie, pero el lugar estaba alejado de los resorts y las ciudades. Había una habitación privada y, por acuerdo, le prepararían comidas caseras a cambio de los víveres que llevase. Al final, se convenció. El viaje fue bien, el GPS no falló. La casa era antigua pero limpia, la habitación acogedora, y la dueña, Carmen, muy amable. En el patio correteaba una perrita pequeña, un pinscher. En el jardín, las frutas maduraban, mientras los dos niños, un chico y una chica de unos nueve o diez años, ayudaban en las tareas. Carmen no le molestaba, solo le preguntaba qué quería que cocinara, le llenaba el plato de fresas y sonreía con dulzura.
Antonio pasaba los días en la playa, nadando, escalando rocas, sacando fotos y cambiando mensajes con un viejo amigo en Facebook. A veces, pensaba cómo una mujer de cincuenta años podía tener hijos tan pequeños. Hasta que un día preguntó:
Carmen, ¿son estos tus nietos?
No respondió ella, son mis hijos, aunque tardíos. La vida no me llevó a casarme, pero quise tenerlos. Y no soy tan vieja, tengo 48.
Mientras charlaban, Antonio la observó mejor. Era simpática, de risa fácil, y su nombre le gustaba. Carmen. Carmencita. Su madre se llamaba así. Y ella olía a fresas y mantequilla fresca. El vino blanco era ligero, las noches templadas, y el cielo, estrellado. Ninguno de los dos daba rodeosya eran adultos. De día, todo parecía normal, pero por la noche, Antonio pasaba en silencio al lado de la casa donde dormía Carmen. Luego, volvía a su habitación. Los niños no podían despertarse. La perrita ni siquiera ladraba, solo lo miraba con aire astuto, como si lo entendiera todo. Buena perrita, económica. Comía dos cucharadas y vigilaba el patio con celo. Se llamaba Lola.
Y Lola empezó a acompañarlo a la playa, nadaba con él, se revolcaba en la arena, se secaba al sol y volvía a casa antes que él. Él la seguía después. Pero un día, Lola no apareció. Antonio la buscó por todas partes, gritó su nombre, pegó decenas de carteles por el pueblo. ¿Dónde estaría la perrita? Una vecina mayor sugirió que quizá se la hubieran llevado unos forasteros que alquilaban una casa en la otra punta del pueblo. Antonio fue hasta allí. Llegó justo a tiempo de oír que se habían marchado, con una perrita pequeña, una hora antes, en dirección a la carretera principal.
Antonio subió al coche y aceleró. Los alcanzó ochenta kilómetros más adelante, cortándoles el paso. Del todoterreno salieron dos chicas, jóvenes y descaradas.
¡Eh, quita el coche de en medio! ¿No sabes conducir? ¡Llamaremos a la policía!
Llamad respondió Antonio, pero primero devolvedme la perra.
Tienes suerte se rió la más alta. Estaba abandonada, la estamos salvando.
No está abandonada replicó él. Tiene familia. No es vuestra.
¡Lárgate! chilló la otra. ¡Si no te vas, te romperemos los cristales!
Antonio las rodeó y llamó: ¡Lola! La perrita empezó a ladrar y a correr por los asientos, intentando llegar a la ventana entreabierta. Las chicas la sujetaban, la insultaban y trataban de pegarle. Antonio no sabía qué hacerno iba a pegar a mujeres.
Por suerte, apareció un guardia civil, sudoroso y con aire cansado. Tapándose los oídos ante los gritos de las chicas, el agente cogió a Lola.
¡Silencio! La perra irá con quien ella elija. Ninguno tiene papeles de ella.
Ven aquí, preciosa llamaban las chicas, sacando un trozo de jamón.
Vamos, Lola dijo Antonio.
El agente la soltó en el suelo. Ella salió disparada hacia Antonio, moviendo el rabo y ladrando alegremente.
Parece que está resuelto resopló el guardia.
¡No, es nuestra! berrearon las chicas. ¡No puede llevársela! ¡Nos quejaremos a su superior!
El guardia se puso rojo.
O os vais ahora mismo, o revisaré el seguro, el extintor, el triángulo, el botiquín y contaré todas las pastillas. El coche está sucio, y además, comprobaré si no es robado. Y el sistema solo está en el cuartel
El todoterreno desapareció rápido.
Antonio le dio la mano al guardia.
Gracias.
No hay de qué. También tengo un perrito así. Listo y cabezota. En invierno lleva abrigo, que es friolero. Buena raza, leal. Y el tamaño es práctico. Suerte. No infrinja.
Antonio entró en el coche. Lola se tumbó en su regazo, calentita, el pelaje suave como terciopelo. Se sintió bienhacía mucho que no se sentía así. La carretera estaba tranquila, el motor ronroneaba suave, y Lola estaba calmada. Pero, en medio de aquella paz, un nudo le apretó el corazón. Pronto tendría que marcharse. Nadie le esperaba en casa. La idea de simplemente dar la vuelta y llevarse a Lola se le pasó por la cabeza. Al fin y al cabo, ¿qué tenía él? Unas camisetas, ropa interior, un chándal. La idea le guiñó un ojo. Antonio la anotó mentalmente, suspiró y siguió de vuelta a casa de Carmen.
La última semana fue lluviosa, pero Antonio siguió yendo a la playa. Y Lola con él. Por la noche, se colaba en el cuarto de Carmencita, y por la mañana, la pena le apretaba cada vez más. El día de la partida, el sol brillaba. Antonio hizo las malas la víspera. Le dejó un regalo a Carmen, se despidió, le dio su número de teléfono y subió al coche.
Aceleró despacio, pensando que las vacaciones y el romance de verano terminabanera hora de volver a la rutina. Ya había salido del camino de tierra al asfalto cuando vio a Lola corriendo tras el coche. Aumentó la velocidad. Ella corría más rápido. Antonio pisó el acelerador.
La perrita empezó a quedarse atrás, hasta desaparecer. Él paró. Bajó del coche, encendió un cigarrillo y notó que le temblaban las manos. Fumó hasta el final, lo apagó en el cenicero y miró hacia la carretera.
Una pequeña mancha se movía sobre el asfalto. Antonio empezó a correr, rezando para que ningún coche la atropellara. Hacía años que no corría así. Lola venía al galope, como si fuera su último esfuerzo. El polvo cubría su pelaje, la lengua, los ojos, hasta sus pequeñas orejas. Movió el rabo e intentó ladrar, pero solo estornudó.
Antonio la cogió, la limpió, le dio agua de la botella. Luego llamó a Carmen y dijo con una sonrisa en la voz: “¿Lista para un cambio de aires? Lola, yo y dos pequeños pasajeros estamos de vuelta a casa”.
**Lección aprendida:** A veces, el destino nos pone en el camino lo que el corazón ya sabía pero la razón no se atrevía a aceptar.







