**Diario de un hombre**
Estaba segura de haber encontrado una alfombra pero alguien dentro gemía y se movía.
El día amaneció cálido y soleado, y Lucía decidió aprovechar para airear sus “almohadas” y su “manta”. Como almohadas usaba bolsas de papel rellenas de serrín, y como manta, una vieja alfombra de pared con un diseño de ciervos. La tendió con cuidado en una cuerda entre los árboles y, cerca, colocó un banco de madera forrado de vinilo rojo, donde dejó sus improvisadas almohadas.
Lucía llevaba más de un año sin hogar. Su sueño era ahorrar algo de dinero, recuperar sus documentos perdidos y volver a casa, a Andalucía, donde la esperaban recuerdos de familia y una vida normal. Mientras tanto, vivía en una antigua cabaña de guardabosques abandonada que antes estaba en medio de un bosque frondoso. Ahora, en lugar del bosque, había un enorme vertedero.
Al principio, el olor era casi imperceptible, pero con el tiempo, las montañas de basura crecían no por días, sino por horas. Aquí se tiraba de todo: escombros, muebles rotos, ropa vieja, platos. Así fue como Lucía consiguió una pequeña cómoda, un puf desgastado e incluso un baúl de madera con ropa que alguien había tirado.
Con el tiempo, empezaron a llegar furgonetas de supermercados cargadas de productos caducados. Tras revisarlos bien, a veces encontraba verduras, frutas e incluso congelados en buen estado. Pero el agua escaseaba. Tenía que traerla del río, filtrándola con trapos y carbón que recogía de la misma basura.
La leña no faltabatroncos rotos por todas partes, así que calentar la estufa no era problema. Los días se volvían monótonos, y ahorrar aunque fuera un poco era casi imposible. Encontrar monedas en los bolsillos de la ropa tirada era raro, y un monedero se consideraba un hallazgo del siglo.
Una noche, el ruido de un coche la despertó. Era habitualla mayoría traía basura de noche para no ser reconocidos, pero esta vez algo parecía extraño. El coche era caro, grande, casi un todoterreno. A la luz de la luna, parecía una bestia sobre ruedas.
Un hombre bajó despacio, sacó un bulto enorme del maletero y lo arrastró hacia los montones.
“¿Será fieltro para el tejado? Podría arreglar las goteras Ya vienen las lluvias”, pensó Lucía, deseando que el desconocido se marchara pronto.
El hombre dejó el bulto en un hoyo entre la basura, miró alrededor como dudando, luego se encogió de hombros y volvió al coche. Minutos después, el motor rugió y el vehículo desapareció en la oscuridad.
“Por fin”, suspiró Lucía, y se vistió para salir.
Se puso unas botas de goma y salió al exterior. El cielo empezaba a clarear, y el aire olía a bosque. Recordó que había un claro tras la colina donde crecían setasvaldría la pena ir por la mañana.
Al acercarse al lugar donde el hombre había dejado el bulto, esperaba ver lona o plástico grueso. Pero en el suelo había una alfombra enrollada. No cualquierauna de esas que adornaban las casas ricas.
“Caray estilo persa, creo. Qué bonita, qué pesada. Lástima que no sirva para el tejado”, pensó decepcionada, pero luego añadió: “¿Y si me la quedo? Dob






