La Rebelión del Olvido

Sabéis, cuando vino a nuestra casa por primera vez, casi me ahogo de lo hermoso que era. Pensé que semejante belleza no podía existir. Yo tenía catorce años. Mi abuela, sesenta y cinco. Ella también dijo: “Es un dios”. No sé dónde lo conoció mi padre, pero empezó a aparecer con frecuencia. A veces, mi padre y él copiaban partituras de música; otras, preparaban bocadillos en platos y bebían ginebra mientras reían y bromeaban. No solo era hermoso como un dios, sino que tenía un encanto irresistible.

Cuando venía, cancelaba todos mis planes con mis amigas. ¿Ir al cine? Imposible, cuando en casa estaba… él.

Era piloto militar. Una vez vino de uniforme. Fue un error, porque para una chica de catorce años como yo, era demasiado.

Empecé a soñar con él por las noches.

Pero no era amor de adolescente. El amor es para las personas, y él era un dios.

Un día invitó a mis padres a su casa. No recuerdo si me colé o me llevaron sin que yo tuviera que rogar, pero el caso es que fui, emocionada por conocer a su esposa. “¿Cómo será de hermosa?”, pensaba mientras caminaba hacia su casa.

No puedo describir lo que sentí cuando ella abrió la puerta. Si me hubieran golpeado con un martillo, me habría dolido menos. Era fea. Totalmente. Sin maquillaje, grisácea, descolorida… una ratoncita.

Entré confundida, con la sensación de que mi mundo se había derrumbado, de que ahora era una adolescente con la psique destrozada. Si existía la injusticia en el mundo, estaba frente a mí.

Luego nos sentamos a la mesa, y aquella mujer empezó a hablar.

Era doctora en biología, y resultó ser fascinante. Me quedé boquiabierta, colgada de cada una de sus palabras. Hasta que, en un momento, me di cuenta de que ya no veía su falta de belleza.

Después miré a él y me pareció menos hermoso, como si ambos se hubieran igualado, como si encajaran. Me fui de allí con la sensación de que todo tenía sentido.

Siguió viniendo un tiempo, hasta que se mudaron. Supongo que, como piloto, lo destinaron a otra base.

Años más tarde, supe que sufrió un derrame cerebral. Quedó paralizado, y su esposa se convirtió en sus manos, sus piernas, su enfermera, su madre. Lo cuidaba, lo amaba, era su mundo entero. Sin ella, él ya no era nada.

No sé qué vio él, un hombre de una belleza inigualable que jamás volví a encontrar, en esa chica gris cuando decidió casarse con ella. ¿Su inteligencia? Quizá. Seguro que ya era brillante antes del doctorado. ¿Su carisma? Tal vez en su juventud lo tuvo.

Pero…

No sabemos por qué Dios nos da a nuestros compañeros de vida ni cómo los elegimos entre la multitud. ¿Qué nos atrae? Es un misterio.

A menudo, cuando lo recuerdo, pienso que, al ver a esa chica insignificante, él vio en ella su apoyo, su refugio.

Y no se equivocó.

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