Puedes volver a tu pueblo” – me dijo mi marido cuando me quedé sin trabajo

**Diario, 12 de marzo**

Puedes volver a tu pueblo dijo mi marido cuando me quedé sin trabajo.

Carmen, ¿qué te pasa? La sopa se está enfriando Antonio golpeó el cucharón contra el borde del plato, mirándome con gesto de fastidio.

Carmen alzó la cabeza lentamente, dejando el móvil a un lado. Todo el día había estado llamando a conocidos, buscando cualquier trabajo, pero la respuesta era siempre la misma: no hay sitio, crisis, recortes.

Perdona, estaba pensando tomó la cuchara y probó el cocido. Lo había preparado por la mañana, especialmente para Antonio, a él le encantaba con garbanzos y repollo. Ahora le parecía que todo ese esfuerzo había sido inútil.

¿En qué piensas? él sorbió el caldo caliente, lanzándole miradas de reojo. ¿Otra vez lo del trabajo?

¿Y en qué más voy a pensar? Carmen suspiró, apartando el plato. Laura dice que en su departamento también están despidiendo. Y Loli, la de contabilidad, lleva tres meses sin encontrar nada.

¡Déjalo ya! Antonio hizo un gesto con la mano. Algo saldrá. Tienes tiempo de sobra.

Antonio, tengo cuarenta y tres años. ¿Quién va a quererme a mi edad? Todos buscan jóvenes, con carrera, experiencia en ordenadores. ¿Y yo qué sé? Toda la vida trabajando en una tienda, detrás del mostrador.

¿Y qué? Es un trabajo honrado terminó el cocido y alcanzó el pan. Por cierto, el pan está duro. ¿Cuándo lo compraste?

Carmen calló. El pan lo había comprado anteayer, ahorrando en todo lo posible. Desde que la despidieron del supermercado, el presupuesto familiar se había reducido. El sueldo de Antonio en la obra no era gran cosa, y además solía llegar tarde.

¿Por qué no vas a ver a Rosa? sugirió él de pronto. Te quedas una semana o dos, te distraes. Yo me las arreglaré solo.

Rosa era su hermana pequeña, vivía en Madrid, trabajaba de gerente en una empresa importante. Solo llamaba en Navidad, casi nunca.

¿Para qué voy a ir? Tiene su vida, su familia. Y además, no tengo dinero para el viaje.

Ya lo encontraremos Antonio se levantó y se acercó a la ventana. Oye, ¿y si te vas con tu madre? Al pueblo. Allí al menos tendrás patatas y leche de la huerta. No pasarás necesidad.

Carmen se quedó inmóvil con la cuchara en la mano. Su madre vivía en Valdehermoso, a cien kilómetros de la ciudad. La última vez que fue había sido hace tres años, en el funeral de su tío. El pueblo se estaba vaciando, apenas quedaban jóvenes, solo jubilados.

¿En serio me lo dices? ¿Al pueblo? lo miró incrédula. ¿Y tú?

¿Yo qué? Tengo que trabajar aquí. No puedo dejarlo todo e irme contigo. Soy el único que trae dinero a casa.

De momento apuntó ella en voz baja.

¡No me des la lata! Antonio se volvió bruscamente. No te lo digo para siempre. Un mes o dos, a lo mejor aquí encuentras algo. ¿De qué sirve quedarse sin hacer nada?

¿Sin hacer nada? Carmen se levantó y empezó a recoger la mesa. ¿Quién limpia la casa? ¿Quién lava, cocina? ¿Quién hace cola en el ambulatorio cuando te duele la espalda?

Bueno, eso se da por hecho encogió los hombros. No me refería a eso. Es solo que se rascó la nuca, vacilando. Puedes volver a tu pueblo si quieres. Allí estarás más tranquila, sin angustiarte por el trabajo.

Sus palabras le dolieron como un bofetón. *Volver a tu pueblo*. Como si la ciudad no hubiera sido su hogar durante los últimos veinte años. Como si fuera una extraña, de paso.

¿Mi pueblo? repitió lentamente. ¿Y esta casa no es mía? ¿He estado aquí de visita veinte años?

Pero ¿qué dices, Carmen? él se asustó por su tono. No quería decir eso. Solo

Solo te resulto incómoda, ¿verdad? La mujer sin trabajo, que no trae dinero. Mejor enviarla lejos, que no estorbe.

¡No digas tonterías! se sentó en el sofá y encendió la tele. Vengo cansado del trabajo, y tú montando escenas.

Carmen lavó los platos en silencio, secándose las manos con el trapo. Las palabras de Antonio resonaban en su cabeza. *Puedes volver a tu pueblo*. Y el tono con que lo dijo, indiferente, casi aliviado.

Por la noche, Antonio se durmió frente al televisor, mientras ella permanecía despierta, con los ojos abiertos. Recordó cómo se conocieron. Ella tenía veintitrés, recién llegada a la ciudad, compartiendo piso y trabajando de dependienta en una tienda pequeña. Antonio era mozo de almacén entonces, joven, guapo, atento. La cortejó durante meses, le regalaba flores, la llevaba al cine. Tras la boda, alquilaron un piso, luego pidieron una hipoteca. Carmen pasó a un supermercado más grande, ascendió a responsable de sección.

¿Y ahora qué? Él le sugería irse al pueblo, como si fuera un trasto inservible.

Mamá, ¿por qué llamas a estas horas? la voz adormilada de su hija Claudia sonó al otro lado.

Perdona, hija, no me di cuenta de la hora. ¿Qué tal estás?

Bien. ¿Pasa algo? Suenas rara.

Claudia vivía en otra ciudad, trabajaba en un banco, recién casada. Hablaban poco, una vez a la semana como mucho.

No, nada. Solo te echaba de menos. ¿Cómo está Javier?

Bien. Mamá, ¿seguro que estás bien? No tienes la voz de siempre.

Carmen quiso contarle lo del trabajo, lo que Antonio le había dicho, pero se contuvo. ¿Para qué amargarles la vida? Ellos ya tenían sus problemas.

Todo bien, cariño. Duérmete, que mañana hay que madrugar.

Mamá, ¿por qué no vienes a vernos? Hace mucho que no nos vemos.

Ya veremos. Buenas noches.

A la mañana siguiente, Antonio se mostró especialmente cariñoso. Le llevó el café a la cama, le dio un beso en la mejilla.

Perdona si ayer me pasé. Solo quiero lo mejor para ti.

Lo sé sonrió forzadamente.

Mira, hablé con los compañeros de la obra. Fran dice que su mujer está en una oficina y buscan contable. ¿Quizá te interese?

Pero si yo no soy contable recordó Carmen.

Pues te formas. Haces algún curso. Lo importante es tener ganas.

Los cursos cuestan dinero. Bastante dinero.

Ya lo encontraremos hizo un gesto con la mano. Si hay ganas, hay manera.

Carmen tenía ganas. Y fuerzas. Pero cada mañana, revisando ofertas de empleo, se sentía más inútil. *”Se busca dependiente, menores de treinta”*. *”Experiencia en programas de gestión”*. *”Comercial, hasta cuarenta años”*.

Lola, hola llamó a su amiga, con quien había trabajado en la tienda. ¿Qué tal? ¿Alguna novedad?

¡Carmen! se alegró Lola. Pensé que te habías olvidado de nosotras. ¿Encontraste algo?

Todavía no. ¿Y vosotras?

Mal. Despidieron a dos más la semana pasada. A Tere y a Luisa, de lácteos. Dicen que habrá más recortes.

¿Y la jefa?

¿Mercedes? En su despacho, como si nada. Pero sabe que cerrarán. El dueño nuevo quiere reformarlo todo.

Carmen colgó y se sentó junto a la ventana. En el patio, los niños jugaban, las madres charlaban en los bancos. La vida seguía su curso, y ella parecía haber quedado fuera.

Iré a ver a mamá le dijo a Antonio en la cena.

¿Mucho tiempo? ni siquiera alzó la vista del plato.

No sé. Una semana. Quizá más.

Bien. Descansarás. Yo terminaré el arreglo del trastero.

¿El trastero? se sorprendió. Llevas seis meses diciéndolo.

Pues ahora tendré tiempo. Sin ti iré más rápido, sin tus consejos.

Carmen calló. *”Sin tus consejos”*. Otra frase que se le clavó como una astilla.

Hizo la maleta rápido. Solo lo necesario: vaqueros, jerséis, una chaqueta abrigada. Antonio la acompañó a la parada del autobús, la despidió con un beso.

Llama dijo. En cuanto llegues.

Vale.

Y dale recuerdos a tu madre. Que pronto iré a verla.

Asintió, aunque sabía que no iría. A Antonio no le gustaba el pueblo, decía que era aburrido y con muchos mosquitos.

El autobús a Valdehermoso tardó dos horas y media. Carmen miraba por la ventana los campos, los bosquecillos, las aldeas dispersas. Cuanto más lejos de la ciudad, más paz sentía. Quizá Antonio tuviera razón. Quizá necesitaba alejarse un tiempo, escapar del bullicio.

¡Carmencita! su madre la esperaba en la puerta, abrazándola fuerte. ¡Qué sorpresa! ¿Por qué no avisaste? Habría hecho cocido y empanada.

Fue una decisión de última hora, mamá. Te echaba de menos.

Su madre la miró con atención. Valeria era perspicaz, sabía leer a la gente.

¿Y Antonio? ¿No vino contigo?

Tiene mucho trabajo. Vendrá luego.

Ya asintió, sin insistir.

La casa era igual que en su memoria. Papel pintado antiguo, suelos que crujían, la estufa en un rincón. Todo más pequeño de lo que recordaba. Y olía distinto: a hierba seca, a leche, a humo de chimenea.

Ya sabes dónde está todo dijo su madre. Instálate. Voy a matar un pollo para la cena, celebraremos tu llegada.

Mamá, no hace falta. No tengo hambre.

No tienes hambre, no tienes hambre Y estás más delgada. ¿Antonio no te da de comer?

Sí, pero estoy cansada.

Valeria se acercó, le acarició el pelo.

Hablarás cuando quieras. Ahora, descansa.

Los primeros días lo hizo. Dormía hasta tarde, ayudaba en las tareas, visitaba a los vecinos. Muchos ya no estaban, las casas cerradas, vacías. El pueblo se apagaba poco a poco.

¿Te acuerdas de Nuria, la de los Serrano? preguntó su madre durante la merienda. Iba contigo a la escuela.

Claro. ¿Qué fue de ella?

Se fue a la ciudad hace diez años, con su hijo. Y él la metió en una residencia. ¿Te imaginas? ¡A su propia madre!

¿Por qué?

Dice que no tiene tiempo. La mujer trabaja, él también, los niños. Y la vieja estorba.

Carmen se estremeció. Como si alguien caminara sobre su tumba.

¿Y su casa? ¿Los animales?

Vendieron todo. El hijo necesitaba dinero, un préstamo o algo.

¿Y Nuria aceptó?

¿Qué iba a hacer? Sola no podía. La huerta grande, la vaca, las gallinas. Ya tiene setenta y cinco años.

Por la tarde, Carmen paseó por el pueblo. Encontró a Pilar, la maestra que le dio clase en primaria.

¡Carmen! ¡Mi niña! se alegró. Qué mayor y guapa estás. Yo aún te recuerdo recitando en el festival: *”Marisol se fue a la mar”*

Lo recuerdo, Pilar. Y usted no ha cambiado nada.

¡Qué va! Estoy vieja. Casi ochenta años. Y aquí sigo, arreglándomelas sola.

¿Y sus hijos?

En la ciudad. El hijo en Madrid, la hija en Barcelona. Vienen una vez al año, para el aniversario de su padre. A veces ni eso.

¿No llaman?

En Navidad. Preguntan si sigo viva sonrió con tristeza. Quieren que me vaya, pero no puedo. Toda mi vida está aquí. Cada piedra me es familiar.

Carmen volvió a casa pensando en Pilar, en Nuria, en su madre. Todas habían sido jóvenes, hermosas, necesarias. Criaron hijos, trabajaron, hicieron planes. Luego los hijos crecieron y se marcharon. Y ellas se quedaron con los recuerdos.

Mamá, ¿nunca has pensado en irte a la ciudad? preguntó en la cena.

Lo he pensado. Sobre todo en invierno, cuando nieva. Pero ¿adónde ir? ¿Contigo? ¿Y si a Antonio no le gusta? Vuestro piso es pequeño, y yo con mis costumbres

Mamá, ¿qué tiene que ver Antonio? Eres mi madre. Si quieres, puedes venir cuando sea.

Lo sé, hija. Pero es mejor no tentar a la suerte. Mientras pueda, me las arreglo.

¿Y si te pones mala? ¿Y si pasa algo?

Pues lo que tenga que pasar. No seré la primera ni la última.

Carmen calló. Las palabras de Antonio volvieron a su mente: *Puedes volver a tu pueblo*. Y entendió que tenía miedo por su madre. Miedo de que algún día su hija le dijera algo parecido.

Al cuarto día, Antonio llamó.

¿Qué tal? ¿Cómo está tu madre?

Bien. Sobreviviendo.

¿Y cuándo vuelves?

No sé. Quizá me quede un poco más.

¿En serio? ¿Y la casa? ¿Y yo?

Te las arreglarás. Dijiste que sin mí irías más rápido.

Carmen, no era eso

¿Entonces qué era?

Silencio.

Bueno, quédate un tiempo. Pero no tardes. Te echo de menos.

Me echas de menos repitió ella después de colgar.

¿Hablaste con Antonio? preguntó su madre.

Sí.

¿Y qué dice?

Que me echa de menos.

¿Y tú?

Carmen lo pensó. Extrañamente, no lo echaba de menos. Al contrario, por primera vez en años se sentía en paz. Sin preocuparse por la cena, la colada, la limpieza. Sin escuchar sus quejas del trabajo, del jefe, de la vida.

No lo sé, mamá. Aún no.

Ya asintió Valeria.

Mamá, ¿tú y papá os peleabais?

Claro. ¿Quién no? Pero luego se hacía las paces. Él nunca me humilló, nunca me hizo sentir de más. Me respetaba.

¿Y si lo hubiera hecho?

No sé. Nunca pasó.

Esa noche, Carmen visitó a Pilar. La maestra estaba en la puerta, tejiendo calcetines.

No dejo de pensar en lo de ayer dijo Pilar. En los hijos. ¿Sabes lo que he entendido? Los criamos para que solo supieran recibir. No les enseñamos a dar.

¿Cómo?

Así. Les dimos todo, hasta lo último. Se acostumbraron a que su madre lo sacrificara todo. Y al crecer, siguieron igual. La madre debe, la madre tiene que. Pero ¿que la madre tenga sus propias necesidades? Eso no se les ocurre.

¿Habría que hacerlo distinto?

No lo sé. Quizá sí. Quizá pensar más en nosotras. Así nos valorarían más.

Al regresar, Carmen reflexionó sobre sus palabras. Sí, ella siempre había dado. A sus padres, a su marido, a su hija. ¿Y qué recibió? Cuando dejó de ser útil, le sugirieron irse. Con delicadeza, pero lo hicieron.

Mamá, ¿y si me quedo? preguntó al desayuno.

¿Cómo?

Aquí, contigo. Ayudando en casa.

¿Y tu marido?

Que haga lo que quiera. Dijo que podía vivir sin mí.

Valeria calló un largo rato. Luego murmuró:

¿De verdad quieres quedarte? ¿O es por orgullo?

No lo sé. Pero aquí estoy bien. En paz. Nadie me dice que sobro.

Hija, el pueblo no es una escapatoria. También es vida, solo que distinta. Dura, solitaria a veces. Piénsalo bien.

Lo haré. Cada día.

Dos días después, llegó Antonio. Carmen lo vio desde la ventana, dudando en la verja. Salió a su encuentro.

Hola dijo él, inseguro. ¿Qué tal?

Bien. ¿A qué has venido?

A buscarte. Es hora de volver a casa.

¿Hora para quién?

Carmen, ¡basta ya! ¿Qué tontería es esta? Te has divertido en el pueblo, y ya está. Hay mucho que hacer en casa.

¿Qué cosas? ¿Las tuyas?

¡Las nuestras! ¡Somos una familia!

¿Familia? sonrió con amargura. Cuando me dijiste que me viniera al pueblo, ¿pensabas en la familia?

¡No te estaba echando! ¡Te ofrecí un descanso!

*”Puedes volver a tu pueblo”* ¿Eso es ofrecer un descanso?

Antonio dudó. Comprendió que sus palabras habían sido crueles.

A lo mejor no me supe expresar. Pero no quise ofenderte.

¿Qué quisiste, entonces?

Que que no sufrieras. Por el trabajo.

¿Y ahora qué quieres?

Que vuelvas. Sin ti la casa no es hogar.

¿Y si no encuentro trabajo? ¿Otra vez me mandarás aquí?

No.

¿Lo prometes?

Lo prometo.

Carmen lo miró, sabiendo que no le creía. Algo se había roto entre ellos, y sería difícil repararlo.

Antonio, si tú te quedaras sin trabajo, ¿te diría que te fueras?

Eso es distinto.

¿Por qué?

Porque soy el hombre. El sustento de la familia.

¿Y yo qué soy?

Tú tú eres mi mujer. Mi apoyo.

Apoyo repitió. O sea, mientras sirva, a tu lado. Cuando estorbe, me echas.

¡Qué disparate! estalló él. ¿Qué estorbo? ¿Estás enferma o qué?

No. Pero sin trabajo. Una boca más que alimentar. Un estorbo.

¡No digas bobadas!

Entonces, ¿por qué me enviaste aquí?

Antonio no supo responder. Ni él mismo entendía por qué lo había sugerido. Solo pensó que sería más fácil. Menos reproches, menos miradas tristes, menos conversaciones incómodas.

Vale, me equivoqué. Perdóname. ¿Volvemos a casa?

No.

¿Cómo que no?

Así. No volveré.

¿Para nada?

No lo sé. Aquí estoy bien. Mamá necesita ayuda. Y tú solo puedes. Lo dijiste.

Carmen, ¡ya me he disculpado! ¿Qué más quieres?

Nada. Solo necesito pensar. En nosotros. En mí. En lo que vendrá.

Antonio pasó la noche en casa de su suegra y por la mañana se fue. Dolido, confundido. No entendía qué le pasaba a su mujer. Antes siempre cedía, obedecía. Ahora se mostraba testaruda.

Hija dijo su madre cuando el autobús desapareció. Reflexiona. Quizá sí haya entendido su error.

Quizá. Pero aún no estoy lista. Necesito tiempo, mamá. Saber quién soy sin él. Si puedo estar sola. O si he olvidado cómo ser yo misma, después de ser de otro.

¿Y buscarás trabajo aquí?

Sí. En el instituto del pueblo buscan conserje. El sueldo es bajo, pero basta. Y en verano te ayudo en la huerta.

Claro que me ayudarás.

Carmen abrazó a su madre, apoyando la cabeza en su hombro. Por primera vez en años, se sentía en casa. De verdad.

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