**Novia por Correspondencia**
En la cama roncaba a todo pulmón una mujer. El hombre, arrugando la nariz por el olor, le dio un buen azote en las nalgas. Ella gritó y se sentó de golpe. A pesar del calor, llevaba calcetines de lana y un jersey grueso. Un pañuelo sucio se le había torcido, dejando ver unos pelos grasientos de un color indefinible.
—¿Quién eres tú? —preguntó asustada.
Sin responder, él sacó de su bolsillo una fotografía y se la acercó a la cara.
—¿Te reconoces?
Ella se ruborizó y, sin saber por qué, comenzó a juguetear con el pañuelo.
—Soy yo… pero de hace veinte años.
El hombre se sentó en una silla desvencijada.
—Y entonces, ¿qué? Cartas llenas de sentimientos, invitaciones a visitarte… No se puede ni entrar en tu casa sin que le den ganas a uno de vaciar el estómago. Yo, iluso, pensé que al fin había encontrado un alma gemela. ¿No te acuerdas de a quién le escribías? Soy Nicolás. Vine, como prometí.
Carmen se levantó de un salto.
—Perdóname por recibirte así. Podrías haber mandado un telegrama. Así me habría preparado. Vamos a la cocina… Creo que quedaba algo de sopa. Seguro que tienes hambre.
Nicolás contestó:
—Claro. Pero un favor: cámbiate, por favor. No hueles precisamente a rosas.
Carmen corrió a otra habitación.
—¡Es que trabajo en una granja! Y el estiércol no huele precisamente a flores.
Regresó con un vestido y el pañuelo bien puesto.
—Dijiste que tenías cuarenta años, pero ese pañuelo te hace ver como una abuela —dijo Nicolás con una sonrisa burlona.
—Costumbre —murmuró ella, señalando la mesa—. Vamos, siéntate.
Nicolás se sentó y frunció el ceño al notar el mantel grasiento que se le pegaba a las manos. Mientras, Carmen destapó una olla sucia. Un olor agrio y penetrante invadió la cocina.
—Vaya, no eres precisamente una anfitriona ejemplar. Menaje sucio, mesa mugrienta, platos llenos de grasa… ¿Los lavas siquiera?
Carmen se sintió ofendida.
—¡Claro que sí! Caliento agua y los lavo.
Él la miró con escepticismo.
—¿Y le echas algo al agua? ¿Jabón? ¿Bicarbonato?
Ella se quedó callada.
—No. Mi abuela y mi madre siempre lo hacían así. Solo con agua hirviendo. Aunque a mí me quema las manos…
—Pues vamos a la tienda. Te haré una lista. Toma dinero… bueno, si tienes el tuyo, úsalo. Al fin y al cabo soy tu invitado. Ah, y compra un vino tinto, brindaremos.
Mientras caminaba, Carmen pensaba en cómo había acabado metida en ese lío. Todo empezó en el trabajo, hojeando un periódico. En la última página, una sección de contactos. Sus compañeras la animaron: *”Carmen, esto es el destino. ¿Cuánto vas a estar sola? Elige a alguien y escríbele.”*
Y como una tonta, aceptó. Le tocó Nicolás. Tras la primera carta, supo que estaba en prisión y que le quedaban tres años. Así empezó su correspondencia. Él hablaba de sí mismo, ella de su vida. Hasta mandó una foto de cuando tenía veinte años. Nunca pensó que sería en serio. Creía que, al salir, él iría con otra. Pero ahí estaba, escrutando cada detalle de su casa.
¿Y qué si no estaba impecable? ¿Para quién iba a limpiar? Llegaba del trabajo, dormía, cocinaba algo para tres días y listo. Por las noches, veía telenovelas llenas de amor, algo que nunca tuvo. Bueno, sí, una vez: Víctor Rojo. La usó y se casó con otra. Desde entonces, se resignó. Y tras enterrar a su abuela y a su madre, ya nada le importaba.
Pero Nicolás era apuesto. Hombros anchos, camisa blanca, pantalón planchado. Hasta su colonia olía bien. ¿Y si intenta algo? ¡Dios, qué miedo! Podría irse a casa de alguien, pero… habría sido descortés. Él vino a verla.
Al volver con las bolsas, encontró que Nicolás había ordenado un poco: recogió la ropa sucia, barrió el suelo y preparó un barreño con agua caliente para fregar.
—¿Lo compraste todo? —preguntó, revisando las bolsas—. Ahora prende la caldera, necesito un baño después del viaje. Y lleva esa ropa, luego la lavas.
Mientras ella se ocupaba del baño, él limpió todo. Al ver la olla reluciente, Carmen se sorprendió: resultó ser azul, no gris.
—Hablemos en serio —dijo él después—. Vine para quedarme. Me gustaste. No tengo casa propia, se la dejé a mi exmujer e hijos. Si no me quieres, dime ahora y me iré para siempre. Mi palabra es ley. ¿Qué dices?
Carmen jugueteaba con el mantel.
—No sé… Nunca tuve marido. Me hicieron daño de joven. Ni siquiera sé cómo es vivir con un hombre. La verdad, me da pánico. Pero… me gustas. Y no sé qué hacer.
Nicolás sonrió.
—Por eso me gustas más. Sincera, sin dobleces. Hagamos una prueba: vivamos como compañeros. Si algo no va, me voy. Si sale bien, te llevaré en volandas.
Carmen, colorada, se puso nerviosa.
—¡Debo preparar algo de comer!
Él la tranquilizó.
—Tendrás tiempo mientras me baño. Soy lento.
Al salir del baño, encontró la mesa puesta y el suelo limpio. Carmen, en bata y con una toalla, pasó corriendo hacia el baño.
Cuando regresó, lavada, con el pelo rubio hasta la cintura y un vestido sencillo, Nicolás sintió ganas de abrazarla y besarla. Pero había dado su palabra.
Esa noche durmieron separados: ella en su cama, él en el sofá. Ni uno ni otro pegaron ojo. Por la mañana, Carmen salió corriendo al trabajo. Al volver, la esperaba un desayuno: tortilla y bocadillos con té. Le encantó el gesto.
Nicolás, entretanto, inspeccionaba el descuidado patio de Carmen, calculando qué comprar primero.
¿El final? A la tercera noche, fue ella quien se acercó a él.
Llevan cuatro años juntos, criando a una pequeña Lucía, a la que adoran.
La moraleja: todos tropezamos, pero nadie merece vivir marcado. El amor y la felicidad son derechos de todos. ¿No creen?







