Lucía, ven, por favor
Mamá, ya sabes que no voy a ir.
Lucita, te lo suplico, está muy mal
No me lo pidas. No iré.
«¡Lo odio!» Lucía lanzó el teléfono con rabia contra el sofá. Se acercó a la nevera, abrió la puerta de un golpe y sacó una botella de whisky. Sirvió un trago en un vaso, lo miró fijamente y, tras dudar un instante, lo tiró por el fregadero. Se dejó caer en una silla de la cocina y rompió a llorar.
Diez años habían pasado desde que pisó por última vez la casa de sus padres.
En el último año de instituto, Lucía se enamoró. Sus compañeras solían escaparse a las discotecas y fiestas universitarias cerca del colegio. Una noche, cedió a la insistencia de sus amigas y fue. Allí lo conoció a Él. Tocaba en un grupo y cantaba como los ángeles. Era hijo de un diplomático, y todas las chicas lo seguían como perdices, soñando con una cita. Lucía nunca supo por qué la eligió a ella. Fue su primer amor. Empezó a saltarse clases, a mentir a sus padres, a descuidar todo con tal de verlo.
El romance duró poco. Terminó con un embarazo. Él empezó a evitarla, hasta que desapareció. Entonces apareció su madre, ofreciéndole dinero para «solucionar el problema». Le dejó claro que no querían una nuera de mala vida, que su hijo merecía algo mejor
Lucía tardó meses en confesárselo a su madre. Cuando ya no pudo ocultar la barriga, lo admitió.
¡Puta, golfa sinvergüenza! Solo piensas en juergas, no en estudiar rugió su padre. ¡Qué vergüenza! ¿Cómo voy a mirar a la gente a la cara? ¡Lárgate! No quiero saber nada de ti.
Su madre lloraba en silencio. Siempre obedecía a su marido, un hombre autoritario que había anulado su voluntad con los años. Nunca la escuchaba, así que ella ya ni protestaba.
Lucía empacó unas camisetas y unos vaqueros en una mochila y se marchó.
Durmió en casas de amigos, pero nadie la quería allí mucho tiempo. Pidió dinero prestado y se fue a otra ciudad, donde vivía una tía que apenas conocía. Su padre controlaba tanto a su madre que ni siquiera le permitía hablar con su propia hermana.
Al llegar, descubrió que su tía se había mudado años atrás. No sabían adónde. Hambrienta y perdida, volvió a la estación. Unas viejas vendían comida para viajeros. Lucía se acercó a una que tenía empanadillas en una caja de cartón. Intentó robar una, pero la mujer la pilló. Iba a abofetearla, pero al ver su barriga, se detuvo.
Mientras devoraba las empanadillas, Lucía le contó su historia. La mujer, que vivía sola, la acogió.
Hasta el parto, Lucía vendió empanadillas en la plaza. Soñaba con ahorrar y volver a casa, con que su padre la perdonaría Pero terminó quedándose diez años en aquel lugar.
Tuvo una niña. La vendedora se convirtió en su abuela. Cuidaba de la pequeña mientras Lucía trabajaba. Primero fue limpiadora en una tienda. Luego, suplió a una dependiente enferma y ascendió. Trabajó duro, hasta que la promovieron a encargada. Cuando abrieron un hipermercado, entró como jefa de sección. Ahora dirigía varios departamentos.
Tras el nacimiento de su hija, llamó a su madre. Quería volver. Pero su madre le rogó que no lo hiciera. Su padre la había borrado de su vida.
Cuando la mujer que la acogió murió y le dejó la casa en herencia, Lucía volvió a llamar. Necesitaba ayuda con su hija. Pensó que su madre estaría mejor lejos de aquel tirano. Pero otra vez le dijo que no. Y así, perdieron el contacto. Hasta aquella llamada.
Diez años esperando un «perdón» o un «vuelve, hija». ¿Y ahora? ¿Qué quería oír él? ¿Que se disculpara?
El rencor se había suavizado, pero el dolor seguía ahí. El rechazo, la humillación, la lucha diaria Había momentos en que quería rendirse. Pero ahora era respetada, independiente. Su casa era moderna, su hija estudiaba en un buen colegio, y su prometido la amaba.
«Lo tengo todo pensó Lucía. ¿Habría llegado tan lejos si mi padre no me hubiera echado? Perdonar para cerrar heridas. Para mí».
Llamó a su trabajo, explicó la situación y empezó a hacer la maleta.







