Corazón herido por la esperanza: el camino hacia nuevas alegrías

**Corazón herido, esperanza: el camino hacia nuevas alegrías**
“Alba, ¡entre nosotros todo ha terminado!” dijo fríamente Adrián. “Quiero una familia de verdad, hijos. Tú no puedes darme eso. He presentado los papeles del divorcio. Tienes tres días para recoger tus cosas. Cuando salgas, avísame. Yo me quedaré en casa de mi madre hasta que prepare el piso para mi hijo y su madre. Sí, no te sorprendas, ¡mi nueva novia está embarazada! Tres días, Alba. No más.”
Alba guardó silencio, sintiendo cómo el suelo desaparecía bajo sus pies. ¿Qué podía responder? Llevaban cinco años intentando tener un hijo, pero los tres embarazos terminaron en tragedia. Los médicos decían que estaba sana, pero cada vez algo salía mal. Alba llevaba una vida saludable, y durante los embarazos, se cuidaba aún más. La última vez, se desmayó en el trabajo, y la ambulancia no llegó a tiempo…
La puerta se cerró tras Adrián, y Alba, sin fuerzas, se desplomó en el sofá. No tenía energías ni para recoger sus cosas. ¿Adónde ir? Al casarse, vivía con su tía, pero esta ya no estaba, y su primo vendió el piso. ¿Volver al pueblo de Las Rosas, a la casa de su abuela? ¿Alquilar algo? ¿Y el trabajo? Las preguntas la aturdían, pero no había tiempo para pensar.
Por la mañana, la puerta se abrió. Era su suegra, Dolores.
“¿No has dormido? Mejor así” dijo secamente. “He venido a asegurarme de que no te lleves nada de más.”
“No pienso llevarme los calcetines viejos de tu hijo” replicó Alba. “¿Vamos a contar hasta mis cucharas?”
“¡Qué terca eras! Antes eras tan dulce, tan callada. Desde el principio le dije a Adrián que tú no podrías darle hijos.”
“¿Ha venido solo para decirme eso? Pues cállese y vigile.”
“¿A dónde llevas esos platos?” preguntó la suegra, alarmada.
“Son míos, de mi tía. Un recuerdo de ella.”
“¡Sin ellos aquí no habrá nada!”
“Eso ya no es mi problema. Pero usted tendrá un nieto.”
“¡Llévate solo lo tuyo!”
“El portátil es mío, la cafetera y el microondas me los regalaron mis compañeros. El coche lo compré antes de la boda. Su hijo tiene el suyo.”
“¡Tienes de todo, menos hijos!”
“Eso no es asunto suyo. Quizá así lo quiso Dios.”
“¿No te duele? ¿O lo haces a propósito?”
“Deje de decir tonterías. Me duele hasta pensarlo.”
Alba miró alrededor. Sus cosas ya no estaban. El cepillo, los cosméticos, las zapatillas… Había olvidado algo importante. La suegra no la dejaba concentrarse. De pronto lo recordó: la figurita de la gatita, un recuerdo de su abuela. Dentro guardaba un collar y un anillo, sin valor material, pero llenos de cariño. Adrián los llamaba basura. ¿Los habría tirado? Alba abrió la puerta del balcón.
“¿Qué buscas ahí?” preguntó la suegra. “Recoge tus cosas y márchate.”
Encontró la gatita, todo estaba intacto. Ya podía irse.
“Tome las llaves, despidámonos. Ojalá no nos veamos nunca más.”
Alba pasó por la oficina. Estaba de baja, pero pidió unas vacaciones.
“Todos sentimos mucho lo que te pasa” dijo su jefe. “Pero sin ti es difícil. ¿Tres semanas serán suficientes? Prepárate, la mitad de los proyectos se paran sin ti.”
“Bien, me distraerá. Gracias.”
“¿Necesitas ayuda?”
“No.”
“Nos ocuparemos de las vacaciones y las primas.”
“Gracias, por cierto.”
Alba no buscó piso. Se fue a Las Rosas. La casa de su abuela había estado vacía desde su muerte, tres años atrás. Nunca conoció a su madre, que murió al dar a luz. Ahora, ella tampoco podría ser madre…
Una hora de viaje, y llegó. El viejo arce, las margaritas crecidas. La última vez que estuvo allí con Adrián fue en otoño, haciendo una barbacoa. Alba entró en el patio; la llave del cobertizo estaba en su sitio. Al abrir la puerta, se detuvo. El silencio la envolvió, reconfortada al saber que esta vieja casa sería su refugio, y que, quizá, la tristeza le traería una nueva felicidad.

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Corazón herido por la esperanza: el camino hacia nuevas alegrías
Nadie podría haber imaginado que un pequeño tatuaje maldito acabaría provocando una ruptura en toda una familia española.