LO QUE ACORTES, NO SE RECUPERA
Cuando Lucía enseñaba sus fotos de boda a los conocidos, solía decir con una sonrisa:
¡Ay, cuánto sufrí con este vestido! Claro que es hermoso, pero pesaba como una losa y era tan voluminoso La próxima vez que me case, elegiré uno ligero y etéreo.
Todos creían que bromeaba, y reían con ella. Y sí, Lucía bromeaba, pero solo a medias. Sus amigos sabían que se había casado por amor. Todo había surgido de un romance veraniego en la costa: ella con 21 años, él, Adrián, con 28.
Agosto, el mar acariciando la arena, vino espumosos, noches estrelladas, romance Todos esos ingredientes se mezclaron hasta desembocar en un sí quiero en el registro civil. Claro que, antes, Adrián tuvo que divorciarse de su segunda esposa, y Lucía mudarse a su ciudad natal, Madrid.
Madrid, Valencia, Madrid Ese trayecto se convertiría en una rutina familiar, casi dolorosamente reconocible, durante los siguientes diez años.
Pero al principio, la joven pareja tuvo que alquilar un piso. Adrián había regalado su antiguo apartamento a su segunda mujer, quien juró tragarse un puñado de pastillas, rociar con ácido a la tercera esposa o lanzarse por la ventana si él no volvía a sus brazos. Con el tiempo, la exmujer dejó de amenazar. Quizás Adrián le prometió regresar algún día. De su primer matrimonio, prefería no hablar. Duró año y medio. No cuajó. Luego, con gracia, casó a su primera esposa con un amigo. Todos contentos. Incluido él.
La segunda aguantó más: tres años. Hasta que Adrián descubrió su esencia perturbadora. Una ignorante que se negaba a tener “criaturas humanas”, como ella llamaba a los niños.
A Lucía esas historias no le quitaban el sueño. Era segura de sí misma, ambiciosa, convencida de su belleza y singularidad. Adrián la adoraba. Creía haber encontrado el paraíso en la tierra. Si le regalaba flores, eran ramos gigantes. Si le compraba un abrigo de piel, eran tres. Y los zapatos Podía cambiarlos cada día. La llevó a Londres, París, a la Costa Brava. Para “ampliar horizontes”, decía. Y cargar pilas antes de que naciera su primer hijo.
Pronto vino una niña, Carlota. Mientras Lucía la cuidaba, Adrián compró una casa y la amuebló con esmero. Todo por sus niñas.
Celebraron la mudanza. Carlota empezó la guardería.
Lucía se sumergió en sus estudios, aunque prefería hacerlos en su ciudad, Madrid. Allí estaban sus amigas, su madre, incluso los desconocidos le parecían más cálidos. Bajo los castaños de la plaza, todo era paz.
Dejaba a Carlota con su suegra, que la adoraba. Y mientras duraban los exámenes, Lucía se quedaba en Madrid. Adrián, celoso, aparecía sin avisar, organizaba encuentros “casuales” (¡en otra ciudad!). Pero Lucía no le daba motivos para sospechar O eso parecía.
En realidad, anhelaba escapar de las tareas domésticas. Estudiaba y estudiaba solo para evitar fregar platos, limpiar suelos, ocuparse de su marido o criar a su hija. La vida era corta, y sentía que se le escapaba. ¿Por qué una mujer inteligente y bella como ella debía perder el tiempo en trivialidades?
Con los años, acumuló tres títulos, todos con honores. Su especialidad: psicología. Llevaba los diplomas en el bolso mientras buscaba trabajo. Adrián se oponía:
¿Acaso nos falta dinero? Me volveré loco esperándote después del trabajo. Lucía, ¿y si tenemos otro hijo? O una niña. Da igual. Solo quiero tenerte cerca.
Pero Lucía no se veía como madre otra vez. Creía haber cumplido su misión: darle una hija a Adrián, darle vida a Carlota. ¿Qué más? La suegra, escuchando sus divagaciones, propuso quedarse con la niña hasta que Lucía “madurara”. Total, la nieta necesitaba amor, y a su nuera solo le importaba volar por las nubes.
Lucía aceptó sin dudar. Y partió a Madrid sin avisar. “Ya llamaré desde allí”, pensó.
Pero en Madrid la esperaba Adrián. Conocía sus trucos.
Lucía, ¿dónde está Carlota? ¿Por qué estás aquí y no en Valencia? ¿Tienes un amante? preguntó, furioso.
Adrián, tranquilo. No hay amantes. Es solo que me aburro contigo. Quiero libertad respondió ella, serena.
¿Libertad? ¿De mí y de tu hija? ¿Y el amor? ¿Se esfumó? ¿Es una crisis? Podemos superarla juntos insistió él.
No lo superaremos zanjó Lucía.
Adrián fue a suplicarle a la suegra, pero esta se encogió de hombros:
No la convencerás. Es más ter







